Una casa llena de gente

Una casa llena de gente  es una historia en coro, que narra la historia de una relación madre hija Charo-Leila en la vida cotidiana que se desarrolla entre citas muy atractivas, muchos libros, un ambiente intelectual que choca con vecinos opulentos o perdidos, y entrelaza a Musil con Sting, a Vila-Matas con Perec y a una Granny intolerante que pretende de su hija lo que no es ni desea ser.

Charo, que es dramaturga en su adultez, recibe de su padre el legado de Leila, escritora frustrada, que usa su pasión literaria para escribir su voz en esta historia, una voz que acabó en el sótano hasta su muerte, empaquetada en cartón. Los diarios, cartas, fotografías y películas que deja su madre le abren la puerta al alma de esa mujer que la marcó pero que recién ahora podrá conocer.

Es interesante como Sández utiliza los testimonios alternado los personajes de la historia, como si nuestras vidas y las de los Almeida y su familia y vecinos fuese una crónica. Termina siendo una sutil metáfora de la casa, la vida, la muerte, el amor, la familia, las infidelidades, pero por sobre todo la novela honra a esa madre, y con ella a la literatura.

Una casa llena de gente «crece y avanza, a veces silenciosamente en las voces de los personajes, en las cartas de Leila a Charo, que nos devuelve el pasado rompiendo el orden temporal; y cierto grado de tensión que trae a la novela algo más que cuestiones afectivas, para volverse, sobre el final, una historia que nos atrapa, con suspenso incluido en lo que de verdad pasa entre las paredes mal construidas de un edificio que por momentos se vuelve de papel.

La relación madre y su hija, primero con Leila y Charo, y luego con Leila y su propia madre “la Granny” se lleva la parte más interesante de la novela, pero también es clara la tensión entre las familias del llamado “sandcastle”, muy particularmente entre y los Vilendi, destaco la voz de Gloria, bien lograda y construida como personaje en todos los aspectos.

Mariana Sández (Buenos Aires, 1973) es también autora de Algunas familias normales, pero hoy recomiendo Una casa llena de gente” (Impedimenta), que nos va a hacer presenciar cómo una hija adulta, pone a prueba su memoria perceptiva infantil para pararse sobre la herencia de una mujer, su madre, que fue más importante de lo que ella y su hija misma pensaban. De a poco, la novela, sin estridencia, nos va tomando como lectores para resolvernos las dudas en las treinta páginas finales, que hacen las veces de justificación y sostén de tantas voces, tantos recuerdos y de una historia mínima, que al fin de cuentas, es universal.

La presa

La presa, una de las mejores novelas de Kenzaburo Oé, logra amalgamar el realismo crudo y olorosos de los ambientes del autor, con lo simbólico y las capas poéticas de la historia, la humanidad expuesta que propone sin eufemismos, está tan bien plasmada que lo perverso, la edad de transición, donde perdemos la mirada inocente y la ridícula conducta adulta descuidando la infancia hacen daño. Porque Oé tiene una magnífica prosa que nos hace estrellarnos como ese avión en la guerra del Pacífico. Nos volvemos primates, niños, negros de su mano y nos suelta de golpe para que caigamos en cuenta. La adoración de los niños por el soldado negro, no exenta de crueldad, lo vuelve totem, ídolo, animal dios.

Esta obra de pocas páginas, habla de la Segunda Guerra Mundial, cuando un avión americano se estrella en un pueblo rural en Japón. Es una zona sin tiempo, aislada por las lluvias, y al soldado lo encierran en un sótano que pasa a ser sitio de juego, de miedos, y a la vez de aprendizaje. Kenzaburo Oé (Oshe, 1935) es una de las voces imperdibles de Japón y Premio Nobel de Literatura 1994, que se le otorgó con la siguiernte argumentación: «la fuerza poética con que ha creado un mundo imaginario, donde la vida y el mito se condensan en una imagen estremecedora de la situación del hombre en el mundo contemporáneo». Deberíamos leer toda su obra, para aprender de la belleza de sus textos, de la disciplina especial de sus construcciones y de la solvencia con la que escribe.

La presa es un claroscuro entre lo rural y lo urbano, en el que la naturaleza sobresale poéticamente y a la vida cotidiana de un pueblo que a pesar de su aislamiento cumple con honrar cada jornada. La distancia que crea entre los dos mundos, el adulto y el infantil, vuelve brusco el paso de uno de los niños de un mundo a otro, producto de la experiencia que vive con el soldado negro, simiente del cambio y de otros probables y no descriptos. La guerra envejece, sin dudas, y Oé lo describe en forma impecable.

El autor plantea un juego de emociones, la excitación, el miedo, el recelo y la confianza que mata la niñez. Todo contado en forma virtuosa, con imágenes sutiles, con la prosa justa, sin tomar posición ni reflexionar, narrando.

La presa  es una novela corta, que cuenta una anécdota para hablar de la vida, de la muerte, de la discriminación y de los sueños, una gran obra, que espero lean muchos escritores, porque es modelo a seguir. Recomiendo la novela, y descarto el interminable y explicativo prólogo.

La tierra hundida ya vuelve a levantarse

La tierra hundida ya vuelve a levantarse, del escritor inglés M. John Harrison (Rugby, 1945) y traducida con la eficacia de Cohen, no es una obra sencilla para ubicar en un género. Pensamos en ciencia ficción pero no lo es, a pesar de sus premoniciones futuras, y además no es de este género porque no cumple con lo que se espera. Es mucho, muchísimo más, porque la historia la vemos según la mirada humana de sus dos personajes principales, Shaw y Victoria.

Shaw se recupera de una crisis nerviosa. Se muda a una pensión, consigue un trabajo en una cocina montada en un barco en ruinas y conoce íntimamente a Victoria, una mujer se presenta como a alguien que vio su primer muerto a los catorce años. Shaw tiene una vida. O algo así, pero su trabajo lo involucrará en una teoría extraña que, en las noches junto al río, parece cada vez más real. Uno de los primeros encargos de su jefe es asistir al juicio público de un hombre que afirma haber visto extrañas criaturas acuáticas en el inodoro de su baño. Victoria, en cambio, abandona Londres y se va a vivir a un pueblo. Quiere renovar la casa que heredó de su madre, vivir en la naturaleza, hacer amigos. Pero el día a día del poblado la atormenta,: qué le ocurrió a su madre? Cómo puede ser que su nueva amiga desaparezca delante de su vista en un estanque de agua? Por qué los vecinos parecen actuar extraños? Shaw y Victoria acumulan. El estado mental de ellos, define la historia, sus manías, sus depresiones, sus manipulaciones incluso, esas psiquis privadas que pueden como un gran tsunami a dúo desarticular cualquier teoría que en la lectura nos vayamos construyendo. Y hablo de tsunami porque el agua sube, nos hunde, nos trae nuevos seres y nos ahoga durante toda la novela, el desastre no puede evitarse, y más leemos, más enigmático se vuelve todo, no hay soluciones, no hay respuestas. Con los vaivenes mentales de los protagonistas, incluso los secundarios, se va escapando el planeta, insalvable, recurrentemente asediado por el agua, como nos enumera Harrison sin escrúpulos, una y otra vez. Y no solo los protagonistas nos lo dicen, el narrador en tercera persona nos plantea un “desteñido paisaje psíquico” y nos muestra con claridad brutal como Shaw o Victoria se sienten y se ven ante esas escenas irracionales a las que a veces tildan de pesadillas. La inundación va a ocurrir, Noé no aparece, los dioses ya nos abandonaron, los supuestos monstruos acuáticos, los peces, las algas, las peceras, las cascadas, todo nos hace tragar agua, de la manera más dolorosa, lo inefable está presente porque no hay respuestas.

La tierra hundida ya vuelve a levantarse, celebrada unánimemente por la crítica, ganó el premio Goldsmith a la ficción innovadora y significó la consagración definitiva de M. John Harrison, maestro indiscutido del fantástico y lo inquietante

La tierra hundida… no logra el cometido, no se alza, la humanidad cae en quimeras, los ríos se alzan, las casas se humedecen y derrumban, las personas pueden desaparecer en charcos -tal vez como siempre- y Londres se vuelve fango, los pueblos también, la destrucción es inherente a la depresión poscapitalista que nos subyuga, y cada vez la incomunicación se vuelve la realidad más concreta, las relaciones no se dan, los encuentros virtuales se cortan, los mails no llegan, las palabras nos mienten. Todo es desasosiego, desesperanza, el título tiene una cita de C. Kingsley: “ya vuelve a levantarse” que viene a confirmar el final, uno no narrado, tal vez temiendo construir una realidad que se viene, no importa que hagamos.  La tierra hundida ya vuelve a levantarse, nos deja como testigos a todos nosotros. Testigos de lo inevitable.

Panza de Burro

 Panza de burro tiene la frescura de su título, promete y cumple con una voz joven, nueva, llena de frescura que construye un texto a partir de la prosa sin miedo de la autora. Un aplauso a Andrea Abreu por permitirse creer en su texto y a la editorial por la apuesta. Es una novela breve, alegre, oral y sin encasillamientos. No puede definirse entre los cánones tradicionales y eso la transforma en asombrosa.

La mirada concreta de la autora sobre lo local, vuelve a esta novela un proyecto interesante, ese modo de decir como en el barrio, el aroma a resto que crea, los modos, el ambiente, nos lleva a sentirnos partes de esas pre adolescencias complicadas y sin respiro. Panza de burro es la primera novela de Abreu, y vuelve a esta autora una promesa, el riesgo es claro, veremos si la novela es tan única por ser primera o si nos trae aparejadas más novelas como ésta.

Estas chicas canarias nos hablan directo, y ese es el mayor logro de la obra, la oralidad local con la que construye a los personaje, una apuesta al lenguaje como viene, sin puntuaciones ni ortografía, sin temor. Las jovencitas viven soñando la playa, dentro de una isla, eso ya ambienta un mundo de inequidades, que las envuelve a diario con injusticias y malos olores. El mar, con toda su simbología es la zanahoria de estas vidas, que transcurren entre pares y perros sarnosos.

Andrea Abreu pega dos veces, con la brevedad y la claridad de su novela. Con el lenguaje infantil de Isora y la protagonista, con las abuelas abusivas y los juegos sexuales de niñas que se vuelven sueños entre dedos y pepes.

Les queda la vida por aprender, pero nos enseñan en cada página, una el deseo de la otra, los fisquitos, los besos y los desprecios en la búsqueda de conocimiento, nos van atando a estas chicas, hasta no querer dejarlas ir.

Los padres están pero no, hablan pero no, porque no las crían, ni las reprenden, no se hacen cargo, existen en su invisibilidad.

Panza de burro, es una historia sencilla y profunda que además tiene una forma 2.0, que rompe las reglas de la gramática para brillar. Es una novela hermosa, que nos lleva de la nariz y nos hace pensar que se puede escribir diferente, sin prejuicios para contar lo cotidiano.

Les dejo un párrafo para que se mareen y no puedan dejar de comprarla.

suspiró de nuevo y se sacó las bragas (…) Y se dio media vuelta y se fue caminando por la calle pabajo. Y yo la observé descender en sisá, con esa especie de cojera que le daba rascarse el culo cada tres pasos. Ya a la altura del cruce se dio la vuelta, despacio, se dio la vuelta despacio como un hombre viejo con bastón y gorra de la ferrería Los Dos Caminos. Shit, acompáñame hasta cas Melva, por fa, que yo siempre te acompaño”, hasta el fondo de sus formas de ser, “alimentarse de una misma hasta darse la vuelta como un calcetín hasta desaparecerse hasta que los dientes de una misma se comiesen a una misma empezando desde dentro después botar los intestinos pa fuera pol culo como una cabra con la matriz desprendida y hacerse un collar de burgados con los intestinos y pensar en regalarle el collar a isora pensar en regalarle el juguito de las jieles a isora que es lo último que le queda a una cuando ya no le queda nada”.

Vete de mí

“Ubi amor ibi miseria”

Carmina Burana

Alejandra Laurencich nació en Buenos Aires, en 1963. Es narradora y editora. Egresada de Bellas Artes, estudió cinematografía. Fue guionista. Publicó las novelas Las olas del mundo y Vete de mí, los libros de cuentos Lo que dicen cuando callan, Historias de mujeres oscuras (2° Premio de la Ciudad de Buenos Aires), Coronadas de Gloria (3° premio del Fondo Nacional de las Artes) y el libro El taller, Nociones sobre el oficio de escribir . Parte de su obra se tradujo al inglés, alemán, hebreo, esloveno y portugués. Dicta talleres y seminarios de escritura y hace supervisión de obra para narradores. Fundó y dirige la revista La Balandra.

Vete de mí es una novela amasada con el tiempo, se nota en el maravilloso mundo de personajes apasionados y torturados por Luis o “Louis”, el aristocrático y flemático protagonista. Este típico chico de clase alta, corrompe y es deseado, ha sido malquerido, huérfano de madre suicida, con un padre despectivo y una madrastra sin escrúpulos, trató también de atentar con su vida y fue internado.

Luis fue novio de Mariana , ella se está casando con otro, queriéndolo a Luis. Mariana, Black y Pachu, forman un grupo joven y descontrolado que abusó de todo y se atrevió a lo perverso. Pero en un “hoy” sin tiempo, Luis comparte sus días con Ray, un respetado y simbólico doctor amigo de su padre. Y luego, marcado por nuevos abusos de éste hombre, Luis va al casamiento de Mariana, recompone la relación perdida con Black y se esconde en su casa, obligando a su amigo y a Pachu a un aislamiento entre amoroso y siniestro.

El texto va y viene, el narrador también, vemos la historia desde distintos personajes, sabemos poco, lo que ellos nos quieren contar y la única cuestión que hilvana la historia es la certeza de que algo malo va a ocurrir. Narrada alternativamente en primera y en tercera persona, con la visión subjetiva de cada narrador, Laurencich nos muestra la historia de este grupo entrelazado de amigos, amantes y desconocidos, y lo hace con hondura, como quien escarba el dolor de los otros para saber de sí, como quien también goza con ello.

Este Dionisio moderno que construye la autora en Luis, con su aire despreocupado y andrógino es motivo de adoración, todos los protagonistas terminan atraídos por este Dios bilingüe y subdesarrollado que marea y encanta por igual.


El relato verosímil y la trama densa nos ahoga, es una especie tortura creíble donde todo que puede ser: el maltrato, lo ambiguo, las vejaciones, pero lo increíble de este grupo aislado y enfermos es que son creíbles, en la vorágine loca y atrofiada del mundo que se crean, y eso hace que la novela nos atrape y nos haga desear, tanto como a los protagonistas, saber de Louis, de sus modos y de su estela maravillada. Claro que con buena prosa y excelente calidad. A lo Laurencich.

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Brujas de Carupá

Releer Brujas de Carupá, la gran novela de mi maestro y mi amigo Luis Mey, es aprendizaje y sorpresa, es volver a concebir estos mundos desgarrados y sobrenaturales que imaginó para desacomodarnos, obliga a ir y venir descontrolados en su febril escritura para volvernos perceptivos. Mey abruma, enloquece, entretiene y enseña a cualquier escritor que lo lea. Y sus lectores no pueden evitar la sonrisa, el miedo, la esperanza a pesar del terror. La novela nos muestra mundos, hay uno externo que Arnaldo, un personaje entrañable con evidentes problemas cognitivos, intenta comprender, y lo hace desde una mirada única. Vive en un barrio pobre y como a todos, le tocó ese lugar en el mundo, lleno de situaciones grotescas, asistentes sociales, vecinos infames, un mundo complicado y disfuncional. Pero la verdad es su mundo interior, uno lleno de ciénagas y secreto no develados que nos hace bordear la fantasía y el terror durante toda la novela.

 Brujas de Carupá es voz de la entereza de la la infancia tanto como de su vulnerabilidad, con esa necesidad extrema que los niños representan, intentando escapar del mundo hostil que construimos los adultos. La eficacia y la maestría de Luis Mey en esta novela reside en no saber nunca en que realidad o en qué plano de la misma nos encontramos como lectores.

Con un narrador en primera persona, Arnaldo, Brujas nos propone poderes sobrenaturales como su título promete, hechizos y lo siniestro de la mano de una paródica mirada infantil, que va a contar lo pavoroso de un universo de adultos en problemas, y que nos hace transitar de la risa al miedo, de la paz al sobresalto.

Luis Mey se lanza a un suspenso en una doble existencia , que nos hace dudar sobre el pensamiento del niño, lo que cuenta, respecto a lo que le ocurre aunque no lo desee, en forma sobrenatural. Ahora, ¿esto es fantástico, o realmente su familia consta de una abuela bruja y una madre heredera de poderes que desprecia?

Si como lector, deseás conocer a un gran autor, es una obligación leer Brujas de Carupá, que vale la pena por muchos motivos, pero el ambiente que Mey crea es mérito suficiente. Les dejo una muestra de la voz que el autor impone en toda la historia. Y espero comentarios cuando la lean. Una gran novela. Un gran escritor.

“Mami puede decirme estúpido porque ella es la que dice que los demás no pueden. Eso ya me lo explicó hace un montón y yo le digo que sí y me dice entendiste y yo digo sí, sí, sí porque ella es la que dice lo que se hace mal, que es lo que le pone la cara cuando decimos Carupá o abuelo”

El animal sobre la piedra

Tarazona es narradora y ensayista. Estudió la licenciatura en Literatura latinoamericana en la Universidad Iberoamericana y su trabajo de titulación fue sobre la novela La hora de la estrella de Clarice Lispector. Realizó cursos de posgrado en Vanguardia y postvanguardia en la literatura española e hispanoamericana en la Universidad de Salamanca. Fue jefa de redacción del suplemento Hoja por hoja del periódico Reforma y ha sido colaboradora de las revistas Luvina, Letras Libres, Crítica y Renacimiento (Sevilla, España) y de los suplementos Laberinto del periódico Milenio Diario y El Ángel del periódico Reforma. En el periodo 1999-2001 fue becaria de la AECID y en el periodo 2006-2007 fue beneficiaria del programa Jóvenes Creadores del FONCA en la categoría novela.2​

Es autora de dos novelas: El animal sobre la piedra, publicada en México por la editorial Almadía (2008) y en Argentina por la editorial Entropía (2011), y El beso de la liebre, publicada por Alfaguara, la cual resultó finalista del premio Las Américas (Puerto Rico) en 2013. En 2009, Nostra Ediciones publicó su ensayo titulado Clarice Lispector, bajo la Colección Para Entender.

Durante la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, en 2011, fue reconocida como uno de los 25 secretos literarios de América Latina. En el periodo 2011-2013 fue parte del Sistema Nacional de Creadores de Arte en México.

Pero hablemos de la reseña que nos ocupa, El animal sobre la piedra: Irma, cuando muere su madre comienza un viaje, en el que los cambios de su cuerpo son notorios, extraños, sin explicación, paralelos al dolor tal vez. d

Su piel es diferente, su color, su textura, sus sentidos se vuelven agudos, desarrollados, incluso los jugos cambian, sus extremidades, le crecen cuernos, le asoman bultos, se mueve de otra forma. Ella se extraña hasta que comienza a reconocer el animal en el que se está convirtiendo. La autora nos hace vivir el proceso que va de la extrañeza a la aceptación de una metamorfosis mutante que la transforma a la protagonista en otro animal.

El historia está narrada en primera persona pero además es un diario personal, capitulado, cada capítulo tiene además sus propios intersticios, la protagonista se mueve en el tiempo y espacio entre una y otra página y requiere de los lectores una atención extrema. Hasta que también mutan con ella, se adhieren a sus nuevas formas y la lectura fluye.

En la playa conoce a un hombre que pasa a ser su compañero sin explicaciones y que tiene por mascota un oso hormiguero (también sin más) se hospeda con ellos. La relación con él no es lógica, ni explicable, es.

Un detalle maravilloso son las pequeñas ilustraciones cuando hace mención a algún cambio en su cuerpo, como si nos hicieran falta para entender. Irma es un personaje particular y bien trabajado con una pluma eficaz, las relaciones con su familia están muy logradas, el afrontar la muerte, los pesares y los pensares de la protagonista, el futuro como incógnita, en fin, la vida.

Lo siniestro es el cambio en sí. La profundidad del dolor, la vivencia en lo físico, y deja de importar si es un delirio o es verdad, porque nos invade lo incierto, que también es posible.

Es una obra interesante, fuerte, descriptiva, que no minimiza lo metamórfico ni lo ensalza. Para pensarnos en otra piel, para sentirnos parte de, para ser otros.

Enero

“Hablan de la cosecha y no saben que para entonces ya  no habrá remedio- piensa  Nefer-, todos los que están aquí, y muchos más, van a saberlo, y nadie dejará de hablar.”

Escritora  y  periodista, Sara Gallardo (Buenos Aires, 1931- 1988), publicó 1950  y  1960 cuando en la Argentina se amplió la aparición de nuevas voces femeninas en las letras. Fue injustamente olvidada, una voz que habla de campo, del paisaje, de los silencios de la tierra, hoy es reivindicada por escritores como Ricardo Piglia  y Samanta Schweblin. Lo adictivo de Gallardoreside en la universalidad temporal de sus textos que incluso denuncian cuestiones de género con exquisita sutileza, como Quiroga, logra plasmar con detalles atentos los rasgos de algunos sectores sociales, que marcan las relaciones entre clases, las costumbres, los modos, así como la hipocresía reinante, tal vez escapando de la debilidad real que existía en algunas grandes estancias argentinas.

Enero es su primera novela y Sara Gallardo nos muestra la tensión campo ciudad en relaciones humanas, pero por sobre todo descubrimos la llanura, la pampa, el campo con su geopoética. Nos interpela, porque la quietud no es precisamente propia de ese campo que nos muestra. Pero además habla de amor, un amor no correspondido, adolescente, doloroso, en la voz de la agónica Nefer, hija de un puestero de estancia en la provincia de Buenos Aires. Fea y corta respecto a sus hermanas, Nefer se ensimisma y ve correr la vida a un costado de su propia existencia. Su secreto es haberse enamorado, y a sus 16 años es secreto y convicción. Pero además es violentada y  “un hongo negro se hincha en su interior» La naturaleza calma el miedo y el dolor, ella puede ser quien es entre pájaros, su perro Capitán, las vacas, las crines de sus caballos, el campo y el sol.

Acotada en su íntimo pesar, la angustia se vuelve campo. La conciencia es protagonista, sus devaneos entre el deber y el hacer, la imposibilidad de actuar con libertad, la necesidad de que ese otro dentro se esfume. La culpa , producto del prejuicio, se enjaula en su alma niña, es poco lo que Nefer sabe, es mucho lo que siente.

Gallardo juega la carta del monólogo interior y el libre decir para confundirnos, para quitar certeza, y lo hace con maestría, entonces logra esa adolescencia consciente en la voz privada de Nefer, que busca escapar a un conflicto que no sabe definir. Y nos volvemos Nefer cuando piensa, recuerda, establece comparaciones y usa el paisaje como referente, ella es paisaje, ella también, como la naturaleza, esta desamparada.

“Las ricas son otra cosa. Piensa en Luisa que a esta hora se sentaría  en el comedor de la estancia. Su madre había dicho: éstas son todas iguales, se  revuelcan con cualquiera pero nadie se entera, se las saben arreglar”.

El Negro, de quien está enamorada sin decirlo, termina siendo en su fiebre joven el responsable de su desgracia. Sin él no habría deseado, sin el no se hubiera dejado, sin él…

Enero  es una novela de registro y lectura obligada, la primera novela argentina de amor adolescente que da voz al aborto en primera persona femenina. Pero es más, es el amor hecho pedazos, la decencia y el miedo, la irremediable fuerza de la vida en un cuerpo casi niño que no puede más que rebalsar.

Va para Enero una fuerte recomendación.

MAGGIE, UNA CHICA DE LA CALLE

 

   

Durante mucho tiempo la ocupación de Jimmie consistió en apostarse en las esquinas y observar cómo el mundo desfilaba ante él, soñando sueños viriles al paso de bonitas mujeres. Amenazaba a la humanidad desde los cruces de las calles. En las esquinas estaba inmerso en la vida y era parte de la vida. El mundo seguía su marcha y él estaba allí para percibirlo.

Stephen Crane, Maggie

 

Stephen Crane es un autor del realismo social del siglo XIX, que se vuelve carne a medida que vamos transitando sus páginas, plagadas de personas que viven en la mísera realidad de una época en que la decadencia, una a la que estamos volviendo, no permite cambios. Nacer, reproducirse y morir en la mugre y la degradación total.

Maggie, la protagonista, ilumina la historia de esta novela descarnada. Pero su bondad no pertenece al mundo donde nació y por supuesto, eso la vuelve un ser sin rumbo, es una desclasada en su propio entorno sin escrúpulos, y la pisan todo el tiempo como si su ignotez fuese destino. Maggie no es una heroína es una mujer nacida víctima.

El autor no toma partido ni opina, describe los hechos, intercalando algunos diálogos. Es una novela social, pero a diferencia de Dostoievski, en el que hay ideas de porvenir, de profundas convicciones, Crane muestra personajes que no puede volar, que solo se tienen entre ellos, y sus tremendas limitaciones. Tal vez el autor comprenda de ese sentido mínimo del mundo por sus propias vicisitudes, murio de tuberculosis a los 28 años y esta novela, que es verdad que podría ser pulida, fue escrita a los 22 y autopublicada.

Maggie como novela y como personaje merece ser leída en contexto. La prosa del autor tiene la distancia necesaria para conmovernos, ambienta tan bien el entorno de esta chica que podemos sentirnos parte. Es un texto difícil, doloroso, sucio. Maggie y su inocencia son castigadas por no entender la dureza de la vida y la necesidad de desconfiar. Crane describe si pasarse de raya, los detalles son los justos, y logra ahogarnos en esta historia en la que sabemos desde el principio que la chica no tiene porvenir.

Maggie: una chica de campo o una chica de la calle es un libro de aprendizaje para lectores y escritores. Me lo recomendó el gran Luis Mey y lo agradezco. La historia me dejó la desesperanza como recurso, la que encontré en el paralelismo de esa marginalidad de otro siglo con la de nuestra sociedad actual.

La chica de papel

«A veces el ser humano se equivoca. Otras se confunde y, como sea, pierde el rumbo. Ese día, en el trabajo, Ichi iba a escuchar una frase. Una entre tantas, y sin embargo ella va a elegirla, atesorarla y adorarla como se adora a un falso dios. De tantas cosas que le han dicho y que le dirán en la vida, ella va a quedarse con una. Y entonces va a perder el rumbo».

La chica de papel, Agustina Caride

«La chica de papel es una historia basada en hechos reales. Siempre me intrigó, cuando voy al cine, cuánto de verdad hay en el cartel que dice que la película está “basada en hechos reales”. Porque nunca una historia es 100% verdadera. Lo sé bien, me dedico a inventar historias y si no puedo inventarlas me las apropio. Podría decir que La chica de papel es casi un 100% verdadera. Porque la verdad, en este caso, está en lo que para mí es importante. Es verdad que tenía 20 años, que trabajaba en una tienda (pero de ropa, no de cosméticos), es verdad que su talle era 38, el más alto de la tienda y que la encargada la llamaba “gorda”. Es verdad que una cosa lleva a la otra y que a ella la llevó a ser Ichi, una chica frágil, dominante y dominada, vulnerable en una sociedad exigente y frívola. Es verdad que un día se metió los dedos en la boca y vomitó sin parar hasta vomitar incluso el nombre de Dios. También es cierto que, sin darse cuenta, fue lastimándose por dentro, como si lo que vomitara fuera vidrio que iba cortando y generando heridas en la garganta, por no decir el alma. También es cierto que su nuevo altar fueron las pastillas y el alcohol. Y así, lentamente, Ichi fue perdiendo el rumbo. Quise contar la vulnerabilidad. Porque es verdad que caer, en algún momento caemos todos. Lo difícil es poner el límite y mucho más ponerse de pie. La chica de papel es la historia de una fragilidad, y una reconciliación. Es la historia de un amor invisible pero latente, poderoso, tan poderoso como la voluntad de Dios» Así describe la autora, Agustina Caride, a esta novela que tiene el halo de Ichi en su recorrido literario.

La chica de papel, además, es una historia de vida donde la fe tiene un rol protagónico, una receta que pocos prescriben hoy en día y muchos menos adoptan, la de creer, la de sentir que lo divino nos protege. Caride logra conmover, meternos en la piel de Ichi e interpelarnos en nuestros propios veintes, esos donde la vulnerabilidad era comida diaria. Ichi padece la mirada del otro, su cuerpo interno va engordando con los dichos, los talles, la mala praxis, mientras el real, ese cuerpo físico que expulsa a diario comienza a gustar. Ichi se salva, pero no sin padecerse, incluso abusar de sí y permitir que otros lo hagan, en ese devaneo la autora nos narra la situación ambivalente de la joven, de sus afectos y de sus pares con clara convicción.

La novela a pesar de la profunda y dolorosa historia, resulta amena, está construida con prolijidad, la que Agustina Caride profesa, con calidez y sutilezas aún en los hechos terribles. La historia habla de Dios, pero no de uno, de esos propios que pueden marcarnos y hacernos creer, habla de tocar fondo y volvernos frágiles, y en ese quebrado instante apelar a un amor que no sea terrenal, a uno que nos salve. Me parece reveladora la presencia de hermanas ausentes, de padres reales, de esos que hacen lo que pueden con las herramientas que tienen y resulta atractiva y acertada la vivencia santa en Medjugorje, sin preámbulos ni edulcorantes, como debe mostrarse la Fe.

Tengo la suerte de conocer a la autora, de disfrutar charlas con ella, y creo que La chica de papel refleja su empatía, la que sostiene como escritora, como maestra, como colega. Agustina narra la vida, ni más ni menos, y lo hace con conciencia, sabe de nosotros, los lectores, porque lo es, sabe del dolor y del amor, y de la pena puesta en alguna mirada ajena. Sin ninguna duda es una autora interesante, real, que nos envuelve en historias que tenemos al lado, ahí, cerca de nuestro corazón, para volvernos más humanos en esto de reconocernos en la otredad.

Que la Gospa la acompañe siempre, Agus. Y a nuestro espíritu.