Diario de Cuarentena

2 de Abril, día para honrar héroes. Anónimos, muertos, muertos vivos, vivos. Compañeros de colegio, de facultad. Padres de familia, hijos. Chicos que fueron inmolados por la ambición y la mentira. Que tenían el orgullo de pertenecer, que sabían de soberanía más que aquellos que los enviaron a la guerra sin cuartel.

Sé que están orgullosos de esa lucha, que no pretenden olvidarla sino reflotar su espíritu. Porque el odio nos enceguece, pero el patriotismo es otra cosa. Es la puesta de sol en una tierra lejana pero nuestra, fusil en mano, temblando de frío pero con la frente altiva de quién hace honor a su bandera. La sociedad se olvida fácil de sus héroes. Piensa que con subir islas en celeste y blanco está libre de pecado. Pero nosotros los enviamos allí. Nuestras miserias. La falta de seriedad política. Y nosotros somos los que les debemos honor.

Honor en la calle, honrarlos con trabajo, con sentimientos patrióticos, con ayudas económicas, con privilegios que ellos sí merecen, a diferencia de tantos.

Sus cascos baleados sobre las tumbas lejanas, esperan algo más que palabras, algo más que miradas, algo más que silencios. Hasta hoy, como sociedad, no estuvimos a la altura de nuestros héroes, en este diario intento honrar a los que veo, a los que no volvieron , a los desconocidos y a cuerpo entero de los grupos de artilleros, marinos, y aviadores que pusieron por encima de sus sueños, el de toda una nación.

Diario de Cuarentena

Diez días con diez mañanas, diez tardes y diez noches. Exponenciales y largas. Diez miedos, diez soles, diez sueños y podría seguir como desquiciada entre física cuántica y la lógica cartesiana. Pero la realidad apunta a muchos calendarios más. Así que, mientras oigo a mi hijo aspirar su búnker me atornillo a la silla para contar en mi diario de cuarentena el cotidiano de una madre. Con sus bemoles.

Madre porque es como me gusta definirme, las madres damos origen, somos inicio, pero soy más que eso. Soy una mujer aburrida, interpelada por la realidad del mundo. Que siente que tiene más para aportar que lo que ha hecho. Pero después me miro otra vez y me digo: ¿qué carajo vas a cambiar vos? si a veces te cuesta en tu propio reino.

Y así transitamos este encierro voluntario e impuesto que tenemos. Para alguien que se considera libertaria, es muy terrible aceptar la falta de libertad. Morir como hamster o vivir con riesgos, sin dudas elijo el riesgo. Ahora si se trata de mis hijos…

Y ahí me toca la humana contradicción de una reina de corazones. Partida entre los ideales y el pánico en un momento histórico universal. Que la lleva desde la pura razón al trapo blanco contra la peste colgado en la puerta. Variada. Polifacética. Mujer. Eso soy, y así me quedo.

Una plaza virtual

Una plaza virtual, donde tal vez nos encontremos de una vez y para siempre los habitantes de este mundo, parece gestarse en esta suerte de paranoia amorosa y altruista que nos envuelve. Un virus corona, ha vuelto nuestros corazones empáticos, sin grietas y deseosos del bien del prójimo.

Esta distopía que vivimos como exótica, ya ha ocurrido, ya hemos tenido pestes, tragedias que nos aunaron y enfermedades sin distinción de clases. ¿Qué la hace diferente? Sin dudas la globalización informática. Entonces nuestros móviles reciben miles de consejos por día, la tv nos bombardea y nos aturde, los banners parecen puñaladas y la salud, que depende en gran parte de nuestra armonía y bienestar, se quiebra. Precisamente con los miedos propios, a veces se puede, pero afrontamos miedos globales. Miedos racionales y de los otros, entonces comenzamos a pensar: han parado el mundo, ¿nos cuentan todo? Y así en una ágora apocalíptica estamos metidos dentro de la misma cuestión existencial de siempre. ¿Qué es valioso en esta vida?

Entristece notar que nuestros pares no nos cuidan, pero no es una novedad. Tal vez es hora de reflexionar en serio, de pensar con criterio familiar la elección de los gobiernos y de entender que somos humanos. Falibles, endebles, que llegamos con una vida y su propia muerte a esta realidad, y que podemos mejorarla, transparentarla, emocionarla; para transformarnos a partir de esta crisis mundial en mejores habitantes. Ciudadanos con valores, que cuiden la naturaleza, que respeten la producción, que comprendan el trabajo de otros, que dejen las mezquindades en los bolsillos y los llenen de amor, para poder soportar los embates de un afuera aparente. Porque estas realidades paralelas que parecemos vivir, las creamos nosotros, con actos mezquinos, intereses burdos, voluntades quebradas por el dinero.

Entonces propongo dejar de lado frases hechas, palabras grandilocuentes, usos políticos baratos y comprender que desde la responsabilidad, la empatía y la idoneidad es posible el cambio. No importa el partido que lo que contenga, importa quién es, si sabe lo que hace, si aspira al bien común, si lo sostiene con sus actos.

Estamos repletos de lindos discursos, pero la plaza virtual que creamos ante el pánico a la enfermedad, nos demuestra que aún no somos humanos listos para salir a jugar. Ni en Argentina ni en el mundo. Y que los que están mejor son aquellos que no temen a las normas, que son capaces de comprender que no está todo bien y que los derechos conllevan obligaciones.

Cuidemos nuestra vida más allá de este virus, que si somos inteligentes puede servirnos para tomar conciencia de lo que significa el bien común. Y cuando las plazas vuelvan a ser seguras, las protejamos, no las destrocemos. Si las escuelas abren, no enviemos a nuestros hijos enfermos. Si un docente tiene fiebre, no importe el presentismo. Si no sos idóneo no aceptes el trabajo, si daña la tierra, no siembres lo mismo, si te duele el otro, si empezás a enterarte que todos somos el otro, este corona tendrá sentido.

Propongo convertir nuestra plaza virtual en música, libros, cuadros, cualquier manifestación de arte, porque ya existen números para las preguntas médicas. Cada uno a lo suyo, comprendiendo y respetando el espacio del otro, que podemos ser nosotros, si lo deseamos.

entre todas

La tumba de mi madre, usted sabe

Es una más, igual a otras tumbas.

Tiene el mármol grabado porque

Le robaron el bronce

Y tiene una lata de tomates perita

Como florero.

El pasto se sumerge en sus esquinas

Y rompe los ángulos que la nombran

La tumba de mi madre, le digo en serio

Se reconoce por el dolor que la baña.

Conserva mis lagrimas clavadas en cada hueso

Y largos pensamientos que hacen memoria.

No tema usted acercarse, venga, suspire,

No es una tumba diferente,

No hay oro en sus manijas,

ni esta hecha en madera de nogal,

No propone epitafios que la lloren,

Es de mi madre, nomás.

Agua Salada

Mientras en la olla se olía hervir papas y batatas, el microondas cocinaba calabazas naranjas y una pequeña vela oraba por su padre muerto, Cata intentaba meditar para salvarse.

El cansancio por el día a día no facilitaba el intento, pero le permitía pensar en su búsqueda. Salud principalmente, pero ni siquiera eso lo buscaba para ella. Pensaba siempre: “Dios, dame salud para criar a mis hijos, aún tienen 12 y 18 años”.

No la quería para viajar, divertirse, hacer el amor, divorciarse, buscar un nuevo desafío, crear una fundación. Nada. Cata había perdido el deseo, no había algo propio, ella vivía para…

Para Martín y sus viajes que la desarmonizaban. Para Nadia, sus tareas, deportes y rutinas, para responder todas las preguntas con paciencia infinita (aunque alguna vez se irritaba).

Para Pablo y sus planteos, su necesidad de crecer, gritando desaforadamente pensando que así lo lograba. Para su madre viuda, que la requería a diario, que le informaba sus tristezas casi con regocijo, que hacía de ella una madre, una esposa, hasta una amiga, sin considerar su orfandad. Para sus tíos que reclamaban atención y mimos, para accionar socialmente, para oír, calmar, ayudar, buscar, traer, bañar, alimentar y limpiar.

¿Dónde se escondió el sueño de libertad que la poseía? Cuando el cabello volaba sin tener que pedir permiso, y las puestas en escena se usaban para lograr cometidos.

Una noche en especial, Cata sintió que la vida le corría por dentro, agitada y doliente, peleando por derechos en la explanada de la facu, rogando que sí, que la maten esos milicos de mierda, que la transformen en mártir, llena de sangre y sudor con el cartel en la mano. Ahí quedo todo.

Porque la vida se encarga de descascararnos y llenarnos de sinsentidos cotidianos que nos muelen. Cata era molienda.

—¡Señora! —se oyó.

—Hola, José, tratá de no cortarme los plantines esta vez.

José era el hijo de Juana, la señora que ayudaba a Cata, un chico de unos veintiséis años, ruliento y maloliente, que arreglaba los patios del barrio. “Poco seso y mucho músculo”,

pensó Cata. Pero en seguida subió su mano y se acomodó la trenza cosida.

Mientras movía cosas en la mesada, Cata comenzó a sentirse joven y darse cuenta que tenía curvas, y que su ropa maternal no impedía nada. No prohibía nada. Ofreció mate para pasar el rato, y en el momento en que cebó noto la suave mano de José sobre la suya.

Y pasó. Ya en la cama, los cuerpos se atraparon en un concierto de tierra y piel, para gritar juntos la ignominia de lo cotidiano y revolucionar lo propio. Cuerpos sin mente. Solo momentos. Que se pudren si se continúan. Que se llaman así.

Un acertijo de pieles que pudieron y se atrevieron. El olor y el hervor eran justos. Pecadores.

Y así Cata comprendió que la salud la necesitaba ella, que el día seguía igual si no lo modificaba y que los sueños de cambios los llevaba dentro, apretados en la uña del dedo meñique que nunca quedaba bien pintada.

La cama revuelta era la revolución. La suerte echada. La potencia del ser. Una patada a lo cotidiano. Insolencia. Desgarro. Y privacidad. Privacidad, lo que más extrañaba de aquella Cata sola.

—Señora, el mate —oyó a lo lejos.

—Gracias —dijo—. ¿Tomás otro?

—No, deje, se me hace tarde.

Cata tomó el mate, caminó hacia la cocina, se paró frente a la mesada, las ollas seguían hirviendo, metió un dedo en la de las calabazas y lo chupó. “Sí —pensó sonriendo—, el agua está salada”.


Cuento que pertenece a Una más Una, publicado en 2017 por Editorial Rama Negra, que relata 22 historias de mujeres diversas y únicas, con sus grises y sus deseos, algunos postergados por la violencia ajena.

La Plaza Marcilla

La idea de generar un nuevo encuentro en este año que comienza, enseguida me llevó pensar en las plazas como sinónimo de expresión y libertad, como espacio que desde la civilización creta minoica en adelante, congrega a los ciudadanos y los invita a expresarse, para ser libres de reunión y socializar.

Las ágoras actuales a veces cumplen otras funciones, pero ante las inequidades vuelven a ser aquellas que sirvieron para dar cita a la polis a la hora de la reflexión.

El deseo es siempre motor de cambios, y en este 2020 sería una vuelta a la ética y la caballerosidad. Por eso elegí esta plaza para comenzar los domingos de Espacios Urbanos. La Plaza Eusebio Marcilla.

El primer recuerdo que llega a mí es mi padre contándome su historia sentados en un banco blanco rodeados de pinos, tendría seis años y miraba su escultura con interés. “El caballero del Camino”, me decía, lo conocí hija, era un hombre impactante, sencillo, lleno de paz. Fue mi primer super héroe, lo imaginaba ayudando a quien necesitara montado en su vehículo mágico. Con el tiempo la plaza fue risas, payanas, la soga, escondidas y la picardía de un beso robado a la salida del club, pero siempre estuvo esa historia latiendo, esperando para ser contada en mateada de amigos, que se sorprendían de los detalles que daba. La escuela me trajo a la señora de Marcilla como vice rectora y tuve allí nuevos datos para agregar a mi abundante historia mitad cierta mitad ficcionada sobre Eusebio.

Siempre sentí que ir a la Plaza Marcilla era ir a su encuentro, y hoy que escribo sobre este espacio que pobló mi infancia y me adolescencia de imágenes y momentos, vuelvo a su historia, una historia que es fiel espejo del valor de la virtud, del ejemplo de vida que fue este hombre que trascendió siglos y que es recordado no sólo en el monumento de la plaza, o el Día de la Caballerosidad Deportiva, o el Autódromo, sino en cada conversación donde se habla de moral incuestionable, sobre bonhomía, sobre ética. Parecen cuestiones básicas, pero muy pocos seres en el mundo las ejercen como es menester. Eusebio Marcilla fue uno.

Y la plaza me resulta el espacio más trascendente para recordarlo, porque la plaza es un espacio donde confluyen la alegría y la queja, la franqueza y el destierro. Marcilla era un hombre especial. Algunos datos lo demuestran. En la carrera Buenos Aires-Caracas auxilió a Juan Manuel Fangio, a Urrutia, una carrera que venía muy bien, y dejó todo para asistir a sus rivales, los auxilió y volvió a la ruta junto a Marimón animándolo a continuar y ganar quedando él en segundo lugar. Pero sus logros deportivos no pudieron opacar su espíritu, su imprevisible bondad, con la que cautivaba a todos. Fue subcampeón de Turismo Carretera en los años 1947 y 1948, ambas ediciones por detrás de Oscar Alfredo Gálvez y en 1952 por detrás de Juan Gálvez. Al mismo tiempo, obtuvo 9 victorias en competencias finales entre 1941 y 1953. Pasó a la historia como El Caballero del Camino. Era un hombre que prefería se fiel a sus principios aunque perdiera la gloria del triunfo, pero logró así una mayor. La eternidad.

Y ahí, en la Plaza Eusebio Marcilla, es posible eternizarse. En sus historias la ética no es cuestión menor. La ética que construye lazos limpios, es posible en esa plaza, el amor es posible en esa plaza, el deporte también, hoy colorida y teñida de niños que saltan y cantan y que del colegio se tiran en sus verdes laderas, la plaza emana a Marcilla. Entonces, si cierro los ojos puedo verme con Vero, Mela, Loly, Claudia, Chelo, el Colo, Pathy, Sata y algunos más corriendo llenos de vida en pos de un pido mancha. O contando con ojos semiabiertos apoyada en un tronco que Marcilla nunca tocó, pero que naturaleza obliga, tiene su ética, y me susurra: no hagas trampa, son tus amigos. Entonces cierro los ojos y me cantan piedra libre. Pero vivo en paz.

Plaza Eusebio Marcilla, enfrente, el colegio Marianista, en el otro frente, el Club Junín, a dos cuadras, Fátima, en pleno corazón de un barrio que sabe de un hombre que alza a otro en un monumento.

Invito a ir a esta magnifica y renovada plaza, a disfrutar su espacio, a ver a nuestros niños y jóvenes hacerlo, pero también a transitar en las cercanías del monumento, recordando valores que parecen perdidos, como la solidaridad, la amistad, el compañerismo, y la honestidad. Valores que le sobraban al gran Eusebio Marcilla. Y que el mundo veloz de hoy, donde todo es fugaz, éste universo líquido que estamos construyendo y que nos diluye sin darnos cuenta que son esas calidades las que nos diferencian.

Las ágoras deben ser espacios libres, para reflexionar, para que el pueblo lo haga, para que muestre quién es, tal vez los breves relatos propuestos en este espacio de un periódico local, sean el inicio de una era donde la valentía, la ética y la paz no sean utopías.

Soledad Vignolo participará del VIII Congreso de la Lengua Española

Desde hoy, y hasta el sábado 30, la escritora local Soledad Vignolo estará participando del VIII Congreso Internacional de la Lengua Española, en la Ciudad de Córboba, con el objetivo de aprender y comprender nuestro idioma y sus múltiples factores.

En diálogo con La Verdad, explicó que “me inscribí especialmente en aquello referente a las nuevas tecnologías e interculturalidad. Participarán expertos y creadores procedentes de todo el ámbito hispanohablante y de otros países. Además de escritores, intervendrán miembros de las academias de la lengua española, creadores y especialistas de las más diversas artes, editores y otros expertos relacionados con nuestro idioma”.

Participando
Entre los escritores que participan se encuentran Nélida Piñón, Carme Riera, Luisa Valenzuela, Sergio Ramírez, Mempo Giardinelli, Elsa Osorio, Gonzalo Celorio, Ana María Shua, Álvaro Pombo, J.J Armas Marcelo, Mayra Montero, Jorge Volpi, Juan Villoro, Jorge Edwards, Elvio Gandolfo y Eduardo Halfon.

También intervendrán los periodistas Soledad Gallego-Díaz, Arsenio Escolar, Martín Caparrós y Juan Cruz; los editores José Creuheras y Pilar Reyes; las hispanistas Diana Sorensen, Ruth Fine y Kim Potoswki; los lingüistas Guillermo Rojo, Paz Battaner, Ignacio Bosque e Inés Fernández Ordóñez; los traductores Adan Kovacsics, Miguel Sáenz y Liliana Valenzuela; los expertos en la sociedad digital Juan Luis Cebrián y César Alierta; el derecho Diego Valadés, José Moreno Rufinelli y Arístides Royo; los músicos Joaquín Sabina y Alejandro Dolina y la ciencia Lucy Crespo y José Sánchez Ron.

Participará también el premio nobel y académico Mario Vargas Llosa, que intervendrá en la sesión inaugural, presidida por el rey Felipe VI de España y el presidente de la República Argentina, Mauricio Macri.

Los ejes temáticos serán: El español, lengua universal, Lengua e interculturalidad, Retos del español en la educación del siglo XXI, El español y la sociedad digital y La competitividad del español como lengua para la innovación y el emprendimiento.

Contador

Trabajo todo el día, en condiciones esclavas, con la paciencia al límite. La ira se me escapa por debajo de la piel cuando el hambre me deja respirar. Mi trabajo es insano, agotador, con fríos extremos y terrores nocturnos, posiblemente sea desconocido por el pueblo, por los gobernantes de turno y hasta por las autoridades internacionales. A veces creo que debe ser ilegal. Sin embargo, no puedo parar de trabajar, sin descanso, desconociendo climas y tormentos, anunciando quiebres que se harán grieta en la trama social que habitamos. Lo grito de muchas formas específicas, en tirones que se vuelven rojos de tanto tirar. En saltos abismales que no suelen temer aterrizar, porque el vuelo es eterno, y en voces varias, a ver si alguien se entera que trabajo. A ver si alguien me paga de una buena vez. Todo el día creando identidades e impidiendo la desaparición de otras. Buscando posibles soluciones que se puedan contar. Mirando la vida, en fin, escribiendo.

Ángulos

Del prólogo del libro

«Desde Ángulos, Soledad Vignolo se anima a rimar varios de sus encendidos versos, en tiempos en que parece mal visto emular a Rubén Darío o a Becker. Define el momento con una oscura sentencia que sólo se permiten los que están seguros: “el cambio de decena se hace secular y silencioso. / Pero no aburrido”. Se para del otro lado del espejo para alertar: “Si estás quieto la muerte te arrebata, te quema aún verdoso, te saca”. Por eso, su receta sin pudores incluye acordes stoneanos y guerra de corazones sin cruzada, “tango cruel y rock violento”. Disfruta el desnudo completo e irreverente de su alma. Y vuela libre en el “intenso viento de la vida”, para aspirar la magia de lo nuevo y compartirlo con sus lectores. Soledad levanta banderas en momentos plenamente aciagos, para volver a creer en crecimientos y acertijos, o para gozar de maremotos de sueños a medio construir. Para ser feliz con ojos bien abiertos. Y vivir».