Para comerte mejor

«Mi padre decía que de lo primero que te expropiaba un buen trabajo ideológico era del corazón»

Giovanna Rivero

Es inevitable consumir a Giovanna Rivero en cada respiración leída, en cada mundo creado con la maestría sagrada de lo innombrable, se nos vuelve alimento esta autora que no mide sus partes, que puede hacer que abracemos una pierna agangrenada y la olamos buscando en ella nuestra falta. Me alucina su escritura cavernaria, su lucidez antropológica y la matriz andina que es el oxígeno de cada cuento, en este conjunto escrito para permanecer, imaginado, sostenido por recuerdos familiares universales, por deseos prohibidos, por costumbres ancestrales que ni el terror, ni la fantasía percuden.

La autora se detiene en los restos, en los miedos, lo defectuoso, aquello que nos permite brillar. Cada historia enredada en otra, cada personaje redimido por sus palabras nos sumerge en maravillosas historias, maravillosas e inevitables. Y las mujeres áridas son simiente, madres abusadas por otras madres, madres que pervierten el orden natural de un futuro ominoso. Hombres dios que no pueden evitar lo humano, ciudades arrasadas, desgracias acontecida. Todo emerge de su texto con una voz primigenia, una que nos hace soñar con otra Latinoamérica, lucida y despojada, para alumbrar en letras lo que no pudo aún parir. La cultura precolombina subyace en cada cuento. Algunos denuncian, como «Pasó como un espíritu», en el que el deseo es personificado por Evo Morales. Nos relata escenarios que van desde lo fantástico a lo gótico en forma magistral , paisajes que nos obligan a ver, que nos empujan hacia lo que queremos evitar, para interpelar verdades absolutas de la mano de ratas, invitándonos a la mesa de platos podridos de nuestra propia existencia.

Las historias nos llevan de la mano, pero cuando miramos, podemos tener dedos zombies o antropófagos abrazando los nuestros, y nos eleva a la niñez para padecer la tragedia pedófila de una ensueño donde las hadas nos hunden bien profundo, en ese hueco del alma que reservamos al inframundo.

Con este libro, me sentí monstruo y leí desaforada cada relato, para envenenarme, inyectarme, parir y desgraciar la historia cotidiana junto a una autora de respeto, una que traspasará generaciones.

Para comerte mejor es una lectura necesaria.

El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes

‘Porque los seres humanos están enfermos y podridos y lo saben y fingen por miedo a estar sanos y ser buenos y porque así es más fácil’.

Tatiana Ţîbuleac

Esta ópera prima de una autora moldava, Tatiana Ţîbuleac atraviesa la relación madre e hijo narrada por Aleksy, un joven desquiciado que no se niega a los sentimientos que van confundiendo, atormentando y tal vez enriqueciendo su vida. La orfandad, el desprecio, el odio y su posterior convencimiento de sentir amor, aún sin profesarlo quedan evidenciados en este viaje al interior del adolescente que nos envuelve; interpelándonos en las propias cuestiones de la vida.

La novela está planteada de modo tal que resuelve con herramientas seguras cada tramo, sin embargo abusa de lo contado por sobre lo narrado y hay momentos en que se repite. Tatiana Ţîbuleac nos cuenta un verano apurado por la muerte de una madre, sin embargo no se apura y se detiene en detalles diarios, incluso poéticos: ‘Cogí una libélula y pasé todo el día junto a ella’.

Sin embargo desde el inicio tiene un tono ácido y mordaz: «Aquella mañana en que la odiaba más que nunca, mi madre cumplió treinta y nueve años. Era bajita y gorda, tonta y fea.»

El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes, de Tatiana Tîbuleac (Moldavia, 1978) narra un verano de Aleksy, este adolescente con problemas psiquiátricos a quien su madre confina a un verano juntos en un pueblo de Francia, mientras está muriendo. Este vínculo complicado madre/hijo se modifica, endurece o se vuelve amoroso mientras el tránsito vida/ muerte se visibiliza. Son inmigrantes polacos que viven en Londres, hay un padre violento que abandona a la madre y al hijo, una hermana muerta, una madre quer no puede con el dolor de su hijo: «alguien que me había apartado de un puntapié como a un perro cuando yo estaba dispuesto a ser un perro solo por sus caricias» y una abuela ciega.

Por momento grotesca, la novela en realidad cuenta la espera de una madre y su hijo. Esperan la muerte para reencontrarse. «Los ojos de mi madre lloraban hacia adentro/ Los ojos de mi madre eran campos de tallos rotos» son algunos de los textos con los que la autora inicia sus capítulos, que abundan en descripciones, y lo digo como crítica, pero que tienen una muy buena elaboración de los personaje. Una madre particular sin dudas construye un hijo capaz de describirla así: «Mi madre parecía una planta de interior sacada al balcón. Yo parecía un criminal lobotomizado. Éramos, al fin, una familia».

Es una novela difícil de leer, dolorosa, con afectos vapuleados. Sin dudas Ţîbuleac nos regala un gran protagonista con buen desarrollo de sus desequilibrios mentalesque nos dan ternura y asco por igual. Aleksy también dejó de existir, sin estar muerto, entre la soledad familiar y la desconsideración del mundo. Hay en la autora destreza y metáfora, sin embargo no puedo decir que, para mi, estuvo a la altura de sus recomendaciones.

Donde retumba el silencio

«Donde retumba el silencio se incorpora a la sólida tradición de novelas de la intimidad, desarrolladas por escritoras como Virginia Woolf o Natalia Ginzburg.»
Clara Obligado

La novela ganadora del Premio Clarín no corta el aire del lector, tampoco recurre a grandilocuencias. Está escrita desde algún rincón del alma y por eso nos conmueve. Cuenta, además, con una prosa prolija y cuidada, que permite que la transitemos con fluidez.

Agustina Caride, su autora, estudió Letras, fue crítica literaria y colaboró en distintas revistas. Trabajó en editoriales; coordinó LiterAr junto a diversas editoriales para promover la literatura argentina; organizó eventos culturales para la agencia Schavelzon. Obtuvo tres premios y beca del FNA. Actualmente es correctora; dicta talleres de escritura y lectura y coordina eventos literarios en Literatura Bazterrica –Caride. Sus libros publicados son Y sin embargo no llovióCuentos con historiaCuando ella supo quién era GoldambeckPanambí y otros cuentos con historia (fue adaptado a la lectura fácil para personas con
incapacidad lectora), Última generación, Generación cero, Testigos invisibles, No habrá sino ausencias, La chica de papel, Los sueños también flotan (ganador del concurso Soy autor y editorial Quipu) y Donde retumba el silencio, novela objeto de esta reseña, publicada por Alfaguara.

Tiene herramientas de sobra para narrar la historia, y eso se agradece. Por momentos la intimidad, por momentos la crónica histórica, pero siempre sin perder la verdadera trama que es la amistad y la vida compartida entre estas amigas ahora enfrentadas: Leo y Vira. Caride construye un mundo familiar
verosímil, con personajes que terminamos llamando por su nombre de pila a medida que leemos. Y nos encontramos preguntándonos ¿Cuándo llega María? o ¿No le avisa a Gabriela?

Los simbolismos son impecables, por eso la novela nos retumba para llegar hasta el lugar donde todos fuimos o seremos una de estas dos mujeres de ochenta, que criaron a sus hijos desde donde pudieron, como sucede en esta Argentina que nos pesa, y que desde mediados del siglo veinte, nos va dejando
solos. Una arriba y la otra abajo, no es casual. Una emprendedora y ex dueña de un campo, la otra docente, peronista y sindicalista; tampoco es fortuita la elección. Somos nosotros, los argentinos, vos y yo, los Ríver-Boca, blanco-negro, las cuestiones que ni el mundo líquido nos deja disolver para
unirnos y no perder lo querido, lo valioso. 

Y de toda esa identidad habla Donde retumba el silencio, también muestra las consecuencias del orgullo, la soberbia, de la incomprensión, la rebeldía, la admiración y resulta que tras todo ese diálogo literario que propone Caride, lo entrañable termina siendo lo que se descuelga de la historia. Con las vidas
efímeras de dos amigas longevas se desmoronan silencios, miedos, deseos, sueños, alegatos y ridículas posturas políticas que a veces sostenemos para no desarmarnos, y que nos llevan a perder afectos únicos. O los postergamos como si fuéramos eternos, hasta que lo eterno llega.

No encontré a Virginia Woolf en la novela de Agustina Caride, aunque es clara la influencia de muchos autores que una gran lectora como ella tiene; yo sentí que Leo y Vira fueron susurradas al oído de la autora por Manuel Puig, para que no nos quedemos sin estas señoras memorables de la literatura
argentina.

Buena lectura, de calidad.

Páradais

Qué bien escribe Fernanda Melchor. Es lo primero que diré sobre esta obra que trae dejos de Carpentier en algunos pasajes. Qué pena que una autora de tal talla haya caído en lugares comunes, es lo segundo.

Y en el medio, transcurre una novela interesante con unas diez páginas finales sublimes. Con voz propia, Melchor nos trae a Polo, un joven sin deseos ni futuro posible que es casi una parodia de sí mismo, su encuentro con otro, de otra clase ( confieso que el tema clases sociales ya me resulta recurrente en las novelas contemporáneas) y que se ve envuelto en la obsesión de Franco, su amigo de mamúas y de puchos, dando origen a la tragedia, que redime a la autora de las excesivos «aquellos» con los que nombra al narcotráfico, en un intento infructuoso por dejarlo en segundo plano.

Melchor dice: «Quería mostrar lo absurdo de la violencia, lo innecesario de estas violencias que ocurren todos los días» Y lo hace, Páradais se mete en el terreno de la violencia pero también en las diferencias sociales, usando la relación entre un adolescente que vive en un barrio privado y otro que es el jardinero del lugar, ellos están en Páradais para mostrarnos como la obsesión y la alienación llaman a la crueldad, sin posibilidad de vuelta atrás. Hay personajes que podrían no existir, no tienen una gran justificación en la trama, y en las primeras cien páginas utiliza demasiados de recursos descriptivos y vulgarismos, en especial porque escribe en tercera persona. Aunque cada crítica que hago siento que la realizo sobre algo que está bien hecho. Es que Fernanda Melchor tiene más que dar, una lucidez literaria y un manejo de las palabras específico admirable.

La novela sobre el final nos maravilla, la técnica, los tiempos narrativos, la fuerza de la voz, y una estructuración sin aliento, para mostrarnos lo que sin duda viene diciendo Melchor con el resto de su obra: no hay paraísos, no los hubo ni los habrá.

La sombra de las ballenas

Conocí a Cynthia Matayoshi cuando hice un taller con ella, me apasionó el mundo que puso a mi disposición y comencé a leerla, pequeños artículos, un par de cuentos, hasta llegar a La Sombra de las Ballenas.

Esta escritora argentina, especialista en cultura y literatura japonesa, escribió su primer novela con la madurez despiadada de una mujer, con la magia del animé, la trascendencia de lo eterno y la búsqueda incesante de la humanidad.

Lo hace sin derrochar, su narración precisa no impide la alucinación o la distopía, pero tampoco la fuerza. Las oraciones breves en tercera persona, copulan con párrafos en primera, y muta a la poesía con la naturalidad con que sus personajes pasan de un reino a otro, de un mundo a otro, sin tapujos. A pesar de esa linealidad narrativa, las elipsis se agigantan-como ballenas tal vez- para que la historia se vuelva un infinito complejo, rico, atrapante. Los tentáculos babosos -parafraseando a la autora- de la historia construyen nuevas normas en este universo friccionado, lleno de simbolismos, que crea Matayoshi para permitirse lenguajes propios. Así, lo literal y lo fantástico, en estos mundos que se parecen subjetivamente al nuestro, en estos ambientes cargados de pasiones, amores, recelos, miedos y locura, se funden para que, como lectores, atravesemos membranas hasta comprender lo que sucede.


La historia se cuenta en dos planos. Uno es el mundo real, el barrio chino de Buenos Aires, donde el Deseo Puro es alimento, pero también es criatura, alimaña, procaz o naif, y es vendido por Fantasías que recorren el Barrio. Este deseo, corrupto al fin, es contagioso y peligroso para el orden. Uno de los personajes intenta salvar a su hermana, aislada por consumirlo. Otro plano, el fantástico, alberga dioses y máquinas y seres alucinados producto de la hibridación de reinos y categorías. Los personajes de la novela se nos presentan en un cosmos, pasan al otro, y vuelven al real, solamente para hacernos saber que todo puede retroalimentarse, que somos materia al fin, escualos y dioses, mujeres y máquinas, deseosos, obscenamente maleables y que todo, lo primario y lo complejo, puede suceder.

El universo que me abrió Cynthia en su taller, florece en La sombra de las Ballenas, con una narrativa tan original y poética que nos embriaga. Y sí, puede parecer demasiado, puede resultarnos abrumador, porque se atreve a traspasar muchas puertas blancas, con autoridad, y así atraviesa cultura, mito, creencias y se vuelva en cada oración un mundo desbordado, que se come a si mismo, lame al lector y vuela.

Esta novela oscura, plagada de sentido y sólida, nos obliga a enfrentarnos con la sordidez de los deseos que ocultamos, la categoría de lector va siendo captada, hasta zambullirnos en un Océano, donde Shiva escupirá nuestros huesos si no nos atrevemos a más, después de leerla.
Excelente obra, querida Cynthia Matayoshi, recomiendo tu libro y cierro con tu voz alucinada, en la que la imaginación se vuelve causa:

Marian escucha el canto de las ballenas, en la profundidad del tímpano oye los rugidos en una lengua indescifrable. Las ballenas no cantan palabras, cantan el silencio del mar. No les teme. Sentada en la cama, escuchando la vibración en las paredes del oído, no les teme. Tampoco las comprende. Aprendió a escuchar sin comprender, como los niños antes de hablar. 

Antes del lenguaje, rugidos. Antes del lenguaje, el sentido es la marca de un animal que se arrastra. Una hendidura en la superficie.  

Siempre es distinto. Los cantos de ballenas en las paredes de la boca, pegados a la lengua, tienen forma ovalada, como de luna invertida. Copulan con otras formas en el mar. Una vez, un sonido parecido a un pájaro, extirpado de raíz. Ballenas de pico alargado y ojos cubiertos de dientes, ojos blancos y dientes negros, alas inmaduras. Un pichón de ballena está muerto, eso imagina Marian, se cayó del nido del océano. Lo comerán otros animales o quizás lo devore la corriente. 

La acústica de los Iglús

«A algunos artistas debe pasarles algo similar: se levantan y notan que llevan el arte incrustado»

Almudena Sánchez

Los sentimientos huelen y suenan, podría ser la síntesis de la reseña de hoy, que nos acerca nuevamente a nuestros orígenes españoles. Los diez cuentos de esta joven autora no son clasificables porque juegan con lo fantástico, lo onírico, un dejo sutil de extrañeza, son una especie de borde inclasificable, tal vez inmaduro, un borde que no decidió si quiere delimitarse. Y allí nos deja Almudena Sánchez, con un continuo poscuento para masticar. La prosa es lírica, tanto que puede ser cantada, es lúdica, nos propone el absurdo a cada línea, un absurdo que me remitió por ejemplo a Gogol, porque la costumbre y lo cotidiano está siempre en Almudena. Sus cuentos vuelan pero vuelan en la vida común. No necesitan crear universos paralelos. Hay un dejo de su profesión de Periodista por momentos, está la niña soñadora en otros, el dolor, la tristeza desgarrada y la muerte pasean por sus historias sin disimulo. La señora Smaig en el zoo, terrible y entrañable, la loca travesía de El frío a través de los engranajes, la crítica social resumida en una magdalena aeronauta en Apuntes desde la bóveda celeste; el cuento que me acercó a la autora fue El nadador del Hotel Minerva, hermosa historia que diluye en agua el dolor, o lo convierte, o El arte incrustado que llevamos a cuesta, la autora juega y se pasea en Cualquier cosa Viva, Introducción al relámpago, Compostura: La línea imaginaria y el triunfo humano. En definitiva es muy interesante como introduce todo el tiempo cierta extrañeza posible, o nos muestra nuestro propio absurdo, que a veces necesitamos asimilar, es efectiva, y tiene frases que nos dejan cicatriz, esas que según sus propias palabras se moverán con nosotros.

Hay un cuento de los diez, que me llevó a Gogol, que me recordó los cuentos rusos, la quieta realidad contada que se vuelve atmósfera y desde allí todo puede ser Eclipse, como la pareja de ancianos que en teleférico recorren el mundo desde un pueblito inanimado. Me enamoré de Leonora y Adelino, de sus razones, de la barba que crece por metros y de lo posible escondido en cajones.

Almudena Sánchez es periodista y Máster en Creación Literaria. La acústica de los iglús (Caballo de Troya) es su primer libro de relatos, que fue publicado en España en 2016 y ya alcanza la octava edición. Como periodista, colabora habitualmente en revistas y medios culturales realizando críticas y entrevistas. En 2013 fue incluida en Bajo 30, antología de nuevos narradores españoles (Salto de Página), una muestra de los mejores escritores españoles menores de treinta años actuales y en 2018 en Doce relatos maestros (La Navaja Suiza) junto a autores consagrados como Marta Sanz o Eduardo Halfon. Algunos de sus relatos han sido traducidos al inglés.

Se las presento y los invito a conocerla.

Agua Salada

Mientras en la olla se olía hervir papas y batatas, el microondas cocinaba calabazas naranjas y una pequeña vela oraba por su padre muerto, Cata intentaba meditar para salvarse.

El cansancio por el día a día no facilitaba el intento, pero le permitía pensar en su búsqueda. Salud principalmente, pero ni siquiera eso lo buscaba para ella. Pensaba siempre: “Dios, dame salud para criar a mis hijos, aún tienen 12 y 18 años”.

No la quería para viajar, divertirse, hacer el amor, divorciarse, buscar un nuevo desafío, crear una fundación. Nada. Cata había perdido el deseo, no había algo propio, ella vivía para…

Para Martín y sus viajes que la desarmonizaban. Para Nadia, sus tareas, deportes y rutinas, para responder todas las preguntas con paciencia infinita (aunque alguna vez se irritaba).

Para Pablo y sus planteos, su necesidad de crecer, gritando desaforadamente pensando que así lo lograba. Para su madre viuda, que la requería a diario, que le informaba sus tristezas casi con regocijo, que hacía de ella una madre, una esposa, hasta una amiga, sin considerar su orfandad. Para sus tíos que reclamaban atención y mimos, para accionar socialmente, para oír, calmar, ayudar, buscar, traer, bañar, alimentar y limpiar.

¿Dónde se escondió el sueño de libertad que la poseía? Cuando el cabello volaba sin tener que pedir permiso, y las puestas en escena se usaban para lograr cometidos.

Una noche en especial, Cata sintió que la vida le corría por dentro, agitada y doliente, peleando por derechos en la explanada de la facu, rogando que sí, que la maten esos milicos de mierda, que la transformen en mártir, llena de sangre y sudor con el cartel en la mano. Ahí quedo todo.

Porque la vida se encarga de descascararnos y llenarnos de sinsentidos cotidianos que nos muelen. Cata era molienda.

—¡Señora! —se oyó.

—Hola, José, tratá de no cortarme los plantines esta vez.

José era el hijo de Juana, la señora que ayudaba a Cata, un chico de unos veintiséis años, ruliento y maloliente, que arreglaba los patios del barrio. “Poco seso y mucho músculo”,

pensó Cata. Pero en seguida subió su mano y se acomodó la trenza cosida.

Mientras movía cosas en la mesada, Cata comenzó a sentirse joven y darse cuenta que tenía curvas, y que su ropa maternal no impedía nada. No prohibía nada. Ofreció mate para pasar el rato, y en el momento en que cebó noto la suave mano de José sobre la suya.

Y pasó. Ya en la cama, los cuerpos se atraparon en un concierto de tierra y piel, para gritar juntos la ignominia de lo cotidiano y revolucionar lo propio. Cuerpos sin mente. Solo momentos. Que se pudren si se continúan. Que se llaman así.

Un acertijo de pieles que pudieron y se atrevieron. El olor y el hervor eran justos. Pecadores.

Y así Cata comprendió que la salud la necesitaba ella, que el día seguía igual si no lo modificaba y que los sueños de cambios los llevaba dentro, apretados en la uña del dedo meñique que nunca quedaba bien pintada.

La cama revuelta era la revolución. La suerte echada. La potencia del ser. Una patada a lo cotidiano. Insolencia. Desgarro. Y privacidad. Privacidad, lo que más extrañaba de aquella Cata sola.

—Señora, el mate —oyó a lo lejos.

—Gracias —dijo—. ¿Tomás otro?

—No, deje, se me hace tarde.

Cata tomó el mate, caminó hacia la cocina, se paró frente a la mesada, las ollas seguían hirviendo, metió un dedo en la de las calabazas y lo chupó. “Sí —pensó sonriendo—, el agua está salada”.


Cuento que pertenece a Una más Una, publicado en 2017 por Editorial Rama Negra, que relata 22 historias de mujeres diversas y únicas, con sus grises y sus deseos, algunos postergados por la violencia ajena.