Diario de cuarentena

Y se abrirán las aguas. Qué profecía, Corre el día nueve y ya no pensamos todos igual en casa. La necesidad tiene cara de hereje, reza un dicho popular. Y parece que mi amor tiene más necesidades externas. que tengo una urgencia, que soy sanitarista.

Y mi egoísmo empieza a aflorar. No me quiero enfermar. No quiero que mis hijos se enfermen. No quiero que pase nada. Lo odio cuando resuelve salir a cubrir urgencias veterinarias y ponernos en riesgo. Y lo amo por lo mismo.

Cuánto del ego para trabajar en estos días de encierro. El de él, por creerse todopoderoso y salvador de los caniches del mundo. Y el mío y el de todos nosotros, por suponer que estar adentro nos va a salvar de algo. La razón me indica que debo seguir las normas sanitarias. Y la misma razón me dice que si seguimos encerrados y sin trabajar nos vamos a morir, pero de hambre, de miedo y de ineptitud. ¿Cuál será el justo medio ? Dónde estará la verdad, si es que hay una.

El problema más serio es la credibilidad de uno con el otro. La credibilidad entre nosotros, los que habitamos esta pequeña muestra social, ya está en ciernes. Y ni hablar la credibilidad hacia los gobiernos y la OMS. Es que los humanos nos traicionamos tanto que ya no sabemos quiénes somos.

Cuestión a resolver. Si se dividen las aguas, ¿ en que costa te quedás? ¿Cruzás o no?

Diario de Cuarentena

Dominar el mundo. Controlar todo. Descomponer los posibles universos y elegir uno. Así se presenta el reto del séptimo día. Sabiendo que van a ser unos veinte más en el mejor de los casos. Y dependiendo de otros. Porque si hay algo para aprender de éste bicho siniestro que nos encierra es que somos el otro.

Bueno, después de la filo diaria, la realidad. Harta de ensaladas, fideos y la china política, me encuentro como una autómata atacada limpiando superficies con alcohol rebajado, fluyendo mis mocos en miles de descartables tirados y dejando la conciencia ecológica sobre los árboles y el papel en el cesto de residuo.

Mientras toso en mi codo, si gente, toso, tosemos siempre, a veces es coronavirus, o casi siempre, y otras es éste coronavirus tremendo que nos azota; pienso en los libros que tengo que terminar de leer para mi clínica literaria, en las consignas que voy a cumplir para un challenge y en que le pido a dios que no se enfermen mis hijos. Atiendo a mamá que a las ocho y media de la mañana me pide una receta de arroz con azafrán y me pregunta súper despierta si me acuerdo del apellido del vecino de la otra cuadra de la calle Aparicio.

Entonces entiendo que la gente de ochenta y pico, por algo llegó a esa edad. No creo que sean los más frágiles. Tienen un ego que mi generación desconoce y una inconsciencia capaz de sobrellevar guerras, cruces oceánicos y la mar en coche.

Volviendo a casa, las cosas están así. Los hombres miran Netflix en la sala de estar, creo que Ozark y yo voy de mi cuarto al patio, del patio al lavadero, tiendo ropa, lavo platos, me tiro en la cama, me duele la espalda, me soplo un moco y luego descreída de todo, me acuerdo otra vez que estoy en cuarentena.

Diario de cuarentena

Sexto día, obligada. Porque llevo como doce encerrada en casa, con patologías diversas y neurosis múltiple. Y es como que todo lo cotidiano y amoroso de ser madre me empieza a molestar. Sumado al hambre feroz que produce la ansiedad del aislamiento compartido. Porque convengamos que sola, sola sola sola sola, sería otra cosa.

Sola en pelotas por la casa toda mía, viendo la serie que se se me canta, escuchando mi música a todo volumen, ahí si que capaz me sentiría en una especie de califato femenino auto-gestionado. Te juro que me pondría esa bombacha Victoria Secret para ocasiones especiales, pero yo sería esa ocasión, mucho perfume de Estée Lauder, una buena caipi en la mano ¡y a vivir!

Pero bueno, corramos el telón de película yanqui y vayamos a la realidad. Acá estamos, seguimos con algunos dolores de garganta y tomando fiebre, mucho té de miel y jengibre y la sensación constante de ser monigote de alguien. No se si de los chinos mugrientos, de las multinacionales o de Evo Morales, pero de alguien lo soy. Porque este virus está raro, huele raro, muere raro, todo raro.

Los líderes del mundo se cuidan de lo que dicen y de golpe son todos angelicales. Ángeles caídos que cuidan sus millones y no se ocuparon nunca de si hay o no respiradores. Médicos que son santos en Mercedes Benz y sistemas de salud baratos, que te sirven cuando estas sano. Paradojas de la política, che.

Y aquí estamos, vos y yo, en un sexto día de cuarentena obligatoria por colgarnos de la cadena de acero quirúrgico que tiene dos eslabones (dos) forrados en oro 24 quilates y que nos costó mucho comprar. Nos pica y nos molesta todo. Porque tenemos motivos. Porque la casa ya tiene el olor del perro, los hijos del alma pasan a ser otra clase de hijos y el amor de tu vida es tu peor pesadilla. Pero tranquila, que ésto, recién comienza. Mañana te paso una receta, para que seas feliz.

Plaza de los Inmigrantes: Engalana la ciudad con el colorido de sus banderas Representan quiénes somos, quiénes construyeron nuestra trama social.

Todas las plazas tienen su historia, pero la de los Inmigrantes reúne todas.
Inaugurada en 1994, y situada en Primera Junta y Avenida San Martín, engalana la ciudad con el colorido de sus banderas. Se hacen presentes en su verde los árboles tradicionales de cada país, de cada región, coronando con sus copas el orgullo de pertenecer.
Porque en el aire de la Plaza de los Inmigrantes, flotan guerras, luchas libertarias, desarraigos, amores nuevos. Se hace nube de color cambiante el amor a las patrias, se hace banderas, de Ucrania, Chile, Francia, España, Irlanda, Alemania, Suiza, Líbano, Brasil, Holanda, Republica Checa, Polonia, Siria, y nuevos hermanos traerán sus sueños a flamear intactos y constantes en ésta hermosa manzana en la que confluyen sangres, religiones, comidas, costumbres pero sin dudas representa nuestra identidad.
Para muchos de nosotros los juninenses, la plaza de los Inmigrantes significa ir con una madre o un padre orgulloso de su origen a mostrar su acervo cultural, a compartir con compatriotas y a abrazarse con otras naciones que hicieron grande la nuestra.
Es en esa plaza que la historia se esconde en un tubo colocado por la Asociación de Colectividades de Junín hace 25 años, abierto éste año y vuelto a cerrar con los nuevos acontecimientos registrados, para que en otros 25 años nuestros hijos o nietos sonrían con el recuerdo de lo vivido.
Allí también las banderas acompañan la rotonda que la precede y se mueven orondas al sol o soportan estoicas las lluvias y los vientos. ¿Pero qué representan?
Representan quiénes somos, quiénes construyeron nuestra trama social, los que nos precedieron con esfuerzo, con conciencia colectiva, con una sincera vocación de servicio, con sentido de lo mutuo. Por eso la Plaza de los inmigrantes es ejemplo y es significante. Es una porción de historia fundacional que vale la pena conocer y recorrer. Porque no se sale inmune de sus senderos.
Tal vez así, todos recordemos un sentimiento evolutivo que estamos perdiendo. Comprendiendo en sus árboles originarios el sentido de la vida y la importancia de protegerla, con el amor como estandarte, que sin dudas está presente en cada uno de sus mástiles tornasolados.

Plaza 25 de mayo: donde conviven la memoria y el futuro

Toda ciudad que se precie tiene su origen comercial e institucional en torno a una plaza. Nuestra plaza, aquella a la que nos referimos como “la plaza del centro”, es la 25 de Mayo. En esa manzana verde de la ciudad se encontraba la antigua Plaza de Armas del Fuerte Federación, fundado el 27 de diciembre de 1827 y que nos da origen como urbe. Otrora, alrededor de la plaza se encontraban los cuarteles, la escuela y la capilla. Y hoy sigue estando rodeada por instituciones similares.

Si nos remontamos al siglo XIX, en su centro tenía una pirámide cuyo tope contaba con una escultura que significaba la libertad y que era la primera obra de ese tipo en la ciudad y sus espacios comunes. Pero con el Ferrocarril Buenos Aires al Pacífico, nuestra metrópoli comenzó a florecer, y el entorno de la plaza se modificó, sobre Benito de Miguel el Palacio Municipal primero y la actual Iglesia San Ignacio unos años después, generaban un nuevo escenario simbólico y arquitectónico a la plaza.

Cuando se demuele la pirámide central, ya la fisonomía era otra, con calles mejoradas y ciudadanos de pie en la plaza que pasó de ser de armas a ser espacio de manifestación y sociedad. El 17 de agosto de 1940 se inauguró el monumento al General José de San Martín, reemplazando el poliedro y se le agregaron a la plaza los ejes transversales que hoy contiene, algunas pérgolas e iluminaciones y se comenzó a parquizar.

La plaza ya estaba transformándose en eje de la vida de Junín, allí se daban las noticias los amantes, se conocían los progresos políticos y acontecían las cuestiones que cambiaban las vidas personales y políticas de la ciudad. Ya no era de armas, pero seguía defendiendo nuestros intereses. Desde la vida pública, desde la participación. En 1996 se inauguró el Monumento a la Memoria, un homenaje a los desaparecidos durante el gobierno militar de 1976 y pasó definitivamente a representar un espacio democrático que nos ponía de pie ante la defensa de la libertad.

Hoy nuestra plaza 25 de Mayo, cuenta con obras de artistas reconocidos, a fines de 2007 la plaza se sometió a una obra de puesta en valor con la finalidad de mejorar su funcionamiento, revalorizarla desde lo ambiental y reconocerla como nuestra plaza principal, conservando el carácter y la estructura, de manera que hoy conviven la memoria y el futuro en ella. La estatua de la libertad volvió a su seno, tal vez por eso es el lugar que elegimos para manifestarnos. Donde la política se hace presente, sin vergüenza y proponiendo voces plurales, para defender la república o para reclamar derechos, para caminar juntos por la justicia o para gritar a viva voz por nuestros ideales.

Allí realizamos nuestros actos, honramos al libertador, nos resguardamos del sol o respiramos el perfume de los tilos mientras nuestros hijos en bici sueñan volar. En su interior los cedros, las palmeras y el roble, nos recuerdan la importancia de oxigenarnos y la belleza de lo natural. En el contorno, los bancos poblados de historias, nos ofrecen su solidez y su arquitectura sencilla invitando al sosiego. Muchas veces la llamamos plaza “San Martín”, pero que importa. Si sabemos dónde es, si sabemos para qué la usamos, si la vida comercial, política, administrativa, judicial y financiera de Junín se desarrolla en sus alrededores. La región la conoce, nosotros los juninenses la vivimos.

Y el monumento central, que origina la confusión en su nomenclatura, en honor al General José de San Martín, consiste en un pedestal sobre el cual se encuentra la estatua ecuestre, réplica de la que tiene la Plaza San Martín de la ciudad de Buenos Aires, y que realizó el francés Louis Joseph Daumas en 1862. El Banco Nación y su magnífica arquitectura, es el fondo perfecto para una plaza, y se funde con la pirámide trunca de Salvador Roselli. Aunque todos sepamos por el monolito que fue la Plaza de Armas, lo que la diferencia es que si vos necesitás encontrarte, descansar, citar, o marchar es a la plaza 25 de mayo adonde te dirigís, Una plaza que es conciencia de la historia y de los proyectos ciudadanos, que marca el ritmo de la vida local.
Los juninenses sabemos que la plaza 25 de mayo es algo más que la esquina del punto cero, es nuestra cómplice, es la plaza de los sueños y las oraciones, la de las rupturas dolorosas, la del inicio de la vida en comunidad. Es la plaza, nuestra plaza, la que nos pone de pie, en la que entonamos el himno, flameamos banderas, o donde las carpas cobijan reclamos con integridad.
Siempre hay una historia que contar en su ortogonal existencia. Hoy, intenté que ella, nuestra plaza, sea la protagonista.

Plaza del Sesquicentenario: Donde los niños de Junín permanecen eternos

Entre las calles Liliedal, Belgrano, Rivadavia y la Avenida San Martín, los niños de Junín permanecen eternos. Sus gritos alegres, sus manos entrelazadas, las rodillas manchadas y las carreras por el túnel que tenían con los tambores acostados de hace años, no se marchan y al grito de pluma pluma vuelven a quitar la sortija en la calesita perfecta, esa que nos permitió a todos ser felices, disfrutar de un caballo alado y sentirnos Reutemann en un autito, Una calesita que nos incluía, que no diferenciaba clases con sus caramelos regalados, que prometía sorpresas y maravillosas tardes o noches en familia.PUBLICIDAD

Y sigue siendo nuestra esa manzana perfecta, donde los chicos planean y se cuelgan y se ríen sobre toboganes coloridos recién remodelados, con la misma alegría de otras décadas.

El terreno formaba parte del predio del Ferrocarril Central Argentino. Al construirse la Avenida San Martín quedó como un espacio sin urbanizar, que era utilizado por los circos que visitaban a la ciudad y se instalaban allí.

Por 1977 se construyó la plaza, siendo su nombre un homenaje a los 150 años de la fundación de Junín. Una plaza siempre es un proyecto de vida, y ésta que se destinó totalmente a juegos infantiles, es un proyecto de niñez feliz, por eso es conocida por los juninenses como la «plaza de los niños».

Con su remodelación en el 2007, la plaza dejó de lado los giros de la calesita y se avocó a juegos integradores, a símbolos de los nuevos paradigmas de la infancia, que hoy tienen que ver más con la seguridad y el orden. Sin embargo, en alguna esquina, es posible ver la creatividad nacer en una charla ininteligible entre Juancito y Alegra, que proponen que el mundo se vuelva verde y los manche para siempre con sus plantas, o los helados de tierra que sigue fabricando ese Nacho inmortal que trasciende generaciones.

Porque los niños, son niños, no se contaminan fácilmente, no se impregnan de metales que no tienen nada de valioso.

Y en una escalera mágica suena María Elena Walsh para invitarlos a jugar, pero despacito, pluma pluma, sin caerse, subiendo a la nave del futuro con el corazón lleno de pasados que no conocieron aún, gloriosos y perfectos. Juninenses. Nuestros.

La Plaza Marcilla

La idea de generar un nuevo encuentro en este año que comienza, enseguida me llevó pensar en las plazas como sinónimo de expresión y libertad, como espacio que desde la civilización creta minoica en adelante, congrega a los ciudadanos y los invita a expresarse, para ser libres de reunión y socializar.

Las ágoras actuales a veces cumplen otras funciones, pero ante las inequidades vuelven a ser aquellas que sirvieron para dar cita a la polis a la hora de la reflexión.

El deseo es siempre motor de cambios, y en este 2020 sería una vuelta a la ética y la caballerosidad. Por eso elegí esta plaza para comenzar los domingos de Espacios Urbanos. La Plaza Eusebio Marcilla.

El primer recuerdo que llega a mí es mi padre contándome su historia sentados en un banco blanco rodeados de pinos, tendría seis años y miraba su escultura con interés. “El caballero del Camino”, me decía, lo conocí hija, era un hombre impactante, sencillo, lleno de paz. Fue mi primer super héroe, lo imaginaba ayudando a quien necesitara montado en su vehículo mágico. Con el tiempo la plaza fue risas, payanas, la soga, escondidas y la picardía de un beso robado a la salida del club, pero siempre estuvo esa historia latiendo, esperando para ser contada en mateada de amigos, que se sorprendían de los detalles que daba. La escuela me trajo a la señora de Marcilla como vice rectora y tuve allí nuevos datos para agregar a mi abundante historia mitad cierta mitad ficcionada sobre Eusebio.

Siempre sentí que ir a la Plaza Marcilla era ir a su encuentro, y hoy que escribo sobre este espacio que pobló mi infancia y me adolescencia de imágenes y momentos, vuelvo a su historia, una historia que es fiel espejo del valor de la virtud, del ejemplo de vida que fue este hombre que trascendió siglos y que es recordado no sólo en el monumento de la plaza, o el Día de la Caballerosidad Deportiva, o el Autódromo, sino en cada conversación donde se habla de moral incuestionable, sobre bonhomía, sobre ética. Parecen cuestiones básicas, pero muy pocos seres en el mundo las ejercen como es menester. Eusebio Marcilla fue uno.

Y la plaza me resulta el espacio más trascendente para recordarlo, porque la plaza es un espacio donde confluyen la alegría y la queja, la franqueza y el destierro. Marcilla era un hombre especial. Algunos datos lo demuestran. En la carrera Buenos Aires-Caracas auxilió a Juan Manuel Fangio, a Urrutia, una carrera que venía muy bien, y dejó todo para asistir a sus rivales, los auxilió y volvió a la ruta junto a Marimón animándolo a continuar y ganar quedando él en segundo lugar. Pero sus logros deportivos no pudieron opacar su espíritu, su imprevisible bondad, con la que cautivaba a todos. Fue subcampeón de Turismo Carretera en los años 1947 y 1948, ambas ediciones por detrás de Oscar Alfredo Gálvez y en 1952 por detrás de Juan Gálvez. Al mismo tiempo, obtuvo 9 victorias en competencias finales entre 1941 y 1953. Pasó a la historia como El Caballero del Camino. Era un hombre que prefería se fiel a sus principios aunque perdiera la gloria del triunfo, pero logró así una mayor. La eternidad.

Y ahí, en la Plaza Eusebio Marcilla, es posible eternizarse. En sus historias la ética no es cuestión menor. La ética que construye lazos limpios, es posible en esa plaza, el amor es posible en esa plaza, el deporte también, hoy colorida y teñida de niños que saltan y cantan y que del colegio se tiran en sus verdes laderas, la plaza emana a Marcilla. Entonces, si cierro los ojos puedo verme con Vero, Mela, Loly, Claudia, Chelo, el Colo, Pathy, Sata y algunos más corriendo llenos de vida en pos de un pido mancha. O contando con ojos semiabiertos apoyada en un tronco que Marcilla nunca tocó, pero que naturaleza obliga, tiene su ética, y me susurra: no hagas trampa, son tus amigos. Entonces cierro los ojos y me cantan piedra libre. Pero vivo en paz.

Plaza Eusebio Marcilla, enfrente, el colegio Marianista, en el otro frente, el Club Junín, a dos cuadras, Fátima, en pleno corazón de un barrio que sabe de un hombre que alza a otro en un monumento.

Invito a ir a esta magnifica y renovada plaza, a disfrutar su espacio, a ver a nuestros niños y jóvenes hacerlo, pero también a transitar en las cercanías del monumento, recordando valores que parecen perdidos, como la solidaridad, la amistad, el compañerismo, y la honestidad. Valores que le sobraban al gran Eusebio Marcilla. Y que el mundo veloz de hoy, donde todo es fugaz, éste universo líquido que estamos construyendo y que nos diluye sin darnos cuenta que son esas calidades las que nos diferencian.

Las ágoras deben ser espacios libres, para reflexionar, para que el pueblo lo haga, para que muestre quién es, tal vez los breves relatos propuestos en este espacio de un periódico local, sean el inicio de una era donde la valentía, la ética y la paz no sean utopías.

La democracia no es un sistema que asegure el pan

Con la democracia se come y se educa, decía el gran Alfonsín, y era un deseo. Pero no es verdad. La democracia no es un sistema que asegure el pan. Aunque perfectible, es el mejor sistema posible, pero no es mágico.
Se come, se educa, se crece con trabajo, con esfuerzo, con conocimiento, con valor agregado. Y esa premisa nos dejó colgados de un encantamiento que no se produce.
Los mesías políticos no existen, son construcciones discursivas que aquietan la ansiedad de un pueblo que ha perdido el valor de la dignidad. Es necesario recobrarlo. Es menester educar, es una obligación moral social modificar este paradigma que desde la vuelta a la democracia, estamos sosteniendo y que nos demostró en cada crisis su falsedad.
No alcanza con la palabra democracia, debemos ser responsables, honestos, solidarios, honrados, porque es lo que hay que ser. No es un mérito. En Sudamérica nos hemos olvidado del concepto de valor, que no es el del blue ni el de ninguna moneda. Es el que intrínsecamente debemos tener como comunidad si pretendemos mejorar. ¿Y cuál es el valor de una sociedad?
Es el que los individuos que la componen le otorgan, es decir, si no valoramos nuestros héroes de Malvinas, si no valoramos nuestras familias, si no valoramos nuestros bienes públicos y los destrozamos exigiendo derechos pero destruyendo los de otros, si no valoramos a nuestros hijos, si no valoramos nuestro idioma, nuestros ancestros, nuestras costumbres, nuestra palabra, nuestros amigos, nuestra cultura, nuestros autores, nuestros vecinos, nuestros obreros, nuestras deudas, nuestras iglesias, nuestros amores. ¿Por qué pretendemos tanto?
Nos olvidamos del esfuerzo, de lo ganado con honra, de la fuerza de voluntad, de la experiencia de vida, del camino. Vivimos corriendo tras cosas que no tienen valor. Pero no valoramos la vida.
No tenemos derecho a quedarnos prendados de frases rimbombantes que políticos inescrupulosos de cualquier color nos regalen. No hay soluciones mágicas. No podemos vivir sin trabajar. No podemos pretender un estado padre que nos proponga ser hijos mantenidos a costa de la libertad.
Saquemos de una vez por todas la patria de las entrañas y unamos fuerzas para dejar un mundo mejor.
Para educar, comer, crecer y ser responsables de nuestra identidad.
¡Vamos Argentina Carajo!

Historias de Barrio: 11 de Julio, la magia de la diversidad

Desde 1980, el 11 de Julio es el Día Mundial de la Población. Y una población se define como el conjunto de seres vivos que habitan en un lugar determinado. Porque hay algo que los une, algo que los conecta, que mantiene en un hilo conductor en ese sector habitacional que lo hace único. Sin dudas el barrio 11 de Julio tiene esa característica.
Es un barrio aguerrido, de cuestionamientos, capaz de sostener un Centro de Formación Profesional en su sede fomentista, de conservar el juego de los pibes en la vereda, de transitar el presente sin miedo al futuro. Es un barrio de arribos y de nuevos sueños. Un barrio barrio, ese en el que los vecinos saben quién es quién y en el que el antiguo Junín y el nuevo se funden entre San José Obrero y la plazoleta Héroes de Malvinas, para dar cuenta que la historia es de aquellos que la escriben. El 11 de Julio traza historia, y se amplió para adquirir otras, teñidas del verde Junín.
El verde Junín es un sentimiento, una cuestión de honor, una escuela de vida, no es solo un matiz. El verde Junín son Pocha y la tía Coca riendo a carcajadas por un chisme barrial, es el aroma a choripán de los sábados o domingos, o la familia vestida de verde Junín por la calle. La murga bullanguera que toma Gandini cantando para alentar al campeón. Es el Gallo Melillo, la fuerza de Cristian en Metrópoli, las ganas de llegar.
El verde Junín es Sarmiento, Club Atlético Sarmiento, nacido como Sarmiento Football Club en 1912 y que lleva su actual nombre desde 1933.
Casualmente también en 1980, consigue llegar a la Primera División del fútbol argentino, fue un día histórico. La ciudad festejó y agradeció vistiendo como nunca de verde; era un plantel de glorias del balompié: Toti Iglesias, Peremateu, Luciano Polo, Lorant y muchos más. Pero ese logro no hubiera sido posible sin su barrio, sin la comunidad. Una historia que se empezó a escribir con Coco Pelli, con Heber Pérez, que tuvo a Pasarella y a Funes como protagonistas, que brilló con el Tigre Gareca, que luchó la garra de Fito Pezzatti, que llevó al gran fútbol al Pocho Cerutti.
Sin embargo, es la población del club Sarmiento la que lo confirma, esa que construye cada peldaño de la tribuna, la que pisa su suelo, el socio, el simpatizante, los cientos de chicos juninenses que pueblan su escuelita y luego sus inferiores. La magia de la diversidad.
Imposible dejar fuera del barrio 11 de Julio al Estadio Eva Perón, el único que lleva el nombre de “esa mujer”, como diría Walsh, en la República. Un estadio que reúne a la ciudad, que crea lazos, y entre fútbol y formación, transcurre el barrio. Los Paggi, los Jonson, los Ogna, Bermúdez y su labor, la alegría rubia de Silvia Baldi y el aroma de los alfajores La Malocha.
En un rincón de la sociedad de fomento 11 de Julio, se encuentra agazapado el futuro, esperando por uno de los nuevos pobladores. Esos que compraron el terrenito de Arias para darse cuenta de que la casa propia no era quimera y hoy detectan que los años pasan y los chicos crecen, como el barrio, como la ciudad, y no es fácil crecer, hay tragedias, hay esfuerzo como siempre en la vida, pero descubrieron que se puede, con esperanza, con una ilusión verde. De ese increíble verde Junín.

Historias de Barrio: El Picaflor, el guardián del tiempo

Dicen que El Picaflor es un guardián del tiempo, que puede contener en su pequeño cuerpo colorido el pasado, el presente y el futuro, sin dejar de transmitir alegría y amor.
Los que vivimos en El Picaflor, no tenemos dudas. Irigoyen e Yrigoyen, Pellegrini, Tedín, Remedios de Escalada, Gandini, nos van chismeando cuentos y momentos, ocurridos entre sus adoquines y nuestros sueños. La historia misma de Junín puebla este barrio, que se enorgullece a diario de ser.
Podemos también recordar al abuelo del gran Borges, al maestro Sarmiento, al Comandante Escribano, a Quintana, y descubrir por Italia, que la patria es un crisol. Nos embriaga el espíritu de Margarita Colombo y en el hacer cotidiano, Jorge Libonatti nos inspira con su amor por la gestión.
Es un honor pertenecer al barrio del gran Edgar Aramburu que sigue dando clases de fútbol y educación. A un barrio que cuenta con un mago que hacía del baloncesto y del Club los Indios una gloria. Quién no soñó con un mundial de básquet de la mano de Aréjula. Tantos niños formados en la calle Borges y tanta pasión puesta en transmitir el valor de la disciplina y la solidaridad.
No debemos olvidar a las personas comunes, las señoras del barrio, las maestras, las Catas, los Guerriero y su fábrica monumental, la sastrería Malizia, la universalidad.
Un barrio es una sumatoria de vidas suspendidas en el tiempo, son las alumnas de las Parrilli haciendo ballet en el ventanal, es la tía Negra cantando un castillo de arena, los chicos García Bazzano jugando sin cesar. Los Álvarez Rea, las tradiciones, es el gran Hospital San José, que vio nacer a media ciudad. Las vacunas con chupetines, que el tiempo transformó en Tribunal. Las bicis en esa manzana que sirve para aprender, en la que caminamos, sufrimos, nos revisamos, nos casamos y nos juzgan a la vez. Cómo no sorprenderse en El Picaflor.
Los que pueden, recuerdan el entubamiento de calle Italia y lo que significó, recuerdan a los vecinos ilustres que pasaron por el barrio, como don Edgar Calvo, Don Pepe Buono, Miguel Lonegro o la estrella veloz de Eusebio Marcilla que aún transita por la ciudad.
Los que vivimos en el barrio, sabemos de su comunidad. De seguir viendo al vecino a diario y tener su teléfono, de la tristeza por la partida de Don Raúl Capogrosso, que ayudaba a construir realidades, nosotros sentimos que aún nos cruzamos caminando con el increíble Pico Aguiar, que la noche nos trae bochas en el Club Gimnasia y que en Gandini y Dorrego nos encontrábamos para noviar.
La historia de un barrio la componen sus obras, sus calles, sus edificios, sus clubes, sus comercios, sus sedes, sus escuelas, sus capillas y muchos registros materiales del tiempo, que va quedando atrás.
Pero la verdadera historia, es la que cuenta su gente, la que escribe día a día con su accionar. Las tazas de azúcar prestadas, el auto compartido para llevar a los chicos del barrio a estudiar, las conversaciones de a cuatro barriendo la vereda en la mañana, las posibles traiciones; esos amores prohibidos, la paciencia con las obras, la búsqueda de seguridad. La gente viendo a la gente, el hombre siendo humanidad.
El Picaflor, que guarda tiempos, es un barrio que nos puebla y nos ayuda a poblarlo. En el que los nacimientos, las heridas, los triunfos y las partidas, se viven en congregación, protegido por la Virgen Niña, pero sabiendo que todos somos responsables por los demás.
Aquí nacieron mis hijos, y los hijos de tantos otros, inevitable pensar en el barrio como mío. Un barrio que tiene una cortada muy particular. Se llama Fortín Federación. Nuestro primer nombre como ciudad. Allí viven amigos, allí se quiebra la grieta social. Cada vez que pasamos por esa calle, una voz nos invita a reflexionar.
Guardemos el tiempo, protejámoslo, porque el tiempo no para. Seamos como El Picaflor, guardianes de nuestra sociedad.