Cómo provocar un incendio y por qué

¿Acaso no somos todos iguales? ¿Acaso no nos esforzamos todos por tener lo suficiente?

Jesse Ball

Cuando Luis Mey me recomendó leer a Jesse Ball entre otros autores, no dudé en buscar su novela y comprarla. Jesse Ball- 1978 Port Jefferson (New York, USA)- es novelista y poeta. Ha publicado novelas, volúmenes de poesía, cuentos y dibujos. Sus obras se distinguen por el uso de un estilo sobrio y han sido comparadas con las de Jorge Luis Borges e Italo Calvino. A mi juicio, comparaciones exageradas. Es un autor de calidad y prosa ágil, inteligente, si es que significa algo, y muy creativa, que es lo que más me atrajo de su novela. Lo que dice y como lo muestra, para ir envolviendo la historia en nuestro cuerpos, hasta que le pertenecemos.

Lucía Stanton es demasiado Holden Caulfield como para que una reseña esquive ese bulto, sin dudas hay una ilimitada inspiración en J.D. Salinger al crear la protagonista de la historia que narra Ball, con una voz que no podemos dejar de oír, una voz que la traiciona y todo el tiempo muestra un espíritu que prefiere ocultar. Frases como «La gente tiene muy poca agudeza hoy en día; no pueden siquiera reconocer a una persona digna cuando la tienen enfrente» o «La historia solo es gente portándose mal» se le escabullen a Lucía a lo largo de la narración. También tiene ese lado inexorable del personaje del El club de la pelea, de Chuck Palahniuk, que declara «Así es tu vida, y se consume minuto a minuto». Otra referncia que los relaciona es que existe un club secreto como semblanza, en el caso de la obra de Ball es La Sociedad del Fuego. Una vez señalados mis reparos, que son más filosóficos que reales, voy a reseñar con brevedad la trama:

Lucía Stanton es una adolescente desposeída, con una madre en el loquero, un padre muerto y una tía ácrata con la que vive y que le regala la frase que la define: «No hagas cosas de las que no te sientas orgullosa». Su bien más preciado y el que la sume en pensamientos incendiarios es un Zippo que heredó de su padre, y que le permite sobrevivir a un mundo que para ella, está perdido. Luego de ser expulsada por haberle clavado un lápiz a un compañero que le faltó el respeto, a Lucia la aceptan en un nuevo colegio en donde toma contacto con la Sociedad del Fuego, una misteriosa organización de incendiarios que quiere terminar con las desigualdades y los privilegios. La propuesta la fascina. Como lo ha perdido todo, Lucia está dispuesta a quemarlo todo. Así nos describe la historia la editorial, así de atrapante es.

No puedo dejar pasar el inicio del folleto instructivo para incendios que escribe Lucía: «Cuando tenía nueve años mi amiga y yo nos inventamos un juego. Cada una tenía una capa: capas ridículas que nos habían confeccionado en la víspera de Halloween. Qué tal, dijo ella, si las prendemos fuego y salimos corriendo y la primera en quitarse la capa pierde. En aspiraciones como esa radica la alegría del fuego: sentimos que el fuego nos pondrá a prueba».

¿Cuántas veces pensamos lo mismo? Jesse Ball le da voz a una jovencita de dieciséis años, pero también es la voz inconforme que llevamos dentro, ella descree del capital, pero amaría vivir mejor, ella dice «Ir a la escuela es horrible y aterraría a cualquiera en su sano juicio» pero amaría ser aceptada, o argumente «Odio cómo habla la mayoría de la gente. De solo escucharlos dan ganas de volverse ermitaña», sabiendo que prácticamente lo es, y no le da privilegios ni felicidad. Lucía Stanton somos todos.

No quiero dejar pasar la relevancia otorgada en la novela a los objetos, los que tiene, como el encendedor, y los que faltan, en una búsqueda constante de comprensión sobre la vida, sobre la enfermedad, la soledad y la muerte, que puede desatar en un vestido de novia una tragedia.

Jesse Ball es un escritor atractivo, su prosa ligera, eficaz, tal vez con semejanzas innegables, es sin embargo una piel que se te pega, una rápida vuelta a ideales perdidos, marcados por la sarcástica realidad a la que nos enfrentamos en la adolescencia y que se nos queda hasta la muerte. En especial si no pudimos incendiar nada.

Cómo provocar un incendio y por qué, de Jesse Ball, vale la pena. Aunque queme.

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