Diario de Cuarentena: Mejor no hablar de ciertas cosas.

En un mundo selectivo, donde se habla sólo lo que conviene, es difícil ser libre. La conciencia no importa, la verdad no importa, solo el metarrelato construido para parecer. Y entonces, para hablar de la ciudad, podemos comenzar diciendo que no importa el otro. Una joven desaparecida pero el comentario pasa por su vida, si era licenciosa o no, si esto, si lo otro. Y no hablo de las autoridades, hablo de nosotros, sus vecinos. Tiene que aparecer, después veremos si actuaba bien o mal, o de qué vivía. ¿O estamos libres de pecado?. La vida es de lo que debemos hablar. Pero no. Nos empeñamos en hablar de muerte. Mientras, les roban a nuestros abuelos, nos amedrentan, cada vez tenemos menos poder adquisitivo. Y mientras tildan a un vecino de antipatria, acuerdan con cualquiera con tal de ganar una elección.

Me asusta tanta traición y tal falta de valores que podemos lastimar y hasta cuestionar al que enferma. ¿Nos creemos superiores? Todos podemos contraer la enfermedad COVID y deberíamos abrazarnos en la solidaridad que tanto pregonan. Al fin de cuentas somos humanos, nada más. Y en vez de crear mensajes perversos, de una depravación tal, que hace que ante la desaparición de una joven de 29 años, nos ocupemos de rotularla y no de su situación. Porque venimos hace muchos años así, con un lema que nos vuelve cada vez más hipócritas y que la pandemia, y esta insoportable cuarentena parece haberlo convertido en dogma, con un tapaboca como símbolo, y si: mejor no hablar, de ciertas cosas.

La construcción social del paisaje

Por Soledad Vignolo (*)

La construcción social del paisaje es un concepto que intenta proporcionar una exploración metodológica y de pensamiento crítico que contribuya al debate sobre un tema novedoso que pretende recuperar al paisaje como un elemento clave para reconstruir la geografía cultural de inicios del siglo XXI. Así el paisaje es tomado como el resultado de la transformación que la sociedad y su cultura imprimen sobre la naturaleza, constituyendo una dimensión paisajística cultural de la sociedad que amerita nuestro apoyo y reconocimiento.

Esto significa que hablar de paisaje es hablar no solo de los espacios que se ven y se evidencian, sino de los que son invisibles o se ocultan, de los efímeros paisajes metropolitanos, los que producen miedo, y acá amerita citar a Alex Richter-Boix cuando nos dice que la identificación de lugares peligrosos genera así unos “paisajes del miedo” o “geografías del terror” que se evitan. Unos paisajes que compartimos con el resto de los animales. El miedo es un factor ecológico más que moldea los ecosistemas. También aquellos paisajes que se generan a partir del sentimiento, esa ciudad oculta en la que aparecen los odios, los amores, la vulnerabilidad social, y se mezclan con los del género el cuerpo, o los paisajes que nos devuelve la nostalgia.

Todos ellos son piezas claves en la conformación de una nueva geografía paisajístico cultural que nos otorga miradas alternas a la tradicional del paisaje descriptivo, material, real y evidente que es al que veníamos acostumbrados. Esta nueva construcción habla de aquello que está sin estar, más subjetiva, más perceptiva, una geopolítica que se hace cargo de lo que se encuentra detrás de lo que parcialmente se ve, es entonces que podemos comprender, conociendo lo oculto, los espacios del control y de la planificación basados en los elementos que recomponen la parte evidente de los procesos crean ese paisaje determinado.

El paisaje ha sido un tema constantemente en la vida humana, representado a lo largo de la historia con diferentes estéticas e intenciones, modificándose su imagen en la historia del arte, la geografía, el patrimonio, lo cultural. Como afirma Joan Nogué en La construcción social del paisaje, de donde está tomo el título de esta reflexión, “el paisaje puede interpretarse como un producto social, como el resultado de una transformación colectiva de la naturaleza y como la proyección cultural de una sociedad en un espacio determinado”. En ese sentido, “no solo nos muestra cómo es el mundo, sino que es también una construcción, una composición, una forma de verlo”.

Por lo antedicho, el paisaje no es la naturaleza o el lugar que se contempla, sino lo que se construye a partir de ello, una construcción cultural que debe ser interpretada, y a partir esa construcción ciertos universos físicos existentes se convierten en paisaje. Es decir, elaboramos un paisaje por medio de un proceso creativo en el que la intención, intervención e interpretación del observador de ese espacio territorial da como producto una visión o una idea.

Entre los asuntos a tratar en el futuro respecto al paisaje está el acercamiento a la naturaleza entendida a veces de forma concreta y otras de modo abstracto, la preocupación por la intervención del hombre o la memoria como elemento fundamental en su construcción, en el que lo importante no es lo que se ve, sino lo que no está presente, pero forma parte de la historia del lugar y de las personas.

Es relevante también comprender la ciudad posmoderna y su periferia llena de límites indefinidos se vuelven centro de atención que requieren una reflexión sobre esa transformación, esa ruina, y una construcción de lo degradado. Todos los paisajes, son paisajes construidos, porque es producto de una construcción social. Esta pandemia mundial nos permite reflexionar sobre lo que le hacemos al paisaje natural, sobre la necesidad de sostener políticas que conserven sin impedir el desarrollo, sobre una búsqueda sustentable en lo que se ve, pero también en aquello que esta como fondo de cocción del paisaje.

Nosotros tenemos en nuestra ciudad humedales, laguna, y mucho paisaje urbano que se modifica sin tener a veces una mirada amplia sobre el mismo. Dice Roberto Mulieri, presidente de la RAP Red Argentina del paisaje: “El mundo va a necesitar voces autorizadas, con carisma y fuerza simbólica, con una visión nueva sobre la relación de la sociedad con la naturaleza y también sobre este modelo de producción que lleva decenios de saqueo de los bienes de la tierra y la modificación del clima.”

Todo eso es cierto, pero agrego que debemos plantear soluciones que tengan trazabilidad, que mantengan la producción, aunque adecúen los métodos, que volvamos a pensar que somos una especie que debe preservar su hábitat, y que lo que puso en juego la pandemia, es mucho más que la certeza de la mortalidad. Podemos elegir cómo vivir. Y pensar la construcción social del paisaje es la llave para comenzar una nueva forma de existencia, posiblemente más igualitaria.

(*) Miembro de AAgeCu

Diario de cuarentena: Todo queda en Casa

«Creo que escribo naturalmente de una manera fácil, sin pensar en que eso tenga que ser fácil» Alice Munro

Como cada domingo dedico el diario a recomendar autores que he leído y que representan lo que considero interesante en la literatura, sin dudas una de mis autoras preferidas es Alice Munro, que se consagrara como una escritora universal gracias al premio Nobel, y en Todo queda en casa la propia narradora canadiense selecciona los que considera sus mejores cuentos. Siendo una gran maestra del género, a quien la crítica señala como una «Chéjov contemporánea», y desde esa mirada, ha elegido los 24 cuentos que configuran ‘Todo queda en casa’ (Lumen), un millar de páginas que invitan a disfrutar del universo de una escritora que ha hecho de las emociones de las vidas sencillas la temática de su obra,maravillosa en las historias cotidianas que nos acercan a sus cuentos, porque nos reflejan.

Es también el resumen de una vida dedicada a la literatura y una suerte de despedida de la gran dama de las letras canadienses, que, con 89 años, cree cerrado su círculo como narradora. La edición incluye, a modo de prólogo, ‘Alice Munro en sus propias palabras’, la entrevista que sirvió de discurso de agradecimiento de la autora a la Academia sueca tras la concesión del Nobel y en la que se presenta como «un ama de casa que aprendió a escribir en los ratos libres». Maravillosa descripción de una escritora increíble que comprende el valor de la vida real a la hora de contar historias. La selección toma el título de un cuento que apareció en ‘Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio’ y abarca toda su carrera con cuentos que se publicaron originalmente en sus libros más celebrados: ‘Mi vida querida’, ‘Demasiada felicidad’, ‘La vida desde Castle Rock’, ‘Escapada’ y ‘El amor de una mujer’.

Munro, como Chéjov jamás dejan ver la estructura que sostienen sus cuentos, con una sencillez solo aparente sostenida en frases precisas y un sentido crítico sin juicios morales. Se centran siempre en las relaciones humanas sobre las que Munro enfoca su lente de la vida cotidiana, un registro en el que la propia escritora se declara deudora de antecesoras como Flannery O’Connor, Katherine Anne Porter, Eudora Welty o Carson McCullers.

«Quiero que mis cuentos conmuevan a las personas; no me importa si son hombres, mujeres o niños… Quisiera que el lector, al terminar un cuento, sintiera que es una persona distinta», asegura la autora, que admite no conocía la palabra ‘feminismo’, mientras sin dudas, lo ejercía. Sus relatos los protagonizan gentes sencillas, anónimas y con problemas reconocibles. A menudo madres e hijas, mujeres valientes, y decididas habitantes de pequeñas ciudades. En esos ámbitos despliega un mundo emocional en el que el placer y el dolor se agazapan a menudo bajo el hule de una mesa de cocina. Esas emociones y sentimientos de personajes comunes en parajes lejanos son el alma de unos cuentos que encierran lo mejor y lo peor de nosotros. Lugares como Clinton, en Ontario, y Comox, en la Columbia británica, entre las que hoy reparte su tiempo Alice Munro, voluntariamente alejada de las grandes metrópolis y de los cenáculos literarios. «Pienso que cualquier vida, cualquier entorno, puede ser interesante», afirma Munro, que jamás pensó «en la escritura como un don» y que acaso «no hubiera sido tan osada si hubiera vivido en una ciudad, compitiendo con personas».

Alice Munro nació en 1931 en Wingham (Canadá). Hija de una profesora y un granjero de religión presbiteriana, cursó periodismo y filología inglesa en la universidad de Ontario, aunque abandonó los estudios al casarse en 1951. Madre de tres hijas, abrió junto a su marido una librería en Victoria y escribía en secreto mientras cuidaba de su casa y su familia. Divorciada en 1972 del padre de sus hijas, se casó cuatro años después con Gerald Fremlin. Es autora de de doce volúmenes de relatos, una novela y tres antologías a lo largo de medio siglo, sus relatos se han traducido a una veintena idiomas. Todos caracterizados por su «sutil narración caracterizada por la claridad y el realismo psicológico» a los que la Academia sueca aludió para justificar el premio.

Para mí, como lectora, Alice es una de nosotras, sufre las mismas frustraciones y los mismos sueños, pero elige contar su historia a través de la historia de otros, que se nos parecen, tanto que al leer sus relatos, tomamos conciencia de que Todo queda en casa.

Diario de Cuarentena: América.

Cuando se habla de alteridad, de solidaridad, del otro, hay que tomar nota que ese otro es de carne y hueso, no un discurso. Por eso me puse a investigar. Más del 40% de los ciudadanos latinoamericanos son pobres, muchos de pobreza crónica. En nuestro país estamos más arriba aún. Los modelos populistas no han colaborado a superar la pobreza, sino que construyeron un status quo de desigualdad. La pandemia acrecentó eso, y nos muestra en la miserable realidad que afrontamos, la falta de recursos genuinos en todas las áreas del sistema.

La caída de las exportaciones. las retenciones, las políticas estatistas y los altos déficits fiscales, que acarrea la imposibilidad de obtener empleo privado genuino, hace que incluso personas de clase media caigan en la pobreza estructural, hoy en día avanzando sin que se apliquen contenciones de ningún tipo. Si sumamos los graves problemas institucionales y la situación de toda la región, es válido sentir que necesitamos descubrir nuevos modelos políticos, culturales y económicos para no caer en la indigencia.

Entre los más afectados por la pobreza, según CEPAL, se cuenta un país cuyo Gobierno se ufana de sus “logros sociales”: Venezuela. La Argentina, es considerado otro país que apuesta por un modelo “nacional y popular”, con un índice de pobreza que sube estrepitosamente. Lo paradójico es que ambos países poseen riqueza, entonces cuál sería el motivo.

¿Hasta qué punto son efectivos y sostenibles los modelos redistributivos populistas? “No son efectivos ni sostenibles. Fueron financiados por el boom de las commodities y con déficits presupuestarios. Se aumentaron los gastos sociales y las subvenciones en salud, alimentos, medicamentos y combustibles, pero se descuidaron necesarias inversiones en infraestructura, educación e innovación tecnológica”, dijo el Dr. Ralph Rotte, profesor de Politología y Economía en la Universidad RWTH, de Aquisgrán.

Es claro que ese tipo de política redistributiva, funciona solo a corto plazo y con altos precios de las materias primas y las commodities. No hay viento de cola en este momento mundial y aunque tenemos los argentinos alimentos para exportar, y se van a necesitar, nuestra cultura nacional y popular castiga una y otra vez a quien los producen. Y aunque viniera en la post pandemia un auge de las commodities, la financiación de presupuestos como los latinoamericanos, con alto déficit, siempre genera una inflación sin control. Si le agregamos el creciente dirigismo estatal, una gran burocracia y el avasallamiento del Estado de derecho, podemos padecer nuevamente graves consecuencias.

Mi diario de hoy es puramente práctico, vengo leyendo mucho sobre américa para entender el fracaso de los latinoamericanos y creo que es porque no nos planteamos nunca una alternativa que sea política de estado. Una política económica y social que apueste por inversiones, la iniciativa privada, la competitividad y una apertura hacia el exterior. El Estado ocupándose de la infraestructura y educación, la creación de incentivos para inversionistas nacionales y extranjeros que ayuden a modernizar y diversificar la economía con gobiernos que se preocupen por ver cómo podemos integrarnos a nivel local, regional y mundial.

En investigaciones económicas empíricas se ha demostrado que una política económica de ese tipo puede ir asociada además con redistribución, mayores impuestos a los sectores más exitosos y transferencias a los pobres, lo que lleva a un mayor consumo, más demanda, más crecimiento y empleo. Claro que si el poder lo toma un régimen populista, eso no va a suceder porque son cortoplacistas y estas políticas que sugiero, o en realidad sugieren maestros de la economía y la sociología, exigen una retirada parcial del estado, planes económicos confiables, total vigencia del estado de derecho y plena democracia. Ninguno de esos puntos parece compatible con el supuesto socialismo gobernante en este siglo.

Me preocupa mucho que los modelos populistas y asistencialistas fomenten el clientelismo y el nepotismo, tal como sucede en Venezuela y la corrupción que sucedió en las últimas décadas en Brasil y Argentina, además descreo de sus buenas intenciones. El asistencialismo está pensado como instrumento del clientelismo, para atar a parte de la población al Gobierno y asegurar mayorías populistas. Por eso no pueden separarse. Y hoy veo con tristeza que en plena pandemia, está siendo usado para que más gente dependa del estado. Por otro lado, el modelo parte de una creciente influencia del Estado y de un rechazo ideológico de cualquier mecanismo o recurso genuino que provenga del mercado. Esto lleva a más burocracia, más nepotismo y abultada corrupción.

En caso de una crisis, como la actual,los ajustes necesarios, ante la bancarrota estatal, golpean sobre todo a los más pobres. No solo vuelven a la desigualdad inicial sino que la profundizan, únicamente porque la educación y la cualificación, un sistema como el que nos gobierna, las desatiende. Y acá estamos, nosotros, el pueblo silenciado, frente a la grieta, el virus, las inequidades y la espantosa traición de la clase política, arrodillada tras los cheques del poder.

Pero no todo está perdido, hay que seguir luchando por una América libre de populismos, por una Argentina conectada y pujante. Voy a compartir la poesía de una canción que amaba mi madre y que cantaba Nino Bravo: Donde brilla el tibio sol, con un nuevo fulgor,dorando las arenas. Donde el aire es limpio aun bajo la suave luz de las estrellas. Donde el fuego se hace amor,el río es hablador y el monte selva, hoy encontré un lugar para los dos en esa nueva tierra. ¡América, América! Todo un inmenso jardín
eso es América, cuando Dios hizo el Edén pensó en América. Cada nuevo atardecer el cielo empieza arder
y escucha el viento, que me trae con su canción una queja de amor, como un lamento. El perfume de una flor, el ritmo de un tambor en las praderas. Lanzas de guerra y paz, de un pueblo que aún no ha roto sus cadenas.¡América, América! Todo un inmenso jardín eso es América. Cuando Dios hizo el Edén Pensó en América. ¡América, América! Todo un inmenso jardín eso es América. Cuando Dios hizo el Edén pensó en América.

Diario de cuarentena: Lenguaje.

“Todo lenguaje no es ni reaccionario ni progresista; es simplemente fascista, ya que el fascismo no es impedir que hablemos sino obligarnos a hacerlo” R. Barthes.

Uff, que cargada de tensiones viene la vida en la cuarentena. Ayer tuve que ir a realizar un trámite a un organismo del estado, y comenzó la primera contradicción del día. Una cola de veinte minutos, con gente a poca distancia, algunos con barbijo, otros sin, solcito fresco. Sale un oficial de atención y me pregunta a qué voy, con tono de no tenés otra cosa que hacer. Explico mi situación y vamos cuesta arriba hasta que comprenden, me apoyan un termómetro digital en la frente (pienso que no debería tocarme pero bueno) y me echan un mínimo toque de alcohol en gel en la mano, llevo en ella el dni, que uso también para frotarme, accedo al interior. Hay cinco empleados y una recepcionista, digo buen día, nadie saluda, me siento sola en una silla de espera en tándem de otra repartición que ha sido donada. Dos empleadas conversan sin barbijos entre ellas, me gusta. Porque veo una confianza diaria, están ahí, son compañeras, se apoyan. Deja de gustarme cuando no me atienden, aunque soy la única. Al rato una se sienta, se coloca el tapabocas negro y me llama, le explico y me mira como si hablara otro idioma, lo digo más alto, pienso que el barbijo me impide ser clara. Me mira, y le grita a otro compañero, se acerca, le explica. Ah! dice y toca dos teclas. El trámite se logra. Alivio.Cuando me retiro, vuelvo a saludar, nadie me contesta. Afuera hay mucha gente «reunida» esperando.

De ahí vamos al super a retirar un pedido online. Toman la fiebre, alcohol, mucha gente conversando en la puerta, los empleados hartos de tener que ejercer un poder de policía que no les corresponde, me dan las cajas, toco las cajas, me dan el ticket, toco el ticket. Mismo procedimiento y cola y gente en la farmacia, y en los trámites básicos que me toca, nos toca, realizar. Me alegra ver gente paseando y viendo vidrieras, implica trabajo, comercios que van a poder sustentarse. SIento que, como nadie nos hizo test a tiempo, tal vez seamos miles o millones los portadores de covid en el país (la mayoría asintomáticos o leves, gracias a Dios), que sin palabras, vamos creando una inmunidad colectiva. Porque esto que vi en mi ciudad, es un botón respecto a los que ocurre en AMBA, que es donde el virus circula a full. Y como soy escritora, pienso en el lenguaje, en cómo lo utilizaron, en la retórica del miedo y la mentira. Y me doy cuenta que hemos sido obligados a hablar todo el día de esto. Todo el día hablamos de cuarentena y COVID y SARS y la reverenda pandemia. Mientras, en el sur, una madre tiene que parir hijos muertos en un baño de hospital porque no la atienden, desaparecen jóvenes, los ancianos se mueren solos y enfermos de otras cosas, balean adolescentes que escapan de ladrones, en el centro del país, por pasar un control, sin ver a los verdaderos delincuentes. Nos obligan a hablar de un virus que mata a algunos, y me aterra que lo haga, para poder matarnos a todos. Porque dejarnos sin derechos, sin justicia, sin dinero, sin trabajo, sin proyectos, es morir.

Apelo a volver a pensarnos como éramos, para que el lenguaje pase de ser un fascismo obligatorio a un idioma de los sentimientos, de la palabra como eco de una vida, y cito a Cortázar en Rayuela: “Pero qué es el recuerdo sino el idioma de los sentimientos, un diccionario de caras y días
y perfumes que vuelven como los verbos y los adjetivos en el discurso”.

Diario de Cuarentena: Nadie sabe que estoy aquí

«Muchos aspectos de la vida moderna están diseñados para tratar de convencernos de que estamos completamente seguros, protegidos y en control de todo lo que nos rodea. Y eso simplemente no es cierto. evidentemente el mundo atraviesa por una situación que está impulsando ese mensaje»

Katie Mack

Un día más. Pero cada vez son menos vanos. Cuando la comprensión de que no hay control posible sobre la mayoría de las cuestiones de nuestro universo, el personal, el social comunitario, el mundial, y el cósmico, los días se vuelven interesantes. Por eso siento que es un tema necesario para compartir hoy.

Nos cuentan en los medios, en especial durante la pandemia mundial y particularmente en la espantosa cuarentena nacional que estamos seguros, que nos cuidan, que tienen todo bajo control. No es cierto. Pero además de la mentira es científicamente imposible. Tanto la cosmóloga que cito en el acápite, como la mayoría de los estudiosos de la ciencia que merecen el nombre de científicos reconocen sus límites de comprensión y lo que sí saben es que todo en el universo es impredecible. No hay posibilidad de saber cómo terminará la existencia universal, mucho menos la terrestre, y muchísimo menos la pequeña existencia humana dentro de los reinos animales. No somos los más resistentes y si juzgamos muchas de nuestras acciones, que tienden al exceso, somos los más destructivos.

Entonces un día cualquiera, se transforma en un día importante. La mirada de mi hijo, es la mirada divina. La mano cálida de mi amor, una bienvenida y acariciar la cabellera blanca de papá una fortuna. Claro que tanta dulzura se me corta al leer los diarios, ver el dolar, escuchar que llevamos más de 4000 muertos y que no tenemos plan sanitario ni económico, que un virus ínfimo nos amenaza desde hace tiempo y que viviendo en un país lleno de posibilidades, los gobiernos lo empobrecen. No soy inmune a la insoportable levedad moral de la realidad cotidiana argentina. Pero puedo elegir ser permeable al hoy, a la vivencia única de mi paisaje emocional, que me puebla en el afecto, en las caminatas bajos mis álamos plateados, acariciando mis dos perros y mis dos gatos, jugando con una rama seca, abrazando amigos con palabras, y buscando un sentido mucho más exponencial a los valores, que son, en última instancia, los únicos bienes con los que poblamos el mundo. Al fin de cuentas, nuestras vidas son tan mínimas, la mía es tán insignificante que nadie sabe que estoy aquí.

Aquí vengo, no tardaré
Sólo para preguntar
Lo que deberías saber
Hay una tierra en lo profundo

No hay esperanza en mi corazón
No hay sentimientos
Este mundo es muy frío
Aquí me acuesto y miro las estrellas

Siento que estoy soñando toda mi vida
Acá está el amor que olvidé
El brillo danzante de mi corazón
Algo anda mal
No pertenezco, oh no

Nadie sabe que estoy aquí
Yeah, yeah, yeah
Nadie me está hablando
Nadie puede liberarme

Nadie sabe que estoy aquí
Yeah, yeah, yeah
Algún día las estrellas sobre mí
Sentirán lo que necesito sentir

Escucha mi voz más allá de mis ojos
Siente el amor, siente el viaje
No hay nubes en el cielo
No hay razón para llorar

Sólo las estrellas que brillan adentro
No volveré, estoy afuera de vista
Polvo cósmico inunda la noche
No escucho sonidos, no veo la luz

Olvidé quién soy
No puedo encontrar mi hogar
No pertenezco, oh no

Nadie sabe que estoy aquí
Yeah, yeah, yeah
Nadie me está hablando
Nadie puede liberarme

Nadie sabe que estoy aquí
Yeah, yeah, yeah
Algún día las estrellas sobre mí
Sentirán lo que necesito sentir

Autor:Carlos Cabezas

Diario de Cuarentena: ¿y el centro?

Cursando el quinto mes de cuarentena, ya no me interesan las recetas culinarias, ni tengo ganas de pintar paredes o renovar vajilla. Tampoco queda resto económico para todo lo que sugieren desde spots publicitarios y desde cada boca afín al gobierno con la que uno se cruce en las redes. Necesito ver a mis afectos, extraño a mis hermanos, sobrinos, amigos, quiero salir, disfrutar, proyectar, vivir. Por expresar mis deseos he sido tildada desde asesina, a libertina, idiota,, incapaz de practicar la alteridad, hasta el suave mote de anticuarentena. Pero como cuando digo lo que pienso y siento, no necesito enojarme con otros o rebajarlos, mucho menos maltratar a un semejante, solo lograron que piense, investigue y me interese más en las tensiones que tanto odio al disenso, me provoca. Y he llegado a algunas conclusiones que voy a compartir en el diario de hoy.

En primer lugar, me pregunto por qué es tan poco soportable para el pueblo peronista, o kirchnerista confeso, que alguien los cuestione. Yo creo que son militantes de una cuasi religión, no olvidemos que Perón seguía los preceptos del fascista Giovanni Gentile, y la propaganda tanto como la sacralización de las figuras hacen que ese «sentimiento» peronista, sea de por vida. No importa lo que hagan ni cómo lo hagan, un verticalismo claramente secular los alinea. No soy anti peronista, mal que les pese a algunos, incluso hay muchos que me parecen cuadros interesantes, claro que no llegan a primera línea. El Kirchnerismo por el contrario, se aleja de esa ortodoxia y cae en cuestiones de una raigambre más aleatoria, donde lo que importa es el poder por el poder. Y para eso todos los medios valen. Toma cierta doctrina justicialista, pero, en mi opinión la desacraliza. No lograron santificar al ex presidente fallecido y menos a la actual vice. Tampoco soy radical ni aliada de ese partido, he padecido la coordinadora en mi juventud, y la considero muy similar a la cámpora. Ni soy pro, porque siento que fue una fuerza interesante que cayó en manos de otra que tenía la estructura nacional para accionar, como le ocurrió a la UCeDe con el Menemismo.

La cuestión es cultural, y es grave. Hace años que se estableció una política cultural orquestada para cuestionar los cimientos sobre los que se asienta la concordia y el reconocimiento entre los argentinos. Este proyecto cultural e ideológico no se limitó a la Grieta y se hizo extensible en torno a la legitimidad de quién puede gobernar en democracia y no sea de tendencia peronista, kirchnerista o de izquierda. El centro, el liberalismo o la centro derecha no puede gobernar porque no es democrático, la izquierda sí y, por ende, hay que echar a la derecha, ya sea a través de falsas acusaciones, utilizando cuestiones sanitarias, o demonizando a sus líderes como antipatriotas o oligarcas. La democracia sólo es “real” sin alternancia democrática . Es real si es de ellos.

No se trata de ningún secreto. A falta de proletarios, buenas son las identidades. El progresismo de las últimas cinco décadas ya no se centra en lo económico, ni en los intereses de quienes cobran un sueldo. De hecho, hay autores como Alain Touraine que afirman que ya no hay en el mundo socialismo, sino postsocialismo. Esta nueva izquierda (o New Left) intenta más bien alzarse en representante exclusivo de todos los colectivos que hayan sido alguna vez oprimidos: mujeres, minorías sexuales, etnias, nacionalidades, inmigrantes, hablantes de lenguas minoritarias… Grupos en apariencia con escaso poder, pero que unidos a sus aliados bien pueden alcanzar una mayoría. Y aquí estamos.

Por ello no debería sorprender a nadie que haya leído algo de política en los últimos cincuenta años que la izquierda intente monopolizar el feminismo, lo LGBTQ, los nacionalismos o cualquier otra reivindicación identitaria. Ni que excluya virulenta de esas mismas reivindicaciones a todo lo que quede a su derecha. No se trata de ningún despiste: como el escorpión de la fábula, es simplemente su (nueva) forma de ser.

Siguiendo este mismo discurso, la democracia liberal no es democracia en tanto que está sujeta al imperio de la Ley. La democracia es dejar que los pueblos decidan a pesar del resto, a pesar de la norma fundamental que garantiza los derechos y establece las obligaciones de todos.

Y en ese juego cultural perverso donde solo se puede pensar de una manera, donde solo es válido y sentido lo que plantea esta supuesta élite progresista populista que es sabia y valiosa y no puede ser cuestionada, queda el pueblo, La gente real con problemas reales, Sometidos hoy a medidas draconianas que además no resultan y con nuevos líderes de cartón que dicen y desdicen en cuestiones fundamentales, en voz baja y mientras cantan una canción al lado de un perro collie. Por el otro lado de la realidad, la gente vive insegura, muerta de hambre y sin futuro. Ninguno de los premios nobeles de izquierda propone recursos para resolver el tema. El pueblo joven que dice ser libre, acepta cabizbajo los condicionamientos de planes asistencialistas y asume un «es lo que hay» que choca con esa propia libertad,

Los partidos políticos y las elites se negaron a dar contenido a la idea republicana argentina, y hoy vemos vapuleada la Constitución Nacional con el silencio cómplice de los ciudadanos. Se ha abandonado el discurso constitucional en el imaginario social como consecuencia de la asimilación del programa cultural elaborado por la izquierda por un lado y el nacionalismo (otro agente clave que ha entendido tan bien como la izquierda la importancia de la política cultural) por el otro.

Todo ello nos ha llevado a quedarnos sin un relato cultural integrador que garantice la unidad de la ciudadanía como Nación, no por falta de recursos propiamente culturales, económicos y materiales. Simplemente se ha dejado la política cultural en manos de la izquierda, y cuando se ha intentado hacer una política cultural más ambiciosa y plural, que no excluya la izquierda o los verticalistas justicialistas, pero que abarque otras mirada, quienes tenían que hacerlo ha abandonado la tarea, tal vez avasallados por la realidad.

Los invito a pensar, a contarme que opinan, abriendo un diálogo multicultural necesario para poder despegar de este mundo que solo construye inequidad en nombre de la igualdad.

 

Diario de Cuarentena: Hablemos de Solidaridad

La Real Academia Española de la Lengua (RAE) define solidaridad como la “adhesión circunstancial a la causa o a la empresa de otros”. Ante algunos cuestionamientos sobre mi solidaridad. que tuve ayer por un posteo en el que critiqué los decretos presidenciales y la pena de prisión que rige si uno decide en su propia casa no acatar órdenes como: ventilar, lavarse las manos o reunirse con gente, claro avasallamiento de los derechos individuales. Estos decretos son dictatoriales e impropios de una democracia, pero me interpeló el comentario, porque me gusta poner en duda todo lo que pienso y me puse a analizar el tema de la solidaridad.

Algunas personas confunden la creación de leyes impositivas y de regulaciones laborales feroces con la solidaridad. Otros confunden gastar el dinero de otros con ser solidario. Como parezco un pez raro en un mar de peces que van claramente hacia la izquierda conceptual, creo oportuno explicarles lo que los liberales solemos entender por solidaridad.

Adam Smith decía,que «por muy egoísta que se suponga que es el hombre, es evidente que hay en su naturaleza algunos principios, que le hacen interesarse por la fortuna de los demás, y hacerle necesaria su felicidad, aunque nada derive de ella si no es el placer de verla». ¿Cual es mi punto de enlace con Smith? que pienso, como él que la solidaridad solo se da en libertad. Es decir, el individuo, para ser solidario, tiene que tener la libertad de elegir cómo, cuánto y a quién da parte de sus recursos y de su tiempo. No puede ser algo impuesto.

Y esto tiene mucho que ver con el individualismo, palabra que suele ser considerada sinónimo de egoísmo, y no son lo mismo en absoluto.El individualismo es la tendencia a pensar y obrar con independencia de los demás y el egoísmo es el inmoderado y excesivo amor de sí mismo, que hace atender desmedidamente al propio interés, sin cuidarse del de los demás. Y así se fue distorsionando lo que los liberales entendemos por individualismo. Friedrich Hayek, uno de los pensadores liberales más importantes del siglo XX, decía que «el individualismo verdadero afirma el valor de la familia y de todos los esfuerzos conjuntos de las comunidades y grupos pequeños, cree en la autonomía local y en las asociaciones voluntarias y, de hecho, el caso en su favor descansa fuertemente en el argumento de que mucho por lo cual usualmente se pide la acción coercitiva del Estado puede lograrse mejor mediante la colaboración voluntaria».

Y si no veamos el día de hoy, donde el estado cree que con 10000 pesos quitado de los impuestos «solidarios» resuelve el impedimento de trabajo y derechos y el hambre de una familia, mientras que los ciudadanos, entre ellos, de manera voluntaria asisten alimentariamente a niños, familias, abuelos; se cuidan, crean grupos de protección vecinales, compran comida a aquellos que emprenden culinariamente ante la imposibilidad laboral, panes y tortas a otros, donan materiales, ayudan en construcciones, y apoyan los negocios locales con pequeñas compras para que no mueran. Lo importante es que lo hacen sin que nadie los obligue y lo podrían hacer más si tuvieran ingresos más altos y si el Estado no se llevara un gran porcentaje de esos ingresos. También podrían hacerlo más si el Estado no obstaculizara la creación de riqueza. Si desde hace años no se intentara nivelar hacia abajo, impidiendo con el asistencialismo la movilidad de clases y manteniendo la riqueza en manos que hablan de solidaridad con la impunidad de los hipócritas.

Si queremos de verdad ser solidarios, por qué no pensar en la cantidad de recursos que reciben las entidades del Estado que deberían ocuparse del desarrollo social, y consideremos qué harían las personas en forma privada con esos cuantiosos recursos , unidos en una causa común como darle una mejor educación o mejor vivienda o mejor atención médica a quien lo necesite.Las organizaciones privadas sin fines de lucro que atienden a los más necesitados demuestran hoy que todavía es posible la solidaridad sin obligatoriedad. Por último pensemos quién creemos que manejará de manera más eficiente los recursos destinados a los humildes ¿una organización pública donde políticos y burócratas administran el dinero de otros o una organización privada donde los que la financian gestionan sus propios recursos?

Los liberales sentimos un deber la defensa de los derechos básicos del individuo que son la base de su autodesarrollo. Si se defienden los derechos fundamentales de los individuos, no se pueden aceptar las restricciones impuestas por la comunidad a otras formas elegidas para la vida privada. Es decir apoyamos la diversidad. Y por supuesto que creemos que la solidaridad es fundamental. Que el otro somos nosotros, por eso deseamos para ese otro la posibilidad concreta de crecer, de ser y vivir con todos los derechos que otorga nuestra carta magna en forma plena. Se habla hoy en día de derechos de solidaridad, en realidad es difícil pensar la solidaridad como un derecho. En primer lugar, la solidaridad es siempre, o casi siempre, un acto supererogatorio. Somos solidarios en la medida en que somos conmovidos por el sufrimiento, desventaja o marginamiento de otros. De ahí que pueda preocupamos tanto la suerte de una minoría étnica o religiosa en un país lejano, como la suerte de los trabajadores inmigrantes de nuestros propios países. No es una coincidencia que hoy en día los problemas que surgen a partir de la negación de
derechos humanos fundamentales, se hayan internacionalizado de tal manera que ningún gobierno pueda contrarrestarlos con el ya muy inútil calificativo de «intervencionismo».
El respeto por los individuos debe en ocasiones, por encima de cualquier otra consideración, mantener intacto el ámbito de lo privado. En segundo lugar, la apelación al reconocimiento de derechos colectivos se hace posible a partir del reconocimiento de derechos individuales. Pero aun si partimos de colectividades como minorías étnicas, religiosas, extranjeras, etc., podemos perder de vista que es a los individuos, dentro de estos grupos, a quienes se busca proteger a través del reconocimiento de unos derechos morales que eventualmente llegan a tener peso jurídico y que operan como exigencias válidas, de mutuo respeto, tanto en el plano nacional como en el internacional y tanto en el plano de lo colectivo como en el de lo individual.

Si deseamos encontrar una base contractual para la solidaridad, dicha base no podría ser la reciprocidad. Solamente podría hallarse en la conciencia de que hemos sido o seremos protegidos por el reconocimiento que otros nos confieren como individuos y colectividades dentro de la humanidad.
Es ese reconocimiento el que también nosotros podemos reclamar para todos los seres humanos. Incluso para las generaciones futuras. Suena a utopía. Una necesaria.
El liberalismo no es ajeno a ella.

Diario de Cuarentena: Angelus Novus

«Desde tiempos de Homero los grandes relatos han seguido las huellas de las grandes guerras, y los grandes narradores han emergido de ciudades destruidas y paisajes devastados». H. Arendt

Con el nuevo anuncio de prohibición, este lunes 3 de agosto se vuelve eterno. No podemos reunirnos. No se nos va a ocurrir querer ver a nuestros amigos o familia, porque nos volvemos sacrílegos. Y esa orden es emanada por decreto por un hombre o un grupo de hombres y mujeres que desde marzo viene errando en todo lo que dicen y hacen. Pero la sumisión de un pueblo con miedo y con su paisaje devastado, tal como reza H. Arendt, paraliza.

Nos hace falta un Angelus Novus que nos ilumine, al estilo de Paul Klee. Los ángeles son una forma de expresión directa, se acercan a la naturaleza sin corromper, tratando de compensar el mundo del progreso y de la tecnología con el del espíritu, tal como ha dicho Benjamín del autor. Para Klee y para nosotros como sociedad, ante tanta locura, se constituyen en un recurso simbólico para plasmar la indignación que sentimos por todo lo que está ocurriendo en un año lleno de incertidumbre, en el que las certezas han dejado de tener valor.

Digo que estamos como Klee porque cuando pintaba los angeles se hallaba en una época en la que necesitaba aferrarse a algo, tener fe, y los ángeles eran un vehículo para ir más allá de una realidad prosaica e inefable, tal como la nuestra por estos días.

Klee decía : «Para sacarme a mí mismo de entre las ruinas, tendría que volar. Y volé. En ese mundo destrozado ya sólo vivo en el recuerdo, así como a veces se piensa en algo pasado. Por eso soy abstracto con recuerdos» (1915). Las mismas ruinas en las que hoy, se ha convertido nuestra sociedad y nuestra vida tal y como la conocíamos, y que terminará pisando sobre los pies del ángel de la historia. Parece pensado para hoy, en la ciclicidad de la vida humana y social que repite los mismos errores. “Cuanto más terrible se hace este mundo, como ocurre ahora, tanto más abstracto se hace el arte” (1915).

Sus dichos marcan el camino para dar forma a mi pensamiento. klee nos muestra que lo que percibimos es una proposición, una posibilidad, no la verdad.

La verdad auténtica está en el fondo, es invisible y tal vez por eso es verdadera. ¿Cuál será la verdad que nos rodea hoy? Una vida que parece pausada, como si montados en las alas del Angelus, nos agitamos una y otra vez en la misma dirección, anulando las fuerzas.

De nuevo la imagen del ángel se nos aparece. La vida nos arroja a un tremendo dramatismo que deja al desnudo la miseria humana. No es una casualidad traer el Angelus Novus al diario de hoy, ni volver a Paul Klee cuando decía:“Algo nuevo se anuncia, lo diabólico se mezcla en simultaneidad con lo celeste, el dualismo no será tratado como tal, sino en su unidad complementaria. Ya existe la convicción. Lo diabólico ya vuelve a asomarse aquí y allá, y no es posible reprimir. Pues la verdad exige la presencia de todos los elementos en conjunto.”  Esto lo expresó en 1916, pasaron 104 años y el círculo cuántico de la historia, nos deja en la misma posición. Batiendo un duelo primario, que debió resolverse hace años, entre lo bueno y lo malo, lo cierto y la farsa, el pasado y el futuro. Negando la verdad, y eso es clave, porque aunque no se reprima esa verdad nos necesita a todos para que nos elevemos, como Angelus Novus, hacia una nueva construcción de identidad.

Diario de Cuarentena: Todo lo que tengo lo llevo conmigo

Como cada domingo de cuarentena, a partir del mes 4, recomiendo un libro de los que que he leído en cuarentena. Hoy, Herta Müller. Se sitúa en Rumania, en los finales de la II Guerra Mundial. De las conversaciones con su compatriota y amigo el poeta Oskar Pastior (1927-2006) y con otros supervivientes, Herta Müller reunió el material con el que después escribió esta gran novela. Así, basándose en la historia íntima de un hombre joven, logra recrear un capítulo diría que desconocido, de la historia europea y lo hace por medio de imágenes únicas. La autora logra mostrar la persecución sufrida por los alemanes rumanos en tiempos de Stalin a partir de una historia individual.

Siempre es un reto leer un premio Nobel reciente. Las opiniones encontradas de los últimos tiempo dejan al pueblo lector con una sensación de extrañeza ante los desconocidos y pocos publicados recientes premiados. Todo lo que tengo lo llevo conmigo lo voy a ver desde dos ópticas: el libro en sí mismo y el mérito de la autora para ser Nobel .

Sin dudas, Herta Müller se merece dicho galardón más que los últimos premiados, su calidad literaria supera a la mayoría de los escritores actuales. Merece ser premiada, es una autora con poca traducción al castellano.

Paso a la obra: es un texto que conmueve y que está lleno de una poética increíble que no necesita lugares comunes o golpes bajos para ser.  Leopold Auberg es un joven alemán residente en Rumanía (como la autora ) que es llevado por los rusos a un campo de internamiento ucraniano. Sus años en el gulag ocupan a la autora en casi todo el libro. Sus experiencias se asientan en lo que Müller conversó con su amigo poeta Oskar Pastior quien padeció esa realidad, aunque los recuerdos de muchos otros personajes quienes como la propia madre la autora, nutren el recuento de la historia.

Otros autores como  Grossman o Shalamov, tratan el tema , pero en la obra de Müller todo simple y de un exquisita sensibilidad. Lo humano determina la historia, pero embriagado de poesía. El hambre se transforma en el ‘ángel del hambre’, una presencia sostiene el contacto con la realidad. La libertad es un borroso recuerdo y, lograrla sólo es la puerta al futuro, a uno que se presenta sombrío. Los componentes del campo son convertidos en personajes que cohabitan con los presos, así el cemento, el carbón, los abetos, la arena amarilla y la escoria se personifican más allá de la materia para ser protagonistas. Los detalles engrandecidos, un recurso netamente poético, crea un ambiente onírico que nos reconoce parte de ese espacio, y comenzamos a sentir: el hambre, el agotamiento del trabajo continuo, las penurias , una realidad difusa y tenue nos envuelve como al protagonista, para protegernos de una realidad cruel. Son los mecanismos mentales de autodefensa del protagonista que nos embargan.

Es un relato lleno de sensaciones, sin caer en sensiblerías. La pérdida como sentimiento no aparece, tampoco el desarraigo o el odio.Cabe aclarar que el título original, ‘Ritmo respiratorio’ es más acorde a su contenido, vivir en el gulag es seguir el ritmo de la respiración y del presente en ese respirar, que es nada menos que estar vivo. Más allá no hay nada.
Sin dudas ésta obra de Herta Müller merece ser leída. Es una gran obra pequeña, de esas que valen la pena.