Enero

“Hablan de la cosecha y no saben que para entonces ya  no habrá remedio- piensa  Nefer-, todos los que están aquí, y muchos más, van a saberlo, y nadie dejará de hablar.”

Escritora  y  periodista, Sara Gallardo (Buenos Aires, 1931- 1988), publicó 1950  y  1960 cuando en la Argentina se amplió la aparición de nuevas voces femeninas en las letras. Fue injustamente olvidada, una voz que habla de campo, del paisaje, de los silencios de la tierra, hoy es reivindicada por escritores como Ricardo Piglia  y Samanta Schweblin. Lo adictivo de Gallardoreside en la universalidad temporal de sus textos que incluso denuncian cuestiones de género con exquisita sutileza, como Quiroga, logra plasmar con detalles atentos los rasgos de algunos sectores sociales, que marcan las relaciones entre clases, las costumbres, los modos, así como la hipocresía reinante, tal vez escapando de la debilidad real que existía en algunas grandes estancias argentinas.

Enero es su primera novela y Sara Gallardo nos muestra la tensión campo ciudad en relaciones humanas, pero por sobre todo descubrimos la llanura, la pampa, el campo con su geopoética. Nos interpela, porque la quietud no es precisamente propia de ese campo que nos muestra. Pero además habla de amor, un amor no correspondido, adolescente, doloroso, en la voz de la agónica Nefer, hija de un puestero de estancia en la provincia de Buenos Aires. Fea y corta respecto a sus hermanas, Nefer se ensimisma y ve correr la vida a un costado de su propia existencia. Su secreto es haberse enamorado, y a sus 16 años es secreto y convicción. Pero además es violentada y  “un hongo negro se hincha en su interior» La naturaleza calma el miedo y el dolor, ella puede ser quien es entre pájaros, su perro Capitán, las vacas, las crines de sus caballos, el campo y el sol.

Acotada en su íntimo pesar, la angustia se vuelve campo. La conciencia es protagonista, sus devaneos entre el deber y el hacer, la imposibilidad de actuar con libertad, la necesidad de que ese otro dentro se esfume. La culpa , producto del prejuicio, se enjaula en su alma niña, es poco lo que Nefer sabe, es mucho lo que siente.

Gallardo juega la carta del monólogo interior y el libre decir para confundirnos, para quitar certeza, y lo hace con maestría, entonces logra esa adolescencia consciente en la voz privada de Nefer, que busca escapar a un conflicto que no sabe definir. Y nos volvemos Nefer cuando piensa, recuerda, establece comparaciones y usa el paisaje como referente, ella es paisaje, ella también, como la naturaleza, esta desamparada.

“Las ricas son otra cosa. Piensa en Luisa que a esta hora se sentaría  en el comedor de la estancia. Su madre había dicho: éstas son todas iguales, se  revuelcan con cualquiera pero nadie se entera, se las saben arreglar”.

El Negro, de quien está enamorada sin decirlo, termina siendo en su fiebre joven el responsable de su desgracia. Sin él no habría deseado, sin el no se hubiera dejado, sin él…

Enero  es una novela de registro y lectura obligada, la primera novela argentina de amor adolescente que da voz al aborto en primera persona femenina. Pero es más, es el amor hecho pedazos, la decencia y el miedo, la irremediable fuerza de la vida en un cuerpo casi niño que no puede más que rebalsar.

Va para Enero una fuerte recomendación.

MAGGIE, UNA CHICA DE LA CALLE

 

   

Durante mucho tiempo la ocupación de Jimmie consistió en apostarse en las esquinas y observar cómo el mundo desfilaba ante él, soñando sueños viriles al paso de bonitas mujeres. Amenazaba a la humanidad desde los cruces de las calles. En las esquinas estaba inmerso en la vida y era parte de la vida. El mundo seguía su marcha y él estaba allí para percibirlo.

Stephen Crane, Maggie

 

Stephen Crane es un autor del realismo social del siglo XIX, que se vuelve carne a medida que vamos transitando sus páginas, plagadas de personas que viven en la mísera realidad de una época en que la decadencia, una a la que estamos volviendo, no permite cambios. Nacer, reproducirse y morir en la mugre y la degradación total.

Maggie, la protagonista, ilumina la historia de esta novela descarnada. Pero su bondad no pertenece al mundo donde nació y por supuesto, eso la vuelve un ser sin rumbo, es una desclasada en su propio entorno sin escrúpulos, y la pisan todo el tiempo como si su ignotez fuese destino. Maggie no es una heroína es una mujer nacida víctima.

El autor no toma partido ni opina, describe los hechos, intercalando algunos diálogos. Es una novela social, pero a diferencia de Dostoievski, en el que hay ideas de porvenir, de profundas convicciones, Crane muestra personajes que no puede volar, que solo se tienen entre ellos, y sus tremendas limitaciones. Tal vez el autor comprenda de ese sentido mínimo del mundo por sus propias vicisitudes, murio de tuberculosis a los 28 años y esta novela, que es verdad que podría ser pulida, fue escrita a los 22 y autopublicada.

Maggie como novela y como personaje merece ser leída en contexto. La prosa del autor tiene la distancia necesaria para conmovernos, ambienta tan bien el entorno de esta chica que podemos sentirnos parte. Es un texto difícil, doloroso, sucio. Maggie y su inocencia son castigadas por no entender la dureza de la vida y la necesidad de desconfiar. Crane describe si pasarse de raya, los detalles son los justos, y logra ahogarnos en esta historia en la que sabemos desde el principio que la chica no tiene porvenir.

Maggie: una chica de campo o una chica de la calle es un libro de aprendizaje para lectores y escritores. Me lo recomendó el gran Luis Mey y lo agradezco. La historia me dejó la desesperanza como recurso, la que encontré en el paralelismo de esa marginalidad de otro siglo con la de nuestra sociedad actual.

La chica de papel

«A veces el ser humano se equivoca. Otras se confunde y, como sea, pierde el rumbo. Ese día, en el trabajo, Ichi iba a escuchar una frase. Una entre tantas, y sin embargo ella va a elegirla, atesorarla y adorarla como se adora a un falso dios. De tantas cosas que le han dicho y que le dirán en la vida, ella va a quedarse con una. Y entonces va a perder el rumbo».

La chica de papel, Agustina Caride

«La chica de papel es una historia basada en hechos reales. Siempre me intrigó, cuando voy al cine, cuánto de verdad hay en el cartel que dice que la película está “basada en hechos reales”. Porque nunca una historia es 100% verdadera. Lo sé bien, me dedico a inventar historias y si no puedo inventarlas me las apropio. Podría decir que La chica de papel es casi un 100% verdadera. Porque la verdad, en este caso, está en lo que para mí es importante. Es verdad que tenía 20 años, que trabajaba en una tienda (pero de ropa, no de cosméticos), es verdad que su talle era 38, el más alto de la tienda y que la encargada la llamaba “gorda”. Es verdad que una cosa lleva a la otra y que a ella la llevó a ser Ichi, una chica frágil, dominante y dominada, vulnerable en una sociedad exigente y frívola. Es verdad que un día se metió los dedos en la boca y vomitó sin parar hasta vomitar incluso el nombre de Dios. También es cierto que, sin darse cuenta, fue lastimándose por dentro, como si lo que vomitara fuera vidrio que iba cortando y generando heridas en la garganta, por no decir el alma. También es cierto que su nuevo altar fueron las pastillas y el alcohol. Y así, lentamente, Ichi fue perdiendo el rumbo. Quise contar la vulnerabilidad. Porque es verdad que caer, en algún momento caemos todos. Lo difícil es poner el límite y mucho más ponerse de pie. La chica de papel es la historia de una fragilidad, y una reconciliación. Es la historia de un amor invisible pero latente, poderoso, tan poderoso como la voluntad de Dios» Así describe la autora, Agustina Caride, a esta novela que tiene el halo de Ichi en su recorrido literario.

La chica de papel, además, es una historia de vida donde la fe tiene un rol protagónico, una receta que pocos prescriben hoy en día y muchos menos adoptan, la de creer, la de sentir que lo divino nos protege. Caride logra conmover, meternos en la piel de Ichi e interpelarnos en nuestros propios veintes, esos donde la vulnerabilidad era comida diaria. Ichi padece la mirada del otro, su cuerpo interno va engordando con los dichos, los talles, la mala praxis, mientras el real, ese cuerpo físico que expulsa a diario comienza a gustar. Ichi se salva, pero no sin padecerse, incluso abusar de sí y permitir que otros lo hagan, en ese devaneo la autora nos narra la situación ambivalente de la joven, de sus afectos y de sus pares con clara convicción.

La novela a pesar de la profunda y dolorosa historia, resulta amena, está construida con prolijidad, la que Agustina Caride profesa, con calidez y sutilezas aún en los hechos terribles. La historia habla de Dios, pero no de uno, de esos propios que pueden marcarnos y hacernos creer, habla de tocar fondo y volvernos frágiles, y en ese quebrado instante apelar a un amor que no sea terrenal, a uno que nos salve. Me parece reveladora la presencia de hermanas ausentes, de padres reales, de esos que hacen lo que pueden con las herramientas que tienen y resulta atractiva y acertada la vivencia santa en Medjugorje, sin preámbulos ni edulcorantes, como debe mostrarse la Fe.

Tengo la suerte de conocer a la autora, de disfrutar charlas con ella, y creo que La chica de papel refleja su empatía, la que sostiene como escritora, como maestra, como colega. Agustina narra la vida, ni más ni menos, y lo hace con conciencia, sabe de nosotros, los lectores, porque lo es, sabe del dolor y del amor, y de la pena puesta en alguna mirada ajena. Sin ninguna duda es una autora interesante, real, que nos envuelve en historias que tenemos al lado, ahí, cerca de nuestro corazón, para volvernos más humanos en esto de reconocernos en la otredad.

Que la Gospa la acompañe siempre, Agus. Y a nuestro espíritu.

Nuestro mundo muerto

Liliana Colanzi (Santa Cruz, 1981) en Nuestro mundo muerto escribe una serie de historias que inquietan, pero todo lo hace con simpleza, los personajes atraviesan mágicos misiones, miedos, universos, convirtiéndose en sus propios espejos, y en los nuestros, adentrándose cada uno en la tan consabida fantasía latinoamericana que es capaz de unir mercurio con la sabiduría ancestral de un pueblo originario. La autora tiene además un buen oído, que se evidencia en los diálogos de sus personajes. Los sujetos conversan, y nos van mostrando el vocabulario lugareño, con diálogos que aportan ambientes y nos trasladan con ellos desde el trópica a la distopía postapocalíptica más despiadada.

Colanzi nos describe en estos ocho relatos, mundos que pueden enlazar selva y tecnología, desierto y nuevos planetas, pero sus personajes quebrados, marginados, siguen padeciendo los vaivenes de la humanidad, los de siempre. Buscan soluciones a lo que nos aqueja como hombres sin que lo científico resuelva, esas cuestiones ancestrales, que los llevan a lo mágico y al rito, tanto como les es posible acercarse.

Colanzi parece comprender que somos paisaje, que no estamos disgregados de lo natural y lo muestra con voces sencillas en historias complejas y costumbristas, como una abuela que come los piojos que saca, o la posibilidad de comprender y establecer nexos con seres supremos, hasta volverse vigía eterno por comer una planta cactácea. Los indígenas collas o cambas terminan resolviendo lo que la modernidad desconoce. Porque se atreven, porque pueden, porque son. Lo colonial aparece en cuentos como “Chaco” y “Meteorito”, donde está presente el racismo, y la opresión sobre los originarios que se valen de lo esotérico para hacerse presentes. Los espíritus, las almas, tal como el cuento “Alfredito”, pueden ser ciertas o pueden ser nuestros, producto de lo no dicho, nuestros temores, nuestras propias oscuridades, como en “La Ola”; o terrores que no podemos despegarnos aunque cambiemos de galaxia o de piel.

Formamos parte de una trama universal que nos hace saltar de un tiempo a otro, de un mundo a otro, vivos o no, descompuestos o transformados en robots que responden sin cuestionar. Nuestro mundo muerto interpela porque nadie muere realmente o todos lo hacemos, al final de cuentas somos seres transmutando, en busca de alguna de paz.

En verdad quiero verte pero pasará mucho tiempo

“En verdad quiero verte pero llevará mucho tiempo” es una novela sobre las instituciones a las que asiste un niño de niño y el por qué no asiste otras mejores. Ese niño es Maxi, el de siempre, el de la trilogía, ese niño desgarrado y único que Mey nos caló en la piel, y en ésta novela Maxi está en una búsqueda, sabe que le va a costar ver qué y hacia dónde, pero está al acecho y cuando la vida le ofrezca una mínima oportunidad, en la novela es el ajedrez, los torneos a los que por una casualidad accede, él pisa el acelerador a fondo. Maxi sabe que no tiene muchas oportunidades, por eso las aprovecha, increíble la fuerza del progreso en el cuerpo de un niño. Luis Mey procede con magia y con verdad en esta crítica a lo establecido, a lo que nos toca, a la media intolerante institucional a la que un niño se ve sometido. Maxi está entrando en la adolescencia. Va a la escuela, a catequesis y a los boy scouts. Los días de semana cruza a la plaza para enfrentarse con sus enemigos de toda la vida -Maxi siente una larga vida en su espalda- en partidos de fútbol que le confirman la categoría de perdedor. Sabe que juega para perder. Insiste en eso. Él puede sobrevivir, como lo hace en su familia disfuncional y violenta que se desvive por acceder a la clase media del suburbio empobrecido y noventoso en el que viven. Maxi es un chico lúcido y descubre un juego que le permite brillar, así se refugia en el ajedrez, donde evalúa la capacidad de otros miembros de su familia y crea su cosmovisión. En esta novela, Luis Mey nos habilita a pensarnos como sociedad, y en cada página la sociedad cruda y expuesta muestra sus valores, o la falta de, la amistad, la educación y por su puesto el orden institucional que todo el tiempo atraviesan la historia de Maxi y van construyendo, a veces distorsionando su mirada del mundo. Quién no formó parte de un equipo de fútbol muy malo, pero que se elige igual porque es el de nuestros amigos Esta cuestión de perder por goleada, y todas sus significaciones, está presente hasta el final. La esperanza está en la alegría de hacer ese único gol, uno que les permite enfocarse y vivir. Maxi aprende a perder. Y cuando con el ajedrez gana, no se lo cree, se descoloca. El ajedrez le mostró que hay otra vida, otra escuela, otros valores, todo eso lo modifica, a él y a sus amigos, tal es así que sobre el final logran empatar a quienes les ganaron siempre. En fútbol, claro, el juego que representa la vida mediocre, la de patadas y árbitros, la de faltas y atajadas, la de un córner de vez en cuando. Terminan 15 a 15 y para ellos, para el equipo de Maxi fue un triunfo. Un empate después de novecientas derrotas por goleada los hizo sentir victoriosos. Porque no es tan importante lo que en realidad acontece sino cómo lo sentimos. Todo puede ser victoria, o cualquier cosa puede ser la mayor derrota, por eso En verdad quiero verte pero pasará mucho tiempo es una novela de esperanza sobre lo normal. Lo común puede ser maravilloso, si sabemos mirar. Como siempre leer a Luis Mey es un aprendizaje, de la vida, de la escritura, de la mentira, de los sueños. Es literatura. Una novela que hace honor a la trilogía y que me hizo falta. Mucha. Ahora ya es mía.

Para comerte mejor

«Mi padre decía que de lo primero que te expropiaba un buen trabajo ideológico era del corazón»

Giovanna Rivero

Es inevitable consumir a Giovanna Rivero en cada respiración leída, en cada mundo creado con la maestría sagrada de lo innombrable, se nos vuelve alimento esta autora que no mide sus partes, que puede hacer que abracemos una pierna agangrenada y la olamos buscando en ella nuestra falta. Me alucina su escritura cavernaria, su lucidez antropológica y la matriz andina que es el oxígeno de cada cuento, en este conjunto escrito para permanecer, imaginado, sostenido por recuerdos familiares universales, por deseos prohibidos, por costumbres ancestrales que ni el terror, ni la fantasía percuden.

La autora se detiene en los restos, en los miedos, lo defectuoso, aquello que nos permite brillar. Cada historia enredada en otra, cada personaje redimido por sus palabras nos sumerge en maravillosas historias, maravillosas e inevitables. Y las mujeres áridas son simiente, madres abusadas por otras madres, madres que pervierten el orden natural de un futuro ominoso. Hombres dios que no pueden evitar lo humano, ciudades arrasadas, desgracias acontecida. Todo emerge de su texto con una voz primigenia, una que nos hace soñar con otra Latinoamérica, lucida y despojada, para alumbrar en letras lo que no pudo aún parir. La cultura precolombina subyace en cada cuento. Algunos denuncian, como «Pasó como un espíritu», en el que el deseo es personificado por Evo Morales. Nos relata escenarios que van desde lo fantástico a lo gótico en forma magistral , paisajes que nos obligan a ver, que nos empujan hacia lo que queremos evitar, para interpelar verdades absolutas de la mano de ratas, invitándonos a la mesa de platos podridos de nuestra propia existencia.

Las historias nos llevan de la mano, pero cuando miramos, podemos tener dedos zombies o antropófagos abrazando los nuestros, y nos eleva a la niñez para padecer la tragedia pedófila de una ensueño donde las hadas nos hunden bien profundo, en ese hueco del alma que reservamos al inframundo.

Con este libro, me sentí monstruo y leí desaforada cada relato, para envenenarme, inyectarme, parir y desgraciar la historia cotidiana junto a una autora de respeto, una que traspasará generaciones.

Para comerte mejor es una lectura necesaria.

El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes

‘Porque los seres humanos están enfermos y podridos y lo saben y fingen por miedo a estar sanos y ser buenos y porque así es más fácil’.

Tatiana Ţîbuleac

Esta ópera prima de una autora moldava, Tatiana Ţîbuleac atraviesa la relación madre e hijo narrada por Aleksy, un joven desquiciado que no se niega a los sentimientos que van confundiendo, atormentando y tal vez enriqueciendo su vida. La orfandad, el desprecio, el odio y su posterior convencimiento de sentir amor, aún sin profesarlo quedan evidenciados en este viaje al interior del adolescente que nos envuelve; interpelándonos en las propias cuestiones de la vida.

La novela está planteada de modo tal que resuelve con herramientas seguras cada tramo, sin embargo abusa de lo contado por sobre lo narrado y hay momentos en que se repite. Tatiana Ţîbuleac nos cuenta un verano apurado por la muerte de una madre, sin embargo no se apura y se detiene en detalles diarios, incluso poéticos: ‘Cogí una libélula y pasé todo el día junto a ella’.

Sin embargo desde el inicio tiene un tono ácido y mordaz: «Aquella mañana en que la odiaba más que nunca, mi madre cumplió treinta y nueve años. Era bajita y gorda, tonta y fea.»

El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes, de Tatiana Tîbuleac (Moldavia, 1978) narra un verano de Aleksy, este adolescente con problemas psiquiátricos a quien su madre confina a un verano juntos en un pueblo de Francia, mientras está muriendo. Este vínculo complicado madre/hijo se modifica, endurece o se vuelve amoroso mientras el tránsito vida/ muerte se visibiliza. Son inmigrantes polacos que viven en Londres, hay un padre violento que abandona a la madre y al hijo, una hermana muerta, una madre quer no puede con el dolor de su hijo: «alguien que me había apartado de un puntapié como a un perro cuando yo estaba dispuesto a ser un perro solo por sus caricias» y una abuela ciega.

Por momento grotesca, la novela en realidad cuenta la espera de una madre y su hijo. Esperan la muerte para reencontrarse. «Los ojos de mi madre lloraban hacia adentro/ Los ojos de mi madre eran campos de tallos rotos» son algunos de los textos con los que la autora inicia sus capítulos, que abundan en descripciones, y lo digo como crítica, pero que tienen una muy buena elaboración de los personaje. Una madre particular sin dudas construye un hijo capaz de describirla así: «Mi madre parecía una planta de interior sacada al balcón. Yo parecía un criminal lobotomizado. Éramos, al fin, una familia».

Es una novela difícil de leer, dolorosa, con afectos vapuleados. Sin dudas Ţîbuleac nos regala un gran protagonista con buen desarrollo de sus desequilibrios mentalesque nos dan ternura y asco por igual. Aleksy también dejó de existir, sin estar muerto, entre la soledad familiar y la desconsideración del mundo. Hay en la autora destreza y metáfora, sin embargo no puedo decir que, para mi, estuvo a la altura de sus recomendaciones.

Hay que llegar a las casas

Leer este libro es entrar en un ritmo, en una cadencia que trasciende la historia oscura,intrínseca, una historia donde lo gótico va interviniendo la lectura para caer poético, simple, sin estridencias y así invitarnos a acompañar lo narrado.

Cuatro hombres que se multiplican en muertos, muertos vivos, vueltos a morir o a ser muertos, así de complejo, así de simple. Todos ellos pobladores a la vera de un río custodiado por vaya a saber que barco o que bandera ancestral. Y la vida cotidiana entre medio, la historia profunda de padres e hijos, la amistad, la miseria, la enfermedad, como dolores mucho más fuertes que la muerte. Porque en Hay que llegar a las casas la muerte no marca el final. Es aliento, es recurrencia, es una generación perdida, es tanto o más de lo que se dice. Ezequiel Pérez logra ser un poco Bioy, un poco Borges, algo de Rulfo, y Stephen King.

Es emocionante encontrar autores así, que pueden transitar el suspenso y el terror con hidalguía, que logran una lírica justa, que vuelven fondo al mismo pueblo. El único joven de los cuatro hombres, el que regresa por la muerte de su hermano, es al fin de cuentas, el más viejo. Hastiado, consumido por el recuerdo y sin embargo, se amalgama rápido en esa historia callada, entre mates y borracheras, que proponen su padre y dos amigos.

Pérez logra que que lo terrible parezca natural y un hermano en descomposición en elcuarto del fondo puede llamarse amor, paciencia, abrazo pegajoso como la vida que tuvieron. El detalle, los restos, esos residuos que algunos juntan y otros aquerencian en recuerdos son el fondo de cocción de la historia, y resultan importantes, como la vecina vieja o la hija de la dueña de la mercería. Nada es azaroso, porque hay literatura en cada hoja de esta novela.

Un libro que no podés perderte, un autor que merece más libros, una historia de río, vera, camino, zombies y silencios que gritan. Gran novela, quiero volver a leer a Ezequiel Pérez rápido. Me urge.

Salí a comprarlo.

La casa de los eucaliptus

Luciano Lamberti, autor de San Francisco Córdoba, viene construyendo una obra que entreteje historias en cuentos, poemas, nouvelle , y algunas variantes renovadas que parecen ser la punta de un ovillo interminable donde Lamberti se enreda maravillando lectores. La Casa de los Eucaliptus no escapa a la robusta iniciación de este autor que representa el interior, sus paisajes, pero concebidos como una construcción de lo social, y nos zambulle en historias de un terror primario, verosímil, pero teñido de la más colorida intrepidez. Los cuentos narran la extrañeza de lo diario, el miedo, los presagios, las burbujas que tenemos en las zonas oscuras, juega contra lo público y se vuelven secreto entre autor y lector. La contundencia de su voz hace que nos volvamos niños, que sintamos otra vez esa inocencia morbosa que va reflejando en cada historia como en “Los caminos interiores”; “El tío Gabriel” aparece el típico velorio accidentado con su muerto viviente, que termina pudriéndose solo en el mismo mundo que creció ;“Los chicos de la noche” me resultó uno de los más interesantes, sus voces, ese diablo dientes afilados con todos sus simbolismos pero de la mano de un joven skater desconsolado, “ “El espíritu eterno”, con aires político sociales y crítica incluida, es la voz peronista vuelta eco, y la imposibilidad de acción del poder es lo que aterroriza. Los lugares comunes de la vida de todos, los pasillos, los sótanos, los altillos y hasta la calle pueden volverse siniestros en la trama que propone Lamberti, especulando siempre al borde, siempre sin.

El autor estruja las doble historias de sus cuentos con maestría, aprieta y calma la sed. Hay acción. Pasan cosas, las historias nos interpelan y nos quitan el aliento. El cuento que da nombre a la colección, es duro, porque Renato, su protagonista, es un tipo común, docente, padre, esposo, vecino, deportista, que se vuelve un salvador de almas impuras, un femicida que cuestiona a la mujer como ente a purgar, como autora de las depravaciones de la lujuria, en esa trágica conversión que la Visita hace de Renato, su familia también es víctima. Podemos horrorizarnos puritanos o comprender la acción del personaje que no apela a eufemismos en pos de mostrarnos su hacer. Elijo lo segundo, como escritora, como lectora, y como parte del mundo de la cultura. Cuando nuestros personajes pasan a ser juzgados por los que los creamos, dejan de ser creíbles. La verosimilitud de Renato en La casa de los eucaliptus radica en su libertad para decir aberraciones como ella necesitaba esa violación.

En “Carolina baila”, la atracción y la histeria juegan fuerte en el relato. En “Muñeca” Lamberti descontrola y la sangre suma horror a la historia, hasta podemos oírnos tratando de ayudar, de salvar (¿salvarnos?) sin éxito. “La ventana” abre otra de las puertas propuestas, la mágica y nos narra la posibilidad de ser chupados por una ventana ciega. En “Santa” se hace presente la crónica de lo sagrado, subyugándonos, descubriendo nuestras propias creencias con su historia.

Un gran libro de cuentos oscuros, escrito por un gran autor argentino, que siento que comienza a cambiar el eje de la literatura, que va a romper con lazos preexistentes. Después de El loro que podía adivinar el futuro, lo intuía, con La casa de los eucaliptus no me quedan dudas. Lean a Lamberti, será un clásico.

Cada día canta mejor

Una nueva apuesta de Factotum Ediciones a la increíble obra de Luis Mey, que en esta novela nos envuelve en una historia hilarante y terrible, como solo Mey puede hacerlo. El espanto y la risa nos atropellan en una prosa inteligente desarrollada con maestría.

Y en su devenir nos cuenta secretos de la vida del ícono del tango, Carlos Gardel, y de la historia misma de nuestro país. El abasto va tomando forma con cada página, a pesar de que la historia transcurre casi todo el tiempo en un cementerio, el barrio late allí y eso es maestría.

Esta vez Mey protagoniza su novela, y lo hace sin esquivarlo, como si fuese necesario que la primera persona nos relate que Gardel, tal vez muerto, tal vez vuelto a una vida, sigue entre nosotros, sigue siendo identidad, ¿nos persigue? con sus letras, con su historia, amores, desencuentros y hasta sus vicios. Y aquí Mey autor y protagonista nos llena de humor y de oscuridad, de suburbios y de canyengues tribulaciones hasta volvernos parte. Y ya no nos resultarán insensatos los viajes detectivescos, las cenizas constantes o los muertos vivos.

Somos argentinos, y como tales, necesitamos héroes que nos rescaten, aunque estén picados, maldigan o maltraten, incluso aunque huelan mal y sean carne renacida para construirnos otra vez. Todo esto el autor lo logra pensando en Volver.

Les dejo el tango de Gardel y Le Pera, les recomiendo el libro.

Yo adivino el parpadeo de las luces que a lo lejos
Van marcando mi retorno
Son las mismas que alumbraron con sus pálidos reflejos
Hondas horas de dolor

Y aunque no quise el regreso
Siempre se vuelve al primer amor
La vieja calle donde le cobijo
Tuya es su vida, tuyo es su querer

Bajo el burlón mirar de las estrellas
Que con indiferencia
Hoy me ven volver

Volver
Con la frente marchita
Las nieves del tiempo platearon mi sien
Sentir
Que es un soplo la vida
Que veinte años no es nada
Que febril la mirada
Errante en las sombras, te busca y te nombra

Vivir
Con el alma aferrada
A un dulce recuerdo que lloro otra vez

Tengo miedo del encuentro con el pasado que vuelve
A enfrentarse con mi vida
Tengo miedo de las noches que pobladas de recuerdos
Encadenen mi soñar

Pero el viajero que huye
Tarde o temprano detiene su andar
Y aunque el olvido que todo destruye
Haya matado mi vieja ilusión

Guardo escondida una esperanza humilde
Que es toda la fortuna de mi corazón

Volver
Con la frente marchita
Las nieves del tiempo platearon mi sien
Sentir
Que es un soplo la vida
Que veinte años no es nada
Que febril la mirada
Errante en las sombras, te busca y te nombra

Vivir
Con el alma aferrada
A un dulce recuerdo que lloro otra vez