Diario de Cuarentena: Recuerdos

Hoy voy a usar mi diario para lo que se usan los íntimos. Lo voy a usar como a los quince, para exponerme. Para mostrarme quien soy, de donde puedo sacar agallas ante lo inexplicable y desde qué lugar provengo.

La vida no es simple, no es lineal, por eso no lo somos nosotros, aquellos que la vivimos. Y vivir es una conjunción de errores, algunos aciertos, y si tenés suerte, muchos aprendizajes que te van llevando, como si el cauce ya viniera marcado, por los espacios que se te abren para ser. Siempre tuve timidez en lo cotidiano, nunca la ejercí. Y con esto quiero mostrar que lo que parecemos no refleja exactamente quien somos. Me viene todo este proceso foucaultiano a cuentas de que cada vez conozco menos a quienes conozco desde siempre. Y no lo vivo con tristeza pero si con cierta suspicacia. ¿Será que soy naif y poco afecta a descifrar al otro? ¿o será que las personas cada vez son menos fieles a sí mismas?

Es un ida y vuelta entreverado el que tengo en las tripas. Me apabulla la ignorancia mía respecto a los que quiero, a los que conviven mi día, a los que piensan junto a mí. Argumento a mi mente que la gente cambia, que los sueños cambian, que la vida esto o lo otro. Pero no me lo creo. Y siento que al fin de cuentas tiene que ver con que ya la engorrosa trama del todo vale ha atrapado a tantos, que voy quedando sola. O con recuerdos maleducados. Termino siendo una pieza de museo con principios que aburren a casi todos y enojan al resto.

Entonces miro el cielo y a mi teclado, en ese orden y pienso que si puedo escribir, todo está bien.

No hay política sin cuerpo, ni sociedad sin virus

Estamos en una revolución. Entre viejos y nuevos paradigmas. Entre el miedo y el poder. Con cuestiones de interés nacional e internacional, que nos impiden ver el complejo bosque de la humanidad.
Foucault, que padeció y murió en una epidemia, describió la transición desde una “sociedad soberana” hacia una “sociedad disciplinaria” como el pasaje que realizaba una comunidad, para que la soberanía signada por el derecho a decidir la ceremonia de la muerte, virara hacia una sociedad cuya independencia se defina por cómo gestiona y maximiza la vida.

Entonces entendía que los gobiernos utilizaban una forma de poder espacializado, que se extendía en la totalidad del territorio, hasta penetrar en el cuerpo individual, somatizando en él la política reinante.
Cabría preguntarnos que tipo de sociedad estamos siendo, para que el síntoma sea este virus, que nos deja sin inmunidad posible, nos sostiene en el encierro y en una nueva guerra biomédica, que nos tortura al punto de no exonerar a nadie. Nuestra comunidad, como grupo aglutinado a una ley, está siendo severamente desgastada por una infección.
No estamos preservados frente a él. Pero la pregunta sería qué estamos dispuestos a sacrificar para protegernos. En cuál paradoja caeremos.

Toda vida trae consigo su muerte, y toda política su necro política, Por eso es tan importante la adoptada en la cuestión de salvarnos, de lograr ser exonerados de este azote viral que se nos asemeja y nos refleja. Nos paraliza porque está hecho a imagen y semejanza nuestra. Nos puso a la par. Pero no respondemos por igual ante su estimulo. Y eso no es algo aceptable para casi ninguna casta política. Siempre buscamos peligrosamente uniformarnos para no ver la diferencia, que mostrar la excepción, aquello que no podemos controlar, lo único.
Queremos ser inmunes, pero la inmunidad es una construcción social colectiva que va a generar soberanía o exclusión, vida o muerte. ¿Estamos preparados?

Las epidemias son casualidades de la biología, ¿o son nuestras propias decisiones políticas materializadas en el corpus social? En la terrible pandemia que atravesamos, estamos cerrando fronteras, y la cuestión de patria grande que predicamos de la boca para afuera, se cae a pedazos ante un coronavirus que viene para mostrar quienes somos, cómo nos protegemos y que soberanía somos capaces de sostener.
Es muy probable que el virus ponga a la vista nuestra propia vocación de gestión, manifestada en la elección de nuestros líderes, y en las decisiones tomadas sobre las cuestiones biopolíticas y necro políticas subyacentes. Con toda esta situación en marcha. que nos define como una sociedad que se asemeja al virus que la amenaza, debemos hacernos cargo de ello, y también tenemos que ver quiénes somos, de acuerdo al accionar que adoptemos frente a la pandemia.

Estábamos atravesando ya, antes del virus, un cambio social y político tan radical como el que afectó a las sociedade que desarrollaron otras epidemias en el pasado. Hubo epidemia cuando se pasó de una sociedad oral a una sociedad escrita , por ejemplo, y hoy que nos hallamos en el tránsito de una sociedad firmada de puño y letra a una sociedad ciberoral, de una comunidad biológica a una digital, de una economía manufacturera a una economía inmaterial, con soluciones de control social que pasan por la prostética y lo mediático-cibernético, entonces ese cuerpo foucaultiano, el cuerpo y su subjetividad, ya no se regulan por lo formal, sino por las tecnologías de transmisión y de información que nos invaden. Esta biovigilancia nos atraviesa, nos vuelve volubles a un placer que podemos cuantificar. Más nos tecnoclasificamos y más sanos estamos, mejor nos controlan. Todo el tiempo y toda nuestra vida, física, comercial, de relación, hasta nuestra salud está en las redes. Somos móviles para ciber política. en Kentukis, de la autora Samanta Schweblin se refleja en una novela, un claro ejemplo de tal afirmación. Ver y ser vistos. Uno y el otro.

Nosotros, como el virus, estamos mutando, y hacia donde iremos con esta depredación comunitaria universal no lo sabemos. Pero vamos eligiendo nuestros muertos. La sociedad política lo hace, la biopolítica con su necro política. Veremos en breve, como entendemos después de esta crisis inmunológica mundial, el concepto de sociedad. Y donde estaremos parados, con qué fronteras culturales nos habremos quedado, ¿Achicaremos tanto nuestros límites que quedaremos encerrados en las líneas de un barbijo, o podremos tener una apertura nuevamente al mundo a pesar de sus riesgos?

La Covid-19 ha desplazado las políticas de la frontera. El cuerpo, el tuyo, el mío, es un nuevo eje de poder. La nueva frontera necropolítica es tu casa. Pero el límite real es tu cuerpo. Solo estás a salvo con vos. EL otro, cualquier otro, es enemigo. Pero resulta que todas estas celdas te van a llevar nuevamente a que el otro, sos vos. Y en ese universo unipersonal que te queda, ese en el que solo entrás vos y tu subjetividad, tal vez comiences a pensar en el otro. Y en que formas parte de una comunidad. A partir de allí, nuestra salud no provendrá jamás de la imposición de fronteras, sino de adquirir una nueva conciencia comunitaria que incluya el equilibrio del plantea.
De los nuevos pactos que como seres vivos podamos acordar, así, al fin de cuentas la política tendrá sentido y vendrá a transformar la sociedad, en algo más que un cierre de puertas. Es muy probable que el virus lo hayamos creado como sociedad, para obligarnos a un cambio necesario que nos devuelva la posibilidad de comunicarnos y comprendernos más allá de las redes. De persona a persona, tras una cuarentena reactiva como respuesta negativa al ataque, que de ninguna manera puede ser la solución, pero que, como toda crisis, puede encolumnar la sociedad planetaria hacía otro mundo, donde el corpus de la humanidad no necesite pandemias para evolucionar.