Cómo provocar un incendio y por qué

¿Acaso no somos todos iguales? ¿Acaso no nos esforzamos todos por tener lo suficiente?

Jesse Ball

Cuando Luis Mey me recomendó leer a Jesse Ball entre otros autores, no dudé en buscar su novela y comprarla. Jesse Ball- 1978 Port Jefferson (New York, USA)- es novelista y poeta. Ha publicado novelas, volúmenes de poesía, cuentos y dibujos. Sus obras se distinguen por el uso de un estilo sobrio y han sido comparadas con las de Jorge Luis Borges e Italo Calvino. A mi juicio, comparaciones exageradas. Es un autor de calidad y prosa ágil, inteligente, si es que significa algo, y muy creativa, que es lo que más me atrajo de su novela. Lo que dice y como lo muestra, para ir envolviendo la historia en nuestro cuerpos, hasta que le pertenecemos.

Lucía Stanton es demasiado Holden Caulfield como para que una reseña esquive ese bulto, sin dudas hay una ilimitada inspiración en J.D. Salinger al crear la protagonista de la historia que narra Ball, con una voz que no podemos dejar de oír, una voz que la traiciona y todo el tiempo muestra un espíritu que prefiere ocultar. Frases como «La gente tiene muy poca agudeza hoy en día; no pueden siquiera reconocer a una persona digna cuando la tienen enfrente» o «La historia solo es gente portándose mal» se le escabullen a Lucía a lo largo de la narración. También tiene ese lado inexorable del personaje del El club de la pelea, de Chuck Palahniuk, que declara «Así es tu vida, y se consume minuto a minuto». Otra referncia que los relaciona es que existe un club secreto como semblanza, en el caso de la obra de Ball es La Sociedad del Fuego. Una vez señalados mis reparos, que son más filosóficos que reales, voy a reseñar con brevedad la trama:

Lucía Stanton es una adolescente desposeída, con una madre en el loquero, un padre muerto y una tía ácrata con la que vive y que le regala la frase que la define: «No hagas cosas de las que no te sientas orgullosa». Su bien más preciado y el que la sume en pensamientos incendiarios es un Zippo que heredó de su padre, y que le permite sobrevivir a un mundo que para ella, está perdido. Luego de ser expulsada por haberle clavado un lápiz a un compañero que le faltó el respeto, a Lucia la aceptan en un nuevo colegio en donde toma contacto con la Sociedad del Fuego, una misteriosa organización de incendiarios que quiere terminar con las desigualdades y los privilegios. La propuesta la fascina. Como lo ha perdido todo, Lucia está dispuesta a quemarlo todo. Así nos describe la historia la editorial, así de atrapante es.

No puedo dejar pasar el inicio del folleto instructivo para incendios que escribe Lucía: «Cuando tenía nueve años mi amiga y yo nos inventamos un juego. Cada una tenía una capa: capas ridículas que nos habían confeccionado en la víspera de Halloween. Qué tal, dijo ella, si las prendemos fuego y salimos corriendo y la primera en quitarse la capa pierde. En aspiraciones como esa radica la alegría del fuego: sentimos que el fuego nos pondrá a prueba».

¿Cuántas veces pensamos lo mismo? Jesse Ball le da voz a una jovencita de dieciséis años, pero también es la voz inconforme que llevamos dentro, ella descree del capital, pero amaría vivir mejor, ella dice «Ir a la escuela es horrible y aterraría a cualquiera en su sano juicio» pero amaría ser aceptada, o argumente «Odio cómo habla la mayoría de la gente. De solo escucharlos dan ganas de volverse ermitaña», sabiendo que prácticamente lo es, y no le da privilegios ni felicidad. Lucía Stanton somos todos.

No quiero dejar pasar la relevancia otorgada en la novela a los objetos, los que tiene, como el encendedor, y los que faltan, en una búsqueda constante de comprensión sobre la vida, sobre la enfermedad, la soledad y la muerte, que puede desatar en un vestido de novia una tragedia.

Jesse Ball es un escritor atractivo, su prosa ligera, eficaz, tal vez con semejanzas innegables, es sin embargo una piel que se te pega, una rápida vuelta a ideales perdidos, marcados por la sarcástica realidad a la que nos enfrentamos en la adolescencia y que se nos queda hasta la muerte. En especial si no pudimos incendiar nada.

Cómo provocar un incendio y por qué, de Jesse Ball, vale la pena. Aunque queme.

Mona

«Me gustaba armar una presencia erótica que tiene una pulsión hacia la destrucción»

Pola Olaixarac

Confieso no haber leído sus novelas anteriores, por lo que mi virginidad absoluta sobre la prosa de Pola Olaixarac (Buenos Aires, 1977) contrasta en todo con la voluptuosa sexualidad de Mona, la protagonista de este thriller de ideas que propone la autora. La historia transcurre en un resort sueco donde se entrega el premio más importante del mundo literario, un premio de exótica procedencia al que arriban escritores cosmopolitas y entre ellos la protagonista Mona, una peruana adicta que oculta todo el tiempo sus moretones y que desde el inicio deja entrever que de algo escapa, que esconde, que está atrapada y que subyace en ella la oscuridad toda.

Claro que los devaneos intelectuales de la obra, que intenta tener la ironía de la literatura inglesa, y que por momentos lo logra, nos alejan tal vez demasiado tiempo de la historia más interesante, esa que une a Mona con Sandrita, la joven desaparecida que la autora insiste en seguir vía redes, mientras conoce personajes del quid literario, tan mundillo barato como todos, con sus poses, sus mezquinas intenciones pero con la lengua como arma. Y es allí donde reside lo interesante de la prosa de Pola , que no escatima pensamientos y que nos pasea por vaivenes culturales, por veleidades políticas y coquetea hasta con el #me too con la libertad que otorga el pensamiento crítico.

La novela de ideas y suspenso, es un ensayo interesante y por momentos alcanza la fluidez buscada. Me atrapó la autocrítica filosa, la intima lucha de identidad latinoamericana y la fuerza del sexo como cuerpo de un crimen que conocemos en un final apurado, aunque eficaz.

Tres días de lectura, tres mundos en la obra: Europa nórdica, Latinoamérica, y la Lengua como nexo intangible y remanido que puede modificar la nada en la que igual, de una u otra forma, escritores o no, trascendemos.

Una mujer que se atreve, Mona, la protagonista y Pola, la autora. No la dejan pasar.

La acústica de los Iglús

«A algunos artistas debe pasarles algo similar: se levantan y notan que llevan el arte incrustado»

Almudena Sánchez

Los sentimientos huelen y suenan, podría ser la síntesis de la reseña de hoy, que nos acerca nuevamente a nuestros orígenes españoles. Los diez cuentos de esta joven autora no son clasificables porque juegan con lo fantástico, lo onírico, un dejo sutil de extrañeza, son una especie de borde inclasificable, tal vez inmaduro, un borde que no decidió si quiere delimitarse. Y allí nos deja Almudena Sánchez, con un continuo poscuento para masticar. La prosa es lírica, tanto que puede ser cantada, es lúdica, nos propone el absurdo a cada línea, un absurdo que me remitió por ejemplo a Gogol, porque la costumbre y lo cotidiano está siempre en Almudena. Sus cuentos vuelan pero vuelan en la vida común. No necesitan crear universos paralelos. Hay un dejo de su profesión de Periodista por momentos, está la niña soñadora en otros, el dolor, la tristeza desgarrada y la muerte pasean por sus historias sin disimulo. La señora Smaig en el zoo, terrible y entrañable, la loca travesía de El frío a través de los engranajes, la crítica social resumida en una magdalena aeronauta en Apuntes desde la bóveda celeste; el cuento que me acercó a la autora fue El nadador del Hotel Minerva, hermosa historia que diluye en agua el dolor, o lo convierte, o El arte incrustado que llevamos a cuesta, la autora juega y se pasea en Cualquier cosa Viva, Introducción al relámpago, Compostura: La línea imaginaria y el triunfo humano. En definitiva es muy interesante como introduce todo el tiempo cierta extrañeza posible, o nos muestra nuestro propio absurdo, que a veces necesitamos asimilar, es efectiva, y tiene frases que nos dejan cicatriz, esas que según sus propias palabras se moverán con nosotros.

Hay un cuento de los diez, que me llevó a Gogol, que me recordó los cuentos rusos, la quieta realidad contada que se vuelve atmósfera y desde allí todo puede ser Eclipse, como la pareja de ancianos que en teleférico recorren el mundo desde un pueblito inanimado. Me enamoré de Leonora y Adelino, de sus razones, de la barba que crece por metros y de lo posible escondido en cajones.

Almudena Sánchez es periodista y Máster en Creación Literaria. La acústica de los iglús (Caballo de Troya) es su primer libro de relatos, que fue publicado en España en 2016 y ya alcanza la octava edición. Como periodista, colabora habitualmente en revistas y medios culturales realizando críticas y entrevistas. En 2013 fue incluida en Bajo 30, antología de nuevos narradores españoles (Salto de Página), una muestra de los mejores escritores españoles menores de treinta años actuales y en 2018 en Doce relatos maestros (La Navaja Suiza) junto a autores consagrados como Marta Sanz o Eduardo Halfon. Algunos de sus relatos han sido traducidos al inglés.

Se las presento y los invito a conocerla.

El chiste de Dios

Intentaré emular su gracia intelectual para contar nuestro último encuentro en el Congreso Mundial de la Lengua en Córdoba. La casualidad me sentó al lado de Norma Morandini, que comenzaba a enseñarme a ver el mundo con la profundidad de sus ojos. Esperábamos la conferencia del gran escritor nicaragüense Sergio Ramírez Mercado que luego gracias a Norma conocí junto a su encantadora mujer.

Luisa, menuda y carismática pobló con su risa maravillada el teatro del Libertador San Martín. Ella era una obra de arte dentro de otra. Imposible desconocer su voz y su afable dignidad literaria que le fluía con la misma naturalidad que otros dioses de las letras. Siempre la leí, siempre la admiré y la consideré la Borges femenina de nuestras letras. Tan exquisita, tan creativa, tan Luisa Valenzuela. Cuando se acercó a saludar a Norma intercambiamos algunas palabras de cortesía pero no pude disimular mi admiración y le pedí permiso para fotografiarla. Luisa posó con la hidalguía que le es propia, y risueña me dijo que la subiera sin filtros, como era.

Luisa Valenzuela es una estrella, lleva más de treinta libros publicados y su vida fue periodística y literaria. Tiene la vida para contar y cuenta cuentos. Lo hace desde el desparpajo de la sabiduría y de su juventud eterna. Libre y polifacética nos muestra que nada está dicho o prohibido a la hora de escribir.

Hoy voy a reseñar el libro de cuentos que lleva el nombre de El chiste de Dios, consta de una introducción desvelada y quince cuentos. En ellos la autora despliega todas las herramientas propias para reírse de las reglas y las normas de la literatura actual. Llena de adjetivaciones y de citas, y de anécdotas, y de nombres, y de sutiles guiños, no descarta lo histórico, lo mítico, la filosofía y la ciencia, se pasea conforme a sus placeres por los oficios de los que escribimos, de los críticos y hasta con la anuencia de una prosa ágil y alegre, juega con las vocales.

Es un viaje único, el Desayuno en Marsella, el Almuerzo japonés con amigas en el barrio de Belgrano, la Cena chupa huesos con irónico final, La Marca chagásica que convierte a un posible asesino en escritor, la sorpresa de La otra Alicia, de feria de Frankfurt y conferencia en Berlín a una cuestión de identidad usurpada; sus invitaciones a la Feria del Libro de Guadalajara que la sometieron literalmente a poner El dedo en la llaga, el amor travieso y los malos entendidos de Rosa, Rosae; la muerte irremediable en su cuento La carta de amor, El encuentro inefable que solo logra Luisa en una breve historia que une a la Negra Sosa y Gardel. Claro que no se pierde en cuestiones vanas cuando nos explica los mitos propios de La sal de la Tierra, o nos atrae una Luna Menguante en un conventillo procaz llenos de macetas algo mustias. Se atreve a la parábola con La Gomera, que para mí es un breve pero magistral cuento que roza lo fantástico. Nos da lecciones de como debe meterse una escritora en la piel de su personaje durante Conjeturas del más Allá, nos sentimos un poco protagonistas de Perdición o El chiste de Dios, infelices al fin y termina este magistral compilado con El Narrador.

Cierro al decir de la propia autora, recomendando mucho éste volumen:

¡Ya vamos a ver quien toma la manija, es decir la palabra!

Basura

«Si hay basura en el infierno, el amor es el perro que vigila las puertas»

Charles Bukowski

La reseña de hoy tiene manchas, no es vana para el lector y espero que lo deje pesado y sucio como a mí. Es una nueva compilación de cuentos de Anahí Flores, recién publicada por Desde la Gente, en la que la autora decide tratar un tema controversial, que solo leí como argumento en el libro homónimo de Héctor Abad, en el que un escritor abolla sus textos y son recogidos por un vecino de un piso inferior.

En estos cuentos la literatura no es tratada como basura. Y la basura no siempre es lo que pensamos. Etimológicamente, la palabra basura proviene del latín vulgar versūra, que es la ‘acción de barrer’, que a su vez deriva del verbo verrĕre, que significa ‘barrer’ y tiene todo que ver con lo que reza el cuento del gran Tomás Downey -confieso que lo considero garante de cualquier obra, por su claridad literaria para lograr extrañeza – cuando construye una vida en la que seis hermanos toman tan a pie juntillas la frase de su madre: «Si está en el piso es basura», al punto de sopesar la idea de barrerla de sus vida, en Dos Bolsas. La antología cierra con esta gran historia, trasciende el hecho de la basura per se. Nos inquieta, cada una de las historias propone un ritmo, una cuestión que incomoda, pincha y hasta duele. ¿Somos basura? Si es así, ¿somos la basura que generamos?

Para Mariana Travacio, los Escombros del derrumbe sobre su casa son la excusa para mostrar la soledad olorosa de la protagonista, su desesperación. Máximo Chehin la turbia cotidianeidad de una pareja en la que uno de ellos acumula, se quema en cajas, Cajas en casa de amigos, que son un imaginario de una vida que no saben si seguirá compartida. Muchas miserias en cajas, un cuento imperdible.

Desechable, de Maumy González, nos lleva con cadencia a un punto donde el cuerpo, el propio, puede convertirse en basura. Mientras que Luciana Czudnowski nos sacude en arena la vida y la muerte, la inocencia y el Premio de no ver, su cuento que tiene lo ecológico como excusa para mostrar sin eufemismos una historia de vida, es breve, cinematográfico y llenos de olas marinas. Maschwitz de Martín Hain se mete fuerte en la identidad, los mandatos, la enfermedad, el cinismo, cuestiones inherentes a nuestra basura privada, y en un paquete de panadería envuelve su historia inolvidable.

Dejé para el final el cuento de la autora que seleccionó y compiló los anteriores. Junto con el cuento de Downey, es el que me interpeló. Y creo que Anahí Flores hizo un gran trabajo en la selección y en el bocado de basura que nos va dando hasta llevar a su Souvenir. Su cuento tiene todo lo que podemos pedir con medida: Distopía, realidad, nostalgia, cinismo, prolijidad, desamparo y la certeza de un futuro al que podemos llegar antes de tiempo.

Todo en Basura es irremplazable. No te lo pierdas. Siete cuentistas para conocer. Nada que barrer.

Distancia de rescate

“…el hilo finalmente suelto, como una mecha encendida en algún lugar; la plaga inmóvil a punto de irritarse.” Samanta Schweblin

La hipermodernidad nos abruma, entonces buscamos en el campo, la soja, la siembra lo que no tenemos dentro. Este libro de Schweblin que no parece ser una novela pero tampoco un cuento, es además de galardonado, un suspiro contenido de principio a fin. La prosa de la autora no deja dudas y nos va cubriendo de extrañeza los momentos cotidianos, de miedos, de muerte y también de la nada. Esa nada con la que convivimos desde que nacemos.

Dos madres, dos hijos, mucha inminencia, la distancia del campo, su horizonte y otra distancia que une a la madre con su hija; un ambiente perfecto para la tensión que nos quieren mostrar y crear. No se la puede simplificar con un cuestionamiento ecológico, la historia es humana, fundamenta cada momento en los vínculos, esos que los herbicidas no borran.
De todos modos hay lugar en la obra para la crítica, la reflexión y hasta una vuelta de tuerca hacia la toxicidad de los hijos.

Distancia de rescate pasa por lo fantasmagórico, lo inminente, lo cruel con maestría y hasta aterroriza porque se nos hace posible. Hay un quiebre en ese hilo que nos une a la naturaleza, hay un quiebre en la humanidad.

Vamos leyendo y vamos sintiendo que somos parte de ese mundo donde la muerte vecina puede ser la nuestra y nos va dejando sin aire. Samanta Schweblin es una autora que crea estilos y que propone al lector siempre una búsqueda. No hay cierres ni soluciones mágicas sino una decidida conciencia sobre la culpabilidad de las víctimas silenciosas, en un mundo que es horroroso en su propia naturaleza y en la conducta humana.

La arquitectura de la historia es perfecta, el diálogo como interlocutor constante, las palabras adecuadas, los tonos inquietantes, el acecho de lo importante que nunca se logra ver. Las preguntas nos invaden. Las respuestas no llegan.

El tópico común del monstruo interior y el exterior, que maneja Houellebecq en Sumisión o Mariana Enríquez en Nuestra parte de noche, Samanta Schweblin lo transforma para volver novedoso lo ya dicho, único otra ves, con una frescura que sorprende. Distancia de rescate es una gran historia, para leer de un tirón. Más de una vez. Es incómoda, pero nos hipnotiza. Imperdible.

Salir a la Nieve

«Es difícil entender lo que me genera la idea del cuento, pero tengo la sensación de que vivimos en un estado de alienación e incomprensión acerca de lo que nos sucede cotidianamente que nos deja desnudos ante la realidad, y eso se pone de manifiesto en las relaciones, en los vínculos, y es lo que aparece cuando escribo.»

Máximo Chehin

Este compilado de cuentos tiene la versatilidad de la vida cotidiana, que el autor mira con una levedad extraña y propia. Chehin, que además es autor de «Vista al río» y la novela «La vida interesante» fue galardonado por un jurado integrado por Luisa Valenzuela, Abelardo Castillo, Antonio Skármeta, Pablo De Santis y Daniel Divinsky, sin dudas un jurado que asegura literatura.

Salir a la Nieve es salir a un mundo donde lo incomprensible es real, ocurre y nos vemos formando parte de cuentos en los que la vida sucede. Es entonces que un juego de naipes puede ser la previa inocente de un asesinato que se logra con la paciencia; una pareja se rebela de a uno y a pesar de las alarmas de la vida, contra sus trabajos y contra todo aquello que significa la rutina proletaria, claro que como Beatles posmodernos lo hacen con la paz que las decisiones tomadas otorgan, estos héroes anti burguesía me encantaron, y es uno de mis cuentos preferidos; durante un vuelo a Barcelona es posible que la esposa de un pasajero desaparezca en el avión ¿existía esa pasajera? ¿la mente nos juega pasadas? o solo es una historia de vida más; el papel caído de un libro antiguo invita a investigar un procrastinado apocalipsis; los niños están presentes, un niño aprende el valor de la amistad en medio de la dictadura, sin comprender nada de lo que sucede y otra niña marca el destino de un hombre que puede perder su identidad vital en el juego perverso de la infancia. Nos vamos a Kosovo mientras allanan el departamento contiguo y podría seguir. Muchas interesantes historias que pueden contenernos están en la obra de Chehin.

Pero la estrella entre estos cuentos es Cosas que se caen y se rompen. un cuento que podemos describir como breve y magistral, en el que las privacidad y los vicios expuestos cambian la relación de una pareja, porque el amor a veces necesita mentirse, para seguir siendo amor. Cierro con el epílogo del cuento, que pertenece al gran Onetti: “Lo malo no está en que la vida promete cosas que nunca nos darán; lo malo es que siempre las da y deja de darlas. «

Para leer y releer.

Diario de Cuarentena;: Las Intermitencias de la Muerte

«Sabremos cada vez menos qué es un ser humano” José Saramago

Esta obra de Saramago, tiene muchas aristas que notar, está plagada de idas y vueltas que pretenden usar la muerte para mostrar la hipocresía de la sociedad y la falta de validez de algunas premisas que pretenden regir nuestra conducta y que sin dudas están al servicio del miedo.

El libro narra cómo a partir de la medianoche del 1 de enero nadie muere, y esto ocurre no se sabe donde. Por supuesto que hay una algarabía inicial por la eternidad conseguida, y lo científicos y pensadores laicos o de fe intentan descifrar el fenómeno. La Iglesia siente que se queda sin su dogma: la muerte y resurrección de Cristo, mientras las personas comienzan a sentirse inmortales. Ahora, ¿la sociedad está preparada para la eterna humanidad?

Algo impide morir, pero no agonizar, o padecer. Y con el tiempo un montón de situación se suceden para mostrarnos cómo sería ese mundo de inmortal humanidad. Se vuelve terrible y aberrante la sociedad hasta que aparece como siempre un salvador clasificado, llamado Maphia que se deshace de de los que no pueden acabar con su vida, llevándolos al resto del mundo, que normal y corriente muere. Es decir, los traslada a cualquiera de las fronteras de este país desconocido. El gobierno termina asociándose con los maphiosos, y en guerra con sus vecinos. Los personajes no se nombran y la muerte, inicialmente intangible termina tomando forma de mujer que no es la Muerte, que anuncia a través de los medios que todo fue un experimento y que la gente volverá a morir. Para evitar el pánico dice que avisará por carta a quien le vaya a tocar. Por supuesto el país cae en la desazón. Y se produce un quiebre en la novela. Desde esta declaración, se aboca a la relación personal de un violonchelista inmortal, no muere con su carta aviso, con la muerte. La obsesión de la muerte con el hombre la humaniza, Y pretende entregarle la carta, se enamora y se humaniza,. Evita la muerte.

¿Romper con el orden establecido de las cosas nos vuelve inmortales? ¿El amor es lo inmortal? ¿La sociedad y los gobiernos promueven los miedos que les convienen?

Saramago, con la agudeza de su texto nos lleva a repensarnos y tal vez a hacernos cargo de las pequeñeces miserables de nuestras propias vidas, más allá de su eternidad o finitud.

Para leer más de una vez y en diferentes etapas de nuestra existencia.

Diario de Cuarentena: Tirando Manteca al Techo

La Editorial Proa y SADE Nacional, propusieron jornadas de lectura y una de las obras seleccionadas es Tirando manteca al techo de Roberto Alifano, un prócer viviente de la literatura, periodista, escritor, amigo de Jorge Luis Borges, traductor de Hesse y el sobreviviente de muchas voces trascendentales de la historia Argentina. Nunca lo había leído y no puedo parar de hacerlo. En esta obra cuenta la vida de Macoco de Álzaga y Unzué, pero con esa excusa recorre la historia y nos enriquece.

Fascinante personaje mecenas del cine, campeón de carreras de automóviles, cazador de cebras y elefantes, fabuloso seductor de las más rutilantes estrellas de Hollywood, el argentino Martín Máximo Pablo de Álzaga y Unzué (1901-1982), conocido como Macoco, resignifica la belle époque atardecida, signada por la necesidad de acortar distancias. De ahí los aparatosos viajes del jet set rioplatense, de un país brillante en los locos años veinte, con viajes en vapores de lujo; o la afición por las carreras de coches y temerarios vuelos, cuando la aviación era un inicio.

Acaso la realización de los deseos continua y sin peros, requería la velocidad, pero lo cierto es que se vivía a mil, como si se supiera que el choque era el final anticipado. Fue literalmente socio de Al Capone, con él abrió el célebre Marocco, el renombrado cabaré de Nueva York, Macoco, un ser caprichoso y abundante, dio lugar a la célebre frase: riche comme un argentin.

Vestía con trajes a medida, buscaba ser celebridad, y lo fue en su estilo. Macoco pululaba los salones de la más exclusiva sociedad europea y norteamericana de su época con la arrogancia argentina en la mano. Tanto que Howard Hughes le propuso entrar en el negocio del cine donde ambos, financiaron la carrera de muchas de las divas del celuloide. Ginger Rogers entre ella. Todo esto nos cuenta Roberto Alifano (Buenos Aires, 1943), conocido narrador y poeta, especialista en la obra de Borges. Pero también nos cuenta como eran los políticos y la vida de esa pisada belle époque con una prosa ágil, amena y fluida, jugando con diálogos y testimonios del protagonista, a los que suma brillante, comentarios y opiniones, y así Alifano nos pone a pensar sobre lo que significó para Argentina ser ese granero inagotable y el primer productor de carnes en el mundo.

En esa cuestión cuando grandes hombres forjaron riqueza, algunos hijos privilegiados, como Macoco, se entregaron a un lujo desenfrenado y sin límites, casi fantasioso. El autor lo muestra como un niño malcriado cuya desgracia fue precisamente la inmensa fortuna que no ganó, y dilapidó. Solo protegió a artistas, escritores y estrellas, como si no tuviera otra cuestión más que ahuyentar el aburrimiento. Modificó el destino Scott Fitzgerald a quien ayudó encargándole artículos para las revistas que él financiaba,tal vez sin leerlos. La leyenda cuenta que las fiestas de Macoco le inspiraron al escritor la atmósfera de El gran Gatsby y que él mismo le sirvió de modelo para su protagonista. La pregunta del autor parece ser ¿Y qué quedó de aquellos años?

Ahí está, la fotografía de Macoco con unos muchachos, muchachones, que tiran manteca al techo o maltratan a un hipopótamo como niños malditos . Trajeados, el cabello engominado, perfumados, sin duda, dispuestos a devorarse el mundo.

Roberto Alifano captó la atmósfera de esa fotografía, el esplendor de un instante en el que Argentina parecía tenerlo todo al alcance de la mano, gracias a un poder y una riqueza que le arrebató la clase política, los vaivenes sociales, el odio, los privilegios y la imprevisibilidad de un país que se autodestruye sin medida. Una novela imperdible que se transforma en biografía de nuestra idiosincrasia marcada por la hipocresía y el poder.

Los invito a los encuentros de lectura de los próximo tres sábados a las 10 de la mañana vía meet. Valen la pena.

Diario de Cuarentena : Arte Menor

Llegando a finales de noviembre y aunque los medios de capital digan que todo pasó, nosotros estamos en medio de todo, inclusive de restricciones. Aprovecho a releer aquello que siento que me modificó, y esta semana releí además a una mujer con la que tomo clases y que me ha mostrado su calidad. Betina González, una autora interesante, con voz clara, que sin dudas está entre mis predilectas: Betina González.

La novela ganadora del Premio Clarín de novela 2006 desarrolla un tránsito.El de una hija, que narra y decide escribir la biografía de su padre, que ha muerto . Este hombre, Fabio Gemelli,un tipo mediocre en todos los ámbitos de su vida. La narradora nos dice en un momento del libro: “Este libro (Rayuela) y el recuerdo de una escultura de mujer eran, hasta entonces, las únicas cosas verdaderas que había heredado de mi padre o, por lo menos, las que lo designaban diferente, extraño a los relatos familiares”. Y en este decir nos deja claro la historia toda: la búsqueda sobre el padre, el verdadero, no aquel que lo dicho por la familia había grabado en su memoria, para poder verlo, conocerlo aún muerto, desde ella misma. Ahora, ¿de todos los relatos oídos, cual representa a su padre? Allí radica el intento de acercamiento a lo verdadero.

Para reconstruir la biografía de un padre ausente, la narradora, Claudia, apela a fuentes directas: en este caso, a las distintas mujeres de ese hombre, tal vez buscando también saberse en el proceso.

Su madre,esposa durante más de diez años, y sus tres siguientes mujeres algunas fueron amantes: una alumna de Bellas Artes, una bailarina y una suerte de protectora.

En arte menor brilla la sutileza de lo irónico y se vuelve necesario. A Claudia, por ejemplo, se le ocurrió escribir la vida de su padre, un pequeño artista, cuando leyó en el diario la biografía de un gran artista como Berni. La narradora se pregunta en qué consiste la biografía, no lo sabe: cuáles son las reglas y los golpes de efecto : “Siempre se mencionan matrimonios, obras y descendencia en las biografías. Parece que se trata de hacer un inventario de lo que queda, de repartirlo lo mejor posible”. Maravillosa descripción del género.

Toda la novela es un ironía ambientada en la melancolía sutil de esta narradora de un conurbano bonaerense alejado de los brillos que ve en el tren que la lleva por la zona norte. Y el final, casi una epifanía de la vida, de los cruces continuos entre verdad y mentira construida con recuerdos, la narradora puede superar esa trapisonda llamada destino para poder captar lo que verdaderamente le habla de su padre. Una obra entrañable, porque de alguna manera, nos incluye.