Cuentos íntimos

Katherine Mansfield desarrolló, que suele ser considerada la rival literaria de Virginia Woolf, es una escritora singular, con una prosa tan propia que la transformó en la gran maestra de la subjetividad. En sus cuentos, incluidos los de esta antología, las emociones, los sentires de cada uno de los protagonistas, aquello que los conmueve, aparecen rompiendo barreras con lo cotidiano de una forma que estremece al lector. Sus tranche de vie, al mejor estilo Chéjov, que parecen espiar las escenas del día día conforman una sutil obra que tiene la debilidad necesaria para mostrar cuan feroz pueden ser los textos de esta escritora imperdible.

La obra Mansfield es una de las más interesantes y singulares de la literatura inglesa del siglo XX. Cuentos Íntimos es una antología que los va a acercar a esta autora que pudo demostrar que el centrismo heteronórmico de su época, en el que la mujer era sinónimo de intimidad, no podía evitar la transcendencia vital y libertaria de esa misma intimidad. t. Entre las mujeres de sus cuentos nos sorprenden las epifanías cotidianas, pequeños destellos domésticos llenos de fábula y de transformación, pero a la vez cuestiones indecibles, como si la rebelión invisible de todas y cada una de las mujeres del mundo fuera escrita por Mansfield.

Sus personajes femeninos dan batalla a los preceptos de la burguesía . La autora nos deja espiar el momento cultural en el que a las mujeres se les destinaba la pasiva intimidad. Mansfield dejó de ver a su madre (que había querido un hijo varón) en 1910 y se casó dos veces; primero con George Bowden, al que abandona la noche de bodas, y luego con el que fue su editor póstumo, el prolífico John Middleton Murry, que aceptó la relación amorosa de su mujer con Ida Baker. Antes, fue pareja de la poeta y crítica literaria Beatrice Hastings. Con Baker, recorrieron Europa y vivieron en San Remo, en Italia, en 1918, con el objetivo de tratar la tuberculosis que minaba la salud de la escritora. Por supuesto que no fueron tratamientos normados.

Sus cuentos narran las cuestiones de la emoción, todas: la angustia, la felicidad, el amor; los sinsabores de la vida. En su voz, estas humanidades se transforman en saltos extraordinarios. Sin recurrir a efectos ni a demasiadas situaciones en un relato, el interior, lo privado aparece en los personajes que parecen escritos en una posmodernidad increíble. Estructuralmente perfectos, sus relatos cuentan una y otra vez lo mismo, que no es nada menos que el mundo sensible de una persona contrastando con el mundo lleno de otros, la vida, que produce ese abismo del que no puede escapar, como lo dice su poema:

Un abismo de silencio nos separa

Yo estoy de un lado del abismo -tú del otro-

No puedo verte ni oírte -pero sé que estás allí-

Suelo llamarte por tu nombre infantil

y finjo que el eco de mi grito es tu voz.

Cómo podemos franquear el abismo -nunca hablándonos, tocándonos-

antes pensaba que podíamos llenarlo con nuestras lágrimas,

ahora quiero destrozarlo con nuestra risa

Pero si hablamos de este libro, el cuento «Felicidad» describe un desencuentro de una forma única, por ejemplo cuando Bertha dice: «como si se hubiera tragado un pedazo del sol de la tarde y ahora ardiera dentro suyo». Pero además el final del cuento, destruye lo construido en el transcurso y lo vuelve inconmensurable.

Mansfield es encasillada en lo extraño, sin embargo no usa la oscuridad, porque ella es una autora que escribe sobre relaciones prohibidas, pero vividas, sobre esos vínculos personales que no logramos reconocer por miedo, claro que usa la ironía, el humor, se mueve, se desplazada, mueve objetos, pero no por eso es extraña. Ella es una gran escritora, tiene una forma singular de ver, de crear nuevas posibilidades para un momento, una circunstancia, no pretende ser comprendida, tampoco se culpa. Es una autora que habla de vínculos, pero también nos muestra la sociedad y sus clases, y sale del centrismo de la época. Un tema terrible para los lectores, es que las traducciones no siempre respetan su fraseo, lleno de dudas, titubeante, que se cuestiona, y entonces obstaculizan el fluir de conciencia que sus personajes logran en idioma original.

No solo recomiendo Cuentos íntimos, del que adoré Películas, sino toda la obra de esta autora de la que no dejo de aprender. Siento como si hubiera perdido un mundo, el de Mansfield por nacer en otra época, tal vez un sueño me lleve a su cuarto italiano, y pueda soplar la vela de su mesa de luz.

Imperdible.

Hienas

Hienas, del escritor chileno Eduardo Plaza, un libro directo, íntimo, sin golpes bajos, consta ocho cuentos con personajes vivencialmente claros, llenos de todo lo necesario para cachetear al lector y recordarla la vida. Tienen nostalgia, desarraigo, abandono, dejos de crueldad y por momentos indiferentes, que de un modo y otros los obligan a correr desaforados para evitar esos sentimientos que los marcan. Es un libro lleno de rastros. Podemos ver como el autor desde un lenguaje llano, con primeras personas, nos relata tortuosos recuerdos infantiles de los que estos protagonistas no pueden librarse. Y lo que debe olvidarse vuelve.

Plaza nos narra con recursos interesantes y diálogos perfectos los apuros y la inocencia de sus personajes. Todo fluye, porque no hay remilgos a la hora de presentar lo cotidiano, lo que les acontece cada día, aún cuando sea violencia el condimento periódico de esas vidas. Y nos quedamos ahí, abrumados por un tiempo freezado en las mentes perturbadas de todos los que se desnudan para mostrarnos como nos pueden atravesar los miedos, las culpas, los golpes. Cuan salvajes, como hienas doloridas, podemos llegar a ser.

Los relatos se territorializan en una región de la costa chilena, dentro de una pequeña ciudad portuaria en la que el avance social pasa por esas industrias multinacionales que llegan para abrazar la pobreza de los habitantes y ofrecer un respiro a la marginalidad. El primer cuento, “Teresa” hablas de la malicia inocente de niños abusando de un animal, las escenas son bestiales y nos dejan pasmados por la crueldad, pero no pretenden adjetivarla, la muestran. «Animales de compañía”, “A ti nadie te obliga” y “Hienas”, un cuento que se eleva para mostrar en plenitud la voz de Plaza, y que le da nombre y estructura a todo el libro, nos cuentan de la infancia quebrada, el abandono desolado de amigos de veranos o nos invitan a rever principios. “Federici cree ser emperador” deja clara la estructuralidad de la pobreza en Sudamérica, de la que se intenta salir, o al menos esconder, aunque los vestigios aparezcan como capas transversales y desgarradas, en las que el pobre no tiene arreglo y el que nace en cuna de oro tiene todo para crecer y sobresalir de la chatura reinante. El libro tiene una postura, quizá hasta política, como cuando dice: “(…), pero durante esos momentos a solas, yo podía, quizá por algunos minutos, mirar bajo esa pila de frases de catálogo de las que se deshacía para almorzar en la pobreza, abandonándose al resentimiento. Verlo comer solo era como verlo comer desnudo: se asomaban las cicatrices”, pero el autor no deja que esto se apodere de la verdadera historia, la privada, la personalísima, que apura al lector y lo engancha.

En “Carolina Fellay” y “Mariposa” el tiempo se quiebra para inquietar, el miedo resignado de una vida plana huele a pescado seco, y se vuelve espinosa como la vida de tantos pueblerinos que rodean al puerto y sus miserias. Puede resultar reiterada la continua alusión al rico y al pobre, inamovibles en sus jaulas, un rezongo que por momentos nos desvía de aquello que el Plaza mejor hace, que es narrar la infancia desde una adultez torturada.

Hienas nos invita a conocer un territorio, lleno de restos y recuerdos, que se narran para no cejar. Vidas dialogadas en tiempos que se escabullen, historias que no sabemos si tienen final. No hay lugar para héroes, cuando el abandono cala, cuando el escape es necesario, cuando hasta la historia que cuenta es cárcel. Dice en el cuento Hienas: “Los niños de la playa vivíamos siempre con ese destino precario: hacer amigos que desaparecían”, y con esa frase todo un atlas se abre paso al lector, lo invita a conocer los esqueletos mínimos de estas vidas que cuenta Eduardo Plaza, con un estilo cuidado, pero que sin dudas nos interpela.

Eduardo Plaza nació en La Serena, Chile, en 1982. Es narrador y periodista. Su libro de cuentos Hienas fue publicado por primera vez e la editorial Librosdementira, en 2016. Sus cuentos, muchos parte de este volumen, ponen en escena la intimidad, con climas muy bien logrados, dando voz a la infancia al mejor estilo Salinger, pero contando hechos, desprovistos de cualquier disfraz, dejando aparecer el desvanecimiento del amor, la rutina resignada, por ejemplo cuando dice: Preparaba un café, se duchaba, se tomaba el café tibio, conversábamos cinco o diez minutos por mensaje de texto, miraba televisión y se dormía antes de comerciales”; o también: “Según las clases de Ciencias, El Culebrón era un humedal de taguas, chorlos y huaraibos. Para nosotros solo era las canchas”.

Es que Plaza sabe que la vida, siempre, puede ser peor.

Vasectomía (una novela inconcebible)

No quiero tener hijos, ni pensar en la posibilidad de que ese (no) deseo vaya a cambiar, porque implicaría cambiar de pareja, algo que espero no me pase nunca.

Ariel Magnus

La novela trata de una pareja ya adulta, ella profesora de filosofía, él un actor alemán, que se van a hacer un aborto a Uruguay, algo común en el momento en que la escribió Magnus, allá por el 2016. En la novela se discute el tema del aborto en la intimidad de una pareja, y como un tema de a dos, que dista de como lo discutieron los congresales y de como se promulgó la ley. Las excepciones terrible ya estaban tipificadas, lo aclaro para no caer en golpes bajos que esta novela no merece. Habla de una cuestión personalísima, de elección privada, con todo lo que conlleva, miedos, contradicciones y también telúricas cuestiones de a pie, que Magnus maneja con una voz avezada, llena de ironía cotidiana e intelectual a la vez.

“La vasectomía (una novela inconcebible)” es una continuación de “El aborto (una novela ilegal)”. El fluir de consciencia de un actor alemán la noche previa a ir a la cirugía, es el nudo trágico y risueño de esta obra que fluye como debe ser. Tiene un diálogo muy interesante con el feminismo y lo hace desde las miradas de los dos integrantes de la pareja, hasta aparece una tercera persona en la historia que coquetea con la ridiculez de algunas cuestiones de las que las posturas inflexibles no están ajenas.

Vasectomía nos cuenta la historia de Lara y Tom, que viven hace años, cuarentones, y son felices solos, son hijos. El título nombra el procedimiento que equilibrará por fin el delgado hilo que pone en crisis a esta pareja, que no es otro que el de la anticoncepción, injustamente pesado para la mujer, que soporta hormonas, alambres y otras yerbas para que el hombre no se queje por la insensibilidad del profiláctico. No se discute la inequidad, sino que se concentra la novela en los detalles, que nos pasean por un montón de épocas que incluyen a los Castrati, aparecidos pro el temor al bisturí del protagonista.

Las propias preguntas que nos dejan la puerta abierta al racionalismo y las opiniones de terceras personas, van creando una filosofía argumental que echa mano a todo. Incluyendo el auto convencimiento y justificación forzada, enlechada y llena de puntos y comas, que no logran más que alargar esa noche previa a la vasectomía, en la que transcurre la historia.

Es de la editorial Tren en Movimiento, y es ágil, interesante, bien escrita, con la extensión justa para no volverse alegato. Es una historia íntima, una historia de amor, contada sin reparos, que deja atrás normas y vicios literarios para ser verdadera.

Tengo un cagazo padre. El último en su tipo, al menos, ya que a partir de mañana no voy a poder ser padre de nada. 

Gran autor, para leer.

La sombra de las ballenas

Conocí a Cynthia Matayoshi cuando hice un taller con ella, me apasionó el mundo que puso a mi disposición y comencé a leerla, pequeños artículos, un par de cuentos, hasta llegar a La Sombra de las Ballenas.

Esta escritora argentina, especialista en cultura y literatura japonesa, escribió su primer novela con la madurez despiadada de una mujer, con la magia del animé, la trascendencia de lo eterno y la búsqueda incesante de la humanidad.

Lo hace sin derrochar, su narración precisa no impide la alucinación o la distopía, pero tampoco la fuerza. Las oraciones breves en tercera persona, copulan con párrafos en primera, y muta a la poesía con la naturalidad con que sus personajes pasan de un reino a otro, de un mundo a otro, sin tapujos. A pesar de esa linealidad narrativa, las elipsis se agigantan-como ballenas tal vez- para que la historia se vuelva un infinito complejo, rico, atrapante. Los tentáculos babosos -parafraseando a la autora- de la historia construyen nuevas normas en este universo friccionado, lleno de simbolismos, que crea Matayoshi para permitirse lenguajes propios. Así, lo literal y lo fantástico, en estos mundos que se parecen subjetivamente al nuestro, en estos ambientes cargados de pasiones, amores, recelos, miedos y locura, se funden para que, como lectores, atravesemos membranas hasta comprender lo que sucede.


La historia se cuenta en dos planos. Uno es el mundo real, el barrio chino de Buenos Aires, donde el Deseo Puro es alimento, pero también es criatura, alimaña, procaz o naif, y es vendido por Fantasías que recorren el Barrio. Este deseo, corrupto al fin, es contagioso y peligroso para el orden. Uno de los personajes intenta salvar a su hermana, aislada por consumirlo. Otro plano, el fantástico, alberga dioses y máquinas y seres alucinados producto de la hibridación de reinos y categorías. Los personajes de la novela se nos presentan en un cosmos, pasan al otro, y vuelven al real, solamente para hacernos saber que todo puede retroalimentarse, que somos materia al fin, escualos y dioses, mujeres y máquinas, deseosos, obscenamente maleables y que todo, lo primario y lo complejo, puede suceder.

El universo que me abrió Cynthia en su taller, florece en La sombra de las Ballenas, con una narrativa tan original y poética que nos embriaga. Y sí, puede parecer demasiado, puede resultarnos abrumador, porque se atreve a traspasar muchas puertas blancas, con autoridad, y así atraviesa cultura, mito, creencias y se vuelva en cada oración un mundo desbordado, que se come a si mismo, lame al lector y vuela.

Esta novela oscura, plagada de sentido y sólida, nos obliga a enfrentarnos con la sordidez de los deseos que ocultamos, la categoría de lector va siendo captada, hasta zambullirnos en un Océano, donde Shiva escupirá nuestros huesos si no nos atrevemos a más, después de leerla.
Excelente obra, querida Cynthia Matayoshi, recomiendo tu libro y cierro con tu voz alucinada, en la que la imaginación se vuelve causa:

Marian escucha el canto de las ballenas, en la profundidad del tímpano oye los rugidos en una lengua indescifrable. Las ballenas no cantan palabras, cantan el silencio del mar. No les teme. Sentada en la cama, escuchando la vibración en las paredes del oído, no les teme. Tampoco las comprende. Aprendió a escuchar sin comprender, como los niños antes de hablar. 

Antes del lenguaje, rugidos. Antes del lenguaje, el sentido es la marca de un animal que se arrastra. Una hendidura en la superficie.  

Siempre es distinto. Los cantos de ballenas en las paredes de la boca, pegados a la lengua, tienen forma ovalada, como de luna invertida. Copulan con otras formas en el mar. Una vez, un sonido parecido a un pájaro, extirpado de raíz. Ballenas de pico alargado y ojos cubiertos de dientes, ojos blancos y dientes negros, alas inmaduras. Un pichón de ballena está muerto, eso imagina Marian, se cayó del nido del océano. Lo comerán otros animales o quizás lo devore la corriente. 

Amuleto

“Esta será una historia de terror. Será una historia policía, un relato de serie negra y de terror. Pero no lo parecerá. No lo parecerá porque soy yo la que lo cuenta. Soy yo la que habla y por eso no lo parecerá. Pero en el fondo es la historia de un crimen atroz”

Así da inicio Bolaño a su novela, que transcurre en lo cotidiano hasta que, haciendo honor a su propia pluma, se eleva a lo irreal, a lo imposible, hasta vestirse de verdes que son visiones y pasados y futuros ciertos.

Muy Bolaño. Muy bueno.

Los diferentes episodios deshabitan las leyes de la causalidad narrativa para cumplir con el entramado simbólico que el autor propone, y que parece montado a una relajada temporalidad. Esta obra es una oda a la generación de jóvenes latinoamericanos sacrificados por dictaduras, no solo en el país que transcurre la historia, México, sino en el continente, y para ello sus protagonistas tiene diferentes nacionalidades..

Auxilio Lacouture es una musa alegórica y verdadera, amiga de la poesía y de los poetas, tal vez es ella la poesía misma y es quien nos cuenta. El texto tiene concretos significantes (las relaciones de la protagonista con los poetas españoles León Felipe y Pedro Garfias, con la poeta Lilian Serpas, amante del Che, con espacios de una oscura muestra de la homosexualidad de la época); pero son solo hitos donde apoyar otra historia, la que subyace, la que vuela, como cuando hace referenica a Orestes y Erígone, iluminando así fábulas de amor , venganza y muerte.

Los vínculos con su escritura anterior aparecen con Arturo Belano, uno de los dos detectives salvajes de su celebrada novela , y obsesiones que repite en sus obras. La clave de orientación que da en el párrafo inicial Bolaño se explica al final de obra con un crimen que nos queda demasiado tiempo sin llegar, pero todo el libro carga una poética histórica, existencial, tal vez la propia mochila del autor, que necesita exorcizar en este Amuleto.

“Desde el lavabo de mujeres de la cuarta planta de la Facultad de Filosofía y Letras, mi nave del tiempo desde la que puedo observar todos los tiempos” anuncia Auxilio para contarnos que la cronología se rompe en la novela y une el episodio y las muertes que desde el baño de la facultad de Filosofía y Letras vive la protagonista en 1968 en México, hasta la onírica amistad con la muerta Remedios Varo.

La protagonista principal de esta obra es la noche de Tlateltoco. Bolaño reivindica así a las personas muertas en esa noche convirtiendo el canto de esos muertos en su amuleto. “Y aunque el canto que escuché hablaba de la guerra, de las hazañas heroicas de una generación entera de jóvenes latinoamericanos sacrificados, yo supe que por encima de todo hablaba del valor y de los espejos, del deseo y del placer. Y ese canto es nuestro amuleto”.

No es el único autor en literatura hispanoamericana que ha tratado este tema. Elena Poniawtoska tiene titulada La noche de Tlateloco. Pero claro, Bolaño es Bolaño. Y es el autor que da nombre a mi sitio web, ese autor que une como nadie ficción y realidad, para encantarnos con su obra.

No les pienso adelantar más, porque quiero que lean Amuleto, que pasen por sus páginas anecdóticas y que se animen a continuar conociendo una historia, tal vez autobiográfica de este latinoamericano chileno, que en sus obras, se volvió sueño universal.

El árbol de botellas de whisky

Los 21 relatos que conforman El árbol de botellas de whisky, de Katharina Bendixen, brotan página a página para llenarnos de espinas. La economía de sus textos, que no miden a la hora de narrar, se componen de la más vieja de las instituciones: la familia.

Katharina Bendixen nació en Leipzig, Alemania, en 1981. Luego de pasar su infancia en Laos y de finalizar sus estudios secundarios en el colegio Humboldt de Leipzig, Bendixen estudió bibliología y filología hispánica en Alicante y Leipzig. Publicó en revistas literarias y antologías. Actualmente vive en Leipzig y trabaja como autora, traductora de inglés de literatura infantil y juvenil y periodista. Sus dos libros de relatos (Der Whiskyflaschenbaum y Gern, wenn du willst) fueron editados por la editorial Poetenladen en 2009 y 2012 respectivamente. Ha recibido hasta el momento numerosas distinciones y subsidios en Alemania.

En su libro, madres, padres, hijos, hermanos, abuelas, personas sin nombres, son la casta universal que Bendixen nos va mostrando, austera, humana y limítrofe. Pero eso no significa que el contenido se pierda, al contrario, se hace raíz en la voz del lector. Duelen, muestran, nos asfixian, tanto el apilamiento de un joven que engendra hijos sin parar, la incomunicación de El perro come carne fría, la siniestra simpleza de lo inefable en el bebé de El asunto con la Alfombra, la muerte accidental de un hijo en manos del tractor que maneja su padre en La Gramínea, como el miedo a la partida de los hijos y a no tener qué decir en Historia de ciudad…. o en África postal, en las que el silencio se elige para no saber, para no morir, o matar.

Esta autora de breves relatos tiene mucho simbolismos sin metáforas. Es tan cruel su manera de ponernos la historia frente a nuestros ojos que no podemos dejar de hacernos cargo. Ni podemos evitar ver que hay padres que desean que sus hijos vuelen, bebés que nacen para tomar propiedades, mujeres prisioneras de otros y de sí mismas, esposos que elijen su perro aún ante una esposa moribunda. El cuento que le da nombre al libro habla de la familia y sus roles, los que aceptamos y los que disimulamos. Hay mucho femenino en sus cuentos, pero pulula César Aira en los desvaríos de sus personajes, en el desconcierto, la culpa, ese dolor escondido tras la ironía. Sus personajes pasan a la acción y lo hacen de un modo inesperado. Y digo Aira, porque sé que la autora lo ha leído.

Aún en los cuentos más desconcertantes siempre aparece, sin embargo, un mínimo de humanidad, un sentir, algo prohibido pero sensible que nos cala para siempre. Los ambientes que crea, tienen que ver con un halo primigenio que Bendixen implanta en sus historias. Lo objetivo se lo deja a sus seres reales que en cocinas, patios, fábricas o calles de pueblo, accionan siempre.

Lo exterior es normal, lo privado abruma, perturba, incomoda.

Se agradece la buena traducción, que no nos impide la distancia que la autora impone a sus relatos, raros, fríos, únicos.

Yo era una mujer casada

“Por increíble que suene, el infierno sin atenuantes de mi matrimonio… podría haber sido peor. No puedo explicarlo bien, y menos podría describir qué sería eso ‘peor’, pero era algo que sentía cuando contemplaba la clase de violencia que él ejercía sobre mí. Era una violencia puramente física; no quiero decir que me pegara, aunque no creo que se hubiera resistido al impulso en caso de tenerlo…”  César Aira

 La historia la cuenta Gladys, una narradora del espanto irónico del que Aira hace gala. El relato parece asemejarse a una la confesión que la tal Gladys va perfilando sin preámbulos sobre una pareja que se asemeja al supuesto promedio de otras de de cualquier lugar del mundo: ese encierro encuarentenado de la vida doméstica que lleva a la eterna repetición de lo mismo.

Claro que aquí los supuestos abusos continuos a los que la protagonista se ve sometida por parte de un esposo que parece una figura sin tiempo atrapada en este siglo, un tipo distante y sarcástico preso de un embotamiento permanente, de droga y alcohol, tal como los personajes de Burroughs en Naked Lunch.Este drogadicto incierto no sabes si existe o si es una ensoñación propia de una mujer proletaria que no puede con su vida.

Las distorsiones del argumento van desde la claustrofobia hogareña de la protagonista hacia su deriva citadina; desde el descubrimiento de un parricidio que no es tal fraude hasta la extasis observatorio de la lucha alegórica entre La Recomendación y La Compasión en la terraza de un edificio.

Aira pulula sin temor al delirio y juega con la inverosimilitud en su historia descontrolada, de modo tal que en su ficción, no basta la realidad si no es para volverla parte de un laberinto irresoluto o de asombrosa resolución. Las sutilezas exclusivas del autor, sostienen sin temor a la rima poética, la extraña realidad del argumento.

Por momentos uno se siente dentro de una película de Buñuel, en otros, creemos caer en efectos psicotrópicos, pero nunca nos quedamos indiferentes ante este escritor inusual, único, definitorio.

Cierro la recomendación con la voz predominante de una mujer casada:  Ninguna clase de amanecer me era ajeno; con los años había llegado a conocerlos todos, los blancos, los amarillos, los rosados, con agua, nubes, sol, niebla, pesados o livianos, opacos o transparentes, con franjas, manchas, velados por las lágrimas, atorbellinados, llenos, vacíos…

No hay nada para decir, Aira es Aira.

Las Inseparables

“No se nace mujer; se llega a serlo”. Simone de Beauvoir

Esta novela inédita, íntima, de la gran Simone de Beauvoir, escritora galardonada con el Premio Goncourt que es ejemplo del feminismo y que sin dudas produjo muchos de los mejores libros que he leído, fue escrita en 1954, cinco años después de la publicación de El segundo sexo.

Las inseparables narra la amistad apasionada que une a Sylvie y a Andrée -alter ego de la propia Simone de Beauvoir y de Élisabeth Lacoin (Zaza)- desde que, con nueve años se conocen en la escuela.

Andrée es alegre, inteligente y atrevida, y Sylvie, una niña formal que se siente irremediablemente atraída por su personalidad. Para librarse de las normas y las expectativas del entorno, y desconociendo el precio de la libertad, la vida intelectual y las cuestiones de la existencia, traman juntas una forma diferente de vivir.

Simone de Beauvoir vivió su vida como filósofa, una libre y singular, lo que le significaba reflexionar y medir al mundo, el amor, las relaciones con los otros y consigo mismo, por ejemplo decía… “No hay divorcio entre la filosofía y la vida. Cada paso es una elección filosófica”. Y en ese contrapunto juega fuerte la amistad en esta obra, en el de elección o deber.

Para una de las Inseparables, Sylvie , esa amistad se transformó en su primer amor, en la primera vez que sintió pasión por alguien. Años después le confesaría a Andrée que desde el día en que la conoció “lo ha sido todo para mí. Tenía decidido que si se moría, yo me moriría acto seguido”.

Las preguntas filosóficas del libro son algunas de las que universalmente nos seguimos haciendo: ¿Qué pasa si, como le ocurrió a Andrée, las contradicciones entre la personalidad y las reglas sociales comienzan a descuartizar a una persona? ¿Hay que someterse a la voluntad de la familia, de la sociedad o de Dios a costa de olvidarse de uno mismo, o debe imponerse el yo?

Las inseparables no explora a profundidad el mundo de Sylvie que parece tener el papel de darnos como lectores la oportunidad de conocer a la despampanante Andrée, y a su entorno. Se intuye que la sociedad no espera lo mismo de Sylvie que de Andrée, que no tiene la libertad de la primera para ser.

Esta historia sin dudas exorciza a la autora, tal vez por eso no la publicó en vida y recuperarla -junto con algunas fotografías y cartas que sirven de testimonio- nos beneficia como lectores.

Es un gran hallazgo literario que recomiendo disfrutar.

El Visitante

Supe que, convertida en prejuicio, la fe se descalifica. Ganada por el frenesí de la intolerancia, ya no expresa lo que un hombre tiene sino lo que a un hombre lo detiene, lo avasalla y paraliza su entendimiento.

Si hay en nuestro tiempo una modalidad desfigurada de la fe a la que Occidente aún se aferra con la desesperada tenacidad de un náufrago a su madero es la fe en un progreso ilimitado y aplicable a todos los órdenes de la vida

Santiago Kovadloff.

Licenciado en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires, Santiago Kovadloff es doctor honoris causa por la Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales (UCES), profesor honorario de la Universidad Autónoma de Madrid y miembro del Comité Académico y Científico de la Universidad Ben-Gurión del Néguev, de Israel. Participó como profesor invitado en la Cátedra Latinoamericana Julio Cortázar de la ciudad de Guadalajara, México, en el año 2013.

Actualmente, es profesor privado de filosofía y conferencista. Es colaborador permanente del diario La Nación de Buenos Aires.

Su obra literaria —ensayo, poesía y cuentos— incluye títulos como Zonas e indagaciones, 1978; Canto abierto, 1979; Ciertos hechos, 1985; Ben David, 1988; El fondo de los días, 1992; El silencio primordial, 1993; República de evidencia, 1993; El tobillo abandonado, 1994; Lo irremediable, 1996; Hombre en la tarde, 1997; Sentido y riesgo de la vida cotidiana, 1998; La nueva ignorancia, 2001; Agustina y cada cosa, 2001; Ensayos de intimidad, 2002; Una biografía de la lluvia, 2004; Natalia y los queluces, 2005;  Los apremios del día, 2007; El enigma del sufrimiento, 2008; Ruinas de lo diáfano, 2009; El miedo a la política, 2010; Líneas de una mano, 2012; La extinción de la diáspora judía, 2013, y Las huellas del rencor, 2015.

Además, es suya la primera versión completa al castellano del Libro del desasosiego, de Fernando Pessoa (2000). Asimismo, es autor de la traducción de Ficciones del interludio (2004), del citado Fernando Pessoa. También tradujo textos de los poetas brasileños Carlos Drummond de Andrade, Manuel Bandeira, Ferreira Gullar, João Cabral de Melo Neto y Murilo Mendes, entre otros.

Kovadloff ha recibido las siguientes distinciones: la Faja de Honor en Poesía y Ensayo, concedida en dos oportunidades por la Sociedad Argentina de Escritores; el I Premio Internacional de Ensayo Común Presencia de Bogotá; el I Premio Nacional de Literatura de la República Argentina (1992), como ensayista; el Premio Konex a las Letras Argentinas de la década 1984-1994 en la categoría de ensayo literario; el Premio Esteban Echeverría por su labor como ensayista; el I Premio de Poesía de la ciudad de Buenos Aires (2000), y el VII Premio Internacional de Ensayo Pedro Henríquez Ureña, otorgado por la Academia Mexicana de la Lengua.

Pero hoy los invito a conocer al poeta en un libro personal, y al decirlo, digo todo. Un libro de poemas que incluyen el detalle, el instante, esa sensación efímera de lo que nos pasa ahí, y nada más. Cada poema nos deja con la anunciación de un final. No sabemos cuando, no sabemos cómo, pero está.

Los convido con este cuadernillo poético de un pensador incorrecto, transcendente, que propone la crítica como modo de vida o como modelo de crecimiento, y que en su voz poética se acerca a nuestros miedos y soledades: les dejo uno de sus textos como aperitivo:

Ante el espejo donde no me miro
el agua lava mis manos. 
Se cierran mis ojos, suspiro;
el martes se acabó.

¿Cumplí con algo, con nada?
¿Qué ha sido de mí en el día?
¿Por dónde anduvo este martes
el alma que tanto pide?

Dije, desoí, propuse temas.
El agua de la noche corre ahora 
por mis manos;
froto, brota espuma, 
una grata lentitud me trae de lejos.

Hubo sueños, nombres 
que ya no son de nadie,
palabras que amé alguna vez 
y hoy golpean a mi puerta. 
Fui mi día como pude, a los tropiezos. 
Un mortal, digamos, ocupado.

La casa de los conejos

«En el momento en que no reconoces a tu propia madre, no hay más puntos de referencia. Nada está fijo y no hay nada a lo que aferrarse, ni siquiera el rostro materno»

Laura Alcoba

La casa de los conejos es una autobiografía ficcional que describe el silencio y el alerta continuo de una niña, hija de activistas en la guerrilla montonera, que tras ir de lo de sus abuelos a casas tomadas, en autos robados y después decaer preso el padre, pasa a la clandestinidad junto con su madre durante los violentos meses que anteceden al llamado «proceso de recuperación nacional». Se mudan a una casa donde se supone que se crían conejos, en la que funciona la imprenta del periódico de oposición «Evita Montera», sus padres eran periodistas del diario El Día hasta que debieron ocultarse por la militancia.

´Mi padre y mi madre esconden ahí arriba periódicos y armas, pero yo no debo decir nada. La gente no sabe que a nosotros, sólo a nosotros, nos han forzado a entrar en guerra. No lo entenderían. No por el momento, al menos´, dice la protagonista siendo una niña de apenas siete años. Es conmovedora la estoicidad que logra la autora en esta voz primordial para contar la historia. Lo mejor, a mi juicio, es la construcción del personaje, que a pesar de vivir en un mundo de adultos, en ocasiones siniestro, no pierde nunca la inocencia y la percepción mágica de la vida que todo niño tiene.

La prosa es simple, no deslumbra, pero el personaje está tan bien logrado que no necesita más. Laura Alcoba nos mete en la historia argentina vista con ojos de niña alerta, niña que debe mirar para atrás, que sabe que una mujer tejiendo en un auto es un peligro, que conoce la cárcel y sus abusos a través de la visita a su padre, que se relaciona con gente violenta y logra preservarse. No cae en lugares comunes ni en sentimentalismos. Nos cuenta, nos muestra, y fija constancia de lo que ella vivió de la etapa argentina del 1975 en adelante. Y nos deja llenos de preguntas. ¿Cómo obligar al silencio a tu propia hija? ¿Cómo pudo con tanta muerte esa niña? La autora no revela juicios, muestra hechos, los hechos de su vida.

Sin dudas es un relato de historia nacional, que sin pretenderlo, nos cuenta una historia que no comenzó en esa fecha, sino antes, tal vez en el 72/73 pero que pocos quieren recordar. Esta visión selectiva de la memoria no funciona así en La casa de los conejos, una novela de voz clara, directa, brutal, y que nos muestra un retazo de vida de la guerra desatada entre militantes y estado.

Las memorias de Laura Alcoba conforman el primer relato de una menor de padres militantes, nos cuenta la vida escondida en una casa de seguridad mientras el rostro de su madre, una que ya había cambiado su fisonomía, aparecía en avisos de «buscada«, esta niña tuvo que ser otra, con otro nombre a los siete años y debía cargar con el silencio y el miedo de que «todo» lo que ella dijera pudiera delatar a su madre y la podría ver asesinada. Ni aunque le claven clavitos en las rodillas hablaría, ni aunque la corten con pequeños vidrios ahí, no podía hablar. No podía decir.

Laura Alcoba exorciza a esa niña en la Casa de los Conejos, que es una lectura necesaria para comprender el horror, el miedo y la persecución a la que ella fue sometida . Y ella fue una de muchas.

La autora lo describe así: «Puede parecer extraño, pero para una niña en esa situación, estar escondida se convierte en parte de la vida cotidiana». «Ella aprende muy rápidamente que en invierno hace frío, el fuego arde y nos pueden matar en cualquier momento. Pero es abrumador para una niña pequeña debido a la seriedad de cualquier pequeño error que pueda hacer que pueda poner al grupo en peligro. No siempre maneja lo que se supone que debe decir y no decir. Es como si estuviera en un disfraz que es demasiado difícil de usar «