Diario de cuarentena

Y se abrirán las aguas. Qué profecía, Corre el día nueve y ya no pensamos todos igual en casa. La necesidad tiene cara de hereje, reza un dicho popular. Y parece que mi amor tiene más necesidades externas. que tengo una urgencia, que soy sanitarista.

Y mi egoísmo empieza a aflorar. No me quiero enfermar. No quiero que mis hijos se enfermen. No quiero que pase nada. Lo odio cuando resuelve salir a cubrir urgencias veterinarias y ponernos en riesgo. Y lo amo por lo mismo.

Cuánto del ego para trabajar en estos días de encierro. El de él, por creerse todopoderoso y salvador de los caniches del mundo. Y el mío y el de todos nosotros, por suponer que estar adentro nos va a salvar de algo. La razón me indica que debo seguir las normas sanitarias. Y la misma razón me dice que si seguimos encerrados y sin trabajar nos vamos a morir, pero de hambre, de miedo y de ineptitud. ¿Cuál será el justo medio ? Dónde estará la verdad, si es que hay una.

El problema más serio es la credibilidad de uno con el otro. La credibilidad entre nosotros, los que habitamos esta pequeña muestra social, ya está en ciernes. Y ni hablar la credibilidad hacia los gobiernos y la OMS. Es que los humanos nos traicionamos tanto que ya no sabemos quiénes somos.

Cuestión a resolver. Si se dividen las aguas, ¿ en que costa te quedás? ¿Cruzás o no?

Diario de Cuarentena

Dominar el mundo. Controlar todo. Descomponer los posibles universos y elegir uno. Así se presenta el reto del séptimo día. Sabiendo que van a ser unos veinte más en el mejor de los casos. Y dependiendo de otros. Porque si hay algo para aprender de éste bicho siniestro que nos encierra es que somos el otro.

Bueno, después de la filo diaria, la realidad. Harta de ensaladas, fideos y la china política, me encuentro como una autómata atacada limpiando superficies con alcohol rebajado, fluyendo mis mocos en miles de descartables tirados y dejando la conciencia ecológica sobre los árboles y el papel en el cesto de residuo.

Mientras toso en mi codo, si gente, toso, tosemos siempre, a veces es coronavirus, o casi siempre, y otras es éste coronavirus tremendo que nos azota; pienso en los libros que tengo que terminar de leer para mi clínica literaria, en las consignas que voy a cumplir para un challenge y en que le pido a dios que no se enfermen mis hijos. Atiendo a mamá que a las ocho y media de la mañana me pide una receta de arroz con azafrán y me pregunta súper despierta si me acuerdo del apellido del vecino de la otra cuadra de la calle Aparicio.

Entonces entiendo que la gente de ochenta y pico, por algo llegó a esa edad. No creo que sean los más frágiles. Tienen un ego que mi generación desconoce y una inconsciencia capaz de sobrellevar guerras, cruces oceánicos y la mar en coche.

Volviendo a casa, las cosas están así. Los hombres miran Netflix en la sala de estar, creo que Ozark y yo voy de mi cuarto al patio, del patio al lavadero, tiendo ropa, lavo platos, me tiro en la cama, me duele la espalda, me soplo un moco y luego descreída de todo, me acuerdo otra vez que estoy en cuarentena.

Diario de cuarentena

Sexto día, obligada. Porque llevo como doce encerrada en casa, con patologías diversas y neurosis múltiple. Y es como que todo lo cotidiano y amoroso de ser madre me empieza a molestar. Sumado al hambre feroz que produce la ansiedad del aislamiento compartido. Porque convengamos que sola, sola sola sola sola, sería otra cosa.

Sola en pelotas por la casa toda mía, viendo la serie que se se me canta, escuchando mi música a todo volumen, ahí si que capaz me sentiría en una especie de califato femenino auto-gestionado. Te juro que me pondría esa bombacha Victoria Secret para ocasiones especiales, pero yo sería esa ocasión, mucho perfume de Estée Lauder, una buena caipi en la mano ¡y a vivir!

Pero bueno, corramos el telón de película yanqui y vayamos a la realidad. Acá estamos, seguimos con algunos dolores de garganta y tomando fiebre, mucho té de miel y jengibre y la sensación constante de ser monigote de alguien. No se si de los chinos mugrientos, de las multinacionales o de Evo Morales, pero de alguien lo soy. Porque este virus está raro, huele raro, muere raro, todo raro.

Los líderes del mundo se cuidan de lo que dicen y de golpe son todos angelicales. Ángeles caídos que cuidan sus millones y no se ocuparon nunca de si hay o no respiradores. Médicos que son santos en Mercedes Benz y sistemas de salud baratos, que te sirven cuando estas sano. Paradojas de la política, che.

Y aquí estamos, vos y yo, en un sexto día de cuarentena obligatoria por colgarnos de la cadena de acero quirúrgico que tiene dos eslabones (dos) forrados en oro 24 quilates y que nos costó mucho comprar. Nos pica y nos molesta todo. Porque tenemos motivos. Porque la casa ya tiene el olor del perro, los hijos del alma pasan a ser otra clase de hijos y el amor de tu vida es tu peor pesadilla. Pero tranquila, que ésto, recién comienza. Mañana te paso una receta, para que seas feliz.

Diario de Cuarentena

Estamos en el quinto día de una cuarentena apocalíptica que nos hace pensar en todas las distopías filmadas y escritas en la última década. Pero no nos llamamos Jennifer ni tenemos esa atlética postura frente al mal. Además, este mal con ojos inclinados y dudosa procedencia, es invisible. Entonces hacemos lo que podemos. Y eso es poco. Y los médicos hacen lo que pueden. Y en Sudamérica es muy poco.

Las abuelas cosen barbijos que no sabemos si sirven, y en el día se nos van acumulando síntomas. A la mañana nos duele mucho la garganta, pero un artículo del diario dice que lo más comun es el dolor de cabeza, luego por supuesto pasamos la tarde con una jaqueca severa. Nos tomamos la fiebre varias veces al día y apagamos el televisor para volver a encenderlo unas veinte veces por día.

Los noticieros, es decir las veinticuatro horas de programación, nos muestran muertos y cajones en un travelling alocado por todo el universo. Y solo en el canal animal hablan del ébola. Pero algo grave sucede, porque está el planeta alineado para que nos muramos rápido. Por el virus o de miedo.

Personalmente creo que ya se terminaron las suscripciones Mensa y que son ellos, los genios del futuro, los elegidos, con un IQ terrible y la posibilidad de salvar el planeta. Los demás somos descarte. Conste que lo estoy escribiendo pos ataque de pánico. Ya me calmé y todo. Porque es difícil no pensar, si te olvidaste un rato suena el celular y es tu mamá que quiere vivir noventa años más y está preocupada en que vos le resuelvas todos sus mandados aunque te contagies, o tu amiga que sigue afilando la lengua aunque la vida le esté demostrando que no es cuestión de discurso, o vos misma te cuelgues buscando en google si cuando tragás y te duele es coronavirus. No te sientas solo en el mundo. Estamos todos igual. Atravesados por una certeza que es la siempre: vamos a morir.

Una plaza virtual

Una plaza virtual, donde tal vez nos encontremos de una vez y para siempre los habitantes de este mundo, parece gestarse en esta suerte de paranoia amorosa y altruista que nos envuelve. Un virus corona, ha vuelto nuestros corazones empáticos, sin grietas y deseosos del bien del prójimo.

Esta distopía que vivimos como exótica, ya ha ocurrido, ya hemos tenido pestes, tragedias que nos aunaron y enfermedades sin distinción de clases. ¿Qué la hace diferente? Sin dudas la globalización informática. Entonces nuestros móviles reciben miles de consejos por día, la tv nos bombardea y nos aturde, los banners parecen puñaladas y la salud, que depende en gran parte de nuestra armonía y bienestar, se quiebra. Precisamente con los miedos propios, a veces se puede, pero afrontamos miedos globales. Miedos racionales y de los otros, entonces comenzamos a pensar: han parado el mundo, ¿nos cuentan todo? Y así en una ágora apocalíptica estamos metidos dentro de la misma cuestión existencial de siempre. ¿Qué es valioso en esta vida?

Entristece notar que nuestros pares no nos cuidan, pero no es una novedad. Tal vez es hora de reflexionar en serio, de pensar con criterio familiar la elección de los gobiernos y de entender que somos humanos. Falibles, endebles, que llegamos con una vida y su propia muerte a esta realidad, y que podemos mejorarla, transparentarla, emocionarla; para transformarnos a partir de esta crisis mundial en mejores habitantes. Ciudadanos con valores, que cuiden la naturaleza, que respeten la producción, que comprendan el trabajo de otros, que dejen las mezquindades en los bolsillos y los llenen de amor, para poder soportar los embates de un afuera aparente. Porque estas realidades paralelas que parecemos vivir, las creamos nosotros, con actos mezquinos, intereses burdos, voluntades quebradas por el dinero.

Entonces propongo dejar de lado frases hechas, palabras grandilocuentes, usos políticos baratos y comprender que desde la responsabilidad, la empatía y la idoneidad es posible el cambio. No importa el partido que lo que contenga, importa quién es, si sabe lo que hace, si aspira al bien común, si lo sostiene con sus actos.

Estamos repletos de lindos discursos, pero la plaza virtual que creamos ante el pánico a la enfermedad, nos demuestra que aún no somos humanos listos para salir a jugar. Ni en Argentina ni en el mundo. Y que los que están mejor son aquellos que no temen a las normas, que son capaces de comprender que no está todo bien y que los derechos conllevan obligaciones.

Cuidemos nuestra vida más allá de este virus, que si somos inteligentes puede servirnos para tomar conciencia de lo que significa el bien común. Y cuando las plazas vuelvan a ser seguras, las protejamos, no las destrocemos. Si las escuelas abren, no enviemos a nuestros hijos enfermos. Si un docente tiene fiebre, no importe el presentismo. Si no sos idóneo no aceptes el trabajo, si daña la tierra, no siembres lo mismo, si te duele el otro, si empezás a enterarte que todos somos el otro, este corona tendrá sentido.

Propongo convertir nuestra plaza virtual en música, libros, cuadros, cualquier manifestación de arte, porque ya existen números para las preguntas médicas. Cada uno a lo suyo, comprendiendo y respetando el espacio del otro, que podemos ser nosotros, si lo deseamos.

Plaza de los Inmigrantes: Engalana la ciudad con el colorido de sus banderas Representan quiénes somos, quiénes construyeron nuestra trama social.

Todas las plazas tienen su historia, pero la de los Inmigrantes reúne todas.
Inaugurada en 1994, y situada en Primera Junta y Avenida San Martín, engalana la ciudad con el colorido de sus banderas. Se hacen presentes en su verde los árboles tradicionales de cada país, de cada región, coronando con sus copas el orgullo de pertenecer.
Porque en el aire de la Plaza de los Inmigrantes, flotan guerras, luchas libertarias, desarraigos, amores nuevos. Se hace nube de color cambiante el amor a las patrias, se hace banderas, de Ucrania, Chile, Francia, España, Irlanda, Alemania, Suiza, Líbano, Brasil, Holanda, Republica Checa, Polonia, Siria, y nuevos hermanos traerán sus sueños a flamear intactos y constantes en ésta hermosa manzana en la que confluyen sangres, religiones, comidas, costumbres pero sin dudas representa nuestra identidad.
Para muchos de nosotros los juninenses, la plaza de los Inmigrantes significa ir con una madre o un padre orgulloso de su origen a mostrar su acervo cultural, a compartir con compatriotas y a abrazarse con otras naciones que hicieron grande la nuestra.
Es en esa plaza que la historia se esconde en un tubo colocado por la Asociación de Colectividades de Junín hace 25 años, abierto éste año y vuelto a cerrar con los nuevos acontecimientos registrados, para que en otros 25 años nuestros hijos o nietos sonrían con el recuerdo de lo vivido.
Allí también las banderas acompañan la rotonda que la precede y se mueven orondas al sol o soportan estoicas las lluvias y los vientos. ¿Pero qué representan?
Representan quiénes somos, quiénes construyeron nuestra trama social, los que nos precedieron con esfuerzo, con conciencia colectiva, con una sincera vocación de servicio, con sentido de lo mutuo. Por eso la Plaza de los inmigrantes es ejemplo y es significante. Es una porción de historia fundacional que vale la pena conocer y recorrer. Porque no se sale inmune de sus senderos.
Tal vez así, todos recordemos un sentimiento evolutivo que estamos perdiendo. Comprendiendo en sus árboles originarios el sentido de la vida y la importancia de protegerla, con el amor como estandarte, que sin dudas está presente en cada uno de sus mástiles tornasolados.

Plaza 25 de mayo: donde conviven la memoria y el futuro

Toda ciudad que se precie tiene su origen comercial e institucional en torno a una plaza. Nuestra plaza, aquella a la que nos referimos como “la plaza del centro”, es la 25 de Mayo. En esa manzana verde de la ciudad se encontraba la antigua Plaza de Armas del Fuerte Federación, fundado el 27 de diciembre de 1827 y que nos da origen como urbe. Otrora, alrededor de la plaza se encontraban los cuarteles, la escuela y la capilla. Y hoy sigue estando rodeada por instituciones similares.

Si nos remontamos al siglo XIX, en su centro tenía una pirámide cuyo tope contaba con una escultura que significaba la libertad y que era la primera obra de ese tipo en la ciudad y sus espacios comunes. Pero con el Ferrocarril Buenos Aires al Pacífico, nuestra metrópoli comenzó a florecer, y el entorno de la plaza se modificó, sobre Benito de Miguel el Palacio Municipal primero y la actual Iglesia San Ignacio unos años después, generaban un nuevo escenario simbólico y arquitectónico a la plaza.

Cuando se demuele la pirámide central, ya la fisonomía era otra, con calles mejoradas y ciudadanos de pie en la plaza que pasó de ser de armas a ser espacio de manifestación y sociedad. El 17 de agosto de 1940 se inauguró el monumento al General José de San Martín, reemplazando el poliedro y se le agregaron a la plaza los ejes transversales que hoy contiene, algunas pérgolas e iluminaciones y se comenzó a parquizar.

La plaza ya estaba transformándose en eje de la vida de Junín, allí se daban las noticias los amantes, se conocían los progresos políticos y acontecían las cuestiones que cambiaban las vidas personales y políticas de la ciudad. Ya no era de armas, pero seguía defendiendo nuestros intereses. Desde la vida pública, desde la participación. En 1996 se inauguró el Monumento a la Memoria, un homenaje a los desaparecidos durante el gobierno militar de 1976 y pasó definitivamente a representar un espacio democrático que nos ponía de pie ante la defensa de la libertad.

Hoy nuestra plaza 25 de Mayo, cuenta con obras de artistas reconocidos, a fines de 2007 la plaza se sometió a una obra de puesta en valor con la finalidad de mejorar su funcionamiento, revalorizarla desde lo ambiental y reconocerla como nuestra plaza principal, conservando el carácter y la estructura, de manera que hoy conviven la memoria y el futuro en ella. La estatua de la libertad volvió a su seno, tal vez por eso es el lugar que elegimos para manifestarnos. Donde la política se hace presente, sin vergüenza y proponiendo voces plurales, para defender la república o para reclamar derechos, para caminar juntos por la justicia o para gritar a viva voz por nuestros ideales.

Allí realizamos nuestros actos, honramos al libertador, nos resguardamos del sol o respiramos el perfume de los tilos mientras nuestros hijos en bici sueñan volar. En su interior los cedros, las palmeras y el roble, nos recuerdan la importancia de oxigenarnos y la belleza de lo natural. En el contorno, los bancos poblados de historias, nos ofrecen su solidez y su arquitectura sencilla invitando al sosiego. Muchas veces la llamamos plaza “San Martín”, pero que importa. Si sabemos dónde es, si sabemos para qué la usamos, si la vida comercial, política, administrativa, judicial y financiera de Junín se desarrolla en sus alrededores. La región la conoce, nosotros los juninenses la vivimos.

Y el monumento central, que origina la confusión en su nomenclatura, en honor al General José de San Martín, consiste en un pedestal sobre el cual se encuentra la estatua ecuestre, réplica de la que tiene la Plaza San Martín de la ciudad de Buenos Aires, y que realizó el francés Louis Joseph Daumas en 1862. El Banco Nación y su magnífica arquitectura, es el fondo perfecto para una plaza, y se funde con la pirámide trunca de Salvador Roselli. Aunque todos sepamos por el monolito que fue la Plaza de Armas, lo que la diferencia es que si vos necesitás encontrarte, descansar, citar, o marchar es a la plaza 25 de mayo adonde te dirigís, Una plaza que es conciencia de la historia y de los proyectos ciudadanos, que marca el ritmo de la vida local.
Los juninenses sabemos que la plaza 25 de mayo es algo más que la esquina del punto cero, es nuestra cómplice, es la plaza de los sueños y las oraciones, la de las rupturas dolorosas, la del inicio de la vida en comunidad. Es la plaza, nuestra plaza, la que nos pone de pie, en la que entonamos el himno, flameamos banderas, o donde las carpas cobijan reclamos con integridad.
Siempre hay una historia que contar en su ortogonal existencia. Hoy, intenté que ella, nuestra plaza, sea la protagonista.

Plaza del Sesquicentenario: Donde los niños de Junín permanecen eternos

Entre las calles Liliedal, Belgrano, Rivadavia y la Avenida San Martín, los niños de Junín permanecen eternos. Sus gritos alegres, sus manos entrelazadas, las rodillas manchadas y las carreras por el túnel que tenían con los tambores acostados de hace años, no se marchan y al grito de pluma pluma vuelven a quitar la sortija en la calesita perfecta, esa que nos permitió a todos ser felices, disfrutar de un caballo alado y sentirnos Reutemann en un autito, Una calesita que nos incluía, que no diferenciaba clases con sus caramelos regalados, que prometía sorpresas y maravillosas tardes o noches en familia.PUBLICIDAD

Y sigue siendo nuestra esa manzana perfecta, donde los chicos planean y se cuelgan y se ríen sobre toboganes coloridos recién remodelados, con la misma alegría de otras décadas.

El terreno formaba parte del predio del Ferrocarril Central Argentino. Al construirse la Avenida San Martín quedó como un espacio sin urbanizar, que era utilizado por los circos que visitaban a la ciudad y se instalaban allí.

Por 1977 se construyó la plaza, siendo su nombre un homenaje a los 150 años de la fundación de Junín. Una plaza siempre es un proyecto de vida, y ésta que se destinó totalmente a juegos infantiles, es un proyecto de niñez feliz, por eso es conocida por los juninenses como la «plaza de los niños».

Con su remodelación en el 2007, la plaza dejó de lado los giros de la calesita y se avocó a juegos integradores, a símbolos de los nuevos paradigmas de la infancia, que hoy tienen que ver más con la seguridad y el orden. Sin embargo, en alguna esquina, es posible ver la creatividad nacer en una charla ininteligible entre Juancito y Alegra, que proponen que el mundo se vuelva verde y los manche para siempre con sus plantas, o los helados de tierra que sigue fabricando ese Nacho inmortal que trasciende generaciones.

Porque los niños, son niños, no se contaminan fácilmente, no se impregnan de metales que no tienen nada de valioso.

Y en una escalera mágica suena María Elena Walsh para invitarlos a jugar, pero despacito, pluma pluma, sin caerse, subiendo a la nave del futuro con el corazón lleno de pasados que no conocieron aún, gloriosos y perfectos. Juninenses. Nuestros.

entre todas

La tumba de mi madre, usted sabe

Es una más, igual a otras tumbas.

Tiene el mármol grabado porque

Le robaron el bronce

Y tiene una lata de tomates perita

Como florero.

El pasto se sumerge en sus esquinas

Y rompe los ángulos que la nombran

La tumba de mi madre, le digo en serio

Se reconoce por el dolor que la baña.

Conserva mis lagrimas clavadas en cada hueso

Y largos pensamientos que hacen memoria.

No tema usted acercarse, venga, suspire,

No es una tumba diferente,

No hay oro en sus manijas,

ni esta hecha en madera de nogal,

No propone epitafios que la lloren,

Es de mi madre, nomás.

Plaza Ferrocarriles Argentinos: Un sitio de encuentros

Los ferrocarriles son inherentes a la historia de nuestra ciudad, fueron motor de progreso y de crecimiento, pero también de desazón y fastidio. De partidas, de regresos, de amores desencontrados, y la Plaza Ferrocarriles Argentinos fue reflejando la historia en su seno.

En 1884, cuando el Ferrocarril Buenos Aires al Pacífico llegó a Junín para instalar sus talleres un par de años más tarde, arribaron técnicos y directivos ingleses que comenzaron a radicarse en el pueblo, que en 1905 pasaría por la revolución que el ferrocarril trajo, a ser ciudad. En ese entonces, se inicia el Club Inglés, que estaba ubicado a menos de cien metros de la estación, donde hasta el 2012 funcionó el rectorado de la UNNOBA, que reunía a la colectividad sajona.

Frente al club, se situaban las canchas de tenis, que dieron origen a la plaza, en un principio llamada Británica. La plaza se halla, a su vez, frente a la estación ferroviaria en el barrio Pueblo Nuevo, y entre las calles Newbery, Sáenz Peña, General Paz y el pasaje La Porteña. Constituyó en su momento, un espacio organizador de las actividades ferroviarias, ya que en torno a ella se ubican los edificios de la estación, la casa del ingeniero seccional, el Club Social Ferroviario y el edificio Vías y Obras, Tráfico, y Sanidad.

Esta plaza se mantuvo sin cambios manifiestos por varias décadas, hasta que para el primer centenario de la llegada del ferrocarril a Junín (1984) se puso en valor y rebautizó como Plaza Ferrocarriles Argentinos. En 2011 fue reformada y se colocó la escultura El origen, obra de los arquitectos locales Salvador Roselli y Julio Lazcano, realizada con materiales íntegramente ferroviarios, mediante técnicas de ensamblado y soldadura.

Hoy la plaza sigue siendo sitio de encuentro, se realizan en ella festivales de música independiente, campeonatos de hip hop, el Mercado de la Estación y muchas otras actividades que involucran diferentes actores sociales.

Y entre artesanos, músicos, escultores o simplemente pasajeros en espera, se suelen oír las voces de los ingleses de antaño, que sentían orgullo por su hacer, por el aporte silencioso y eficiente que dejó huella histórica en la ciudad, reflejada en un recorrido que muestra esa obra. Si alguien se sienta en la plaza, y se queda en silencio, un raquetazo al olvido lo sacude y le cuenta que dos siglos atrás, hubo pioneros que trabajaron para forjar unión entre pueblos por medio del ferrocarril, lejos de cuestiones políticas, se encargaban de hacer funcionar las máquinas, los rieles, los silbatos, para que nuestros abuelos llegaran, de muchos países del mundo y en ese tren, lleno de ilusiones, arribaban a Junín para cohesionarse y formar el tramado social que hoy nos une. Para trabajar por un futuro que es presente y para que sus bisnietos toquen la viola en un recital sobre la antigua cancha de tenis, con la misma esperanza en el mañana que trajeron sentados en un vagón sus ancestros.

Junín es producto del Ferrocarril, y la plaza Ferrocarriles Argentinos lo refleja.