Páradais

Qué bien escribe Fernanda Melchor. Es lo primero que diré sobre esta obra que trae dejos de Carpentier en algunos pasajes. Qué pena que una autora de tal talla haya caído en lugares comunes, es lo segundo.

Y en el medio, transcurre una novela interesante con unas diez páginas finales sublimes. Con voz propia, Melchor nos trae a Polo, un joven sin deseos ni futuro posible que es casi una parodia de sí mismo, su encuentro con otro, de otra clase ( confieso que el tema clases sociales ya me resulta recurrente en las novelas contemporáneas) y que se ve envuelto en la obsesión de Franco, su amigo de mamúas y de puchos, dando origen a la tragedia, que redime a la autora de las excesivos «aquellos» con los que nombra al narcotráfico, en un intento infructuoso por dejarlo en segundo plano.

Melchor dice: «Quería mostrar lo absurdo de la violencia, lo innecesario de estas violencias que ocurren todos los días» Y lo hace, Páradais se mete en el terreno de la violencia pero también en las diferencias sociales, usando la relación entre un adolescente que vive en un barrio privado y otro que es el jardinero del lugar, ellos están en Páradais para mostrarnos como la obsesión y la alienación llaman a la crueldad, sin posibilidad de vuelta atrás. Hay personajes que podrían no existir, no tienen una gran justificación en la trama, y en las primeras cien páginas utiliza demasiados de recursos descriptivos y vulgarismos, en especial porque escribe en tercera persona. Aunque cada crítica que hago siento que la realizo sobre algo que está bien hecho. Es que Fernanda Melchor tiene más que dar, una lucidez literaria y un manejo de las palabras específico admirable.

La novela sobre el final nos maravilla, la técnica, los tiempos narrativos, la fuerza de la voz, y una estructuración sin aliento, para mostrarnos lo que sin duda viene diciendo Melchor con el resto de su obra: no hay paraísos, no los hubo ni los habrá.

Las fuerzas extrañas

“Despertar el misterio es una locura criminal, tal vez una tentación del infierno”

La estatua de sal, Leopoldo Lugones

En Las fuerzas extrañas cualquier interacción con las “ciencias (o artes) ocultas,” quiebra algunas leyes naturales. Y por consiguiente quien trasgrede se somete a una destrucción que puede ser física o emocional. Así lo plantea la dinámica de la narrativa de Lugones en cada uno de los cuentos de este volumen de 1906 que asusta por su actualidad.
Las inquietudes morales, religiosas y científicas recorren los relatos, y luego la transgresión de leyes naturales, morales o religiosas en Las fuerzas extrañas, es castigada por un orden fantástico. Podemos ver que cuenta con relatos de ciencia ficción, como “La fuerza Omega,” “La metamúsica,” “El origen del diluvio,” “Viola acherontia,” “Yzur” y “El psychon;” cuentos fantásticos como “La lluvia de fuego,” “Un fenómeno inexplicable;” y relatos maravillosos como “La lluvia de Fuego,” “La estatua de sal,” “El milagro de San Wilfrido” y “Los caballos de Abdera.” Los clasifico aproximadamente de acuerdo a Todorov, y deja a las claras la tremenda versatilidad de Lugones como autor de ficciones. Logra homogeneizar este compendio con algunos elementos comunes a la mayoría de los cuentos presentes como tratamiento ambiguo de la imagen del científico y los castigos ya mencionados.
Los científicos de Las fuerzas extrañas son personas misteriosas ; son la voz de la ciencia y del desarrollo tecnológico, pero también creyentes alocados que usan el método científico para transgredir leyes naturales y lograrresultados sobrenaturales. Claro que la justicia divian los castiga. El introspectivo físico que protagoniza “La fuerza Omega,” al igual que Juan, el sensible científico músico de “La metamúsica,” no demuestran intención de daño con sus descubrimientos; nos identificamos con ellos. Aun así sufren las consecuencias de sus maravillosas trasgresiones de las leyes naturales. Lugones nos presenta las circunstancias, conflictivas o no, la trasgresión de alguna “ley” natural, divina o moral, y la aparición del castigo y esa es su intención todo el tiempo, en cada relato, logrando así una linea de unidad narrativa.
En “El escuerzo” y “La metamúsica” el lector se encuentra con dos personajes que pasan un límite, el joven leñador de “El escuerzo” paga con su vida el haber matado a este ser pseudo-sobrenatural. Juan, el apasionado científico y músico de “La metamúsica,” paga con sus ojos el haber descubierto y expuesto la dimensión lumínica del sonido, además practica la Numerología para descubrir la luz de la música, algo prohibido por la religión.
Juan se acerca a cierta comprensión de “la expresión matemática del alma humana,” pero al parecer este es un conocimiento que el universo le ha negado al ser humano.
En “Yzur,” el sádico negociante dueño de un chimpancé recurre hasta a la tortura para obligar a su
mono a expresarse en la lengua de los hombres; pero no hay tal castigo. Lugones no parece tomar una posición específica , pero deja claro que romper con lo posible para la tradición judeocristiana, trae consecuencias.
En cuentos de carácter maravilloso tales como “La lluvia de fuego,” “El milagro de San Wilfrido,” “Los caballos de Abdera” y “La estatua de sal” también determina la suerte de los personajes el mismo patrón filosófico narrativo. En “La lluvia de fuego” el narrador presencia la destrucción de Gomorra, y al final se suicida . Pero da cuenta de que conocemos la historia de Sodoma y Gomorra, de lo contrario, , el personaje narrador sería el testigo de un hecho fantástico sin explicación lógica o natural.

Todas las historias generan en nosotros, lectores, sentimientos de desasosiego y confusión. ¿Qué constituye
una transgresión de las leyes de Dios? . ¿Cómo podría un Dios justo castigar a un hombre—a una ciudad entera—que
no es consciente de sus propias faltas? Nos deja en un limbo de ambigua soledad.
“El milagro de San Wilfrido” hace referencia a la tradición épica construida a partir de las batallas de los caballeros cruzados en el Medioevo. “Cortad maderos […] haced una cruz y clavad en ella a este perro. Que muera como su Dios”
reza uno de los personajes, hay una farsa que tiene como base la escena de la crucifixión. La trasgresión
en “El milagro de San Wilfrido” es la desacralización de uno de los pasajes bíblicos más importantes del imaginario cristiano, la crucifixión de Jesucristo. “La estatua de sal,” al igual que “El milagro
de San Wilfrido” y “La lluvia de fuego,” apela al conocimiento que el lector pueda tener acerca de los mitos y leyendas de la tradición judeocristiana.

La fascinación de Lugones con la ciencia corre paralela a la gran desconfianza de la misma. Esta ambigüedad en dichos temas es una constante en esta obra de Lugones, y puede verse en otros autores de la región rioplatense, tales como Eduardo L. Holmberg y Horacio Quiroga.

Nos vemos en esta obra obligados a decidir qué tiene más valor: los principios cristianos de la caridad y del amor al prójimo, o la obediencia ciega y absoluta ante los actos de la divinidad. ¿O la ciencia ? “Despertar el misterio es una locura criminal, tal vez una tentación del infierno.” Esta frase no sólo contiene una verdad profunda acerca de los relatos escritos por Lugones; la idea de ver el acto de “despertar el
misterio” como “una locura criminal” explica gran parte de los relatos fantásticos escritos en el continente americano durante el siglo XIX y el Fin de Siglo. En autores de diferentes generaciones y nacionalidades, como Edgar Allan Poe, Horacio Quiroga, Nathaniel Hawthorne o Ambrose Bierce. El Positivismo se afianzaba y la ciencia y la razón con él. El resto era trasgresión.
El mismo Lugones parece fascinado por la fe positivista en el método científico. El Dr. Paulin en “El Psychon,” y en “Ensayo de una cosmogonía en diez lecciones” Lugones intenta reconciliar el mundo espiritual con el mundo
de la materia.
Tal vez no sea este el Lugones al que estamos acostumbrados, pero es un libro impresionante, con estilo , géneros y sub géneros ,muy bien logrados, que sin dudas recomiendo para un fin de semana, de esos en los que tenemos ganas de salir del confort diario y proponernos pensar más allá de las leyes naturales que adquirimos como únicas en la educación formal.

Historias de Barrio El Molino, los fuelles, las letras, la bohemia y el fútbol

El barrio “El Molino” conlleva una historia forjada por nombres que quedaron sellados en el alma de los habitantes de su arrabal. Los hermanos Ernesto y Fortunato Tassara, inmigrantes italianos, instalaron un pequeño molino de piedra llamado San José. Con el tiempo y el trabajo, las tres bolsas iniciales se transformaron en exportaciones y empleo para muchos juninenses. Pero no era un sector que solo hablara de trabajo.
Los fuelles, las letras, la bohemia y el fútbol lo marcaban. La epopeya lo señala como particular entre otras barriadas de la ciudad. Supo de gloria deportiva en los pies de los grandes de Mariano Moreno, los Tablada, Fito Inglese, Orlando Giménez, los Gnazzo, Nuncio Cadile, Marchesse, los Zamparollo, Abel Pardini, Guzmán, Néstor Caporaletti, Ángel Tomeo, Rebecco, Reinaldo Caramelo, y los que batallaron el ascenso al Nacional de la AFA como Romero, Valdivia, Cabrera, López y Pondal. Los versos de Saborido lo vocean: “yo soy del barrio malevo y canyengue, más apartado de nuestra ciudad, que tiene historia de funyi y de lengue y fuera nido de un criollo zorzal… En este barrio las gauchas guitarras cantan de noche su triste canción en homenaje de aquellos muchachos que nos legaron a Moreno, el campeón”.
Pero El Molino, entre otras, también contiene a la plaza L.N. Alem, tradicional e histórica para nuestra ciudad, en ella remataba el Fuerte Federación que nos dio origen y se encontraba el cementerio. Durante años se la denominó Plaza de la Cruz porque había quedado una cruz de madera su antiguo rol. En el año 1900 por ordenanza municipal pasó a llamarse Leandro N. Alem, en homenaje al fundador de la Unión Cívica Radical. Y un monumento de bronce de una sola pieza, obra del gran escultor juninense Ángel María de Rosa, la enaltece.
La risa y el juego de los niños en la otra plaza les cuentan a Negreti historias, y se animan juntos a sortear la alcantarilla de la calle Chile, que es monumento de tradición y suburbio. Los Calderone, los Petraglia, los Rucci, los Stamboni, los Rusailh, y más nombres pasan por ella cantando sueños. Dicen que por la calle Uruguay, las noches de verano, se puede ver a Juan Ayala girando al compás del dos por cuatro, mientras se hace cargo de las cuestiones vecinales sin chistar.
Es un barrio de plazas, como la que recuerda a los Presidentes Constitucionales Argentinos, en clara referencia a la importancia de la república. Y las que perpetúan a Destéfani y el mencionado Negreti. Es un barrio que proletario y real, se erige creciente y temerario, consciente que la vida y la muerte están al lado, cuidando de mantener el equilibro. Nos recuerda el crecimiento y nos aloja en sus entrañas, se confunde con cada transeúnte que lo pisa.
Hoy los comercios cotidianos, esos que nos permiten el día a día, Hotel Colón, la Ferretería de Nalino y un par de bares mistongos, lo visten de modernidad adquirida.
Sin embargo, la cuenta regresiva de la historia siempre desgarra su quehacer en esas calles y en la Plaza del Sesquicentenario juegan de incógnito las nuevas generaciones juninenses con las voces del pasado.