Diario de Cuarentena: Papá Noel duerme en casa por Samanta Schweblin

La navidad en que Papá Noel pasó la noche en casa fue la última vez que estuvimos todos juntos, después de esa noche papá y mamá terminaron de pelearse, aunque no creo que Papá Noel haya tenido nada que ver con eso. Papá había vendido su auto unos meses atrás porque había perdido el trabajo, y aunque mamá no estuvo de acuerdo, él dijo que un buen árbol de navidad era importante esa vez, y compró uno de todas formas. Venía en una caja de cartón, larga y plana, y traía una hoja que explicaba cómo encajar las tres partes y abrir las ramas de forma que se viera natural. Armado era más alto que papá, era inmenso, y yo creo que por eso ese año Papá Noel durmió en nuestra casa. Yo había pedido de regalo un coche a control remoto. Cualquiera me venía bien, no quería uno en particular, pero todos los chicos tenían uno en esa época y cuando jugábamos en el patio los autos a control remoto se dedicaban a estrellarse contra los autos comunes, como el mío. Así que había escrito mi carta y papá me había llevado hasta el correo para enviarla. Y le dijo al tipo de la ventanilla:

-Se la enviamos a Papá Noel -y le pasó el sobre.

El tipo de la ventanilla ni saludó, porque había mucha gente y se ve que ya estaba cansado de tanto trabajo, la época navideña debe ser la peor para ellos. Tomó la carta, la miró y dijo:

-Falta el código postal.

-Pero es para Papá Noel -dijo papá, y le sonrió, y le guiñó un ojo, se ve que para hacerse amigo, y el tipo dijo: -sin código postal no sale.

-Usted sabe que la dirección de Papá Noel no tiene código postal -dijo papá.

-Sin código postal no sale -dijo el tipo, y llamó al siguiente.

Y entonces papá trepó el mostrador, agarró al tipo del cuello de la camisa, y la carta salió.

Por eso yo estaba preocupado ese día, porque no sabía si la carta le había llegado o no a Papá Noel. Además no podíamos contar con mamá desde hacía casi dos meses, y eso también me preocupaba, porque la que siempre estaba en todo era mamá, y las cosas salían bien entonces. Hasta que dejó de preocuparse, así nomás, de un día para el otro. La vieron algunos médicos, papá siempre la acompañaba y yo me quedaba en la casa de Marcela, que es nuestra vecina. Pero mamá no mejoró. Dejó de haber ropa limpia, leche y cereales a la mañana, papá llegaba tarde a los lugares a los que debía llevarme, y después llegaba otra vez tarde para pasarme a buscar. Cuando pedí explicaciones papá dijo que mamá no estaba enferma ni tenía cáncer ni se iba a morir. Que bien podría haber pasado algo así pero él no era un hombre de tanta suerte. Marcela me explicó que mamá simplemente había dejado de creer en las cosas, que eso era estar “deprimido”, y te quitaba las ganas de todo, y tardaba en irse. Mamá no iba más a trabajar ni se juntaba con amigas ni hablaba por teléfono con la abuela. Se sentaba con su bata frente al televisor, y hacía zapping toda la mañana, toda la tarde y toda la noche. Yo era el encargado de darle de comer. Marcela dejaba comida hecha en el freezer con las porciones marcadas. Había que combinarlas. No podía, por ejemplo, darle todo el pastel de papas y después toda la tarta de verdura. La descongelaba en el microondas y se la alcanzaba en una bandeja, con el vaso de agua y los cubiertos. Mamá decía:

-Gracias mi amor, no tomes frío -lo decía sin mirarme, sin perder de vista lo que sucedía en el televisor.

A la salida del colegio me agarraba de la mano de la mamá de Augusto, que era hermosa. Eso funcionaba cuando venía a buscarme papá, pero después, cuando empezó a venir Marcela, a ninguna de las dos parecía gustarle eso, así que esperaba solo debajo del árbol de la esquina. Viniera quien viniera a buscarme, siempre llegaban tarde.

Marcela y papá se hicieron muy amigos, y algunas noches papá se quedaba con ella en la casa de al lado, jugando al póquer, y a mamá y a mí nos costaba dormirnos sin él en la casa. Nos cruzábamos en el baño y entonces mamá decía:

-Cuidado mi amor, no tomes frío -y volvía frente al televisor.

Muchas tardes Marcela estaba en casa, eran las tardes en que cocinaba para nosotros y ordenaba un poco. No sé por qué lo hacía. Supongo que papá le pediría ayuda y como ella era su amiga se sentía en la obligación, porque la verdad es que no se la veía muy contenta. Un par de veces le apagó el televisor a mamá, se sentó frente a ella y le dijo:

-Irene, tenemos que hablar, esto no puede seguir así…

Le decía que tenía que cambiar de actitud, que así no llegaría a ningún lado, que ella ya no podía seguir ocupándose de todo, que tenía que reaccionar y tomar una decisión o terminaría por arruinarnos la vida. Pero mamá nunca contestaba. Y al final Marcela terminaba yéndose con un portazo, y esa noche papá pedía pizza porque no había nada para cenar, y a mí la pizza me encanta.

Yo le había dicho a Augusto que mamá había dejado de “creer en las cosas”, y que entonces estaba “deprimida”, y él quiso venir a ver cómo era. Hicimos algo muy feo que a veces me avergüenza: saltamos frente a ella un rato, mamá apenas nos esquivaba con la cabeza; después le hicimos un sombrero con papel de diario, se lo probamos de distintas maneras y se lo dejamos puesto toda la tarde, pero ella ni se movió. Le quité el sombrero antes de que llegue papá. Estaba seguro de que mamá no iba a decirle nada, pero me sentía mal de todos modos.

Después llegó navidad. Marcela hizo su pollo al horno con verduras horribles pero como era una noche especial me preparó además papas fritas. Papá le pidió a mamá que dejara el sillón y cenara con nosotros. La movió cuidadosamente hasta la mesa -Marcela la había preparado con un mantel rojo, velas verdes y los platos que usamos para las visitas-, la sentó en una de las cabeceras y se alejó unos pasos hacia atrás, sin dejar de mirarla, supongo que pensó que podía funcionar, pero en cuanto él estuvo lo suficientemente lejos ella se levantó y volvió a su sillón. Así que mudamos las cosas a la mesa ratonera del living y comimos ahí con ella. La tele estaba prendida, por supuesto, y el noticiero mostraba una nota sobre un sitio de gente pobre que había recibido un montón de regalos y comida de gente de más plata, y entonces ahora estaban muy contentos. Yo estaba nervioso y miraba todo el tiempo el árbol de navidad porque ya iban a ser las doce y quería mi auto. Entonces mamá señaló el televisor. Fue como ver moverse un mueble. Papá y Marcela se miraron. En la tele Papá Noel estaba sentado en el living de una casa, con una mano abrazaba a un chico sentado sobre sus piernas, y con la otra a una mujer parecida a la mamá de Augusto, y entonces la mujer se inclinaba y besaba a Papá Noel y Papá Noel te miraba y decía:

-…y cuando vuelvo del trabajo sólo quiero estar con mi familia -y un logo de café aparecía en la pantalla.

Mamá se puso a llorar. Marcela me tomó de la mano y me dijo que subiera al cuarto, pero yo me negué. Volvió a decírmelo, esta vez con el tono impaciente con el que le habla a mamá, pero nada iba a alejarme esa noche del árbol. Papá quiso apagar el televisor pero mamá empezó a luchar con él como una nena. Sonó el timbre y yo dije:

­-Es Papá Noel -y Marcela me dio una cachetada y entonces papá empezó a pelear con Marcela y mamá encendió otra vez el televisor pero Papá Noel ya no estaba en ningún canal. El timbre volvió a sonar y papa dijo:

-¿Quién mierda es?

Pensé que ojalá que no fuese el del correo porque volverían a pelear porque papá ya estaba de mal humor.

El timbre sonó otra vez muchas veces seguidas, y entonces papá se cansó, fue hasta la puerta y cuando la abrió vio que era Papá Noel. No era tan gordo como en televisión y se lo veía cansado, no podía mantenerse de pie y se apoyaba un momento de un lado de la puerta, otro momento del otro.

-¿Qué quiere? -dijo papá.

-Soy Papá Noel -dijo Papá Noel.

-Y yo soy Blanca Nieves -dijo papá y le cerró la puerta.

Entonces mamá se levantó, corrió hasta la puerta, la abrió y Papá Noel todavía estaba ahí, tratando de sostenerse, y lo abrazó. A papá le agarró un ataque:

-¿Éste es el tipo Irene? -le gritó a mamá, y empezó a decir malas palabras y a tratar de separarlos. Y mamá le dijo a Papá Noel:

-Bruno, no puedo vivir sin vos, me estoy muriendo.

Papá logró separarlos y le dio a Papá Noel una trompada y Papá Noel cayó para atrás y quedó seco sobre la entrada. Mamá empezó a gritar como loca. Yo estaba triste por lo que le estaba pasando a Papá Noel, y porque todo esto atrasaba lo del auto, aunque por otro lado me alegraba ver a mamá otra vez en movimiento.

Papá le dijo a mamá que iba a matarlos a los dos y mamá le dijo que si él era tan feliz con su amiga por qué ella no podía ser amiga de Papá Noel, cosa que a mí me pareció lógica. Marcela se acercó a ayudar a Papá Noel, que empezaba a moverse en el piso, y le dio una mano para levantarse. Y entonces papá otra vez empezó a decirle de todo y mamá a gritar. Marcela decía cálmense, entremos, por favor, pero nadie la escuchaba. Papá Noel se llevó la mano a la nuca y vio que le sangraba. Escupió a papá y papá le dijo:

-Maricón de mierda.

Y mamá le dijo a papá:

-Maricón serás vos hijo de puta, y también lo escupió. Le dio a Papá Noel la mano, lo hizo entrar a la casa, se lo llevó a su cuarto y se encerró.

Papá se quedó como congelado, y en cuanto reaccionó se dio cuenta que yo todavía seguía ahí y me mandó furioso a la cama. Sabía que no estaba en condiciones de discutir; me fui al cuarto sin navidad y sin regalo. Esperé acostado a que todo quedara en silencio, mirando nadar en las paredes el reflejo de los peces de plástico de mi velador. No tendría mi auto a control remoto, eso era clarísimo, pero Papá Noel dormía en casa esa noche y eso me aseguraba un año mejor.

PD: Ojalá tengamos todos, un año mejor.

Diario de Cuarentena: Cuento de Navidad, de Ray Bradbury

El día siguiente sería Navidad y, mientras los tres se dirigían a la estación de naves espaciales, el padre y la madre estaban preocupados. Era el primer vuelo que el niño realizaría por el espacio, su primer viaje en cohete, y deseaban que fuera lo más agradable posible. Cuando en la aduana los obligaron a dejar el regalo porque excedía el peso máximo por pocas onzas, al igual que el arbolito con sus hermosas velas blancas, sintieron que les quitaban algo muy importante para celebrar esa fiesta. El niño esperaba a sus padres en la terminal. Cuando estos llegaron, murmuraban algo contra los oficiales interplanetarios.

–¿Qué haremos?

–Nada, ¿qué podemos hacer?

–¡Al niño le hacía tanta ilusión el árbol!

La sirena aulló, y los pasajeros fueron hacia el cohete de Marte. La madre y el padre fueron los últimos en entrar. El niño iba entre ellos, pálido y silencioso.

–Ya se me ocurrirá algo –dijo el padre.

–¿Qué…? –preguntó el niño.

El cohete despegó y se lanzó hacia arriba al espacio oscuro. Lanzó una estela de fuego y dejó atrás la Tierra, un 24 de diciembre de 2052, para dirigirse a un lugar donde no había tiempo, donde no había meses, ni años, ni horas. Los pasajeros durmieron durante el resto del primer “día”. Cerca de medianoche, hora terráquea según sus relojes neoyorquinos, el niño despertó y dijo:

–Quiero mirar por el ojo de buey.

–Todavía no –dijo el padre–. Más tarde.

–Quiero ver dónde estamos y a dónde vamos.

–Espera un poco –dijo el padre.

El padre había estado despierto, volviéndose a un lado y a otro, pensando en la fiesta de Navidad, en los regalos y en el árbol con sus velas blancas que había tenido que dejar en la aduana. Al fin creyó haber encontrado una idea que, si daba resultado, haría que el viaje fuera feliz y maravilloso.

–Hijo mío –dijo–, dentro de medía hora será Navidad.

–Oh –dijo la madre, consternada; había esperado que de algún modo el niño lo olvidaría. El rostro del pequeño se iluminó; le temblaron los labios.

–Sí, ya lo sé. ¿Tendré un regalo? ¿Tendré un árbol? Me lo prometieron.

–Sí, sí. todo eso y mucho más –dijo el padre.

–Pero… –empezó a decir la madre.

–Sí –dijo el padre–. Sí, de veras. Todo eso y más, mucho más. Perdón, un momento. Vuelvo pronto.

Los dejó solos unos veinte minutos. Cuando regresó, sonreía.

–Ya es casi la hora.

–¿Me prestas tu reloj? –preguntó el niño.

El padre le prestó su reloj. El niño lo sostuvo entre los dedos mientras el resto de la hora se extinguía en el fuego, el silencio y el imperceptible movimiento del cohete.

–¡Navidad! ¡Ya es Navidad! ¿Dónde está mi regalo?

–Ven, vamos a verlo –dijo el padre, y tomó al niño de la mano.

Salieron de la cabina, cruzaron el pasillo y subieron por una rampa. La madre los seguía.

–No entiendo.

–Ya lo entenderás –dijo el padre–. Hemos llegado.

Se detuvieron frente a una puerta cerrada que daba a una cabina. El padre llamó tres veces y luego dos, empleando un código. La puerta se abrió, llegó luz desde la cabina, y se oyó un murmullo de voces.

–Entra, hijo.

–Está oscuro.

–No tengas miedo, te llevaré de la mano. Entra, mamá.

Entraron en el cuarto y la puerta se cerró; el cuarto realmente estaba muy oscuro. Ante ellos se abría un inmenso ojo de vidrio, el ojo de buey, una ventana de metro y medio de alto por dos de ancho, por la cual podían ver el espacio. El niño se quedó sin aliento, maravillado. Detrás, el padre y la madre contemplaron el espectáculo, y entonces, en la oscuridad del cuarto, varias personas se pusieron a cantar.

–Feliz Navidad, hijo –dijo el padre.

Resonaron los viejos y familiares villancicos; el niño avanzó lentamente y aplastó la nariz contra el frío vidrio del ojo de buey. Y allí se quedó largo rato, simplemente mirando el espacio, la noche profunda y el resplandor, el resplandor de cien mil millones de maravillosas velas blancas.

Ray Bradbury

Diario de Cuarentena: Cuento de Navidad (Dino Buzzati)

El antiguo palacio arzobispal es tétrico y con ojivas, y sus muros rezuman
salitre. En las largas noches de invierno, vivir en él es un suplicio. La
catedral colindante es inmensa, se tardaría más de una vida en recorrerla por
completo, y en ella hay tal maraña de capillas y sacristías que, después de
siglos de abandono, aún quedan algunas prácticamente inexploradas. ¿Qué hará el
día de Nochebuena el descarnado arzobispo completamente solo, mientras la
ciudad entera está de fiesta? ¿Cómo logrará vencer la melancolía? —se pregunta
la gente—. Todos poseen algún consuelo: el niño tiene un tren y un Pinocho, su
hermanita una muñeca, la madre a sus hijos alrededor, el enfermo una nueva
esperanza, el viejo solterón a su compañero de libertinaje, el preso la voz de
otro preso en la celda contigua. ¿Qué hará el arzobispo? El diligente don
Valentino, secretario de su excelencia, sonreía al oír hablar así a la gente.
El día de Nochebuena el arzobispo tiene a Dios. Arrodillado totalmente solo en
medio de la catedral gélida y desierta, a primera vista podría inspirar pena,
pero ¡si la gente supiera! Totalmente solo no está, y tampoco tiene frío ni se
siente abandonado. En Nochebuena, Dios inunda el templo para el arzobispo, las
naves rebosan literalmente de él, hasta el punto de que las puertas apenas
pueden cerrarse. Y, aunque no hay estufas, hace tanto calor que las viejas
culebras blancas se despiertan en los sepulcros de los históricos abades y
suben por los respiraderos de los sótanos, asomando amablemente la cabeza por
los confesionarios.

Así es como estaba aquella noche la catedral: desbordante de Dios. Y
aunque sabía que no era tarea suya, don Valentino se entretenía, acaso con
demasiada voluntad, en preparar el reclinatorio del prelado. Los abetos, los
pavos y el champán no hacían ninguna falta. Ésa sí era una auténtica
Nochebuena. En estos pensamientos estaba, cuando oyó que llamaban a la puerta.
“¿Quién llamará a la puerta de la catedral el día de Nochebuena?”, se preguntó
don Valentino. “¿Acaso no han rezado todavía lo suficiente? ¿Qué mosca les
habrá picado?”. Pese a todo, fue a abrir y, junto a una ráfaga de viento, entró
un pobre harapiento.

—¡Cuánto Dios! —exclamó éste con una sonrisa, mirando a su alrededor—.
¡Qué maravilla! Se siente incluso desde fuera. Monseñor, ¿no me podría dejar un
poquito? Piense que es Nochebuena.

—Es de su excelencia el arzobispo —respondió el cura—. Lo necesitará
dentro de un par de horas. Su excelencia lleva ya la vida de un santo, ¡no
pretenderás que ahora renuncie también a Dios! Y además yo nunca he sido
monseñor.

—¿Ni un poquito, reverendo? ¡Hay tanto! ¡Su excelencia ni siquiera lo
notaría!

—Te he dicho que no… Puedes irte… La catedral está cerrada al público —y
despidió al mendigo con un billete de cinco liras.

Pero en cuanto el desdichado salió de la iglesia, Dios desapareció.
Asustado, don Valentino miró a su alrededor, escrutando las bóvedas tenebrosas:
tampoco estaba allí arriba. El espectacular aparato de columnas, estatuas,
baldaquinos, altares, catafalcos, candelabros y paños, normalmente tan
misterioso y poderoso, se había vuelto de repente inhospitalario y siniestro. Y
dentro de un par de horas el arzobispo bajaría.

Preocupado, don Valentino entreabrió una de las puertas que daban al
exterior y miró en la plaza. Nada. Tampoco allí fuera, pese a ser Nochebuena,
había rastro de Dios. De las mil ventanas encendidas llegaban ecos de risas, de
copas rotas, de músicas e incluso de blasfemias. Pero nada de campanas ni
cantos.

Don Valentino salió en plena noche y se fue por las calles profanas, entre
el estruendo de banquetes desenfrenados. Pero él sabía dónde debía ir. Cuando
entró en la casa, la familia estaba sentándose a la mesa. Todos se miraban
benévolamente entre sí y alrededor de ellos había un poco de Dios.

—Feliz Navidad, reverendo —dijo el cabeza de familia—. ¿Quiere sentarse?

—Tengo prisa, amigos —respondió él—. Por un descuido mío, Dios ha
abandonado la catedral y su excelencia irá a rezar dentro de poco. ¿No me podrían
dar el suyo? Al fin y al cabo, ustedes están acompañados, no lo necesitan para
nada.

—Querido don Valentino —dijo el cabeza de familia—, me parece que ha
olvidado usted que hoy es Nochebuena. ¿Precisamente hoy deberían prescindir mis
hijos de Dios? Me sorprende usted, don Valentino.

Y en el mismo momento en que el hombre hablaba así, Dios se fue de la
habitación, las sonrisas dichosas desaparecieron y el capón asado parecía arena
entre los dientes.

Así pues, don Valentino volvió a ponerse en camino, en plena noche, por
las calles desiertas. Caminó y caminó y por fin lo volvió a ver. Había llegado
a las puertas de la ciudad y frente a él, en la oscuridad, se extendía la gran
campiña, ligeramente blanquecina por la nieve. Sobre los prados y las hileras de
moreras, ondeaba Dios, como si estuviera esperando. Don Valentino se postró.

—¿Pero qué hace, reverendo? —le preguntó un campesino—. ¿Quiere coger una
enfermedad con este frío?

—Mira allí arriba, hijo. ¿No ves nada?

El campesino miró sin extrañarse:

—Sí, es nuestro —dijo—. Todos los años viene a bendecir nuestros campos en
Nochebuena.

—Escucha —dijo el cura—. ¿No me podrías dar un poco? En la ciudad nos
hemos quedado sin él, incluso las iglesias están vacías. Déjame un poquito para
que el arzobispo pueda al menos pasar una Nochebuena en condiciones.

—¡Ni hablar, querido reverendo! ¡A saber qué repugnantes pecados han
cometido en su ciudad! ¡Es culpa de ustedes! Arréglenselas como puedan.

—Seguro que hemos pecado. ¿Pero quién no peca? Puedes salvar muchas almas,
hijo, sólo con decirme que sí.

—¡Bastante tengo con salvar la mía! —rió sarcásticamente el campesino, y
en el mismo momento en que lo decía, Dios se alzó de sus campos y desapareció
en la oscuridad.

Don Valentino se fue a buscar todavía más lejos. Dios parecía volverse
cada vez más escaso. Quienes poseían un poco no querían cederlo, y en el
preciso momento en que se negaban a compartirlo, Dios desaparecía, alejándose
cada vez más.

Entonces don Valentino llegó a los límites de un páramo enorme, al fondo del
cual, justo en el horizonte, resplandecía suavemente Dios, como una nube
alargada. El cura se postró en la nieve:

—¡Espérame, Señor! —suplicaba—. ¡Por mi culpa el arzobispo se ha quedado
solo, y esta noche es Nochebuena!

Pese a tener los pies helados, se echó a andar en medio de la niebla. Se
hundía hasta la rodilla y de vez en cuando caía al suelo cuan largo era.
¿Cuánto resistiría?

Hasta que oyó un coro de voces angélicas difuso y conmovedor y vio un rayo
de luz en medio de la niebla. Abrió una puertecita de madera: al otro lado
había una iglesia enorme y, en el centro, rodeado de algunas velas, se
encontraba un cura rezando. La iglesia estaba llena de paraíso.

—Hermano —gimió don Valentino al límite de sus fuerzas, helado—, tenga
piedad de mí. Por mi culpa, mi arzobispo se ha quedado solo y necesita a Dios.
Dame un poco, te lo ruego.

El hombre que estaba rezando se volvió lentamente. Y al reconocerlo,
Valentino se puso más pálido si cabe.

—Feliz Nochebuena, don Valentino —exclamó el arzobispo saliendo a su
encuentro, completamente rodeado de Dios—. Bendito muchacho, ¿dónde te habías
metido? ¿Se puede saber qué has ido a buscar en esta noche de perros?

Dino Buzzati. Cuento publicado por primera vez en el periódico Corriere della Sera
(25 de diciembre de 1946) con el título “Racconto di Natale”.

Diario de Cuarentena: Derechos Humanos

Este diario va ha concluir el 31 más por agotamiento que por convicción porque no siento que estemos gozando nuestros derechos ni que tengamos a mano nuestras libertades. Y de eso quiero hablar hoy. No quiero ser auto referencial aunque esté siendo hostigada y acosada por ejercer la libertad de expresión y por parte de personas que con ignorancia creen que los pensamientos políticos o idearios poseen derecho de autor. Personas además, que se arrogan la representación de la cultura local, con la soberbia propia de quien es totalitario.

Pero en realidad, mi diario de hoy es para recordar que los derechos humanos, algo tan vapuleado en el último tiempo, usado para comerciar votos y subsidios, están en duda y están en juego. Derechos tan básicos como el de acceso al agua no se escuchan, el de acceso a la educación tampoco, a la reunión menos, a la vida como derecho esencial está puesto en duda. ¿Y entonces de que hablan cuando hablan de DH? : hablan de simbolismos, de relatos, de cuestiones políticas de Perogrullo. De los verdaderos derechos, aquellos que tienen que ver con gestionar una vida mejor, no se ocupa nadie.

Dicho esto, comunico que voy a dedicar mis diarios restantes hasta el 24 a replicar cuentos navideños, de grandes autores, con la esperanza de despertar interés en la lectura, y un espíritu que tenga que ver con la fecha que se acerca, lo haré en honor a mi madre, que amaba la familia, la unión, el amor y la Navidad.

Diario de Cuarentena;: Las Intermitencias de la Muerte

«Sabremos cada vez menos qué es un ser humano” José Saramago

Esta obra de Saramago, tiene muchas aristas que notar, está plagada de idas y vueltas que pretenden usar la muerte para mostrar la hipocresía de la sociedad y la falta de validez de algunas premisas que pretenden regir nuestra conducta y que sin dudas están al servicio del miedo.

El libro narra cómo a partir de la medianoche del 1 de enero nadie muere, y esto ocurre no se sabe donde. Por supuesto que hay una algarabía inicial por la eternidad conseguida, y lo científicos y pensadores laicos o de fe intentan descifrar el fenómeno. La Iglesia siente que se queda sin su dogma: la muerte y resurrección de Cristo, mientras las personas comienzan a sentirse inmortales. Ahora, ¿la sociedad está preparada para la eterna humanidad?

Algo impide morir, pero no agonizar, o padecer. Y con el tiempo un montón de situación se suceden para mostrarnos cómo sería ese mundo de inmortal humanidad. Se vuelve terrible y aberrante la sociedad hasta que aparece como siempre un salvador clasificado, llamado Maphia que se deshace de de los que no pueden acabar con su vida, llevándolos al resto del mundo, que normal y corriente muere. Es decir, los traslada a cualquiera de las fronteras de este país desconocido. El gobierno termina asociándose con los maphiosos, y en guerra con sus vecinos. Los personajes no se nombran y la muerte, inicialmente intangible termina tomando forma de mujer que no es la Muerte, que anuncia a través de los medios que todo fue un experimento y que la gente volverá a morir. Para evitar el pánico dice que avisará por carta a quien le vaya a tocar. Por supuesto el país cae en la desazón. Y se produce un quiebre en la novela. Desde esta declaración, se aboca a la relación personal de un violonchelista inmortal, no muere con su carta aviso, con la muerte. La obsesión de la muerte con el hombre la humaniza, Y pretende entregarle la carta, se enamora y se humaniza,. Evita la muerte.

¿Romper con el orden establecido de las cosas nos vuelve inmortales? ¿El amor es lo inmortal? ¿La sociedad y los gobiernos promueven los miedos que les convienen?

Saramago, con la agudeza de su texto nos lleva a repensarnos y tal vez a hacernos cargo de las pequeñeces miserables de nuestras propias vidas, más allá de su eternidad o finitud.

Para leer más de una vez y en diferentes etapas de nuestra existencia.

Diario de Cuarentena: Textual

«Creo que los dos desafíos más grandes que vamos a tener en este año que empieza, además de un formidable plan de vacunación, es repensar todo el sistema de salud en la República Argentina.»

Dijo la vice en el discurso de ayer, me pregunto que habrán hecho los anteriores 12 años (doce) de gobierno y este último año en el que según ellos mismos dejaron el sistema de salud pipí cucú.

«Después de la pandemia macrista vino el coronavirus. Y tuvimos que salir corriendo literalmente a armar hospitales, a inaugurar los que habían sido suspendidos aún faltando un 5% o un 7% cuando finalizamos nuestro gobierno.»

Cuando el caradurismo es tan alto, es necesario recurrir a los hechos, invito a los lectores a buscar las sucesivas reinauguraciones de hospitales nunca equipados que esta señora hizo en sus 12 (doce) años de gobierno.

«Nuestro país debe ser en toda Latinoamérica el que más recursos humanos, tecnológicos e inversiones tenga en materia de salud. Lo que pasa es que lo tenemos dividido en tres sistemas, el público, el privado y el de las obras sociales. Vamos a tener que repensar un sistema de salud integrado.»

¿Lo va a administrar ella? Mamita, no mentían con el van por todo. Es increíble la capacidad de mentir que tienen, parece que quieren todo del estado, Cuba, allá vamos.

«Tenemos que repensar no solamente el sistema sanitario, sino un diseño de país que olvide esa concentración tan injusta e ineficiente económicamente.«

Si habla de los millones de dólares de sus hijos sin laburar coincido.

«El otro desafío que vamos a tener, obviamente, va a ser la economía. Sergio decía que la economía va a crecer en el 2021. Pero ojo: yo no quiero que ese crecimiento se lo queden 3 o 4 vivos nada más.«

¿Quién es Sergio? ah ya se! el que está ahí. Nooo, ella quiere que el crecimiento sea todo de ella, como siempre. O llama vivos a los que producen? No me queda clara esta parte.

«Y para esto me parece que hay que alinear salarios y jubilaciones, precios -sobre todo los de los alimentos- y tarifas.»

Bueno, alinear ya implica con claridad su línea señora. Fascismo puro.

«Argentina es el lugar donde mueren todas las teorías económicas. Acá la actividad económica la mueve la demanda. Y a la demanda no hay otra manera de hacerla que a través de salarios, jubilaciones, y con precios de alimentos accesibles. «

Ni se le cruza la generación de riqueza, empleo genuino no estatal, o algo que tenga que ver con trabajar no?

«No estoy diciendo nada que no se pueda hacer. Con 12 años y medio en la República Argentina lo hicimos. Y por eso, además de por la unidad, volvimos.»

Ah, no volvieron para que usted no vaya presa? Si hubieran hecho algo en esos 12 años y medio no estaríamos así benemérita.

«Axel debe ser el primer ministro de Economía de la Argentina que gana una elección tan importante como la provincia de Buenos Aires. Todos los que lo intentaron fracasaron. ¿Saben por qué? Porque hay una memoria de la sociedad.«

Si tuviéramos memoria, alguien que no debería tener cargos públicos no hubiera dado este discurso y Axel estaría en su casita hablando pavadas sin parar.

«Hubo una unidad que fue fundamental, pero si hubiésemos estado todos juntos, y la gente hubiera vivido mal los 12 años y medio que estuvimos, tampoco nos hubieran votado. «

Te encargaste de que nadie crezca, nadie piense, nadie pueda vivir sino de la teta del estado para que te voten.

«Es necesario que pongamos mucho esfuerzo el año que viene para que los precios de los alimentos, los salarios, las tarifas vuelvan a alinearse en un círculo virtuoso que permita aumentar la demanda y la actividad económica. «

La verdad, para hablar al pepe son genios, crean frases sarasas como ésta por doquier, encárguense de no robar con eso ya mejoramos. O expliquen tema Pfizer al menos.

«Cuando no nos pueden parar ni en el Senado ni en la Cámara de Diputados, se van a los juzgados. Porque ojo, que nadie se engañe: el famoso lawfare no es solamente para estigmatizar a los dirigentes populares, es para disciplinar a los políticos, para que nadie se anime a hacer lo que tiene que hacer

O sea, cuando quieren hacer lo que se les canta como si no hubiera democracia ni división de poderes, según la señora, hay que dejarlos. Usted señora, no tiene idea de lo que significa la palabra, el trabajo, la norma, la república. Y la poca idea que tiene la usa para destruirla y salvarse.

«Les digo a todos y a todas: todos aquellos que tengan miedo, o que no se animan, por favor, hay otras ocupaciones además de ser ministros, ministras, legisladores, legisladoras. Vayan a buscar otro laburo. Necesitamos gente que los sillones que ocupe como ministro, ministra, legislador o legisladora, sea para representar los intereses del pueblo.»

Listo, le tomo la palabra, ¿Cuándo se va?

Las citas son textuales del discurso de ayer, las acotaciones producto de mi libertad.

Diario de Cuarentena: ¿Dogma o conveniencia?

Una amiga me puso en el camino la idea de que la gente afín a este gobierno totalitario y caótico defiende un dogma a rajatabla. Y entonces, como siempre que hablo con gente interesante, no pude parar de pensar y repensar esto, dado que si hay algo que me horroriza es la falta de tensión en sus dichos y en sus seguidores.

Hay creencias que como tales no pueden discutirse.

Para personas que liberales, interesadas en cuestionar, y que no tenemos la particular devoción de otras por los dogmas, nos parece una locura. Pero allí fui y comencé a tratar de dilucidar esta cuestión.

Azorada empecé a a ver que cada militante dogmático tiene como contrapartida su pago.

Increíble, solo entre la gente que me rodea todos el porcentaje de trabajos públicos, obtenidos además en los últimos dos gobiernos de los Kirchner/Fernández, supera el 80 por ciento. Si a eso le sumamos subsidios o planes entre los fervientes admiradores de éste relato dogmático llegamos sin miedo al 100 por ciento.

Así vemos que clubes que no contienen a nadie obtienen subsidios impresionantes, aún cuando sus asistente no superan las veinte personas, o que en organismos públicos como Anses, Universidad, Arba, Afip, Tribunales, etc, ingresan personas carentes de la idoneidad necesaria, agrandando un estado elefantiásico con la única virtud de ser fieles a un dogma populista que se parece más a una película distópica que aun ideario político.

Entonces, después de mi breve análisis, tendré que cuestionar a mi amiga, porque tengo serias dudas que más que de dogma se trata de conveniencia.

Claro que los sueldos y las concesiones a los creyentes las pagamos todos, con nuestros impuestos.

Me dio asco, y eso sin hablar del lamentable ministerio de la menstruación, una especie de poli foro que no representa a la mayoría de las mujeres.

Diario de Cuarentena: Recuerdos

Hoy voy a usar mi diario para lo que se usan los íntimos. Lo voy a usar como a los quince, para exponerme. Para mostrarme quien soy, de donde puedo sacar agallas ante lo inexplicable y desde qué lugar provengo.

La vida no es simple, no es lineal, por eso no lo somos nosotros, aquellos que la vivimos. Y vivir es una conjunción de errores, algunos aciertos, y si tenés suerte, muchos aprendizajes que te van llevando, como si el cauce ya viniera marcado, por los espacios que se te abren para ser. Siempre tuve timidez en lo cotidiano, nunca la ejercí. Y con esto quiero mostrar que lo que parecemos no refleja exactamente quien somos. Me viene todo este proceso foucaultiano a cuentas de que cada vez conozco menos a quienes conozco desde siempre. Y no lo vivo con tristeza pero si con cierta suspicacia. ¿Será que soy naif y poco afecta a descifrar al otro? ¿o será que las personas cada vez son menos fieles a sí mismas?

Es un ida y vuelta entreverado el que tengo en las tripas. Me apabulla la ignorancia mía respecto a los que quiero, a los que conviven mi día, a los que piensan junto a mí. Argumento a mi mente que la gente cambia, que los sueños cambian, que la vida esto o lo otro. Pero no me lo creo. Y siento que al fin de cuentas tiene que ver con que ya la engorrosa trama del todo vale ha atrapado a tantos, que voy quedando sola. O con recuerdos maleducados. Termino siendo una pieza de museo con principios que aburren a casi todos y enojan al resto.

Entonces miro el cielo y a mi teclado, en ese orden y pienso que si puedo escribir, todo está bien.

Diario de Cuarentena: Hegemonías del Siglo XXI en Argentina

La hegemonía cultural es un concepto que corre en paralelo a lo que el sociólogo Pierre Bourdieu llamaba violencia simbólica, que designa la dominación de la sociedad, culturalmente diversa, por la clase dominante, cuya posición frente al mundo—creencias, moral, explicaciones, percepciones, instituciones, valores o costumbres— se transforma en la norma cultural aceptada y en la ideología dominante, válida y universal.

La hegemonía cultural justifica el statu quo social, político y económico como natural e inevitable, perpetuo y beneficioso para todo el mundo, en lugar de presentarlo como una construcción social que beneficia únicamente a la clase dominante. En filosofía y sociología, el término hegemonía cultural tiene connotaciones derivadas de la palabra griega ἡγεμονία, que indica liderazgo y gobierno.

En política, hegemonía es el método geopolítico de dominación indirecta, en el que el estado hegemónico gobierna a los subordinados, bajo la amenaza de intervención como un medio implícito de poder, más que por la fuerza directa es decir invasión.

En el mundo de hoy, parece ser que si no sos abortista, populista, progresista, si no decís muchas veces los y las aunque arruines el lenguaje e incluso si no utilizas los supuestamente inclusivos e y x o @, nuevas hegemonías culturales derivadas del gobierno o gobiernos de pseudo izquierda, sos un reaccionario. Sin embargo yo creo que mantener principios, no caer en las estúpidas convenciones propuestas que no resuelven inequidades sino que las titulan distinto, es la verdadera revolución.

La hegemonía cultural es un término desarrollado por Antonio Gramsci para analizar las clases sociales y la superestructura. Proponía que las normas culturales vigentes de una sociedad son impuestas por la clase dominante (hegemonía cultural burguesa), de manera que no deberían percibirse como naturales o inevitables, sino reconocidas como una construcción social artificial y como instrumentos de dominación de clase. Esta práctica sería indispensable para una liberación política e intelectual del proletariado, reivindicando y creando su propia cultura de clase. Y por primera vez en mi vida coincido con Gramsci, claro que no creo que sea el liberalismo ni el capitalismo la hegemonía cultural que nos quieren imponer, sino todo lo contrario. De hecho, hablar de capitalismo o liberalismo puede producir exclusiones tremendas en la sociedad y en el mundo cultural. Entonces, padecemos un poder hegemónico que promueve un solo discurso posible uno que hable con e como si eso resolviera cuestiones de fondo, que es abortista no importa como, que habla en nombre del pobre aunque se haya enriquecido a costa de ellos y que promueve la vagancia y la ignorancia como forma de vida.

Cuando Habermas cuestiona la idea de opinión pública, la idea que está detrás es la misma: la cultura es un poderoso inmovilizador de la capacidad reinventiva de los pueblos y sus valores son la manera en que todo orden burgués se perpetúa más allá de los lamentos de elementos más ortodoxos de distintas tendencias económicas capitalistas. Sin embargo, él mismo declara no trabajar en ese sentido y declina abandonar la cultura burguesa en pos de un proyecto invisible, pese a ser un pensador de la Escuela crítica. Entonces ¿no suena remanido pensar que sólo el capitalismo es la miseria del mundo? ¿Cuál sería la burguesía?, la de los políticos millonarios y el pueblo pobre? la de los pequeños empresarios? Porque en estos regímenes populistas los privilegiados no son los trabajadores privados, por el contrario.

En la latinoamericación, el problema se radicaliza. El Mercado adopta un sitial maldito -incluso discursivamente – y el dominio populista profundiza la manera en que el populismo se transforma en la única manera de entender el desarrollo de la especie humana. Para autores contemporáneos que trabajan el tema de hegemonía y cultura (Noam Chomsky, Ignacio Ramonet, Samir Amin), la globalización extiende el control de la minoría privilegiada contra la mayoría subordinada en un marco en el cual se anexa progresivamente el pensamiento desregulado de Mercado con un proyecto cultural hegemónico en el planeta. Pero también es una radicalización. Ni el mercado por si solo, ni el estado sobreprotector y alienante son factores de desarrollo. Siempre la humanidad y los pensadores terminan siendo corrompidos por sus propios egos. La salida siempre es el equilibrio, la hegemonía es una palabra que ha dañado la trama social, que se ha utilizado para demonizar o entronizar ideales mezquinos. Y no hay cultura posible, ni identidad, ni construcción cultural si no están todas las miradas incluidas.

¿O cuando de populismos se trata no hay hegemonías? Lenguaje inclusivo, pañuelo verde, odio al macho y amor a lo queer parecen ser hoy conditio sine qua non para pertenecer a una élite cultural que tiene la verdad en un puño. Habemos otros y también somos y hacemos cultura. Alcemos la voz.

El populismo avanza: no cedamos

Pensar el populismo como una corriente política o ideología más, es perder el tiempo. Lo característico del populismo es mutar y adaptarse a las ideologías tradicionales sin ideario propio. Eso explica que haya tanto populismo de extrema izquierda, y populismo de extrema derecha parecido a un viejo nacionalismo.

La falta de utilidad de las viejas divisiones conduce a los populistas a recurrir a la oposición “los de arriba”/“los de abajo”, robada a la vieja izquierda revolucionaria, donde naturalmente “abajo” es el espacio del populismo (la gente de bien, según algunos funcionarios actuales) frente a las élites de “arriba” (los gorilas). Pero me gustaría dejar claro que es una identificación que apela a lo emocional, no clasista: no importa cuánto dinero tienes, sino cómo lo usás, o mejor aún, como decís que lo usás. Los populistas no tienen ideas, tiene relatos o consignas que conectan con las preocupaciones de la mayoría social, o eso tratan.

Tenemos que definir al populismo por sus acciones y por como avanza: el populismo es una oratoria (hechos enunciados) y una estrategia de invasión del poder. Absolutamente todos los populistas quieren ocupar el poder del modo más rápido, al menor costo y con el menor respeto posible a las reglas democráticas y sus valores básicos: No respetan a las minorías o la prevalencia de la libertad personal sobre las creencias colectivas, en base a un conjunto de falsedades baratas, que apoyan con rapidez y suenan bien. Por supuesto que la retórica populista es anti-política, la odia, la considera una pérdida de tiempo. Por eso deben apelar a metáforas grandilocuentes que eleven la emoción de los ignorantes: como “somos el pueblo”, “cuidamos a la gente”.

Estas frases se acompañan de cuantiosa “comunicación no verbal” como el reparto de abrazos efusivos, besos y caricias figuradamente francas entre miembros de la comunidad populista, reforzadas ante las cámaras de los medios de comunicación. El drama siempre les suma, lo utilizan sin miedo, pero el juego populista radica en suplantar el discurso político, si disentís te identifico con la grieta, el enfrentamiento, lo antipatria, pero en realidad los populistas son grandes hipócritas que fingen calidez, sinceridad y sentimientos elevados apuntando a las emociones típicas de las personas en pánico, tal como ocurrió este año: la gente con necesidad de protección, afecto y seguridad en un tiempo lleno de peligros. La corporación populista es una colectividad emocional, y la emoción básica que comparten o agitan los populistas es el miedo.

Miedo a las consecuencias más negativas de la globalización, como la deslocalización de empresas y la pérdida de empleos de poca cualificación, logrando que, el capitalismo parezca propio de tecnócratas ajenos a los problemas reales de gente buena, asustada y desprotegida. Apelan a un supuesto patriotismo. Un modo más elegante de describir la labia populista es precisarla como un “significante vacío” es decir, como el uso persistente de palabras vaciadas de sentido cuyo significado queda a gusto del consumidor: pueblo, democracia, patria, política, libertad, derechos, igualdad o cualquier otro vocablo significan lo que usted quiera que signifiquen para usted. Y entonces “democracia” deja de hablar de un sistema político para simbolizar el cumplimiento de un deseo, la negación de una realidad desagradable y el rezongo contra un régimen que frustra.

El maleable populismo halla su razón más profunda en que la clientela política comparte el miedo a la apertura de fronteras y la competencia económica, o dicho de otro modo más genérico, el odio a la globalización.
El discurso populista se basa en el miedo al futuro. Por eso viven del pasado y lo desfiguran como les conviene. El miedo es uno de los mecanismos emocionales más poderosos que existen, es como en una avalancha humana provocada por un incidente particular, en una masa asustada y, menos predecible. La percepción de que algo amenaza nuestra vida es una emoción sustancial para la supervivencia individual y colectiva, pero como estado emocional colectivo permanente pasa a ser una amenaza social.

La historia demuestra que las emociones juegan un papel fundamental en cualquier proceso político, y no digamos en una revolución. La creencia en que la política, la economía, lo social, es básicamente racional es errónea. El miedo a la libertad, el odio al diferente y el gozo de sentirse parte de una masa irresponsable, llámese el pueblo o la clase, constituyeron el apogeo del nacionalismo, del fascismo y del comunismo. La irrupción del populismo ha puesto de nuevo sobre la mesa está verdad que nos incomoda. Pero lo cierto es que hay una conducta extrema y reaccionaria a cualquier cambio o disenso de un orden establecido por el poder que transforma en enemigo al que piensa distinto. Y la caza de brujas no tarda en aparecer.

Podríamos hacer listado de miedos, odios y malestares de las sociedades que alimentan el populismo. Tienen, tenemos, un liderazgo político eficaz, las emociones crean estados emocionales compartidos, es decir, una sociedad emocional donde todos sienten y perciben lo mismo. Los demás son parias indeseables. Por eso utilizan el miedo, la angustia o el rechazo, mucho más que la satisfacción y la liberalidad.

Así estamos llenos de miedos: los trabajadores industriales temen perder sus empleos por la competencia de las economías capitalistas y las nuevas tecnologías; los menos calificados temen ser despedidos del mercado laboral; los jóvenes y universitarios temen que sus carreras no sirvan para obtener un empleo futuro. Y son temores justificados. Porque los políticos siguen ocupándose de una agenda propia, que deja afuera la realidad y aunque crean que metiendo miedo tienen sus bancas y sus espacios asegurados, la verdad es que esta nueva era populista no tranquiliza, alienta el miedo y la sociedad sabe que algo esconden. Hablan de que cuidan nuestra salud, nuestros ingresos, pero baja el consumo y nivel educativo, la ofensiva del miedo pierde poder y la calidad de vida baja.

No dicen la verdad porque los políticos saben que es imposible ganar elecciones diciendo cosas como que habría que recortar el gasto público, atrasar la jubilación para mantener el sistema de pensiones, o advertir del riesgo de burbujas especulativas a causa del consumo ilógico de algunos bienes. Entonces mienten, dan falsas expectativas que los hechos desmienten con fiereza y se pierde el valor de la política.

Pero la política democrática es la resolución negociada de conflictos de intereses, Estado de Derecho y buena gestión de lo público. La felicidad, y la prosperidad es cuestión del individuo si tiene asegurado la igualdad de oportunidades. Los ciudadanos debemos comenzar a madurar y elegir verdad sobre relato.

Es increíble que cualquier opinión tiene para la gente, más crédito que un hecho o un conocimiento. Es simple, populismo y negacionismo de la realidad, de los hechos, van de la mano.

Entonces quienes disentimos, padecemos el rechazo porque se rechaza y desestima todo lo que no encaje en la propia opinión y visión del mundo. Pensadores, culturas y creencias diferentes, países ricos y nuevas ideas o avances científicos caen en el mar de la sospecha, el descrédito y el rechazo activo. Hay un revoltijo de paleo izquierdistas, nostálgicos de una República fantástica, creyentes en terapias alternativas, animalistas, eco fundamentalistas, feministas radicales, tecno raros, proteccionistas económicos y un largo tendal heterogéneo amalgamado por su frustración con el sistema y su rechazo a todo lo que cuestione sus propias creencias o frene la universalización de sus aspiraciones. No quieren mediar, lo que los une emocionalmente es el dogmatismo en su propio territorio de creencias y el relativismo, no menos rígido, para juzgar las ajenas como ideas desechables.

Así, la política democrática y medios de comunicación como instituciones de mediación o representación no son consideradas auténticas. La democracia representativa es rechazada, se prefiere una asamblea popular.
Para protegerse de los efectos mortíferos de la competencia, una de las obsesiones populistas, se nivela para abajo. Del mismo modo que no hay hechos ni conocimientos, sino sólo opiniones, nadie es más que nadie porque nadie sabe más que nadie, ni hace las cosas mejor. La igualación debe hacerse bien abajo: los políticos deberían cobrar el salario mínimo, o mejor, no cobrar nada en absoluto; todos los empleos deben estar garantizados por ley o todos deben ser funcionarios, la iniciativa privada debe limitarse al máximo porque siempre implica explotación, el mercado debe regularse hasta desaparecer.

El populismo se fundamenta también en una actitud intelectual concreta: el rechazo de las explicaciones e ideas complejas y la simpatía por las simplezas. Tomando simpleza como una caricatura mala del problema real. Claro que la simpleza tiene muchas ventajas políticas; unir a personas con preferencias y creencias incoherentes no es la menor. Así, los antisistema, preocupados, jóvenes atemorizados por el empleo precario, desempleados, tradicionalistas y animalistas extremos pueden ponerse de acuerdo en torno a una simpleza bien planteada. Culpar a un grupo -el campo, los funcionarios, los empresarios, la riqueza- es una estrategia de éxito asegurado si se dispone de bocinas mediáticas adecuadas.

El populismo es contrario a la noción liberal de ciudadanía que descansa en el individuo. Es comunitario y anti individualista y, por consiguiente, antiliberal y gregario. Su concepto de “pueblo” es un agregado convertido en sujeto colectivo que sustituye a los individuos que lo forman. Pero para el populismo es consolador sentirse parte de “el pueblo” ,diría Nietzsche que el calor del establo da refugio y protección aparente frente al abandono del individuo en un mundo discrepante. El nacionalismo es populista, y los nuevos populismos conectan de forma tan fácil y natural con la mentalidad nacionalista: basta con ver el éxito de Chávez, llevándose votantes y discurso del viejo nacionalismo, pariente del relato-emocional. Entonces propician el odio, el odio desmedido, a todo lo que consideren élites para poder defender la mediocridad, o favorecer el deseo de someterse a la autoridad e hiperliderazgo sentimental de un líder carismático (Putin, por ejemplo). Pero cuidado, que se desprecian los hechos, y el desprecio de los hechos deriva en desprecio de la ciencia y de las clases educadas. Y el miedo a la competencia y a un mundo enigmático auspicia a líderes protectores (y siempre corruptos).

Es cierto que faltan y perdemos igualdad de oportunidades, pero el populismo no nos protege, por el contrario, nos obliga a pagar el precio de claudicar buena parte de la libertad personal que tanto costo lograr y además vuelve al mundo un lugar más inseguro y lleno de inequidades. Al fin de cuentas, el populismo necesita pobreza, ignorancia y fanatismo. No cedamos.

Soledad Vignolo
Escritora /Gestora Cultural
Miembro de AAGeCu
Posgrado FLACSO en Comunicación.