Enero

“Hablan de la cosecha y no saben que para entonces ya  no habrá remedio- piensa  Nefer-, todos los que están aquí, y muchos más, van a saberlo, y nadie dejará de hablar.”

Escritora  y  periodista, Sara Gallardo (Buenos Aires, 1931- 1988), publicó 1950  y  1960 cuando en la Argentina se amplió la aparición de nuevas voces femeninas en las letras. Fue injustamente olvidada, una voz que habla de campo, del paisaje, de los silencios de la tierra, hoy es reivindicada por escritores como Ricardo Piglia  y Samanta Schweblin. Lo adictivo de Gallardoreside en la universalidad temporal de sus textos que incluso denuncian cuestiones de género con exquisita sutileza, como Quiroga, logra plasmar con detalles atentos los rasgos de algunos sectores sociales, que marcan las relaciones entre clases, las costumbres, los modos, así como la hipocresía reinante, tal vez escapando de la debilidad real que existía en algunas grandes estancias argentinas.

Enero es su primera novela y Sara Gallardo nos muestra la tensión campo ciudad en relaciones humanas, pero por sobre todo descubrimos la llanura, la pampa, el campo con su geopoética. Nos interpela, porque la quietud no es precisamente propia de ese campo que nos muestra. Pero además habla de amor, un amor no correspondido, adolescente, doloroso, en la voz de la agónica Nefer, hija de un puestero de estancia en la provincia de Buenos Aires. Fea y corta respecto a sus hermanas, Nefer se ensimisma y ve correr la vida a un costado de su propia existencia. Su secreto es haberse enamorado, y a sus 16 años es secreto y convicción. Pero además es violentada y  “un hongo negro se hincha en su interior» La naturaleza calma el miedo y el dolor, ella puede ser quien es entre pájaros, su perro Capitán, las vacas, las crines de sus caballos, el campo y el sol.

Acotada en su íntimo pesar, la angustia se vuelve campo. La conciencia es protagonista, sus devaneos entre el deber y el hacer, la imposibilidad de actuar con libertad, la necesidad de que ese otro dentro se esfume. La culpa , producto del prejuicio, se enjaula en su alma niña, es poco lo que Nefer sabe, es mucho lo que siente.

Gallardo juega la carta del monólogo interior y el libre decir para confundirnos, para quitar certeza, y lo hace con maestría, entonces logra esa adolescencia consciente en la voz privada de Nefer, que busca escapar a un conflicto que no sabe definir. Y nos volvemos Nefer cuando piensa, recuerda, establece comparaciones y usa el paisaje como referente, ella es paisaje, ella también, como la naturaleza, esta desamparada.

“Las ricas son otra cosa. Piensa en Luisa que a esta hora se sentaría  en el comedor de la estancia. Su madre había dicho: éstas son todas iguales, se  revuelcan con cualquiera pero nadie se entera, se las saben arreglar”.

El Negro, de quien está enamorada sin decirlo, termina siendo en su fiebre joven el responsable de su desgracia. Sin él no habría deseado, sin el no se hubiera dejado, sin él…

Enero  es una novela de registro y lectura obligada, la primera novela argentina de amor adolescente que da voz al aborto en primera persona femenina. Pero es más, es el amor hecho pedazos, la decencia y el miedo, la irremediable fuerza de la vida en un cuerpo casi niño que no puede más que rebalsar.

Va para Enero una fuerte recomendación.

La chica de papel

«A veces el ser humano se equivoca. Otras se confunde y, como sea, pierde el rumbo. Ese día, en el trabajo, Ichi iba a escuchar una frase. Una entre tantas, y sin embargo ella va a elegirla, atesorarla y adorarla como se adora a un falso dios. De tantas cosas que le han dicho y que le dirán en la vida, ella va a quedarse con una. Y entonces va a perder el rumbo».

La chica de papel, Agustina Caride

«La chica de papel es una historia basada en hechos reales. Siempre me intrigó, cuando voy al cine, cuánto de verdad hay en el cartel que dice que la película está “basada en hechos reales”. Porque nunca una historia es 100% verdadera. Lo sé bien, me dedico a inventar historias y si no puedo inventarlas me las apropio. Podría decir que La chica de papel es casi un 100% verdadera. Porque la verdad, en este caso, está en lo que para mí es importante. Es verdad que tenía 20 años, que trabajaba en una tienda (pero de ropa, no de cosméticos), es verdad que su talle era 38, el más alto de la tienda y que la encargada la llamaba “gorda”. Es verdad que una cosa lleva a la otra y que a ella la llevó a ser Ichi, una chica frágil, dominante y dominada, vulnerable en una sociedad exigente y frívola. Es verdad que un día se metió los dedos en la boca y vomitó sin parar hasta vomitar incluso el nombre de Dios. También es cierto que, sin darse cuenta, fue lastimándose por dentro, como si lo que vomitara fuera vidrio que iba cortando y generando heridas en la garganta, por no decir el alma. También es cierto que su nuevo altar fueron las pastillas y el alcohol. Y así, lentamente, Ichi fue perdiendo el rumbo. Quise contar la vulnerabilidad. Porque es verdad que caer, en algún momento caemos todos. Lo difícil es poner el límite y mucho más ponerse de pie. La chica de papel es la historia de una fragilidad, y una reconciliación. Es la historia de un amor invisible pero latente, poderoso, tan poderoso como la voluntad de Dios» Así describe la autora, Agustina Caride, a esta novela que tiene el halo de Ichi en su recorrido literario.

La chica de papel, además, es una historia de vida donde la fe tiene un rol protagónico, una receta que pocos prescriben hoy en día y muchos menos adoptan, la de creer, la de sentir que lo divino nos protege. Caride logra conmover, meternos en la piel de Ichi e interpelarnos en nuestros propios veintes, esos donde la vulnerabilidad era comida diaria. Ichi padece la mirada del otro, su cuerpo interno va engordando con los dichos, los talles, la mala praxis, mientras el real, ese cuerpo físico que expulsa a diario comienza a gustar. Ichi se salva, pero no sin padecerse, incluso abusar de sí y permitir que otros lo hagan, en ese devaneo la autora nos narra la situación ambivalente de la joven, de sus afectos y de sus pares con clara convicción.

La novela a pesar de la profunda y dolorosa historia, resulta amena, está construida con prolijidad, la que Agustina Caride profesa, con calidez y sutilezas aún en los hechos terribles. La historia habla de Dios, pero no de uno, de esos propios que pueden marcarnos y hacernos creer, habla de tocar fondo y volvernos frágiles, y en ese quebrado instante apelar a un amor que no sea terrenal, a uno que nos salve. Me parece reveladora la presencia de hermanas ausentes, de padres reales, de esos que hacen lo que pueden con las herramientas que tienen y resulta atractiva y acertada la vivencia santa en Medjugorje, sin preámbulos ni edulcorantes, como debe mostrarse la Fe.

Tengo la suerte de conocer a la autora, de disfrutar charlas con ella, y creo que La chica de papel refleja su empatía, la que sostiene como escritora, como maestra, como colega. Agustina narra la vida, ni más ni menos, y lo hace con conciencia, sabe de nosotros, los lectores, porque lo es, sabe del dolor y del amor, y de la pena puesta en alguna mirada ajena. Sin ninguna duda es una autora interesante, real, que nos envuelve en historias que tenemos al lado, ahí, cerca de nuestro corazón, para volvernos más humanos en esto de reconocernos en la otredad.

Que la Gospa la acompañe siempre, Agus. Y a nuestro espíritu.

Nuestro mundo muerto

Liliana Colanzi (Santa Cruz, 1981) en Nuestro mundo muerto escribe una serie de historias que inquietan, pero todo lo hace con simpleza, los personajes atraviesan mágicos misiones, miedos, universos, convirtiéndose en sus propios espejos, y en los nuestros, adentrándose cada uno en la tan consabida fantasía latinoamericana que es capaz de unir mercurio con la sabiduría ancestral de un pueblo originario. La autora tiene además un buen oído, que se evidencia en los diálogos de sus personajes. Los sujetos conversan, y nos van mostrando el vocabulario lugareño, con diálogos que aportan ambientes y nos trasladan con ellos desde el trópica a la distopía postapocalíptica más despiadada.

Colanzi nos describe en estos ocho relatos, mundos que pueden enlazar selva y tecnología, desierto y nuevos planetas, pero sus personajes quebrados, marginados, siguen padeciendo los vaivenes de la humanidad, los de siempre. Buscan soluciones a lo que nos aqueja como hombres sin que lo científico resuelva, esas cuestiones ancestrales, que los llevan a lo mágico y al rito, tanto como les es posible acercarse.

Colanzi parece comprender que somos paisaje, que no estamos disgregados de lo natural y lo muestra con voces sencillas en historias complejas y costumbristas, como una abuela que come los piojos que saca, o la posibilidad de comprender y establecer nexos con seres supremos, hasta volverse vigía eterno por comer una planta cactácea. Los indígenas collas o cambas terminan resolviendo lo que la modernidad desconoce. Porque se atreven, porque pueden, porque son. Lo colonial aparece en cuentos como “Chaco” y “Meteorito”, donde está presente el racismo, y la opresión sobre los originarios que se valen de lo esotérico para hacerse presentes. Los espíritus, las almas, tal como el cuento “Alfredito”, pueden ser ciertas o pueden ser nuestros, producto de lo no dicho, nuestros temores, nuestras propias oscuridades, como en “La Ola”; o terrores que no podemos despegarnos aunque cambiemos de galaxia o de piel.

Formamos parte de una trama universal que nos hace saltar de un tiempo a otro, de un mundo a otro, vivos o no, descompuestos o transformados en robots que responden sin cuestionar. Nuestro mundo muerto interpela porque nadie muere realmente o todos lo hacemos, al final de cuentas somos seres transmutando, en busca de alguna de paz.

En verdad quiero verte pero pasará mucho tiempo

“En verdad quiero verte pero llevará mucho tiempo” es una novela sobre las instituciones a las que asiste un niño de niño y el por qué no asiste otras mejores. Ese niño es Maxi, el de siempre, el de la trilogía, ese niño desgarrado y único que Mey nos caló en la piel, y en ésta novela Maxi está en una búsqueda, sabe que le va a costar ver qué y hacia dónde, pero está al acecho y cuando la vida le ofrezca una mínima oportunidad, en la novela es el ajedrez, los torneos a los que por una casualidad accede, él pisa el acelerador a fondo. Maxi sabe que no tiene muchas oportunidades, por eso las aprovecha, increíble la fuerza del progreso en el cuerpo de un niño. Luis Mey procede con magia y con verdad en esta crítica a lo establecido, a lo que nos toca, a la media intolerante institucional a la que un niño se ve sometido. Maxi está entrando en la adolescencia. Va a la escuela, a catequesis y a los boy scouts. Los días de semana cruza a la plaza para enfrentarse con sus enemigos de toda la vida -Maxi siente una larga vida en su espalda- en partidos de fútbol que le confirman la categoría de perdedor. Sabe que juega para perder. Insiste en eso. Él puede sobrevivir, como lo hace en su familia disfuncional y violenta que se desvive por acceder a la clase media del suburbio empobrecido y noventoso en el que viven. Maxi es un chico lúcido y descubre un juego que le permite brillar, así se refugia en el ajedrez, donde evalúa la capacidad de otros miembros de su familia y crea su cosmovisión. En esta novela, Luis Mey nos habilita a pensarnos como sociedad, y en cada página la sociedad cruda y expuesta muestra sus valores, o la falta de, la amistad, la educación y por su puesto el orden institucional que todo el tiempo atraviesan la historia de Maxi y van construyendo, a veces distorsionando su mirada del mundo. Quién no formó parte de un equipo de fútbol muy malo, pero que se elige igual porque es el de nuestros amigos Esta cuestión de perder por goleada, y todas sus significaciones, está presente hasta el final. La esperanza está en la alegría de hacer ese único gol, uno que les permite enfocarse y vivir. Maxi aprende a perder. Y cuando con el ajedrez gana, no se lo cree, se descoloca. El ajedrez le mostró que hay otra vida, otra escuela, otros valores, todo eso lo modifica, a él y a sus amigos, tal es así que sobre el final logran empatar a quienes les ganaron siempre. En fútbol, claro, el juego que representa la vida mediocre, la de patadas y árbitros, la de faltas y atajadas, la de un córner de vez en cuando. Terminan 15 a 15 y para ellos, para el equipo de Maxi fue un triunfo. Un empate después de novecientas derrotas por goleada los hizo sentir victoriosos. Porque no es tan importante lo que en realidad acontece sino cómo lo sentimos. Todo puede ser victoria, o cualquier cosa puede ser la mayor derrota, por eso En verdad quiero verte pero pasará mucho tiempo es una novela de esperanza sobre lo normal. Lo común puede ser maravilloso, si sabemos mirar. Como siempre leer a Luis Mey es un aprendizaje, de la vida, de la escritura, de la mentira, de los sueños. Es literatura. Una novela que hace honor a la trilogía y que me hizo falta. Mucha. Ahora ya es mía.

Para comerte mejor

«Mi padre decía que de lo primero que te expropiaba un buen trabajo ideológico era del corazón»

Giovanna Rivero

Es inevitable consumir a Giovanna Rivero en cada respiración leída, en cada mundo creado con la maestría sagrada de lo innombrable, se nos vuelve alimento esta autora que no mide sus partes, que puede hacer que abracemos una pierna agangrenada y la olamos buscando en ella nuestra falta. Me alucina su escritura cavernaria, su lucidez antropológica y la matriz andina que es el oxígeno de cada cuento, en este conjunto escrito para permanecer, imaginado, sostenido por recuerdos familiares universales, por deseos prohibidos, por costumbres ancestrales que ni el terror, ni la fantasía percuden.

La autora se detiene en los restos, en los miedos, lo defectuoso, aquello que nos permite brillar. Cada historia enredada en otra, cada personaje redimido por sus palabras nos sumerge en maravillosas historias, maravillosas e inevitables. Y las mujeres áridas son simiente, madres abusadas por otras madres, madres que pervierten el orden natural de un futuro ominoso. Hombres dios que no pueden evitar lo humano, ciudades arrasadas, desgracias acontecida. Todo emerge de su texto con una voz primigenia, una que nos hace soñar con otra Latinoamérica, lucida y despojada, para alumbrar en letras lo que no pudo aún parir. La cultura precolombina subyace en cada cuento. Algunos denuncian, como «Pasó como un espíritu», en el que el deseo es personificado por Evo Morales. Nos relata escenarios que van desde lo fantástico a lo gótico en forma magistral , paisajes que nos obligan a ver, que nos empujan hacia lo que queremos evitar, para interpelar verdades absolutas de la mano de ratas, invitándonos a la mesa de platos podridos de nuestra propia existencia.

Las historias nos llevan de la mano, pero cuando miramos, podemos tener dedos zombies o antropófagos abrazando los nuestros, y nos eleva a la niñez para padecer la tragedia pedófila de una ensueño donde las hadas nos hunden bien profundo, en ese hueco del alma que reservamos al inframundo.

Con este libro, me sentí monstruo y leí desaforada cada relato, para envenenarme, inyectarme, parir y desgraciar la historia cotidiana junto a una autora de respeto, una que traspasará generaciones.

Para comerte mejor es una lectura necesaria.

El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes

‘Porque los seres humanos están enfermos y podridos y lo saben y fingen por miedo a estar sanos y ser buenos y porque así es más fácil’.

Tatiana Ţîbuleac

Esta ópera prima de una autora moldava, Tatiana Ţîbuleac atraviesa la relación madre e hijo narrada por Aleksy, un joven desquiciado que no se niega a los sentimientos que van confundiendo, atormentando y tal vez enriqueciendo su vida. La orfandad, el desprecio, el odio y su posterior convencimiento de sentir amor, aún sin profesarlo quedan evidenciados en este viaje al interior del adolescente que nos envuelve; interpelándonos en las propias cuestiones de la vida.

La novela está planteada de modo tal que resuelve con herramientas seguras cada tramo, sin embargo abusa de lo contado por sobre lo narrado y hay momentos en que se repite. Tatiana Ţîbuleac nos cuenta un verano apurado por la muerte de una madre, sin embargo no se apura y se detiene en detalles diarios, incluso poéticos: ‘Cogí una libélula y pasé todo el día junto a ella’.

Sin embargo desde el inicio tiene un tono ácido y mordaz: «Aquella mañana en que la odiaba más que nunca, mi madre cumplió treinta y nueve años. Era bajita y gorda, tonta y fea.»

El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes, de Tatiana Tîbuleac (Moldavia, 1978) narra un verano de Aleksy, este adolescente con problemas psiquiátricos a quien su madre confina a un verano juntos en un pueblo de Francia, mientras está muriendo. Este vínculo complicado madre/hijo se modifica, endurece o se vuelve amoroso mientras el tránsito vida/ muerte se visibiliza. Son inmigrantes polacos que viven en Londres, hay un padre violento que abandona a la madre y al hijo, una hermana muerta, una madre quer no puede con el dolor de su hijo: «alguien que me había apartado de un puntapié como a un perro cuando yo estaba dispuesto a ser un perro solo por sus caricias» y una abuela ciega.

Por momento grotesca, la novela en realidad cuenta la espera de una madre y su hijo. Esperan la muerte para reencontrarse. «Los ojos de mi madre lloraban hacia adentro/ Los ojos de mi madre eran campos de tallos rotos» son algunos de los textos con los que la autora inicia sus capítulos, que abundan en descripciones, y lo digo como crítica, pero que tienen una muy buena elaboración de los personaje. Una madre particular sin dudas construye un hijo capaz de describirla así: «Mi madre parecía una planta de interior sacada al balcón. Yo parecía un criminal lobotomizado. Éramos, al fin, una familia».

Es una novela difícil de leer, dolorosa, con afectos vapuleados. Sin dudas Ţîbuleac nos regala un gran protagonista con buen desarrollo de sus desequilibrios mentalesque nos dan ternura y asco por igual. Aleksy también dejó de existir, sin estar muerto, entre la soledad familiar y la desconsideración del mundo. Hay en la autora destreza y metáfora, sin embargo no puedo decir que, para mi, estuvo a la altura de sus recomendaciones.

Cada día canta mejor

Una nueva apuesta de Factotum Ediciones a la increíble obra de Luis Mey, que en esta novela nos envuelve en una historia hilarante y terrible, como solo Mey puede hacerlo. El espanto y la risa nos atropellan en una prosa inteligente desarrollada con maestría.

Y en su devenir nos cuenta secretos de la vida del ícono del tango, Carlos Gardel, y de la historia misma de nuestro país. El abasto va tomando forma con cada página, a pesar de que la historia transcurre casi todo el tiempo en un cementerio, el barrio late allí y eso es maestría.

Esta vez Mey protagoniza su novela, y lo hace sin esquivarlo, como si fuese necesario que la primera persona nos relate que Gardel, tal vez muerto, tal vez vuelto a una vida, sigue entre nosotros, sigue siendo identidad, ¿nos persigue? con sus letras, con su historia, amores, desencuentros y hasta sus vicios. Y aquí Mey autor y protagonista nos llena de humor y de oscuridad, de suburbios y de canyengues tribulaciones hasta volvernos parte. Y ya no nos resultarán insensatos los viajes detectivescos, las cenizas constantes o los muertos vivos.

Somos argentinos, y como tales, necesitamos héroes que nos rescaten, aunque estén picados, maldigan o maltraten, incluso aunque huelan mal y sean carne renacida para construirnos otra vez. Todo esto el autor lo logra pensando en Volver.

Les dejo el tango de Gardel y Le Pera, les recomiendo el libro.

Yo adivino el parpadeo de las luces que a lo lejos
Van marcando mi retorno
Son las mismas que alumbraron con sus pálidos reflejos
Hondas horas de dolor

Y aunque no quise el regreso
Siempre se vuelve al primer amor
La vieja calle donde le cobijo
Tuya es su vida, tuyo es su querer

Bajo el burlón mirar de las estrellas
Que con indiferencia
Hoy me ven volver

Volver
Con la frente marchita
Las nieves del tiempo platearon mi sien
Sentir
Que es un soplo la vida
Que veinte años no es nada
Que febril la mirada
Errante en las sombras, te busca y te nombra

Vivir
Con el alma aferrada
A un dulce recuerdo que lloro otra vez

Tengo miedo del encuentro con el pasado que vuelve
A enfrentarse con mi vida
Tengo miedo de las noches que pobladas de recuerdos
Encadenen mi soñar

Pero el viajero que huye
Tarde o temprano detiene su andar
Y aunque el olvido que todo destruye
Haya matado mi vieja ilusión

Guardo escondida una esperanza humilde
Que es toda la fortuna de mi corazón

Volver
Con la frente marchita
Las nieves del tiempo platearon mi sien
Sentir
Que es un soplo la vida
Que veinte años no es nada
Que febril la mirada
Errante en las sombras, te busca y te nombra

Vivir
Con el alma aferrada
A un dulce recuerdo que lloro otra vez

Ya no hay hombres: Ensayo sobre la destitución masculina

 ¿Por qué el psicoanálisis lacaniano no es la neurosis de Lacan? En este punto, se trata de la misma pregunta que Freud se formulara en el caso Schreber, respecto de la teoría delirante de un psicótico. En última instancia, se trata aquí de que la enseñanza del psicoanálisis no puede dejar de llevar las huellas de quien transmite y entonces, ¿cómo dar cuenta que esas marcas no llevan al engaño fantasmático? 

Luciano Lutereau

No me gusta mucho seguir las «modas» a la hora de elegir que leo. Por eso me resistí unos cuantos años a Luciano Lutereau, y lo digo con vergüenza del prejuicio propio. Por otra parte mi vida ha transitado con muchos psicoanalistas en la familia, y el análisis personal, que también actuó como resistencia a esta lectura. Me arrepiento.

Es común que se hable de una determinada «feminización del mundo». Y aquí coincido con el autor en pensar que la palabra mundo queda fuera de lugar en esa vulgarización del concepto, dado que no es universal esta concepción donde la mujer tiene acceso a espacios que antes solo ocupaban varones. Ni vuelve ese hecho más femeninas a las mujeres. En todo caso tal vez nos demuestre que podemos competir como género en forma fálica.
Pero volviendo al ensayo de Lutereau, que recomiendo con firmeza, por su claridad conceptual y su lenguaje accesible, el autor va en el sentido opuesto a lo planteado y nos hace ver que lo que acontece socialmente muestra, nada más y nada menos, que los hombres (de ambos sexos) ya no desean la potencia fálica.
Tanto hablar de patriarcado nos perdimos de su propia esencia.

Y este Ya no hay hombres, toma al hombre en su acepción universal, más allá de las conductas sexuadas, para volverlo trascendente, como si la queja «histérica» actual fuese el título del libro.

Cierro con el propio autor respondiendo a una entrevista:

 La historia (y la histeria) de la hombría es el relato de los síntomas masculinos: desde la impotencia como índice de la causa del deseo, hasta el amor que, en nuestros días, toma la forma de una condición feminizante. Esto podría ser una ventaja. Asimismo, incluye la pregunta por la paternidad como acto que sin duda toca la relación con la herencia, la genealogía y la descendencia. No se extraña a los hombres, a veces sí a los padres; pero, ¿hubo padres alguna vez?

Lean este ensayo que ayuda a pensarnos, sin prejuicios, para crecer.

Acá el tiempo es otra cosa

«Supuse que morir era eso: una confusión creciente, un ruido molesto que alcanza un clímax y se apaga de golpe. Pero no. Estaba lloviendo». (La nube).

Releer a Downey siempre es placentero, tiene la cualidad de ir meciéndonos en sus textos, suave y sincero, lleno de encanto ajeno, con natural rareza nos pasea por el terror, la costumbre y la rancia realidad que a veces nos ocultamos, cobardes como somos.

En estos cuentos, dieciocho, los sentidos festejan, nos proponen con calma volver a recordar niñez, miedos, deseos y creencias para luego denostarlas. Conversando con Tomás, el describió al libro como uno con la frescura de haber sido escrito en un momento en que la idea de publicarlos era muy abstracta. Y eso se refleja en la obra. No hay condiciones para la extrañeza, y se vuelve única.

Acá el tiempo es otra cosa, sostiene la portada del libro de cuentos de Tomás Downey. Basta comenzar a leerlo para comprender, en realidad, para sentir que es así. El tiempo no se mueve en sus cuentos, es.

Downey juega con el tiempo lo enrolla en «You make me dizzy miss Lizzie«, lo vuelve un punto que se abre al pasado. En «Gutiérrez» parece fijarse, pero hace y deshace horas ,momentos, vacíos en cada historia, y se vuelve tiempo caballo, muerte, destrozo, miedo, repetición, porque no le teme, entonces puede ser pasado o futuro, se vale de inclemencias, simbolismos propios, nuevos, inquietantes, y nos dejá ahí, pensando en que mundo nos paramos, donde comenzó el nuestro, quién lo tiene.

El tiempo detenido de Downey pone en pausa. Solos.

«Adelante no hay nada, todo es pasado. No miro mi reloj por miedo a que las agujas estén quietas». (Mamá.) En este cuento la nada, el infinito y la locura tienen forma de pileta, lo imprevisible puede pasar, como en la vida, como metáfora de aquello que no aceptamos.

Con Downey lo cotidiano nos explota en la cara, para mostrarnos que no hay Dios que impida, hay abusos, mentiras, desayunos y mordidas a una vida que está jodida sin más. Y la naturaleza es su herramienta.

Acá el tiempo es otra cosa, dieciocho cuentos extraños, con humor, símbolos y el delirio necesario para que todo pueda ser posible. Sus personajes fatales nos atrapan para leer de un tirón.

«Me acerco a la ventana y miro hacia arriba. Qué habrá más allá de ese cielo grisáceo. Me quemaré como un asteroide o me ahogaré en el vacío del espacio». (Astronauta). 

No se lo pierdan.

Casas Vacías

Se hablaba de sangre, de asesinatos, de cifras, pero nadie hablaba de nosotras. Nuestros hijos desaparecían al doble, una vez físicamente, otra, con la indolencia de los demás.

Brenda Navarro, Casas Vacías

La primera novela de esta joven autora mexicana, tiene la fuerza necesaria para provocar la lectura de muchos otros textos suyos. Se atreve a temas terribles y a la vez entrañables en su país y en el nuestro, como los desaparecidos, el autismo, la maternidad, las madres dolientes. Y no lo hace con eufemismos, ni cae en pretensiones, es una proclama literaria que nos vuelve parte del dolor y el desamor, los mandatos y la trasgresión inesperada, el agotamiento materno y la búsqueda equivocada. Muchas madres forman parte de la historia, todas únicas, todas terribles. Todas madres.

Una madre pierde a un hijo autista en un parque por textear a su amante. La desesperación y el rencor la carcomen pero la autora no nos cuenta como sigue su vida más allá de un tiempo. ¿Se perdona? ¿lo perdona? ¿es capaz de vivir?

Otra madre roba a un hijo ajeno de un parque sin saber su condición y lo obliga a ser un hijo en el desamor, en la miseria humana, en la violencia per se. ¿ Por qué no devuelve ese niño con fallas? ¿lo ama? ¿lo usa? ¿ es capaz de sentir esa mujer?

Daniel, un niño autista de tres años, se transforma en el nombre de miles de desaparecidos. Daniel, que lloró y no fue oído, o no pudo demostrar que lo robaban, por su incapacidad de expresión es también un símbolo. Leonel, el niño elegido, de mirada azul y lejana, fue parido a los tres años bajo una sombrilla roja. Un mismo cuerpo para dos vidas, pequeñas, mezquinas, con madres patológicas -acaso hay otro tipo de madre-es el objeto de amor de una autora que descose la realidad de su tierra y de latinoamérica toda. Y no es casual que no pueda expresarse, no es casual que no se hable de su historia, que nadie lo busque realmente, que nadie se haga cargo de la madre apropiadora, de la que lo abandona ni de él.

El silencio abrumador de este niño es grito en la lengua de Navarro, que nos embiste con la verdad escondida, esa que barremos para no saber, para no vernos, para callar.

“Ya nos dirán, cuando vuelvan, lo que ha sido para ellos”, dice una desmadrada sobre su hijo desaparecido en un grupo.

El problema es la espera.

Lo terrible es quién vuelve.

O peor aún, la ausencia sin retorno.

Una autora que vamos a leer mucho, porque tiene mucho para narrar.