Basura

«Si hay basura en el infierno, el amor es el perro que vigila las puertas»

Charles Bukowski

La reseña de hoy tiene manchas, no es vana para el lector y espero que lo deje pesado y sucio como a mí. Es una nueva compilación de cuentos de Anahí Flores, recién publicada por Desde la Gente, en la que la autora decide tratar un tema controversial, que solo leí como argumento en el libro homónimo de Héctor Abad, en el que un escritor abolla sus textos y son recogidos por un vecino de un piso inferior.

En estos cuentos la literatura no es tratada como basura. Y la basura no siempre es lo que pensamos. Etimológicamente, la palabra basura proviene del latín vulgar versūra, que es la ‘acción de barrer’, que a su vez deriva del verbo verrĕre, que significa ‘barrer’ y tiene todo que ver con lo que reza el cuento del gran Tomás Downey -confieso que lo considero garante de cualquier obra, por su claridad literaria para lograr extrañeza – cuando construye una vida en la que seis hermanos toman tan a pie juntillas la frase de su madre: «Si está en el piso es basura», al punto de sopesar la idea de barrerla de sus vida, en Dos Bolsas. La antología cierra con esta gran historia, trasciende el hecho de la basura per se. Nos inquieta, cada una de las historias propone un ritmo, una cuestión que incomoda, pincha y hasta duele. ¿Somos basura? Si es así, ¿somos la basura que generamos?

Para Mariana Travacio, los Escombros del derrumbe sobre su casa son la excusa para mostrar la soledad olorosa de la protagonista, su desesperación. Máximo Chehin la turbia cotidianeidad de una pareja en la que uno de ellos acumula, se quema en cajas, Cajas en casa de amigos, que son un imaginario de una vida que no saben si seguirá compartida. Muchas miserias en cajas, un cuento imperdible.

Desechable, de Maumy González, nos lleva con cadencia a un punto donde el cuerpo, el propio, puede convertirse en basura. Mientras que Luciana Czudnowski nos sacude en arena la vida y la muerte, la inocencia y el Premio de no ver, su cuento que tiene lo ecológico como excusa para mostrar sin eufemismos una historia de vida, es breve, cinematográfico y llenos de olas marinas. Maschwitz de Martín Hain se mete fuerte en la identidad, los mandatos, la enfermedad, el cinismo, cuestiones inherentes a nuestra basura privada, y en un paquete de panadería envuelve su historia inolvidable.

Dejé para el final el cuento de la autora que seleccionó y compiló los anteriores. Junto con el cuento de Downey, es el que me interpeló. Y creo que Anahí Flores hizo un gran trabajo en la selección y en el bocado de basura que nos va dando hasta llevar a su Souvenir. Su cuento tiene todo lo que podemos pedir con medida: Distopía, realidad, nostalgia, cinismo, prolijidad, desamparo y la certeza de un futuro al que podemos llegar antes de tiempo.

Todo en Basura es irremplazable. No te lo pierdas. Siete cuentistas para conocer. Nada que barrer.

Distancia de rescate

“…el hilo finalmente suelto, como una mecha encendida en algún lugar; la plaga inmóvil a punto de irritarse.” Samanta Schweblin

La hipermodernidad nos abruma, entonces buscamos en el campo, la soja, la siembra lo que no tenemos dentro. Este libro de Schweblin que no parece ser una novela pero tampoco un cuento, es además de galardonado, un suspiro contenido de principio a fin. La prosa de la autora no deja dudas y nos va cubriendo de extrañeza los momentos cotidianos, de miedos, de muerte y también de la nada. Esa nada con la que convivimos desde que nacemos.

Dos madres, dos hijos, mucha inminencia, la distancia del campo, su horizonte y otra distancia que une a la madre con su hija; un ambiente perfecto para la tensión que nos quieren mostrar y crear. No se la puede simplificar con un cuestionamiento ecológico, la historia es humana, fundamenta cada momento en los vínculos, esos que los herbicidas no borran.
De todos modos hay lugar en la obra para la crítica, la reflexión y hasta una vuelta de tuerca hacia la toxicidad de los hijos.

Distancia de rescate pasa por lo fantasmagórico, lo inminente, lo cruel con maestría y hasta aterroriza porque se nos hace posible. Hay un quiebre en ese hilo que nos une a la naturaleza, hay un quiebre en la humanidad.

Vamos leyendo y vamos sintiendo que somos parte de ese mundo donde la muerte vecina puede ser la nuestra y nos va dejando sin aire. Samanta Schweblin es una autora que crea estilos y que propone al lector siempre una búsqueda. No hay cierres ni soluciones mágicas sino una decidida conciencia sobre la culpabilidad de las víctimas silenciosas, en un mundo que es horroroso en su propia naturaleza y en la conducta humana.

La arquitectura de la historia es perfecta, el diálogo como interlocutor constante, las palabras adecuadas, los tonos inquietantes, el acecho de lo importante que nunca se logra ver. Las preguntas nos invaden. Las respuestas no llegan.

El tópico común del monstruo interior y el exterior, que maneja Houellebecq en Sumisión o Mariana Enríquez en Nuestra parte de noche, Samanta Schweblin lo transforma para volver novedoso lo ya dicho, único otra ves, con una frescura que sorprende. Distancia de rescate es una gran historia, para leer de un tirón. Más de una vez. Es incómoda, pero nos hipnotiza. Imperdible.

Salir a la Nieve

«Es difícil entender lo que me genera la idea del cuento, pero tengo la sensación de que vivimos en un estado de alienación e incomprensión acerca de lo que nos sucede cotidianamente que nos deja desnudos ante la realidad, y eso se pone de manifiesto en las relaciones, en los vínculos, y es lo que aparece cuando escribo.»

Máximo Chehin

Este compilado de cuentos tiene la versatilidad de la vida cotidiana, que el autor mira con una levedad extraña y propia. Chehin, que además es autor de «Vista al río» y la novela «La vida interesante» fue galardonado por un jurado integrado por Luisa Valenzuela, Abelardo Castillo, Antonio Skármeta, Pablo De Santis y Daniel Divinsky, sin dudas un jurado que asegura literatura.

Salir a la Nieve es salir a un mundo donde lo incomprensible es real, ocurre y nos vemos formando parte de cuentos en los que la vida sucede. Es entonces que un juego de naipes puede ser la previa inocente de un asesinato que se logra con la paciencia; una pareja se rebela de a uno y a pesar de las alarmas de la vida, contra sus trabajos y contra todo aquello que significa la rutina proletaria, claro que como Beatles posmodernos lo hacen con la paz que las decisiones tomadas otorgan, estos héroes anti burguesía me encantaron, y es uno de mis cuentos preferidos; durante un vuelo a Barcelona es posible que la esposa de un pasajero desaparezca en el avión ¿existía esa pasajera? ¿la mente nos juega pasadas? o solo es una historia de vida más; el papel caído de un libro antiguo invita a investigar un procrastinado apocalipsis; los niños están presentes, un niño aprende el valor de la amistad en medio de la dictadura, sin comprender nada de lo que sucede y otra niña marca el destino de un hombre que puede perder su identidad vital en el juego perverso de la infancia. Nos vamos a Kosovo mientras allanan el departamento contiguo y podría seguir. Muchas interesantes historias que pueden contenernos están en la obra de Chehin.

Pero la estrella entre estos cuentos es Cosas que se caen y se rompen. un cuento que podemos describir como breve y magistral, en el que las privacidad y los vicios expuestos cambian la relación de una pareja, porque el amor a veces necesita mentirse, para seguir siendo amor. Cierro con el epílogo del cuento, que pertenece al gran Onetti: “Lo malo no está en que la vida promete cosas que nunca nos darán; lo malo es que siempre las da y deja de darlas. «

Para leer y releer.

Éste es el mar

“Algunas noches el aire recordaba el final de una matanza. Era el humo de las parillas para hamburguesas en los puestos de comida, el de los fuegos artificiales y también la persistencia de los gritos: cuando las adolescentes gritan tanto y durante tanto tiempo, el sonido queda en el aire incluso después de que ellas volvieron a sus casas y a sus habitaciones.” Mariana Enríquez

La autora es garantía de buena literatura, esta novela en la que crea una mitología propia, asociada a las estrellas de rock que mueren jóvenes y trascienden como leyenda, y que recurre a las imágenes que Enríquez y muchos de nosotros, tenemos sobre rock stars como Jim Morrison o Kurt Cobain, parece forzar la idea de que la muerte es quien transforma al arte en leyenda.

No es la primera vez que un gran escritor recurre al mundo musical rockero para crear una historia, recuerdo con placer La calle de Great Jones  de Don DeLillo cuyo personaje es un una especie de clon de Dylan, sin embargo es una de las pocas veces en que la extrañeza y lo siniestro se le suma a la ya enriquecida atmósfera de recitales, fans, y mitos musicales.

En Éste es el mar, Mariana Enríquez contornea criaturas que pueden ser Enjambre, Luminosas como Helena la protagonista, o las peligrosas Imago. Todas interfieren en las vidas humanas rockeras, asesinando fans o músicos para cumplir con la voraz necesidad de ídolos. En ésta novela lo fantástico anida en la voz alucinada de la autora para dar lugar a un extraño encantamiento. Y por qué no cierto temor si fuiste una adolescente enloquecida por un ídolo del rock. ¿Eran tuyos esos deseos apasionados? ¿o Una Enjambre te manejaba hasta enloquecer?

La prosa como siempre es impecable, la historia, para amantes del rock y sus mitos.

Diario de Cuarentena: Adiós

Último día del año. Último diario. Sigue la cuarentena brutal a la que fuimos sometidos. Nada cambió. No somos libres de transitar ni de abrazar ni de viajar ni de besar ni de reunirnos ni de gritar, pero podemos abortar, recortar ingresos a jubilados, vacunarnos con nombre ruso sin papeles, aunque nosotros debamos llenar formularios para respirar. Un año que nos dejó muerte, miedo, inseguridad, hambre, virus, totalitarismo, miseria y mucha pero mucha bronca. A fin de 2019 se oía decir que el presidente anterior era un gato negro por bajar las reservas y tener un dólar a 60 pesos, a fin de este año con el dólar llegando a 170 y sin reservas el nuevo presidente parece inmune. ¿Será posible tanta hipocresía populista? Todos lloran a Maradona, yo lloro a Pele y a Monona, al Chiri, a Evelyn, a los nonatos y tanta gente apreciada que no pude despedir.

En lo personal temblé con el virus cuando mi hijo lo tuvo y no me inmuté al tenerlo, estudié mucho, escribí mucho, me enojé mucho, fui traicionada y me publicó Clarín. La vida. Les dejo para cerrar el diario un pequeño texto propio, porque quiero que mis palabras le den fin. Deseo libertad, educación y paz, como siempre.

Una cabra le sonríe al cielo antes que yo, será que sabe que este año me está costando la sonrisa. Tanta injusticia hizo que se derrita la coraza con años construida, y entonces comienza el sacrilegio de los sueños. Cae redonda al piso la verdad ante la mugre, la paciencia ante el apuro corruptible y se demora la leyenda. Es que nos volvimos carne viva, llaga, estúpida noticia, volvimos a ser fetos a los gritos y un hilo nos ató en silencio. Morimos muchas veces en otros para nacer con Carola rosa chicle y no pudimos con el miedo. Tan mediocres, tan humanos, pedazos de carne colgados de una aplicación que nos cuida. Como reses.

Soledad Vignolo Mansur.

Diario de Cuarentena: EL segundo Yo

En mi ante último diario le doy la voz a un cuento de Walter Benjamín, un hombre complejo que trata el fin de año en forma particular. Espero lo disfruten, nos vemos por última vez mañana dentro de este espacio.

Krambacher es un muy modesto empleado, además de un señor “sin parentela”, como asegura a las propietarias de su habitación, de la que cambia cada cuatro o seis semanas. Antes ha pensado cierto tiempo dónde podría hospedarse la noche de fin de año. Pero todos los planes se han desvanecido; con el dinero que le quedaba ha ido a adquirir dos botellas de ponche. Así después de las 9 h, da comienzo su banquete solitario, siempre con la esperanza de que suene el timbre y sea alguien que quiere visitarle, que desea hacerle compañía.

Mas su esperanza queda defraudada. Poco antes de las 11 decide marcharse. Es que le ha entrado claustrofobia. Seguimos entonces sus pasos nocturnos, un tanto inquietantes por lo ligeros, a través de las calles. Se ve que ha bebido. Tal vez no camine, tal vez tan sólo sueñe que camina. Esta misma sospecha también puede tenerla pasajeramente el lector. Krarnbacher avanza a través de una calleja apartada. Una lámpara que despide una luz mortecina atrae su atención. ¿Un local ambiguo con fiesta de fin de año? ¿Por qué está tranquilo? Se aproxima y comprueba que de hecho no se trata de un local: sobre una luna opaca y encalada, de la que sale una luz lechosa, se lee en letras de madera despintada: KAISERPANORAMA.

Quiere pasar de largo, pero un papel muy sucio pegado a la luna le hace detenerse: ¡Hoy, función de gala! ¡Viaje al año viejo! Krambacher se ha quedado sorprendido; abre tímidamente aquella puerta y, no viendo a nadie, cobra valor y entra. Ahí está el Kaiserpanorama. Hay 32 sillas dispuestas en círculo. En una de ellas dormita el propietario, un viudo italiano que se llama Geronimo Cafarotti, y que al acercarse el visitante se levanta de un salto.

Gran verborrea que despliega el italiano. De sus palabras pronto se deduce que cada noche se agotan las localidades; casualmente esa noche hay menos asistencia, pese a que se trata del programa de gala; pero se ha enterado de que vendrá alguien: es decir, el justo. Mientras que invita al visitante a sentarse en un taburete ante dos mirillas, él se sienta apartado:

Aquí conocerá a alguien curioso, y verá a alguien que no se nos parece: su segundo yo. — Usted pasa la tarde reprochándose, tiene complejo de inferioridad, se siente cohibido, se reprocha no seguir bien sus impulsos. Ahora bien, ¿qué son esos impulsos? Son la presión del segundo yo sobre el picaporte de la puerta que conduce a su vida. Pero ahora sabrá por qué tiene esa puerta cerrada con llave, por qué le abruman tantas inhibiciones, por qué no puede ceder a sus impulsos.

Comienza el viaje por el viejo año. Hay 12 imágenes, y en cada una de ellas, una inscripción pequeña; y con cada una, las aclaraciones del viejo, que se desliza de una silla a otra. Las imágenes son las que ahora siguen:

El camino que quisiste tomar

La carta que quisiste escribir

El hombre que quisiste salvar

El pasaje que quisiste reservar

La mujer a la que quisiste seguir

La palabra que quisiste oír

La puerta que quisiste abrir

El traje que quisiste llevar

La pregunta que quisiste hacer

La habitación de hotel que quisiste tener

El libro que quisiste leer

La oportunidad que quisiste aprovechar

En unas se aprecia el segundo yo, y en otras solamente las situaciones en las que el primero quiso verse. Las imágenes se explican conforme se desplazan al sonido de un campanilleo para permitir visionar la siguiente, conforme se hacen sitio unas a otras apenas quedan quietas, después de presentarse temblorosas. El último campanilleo se hunde en el estruendo de las campanadas propias de Año Nuevo. Y Krambacher despierta sentado en su silla con el vaso del ponche vacío en las manos.

Diario de Cuarentena: No es sí o no.

Hoy se debate el aborto. Y me entristece ver como siempre empobrecemos los debates llevándolos a sí o no. ¿Y el cómo?

Países con muchísima historia y con mejor salud, incluyo casi toda la Unión Europea y Norteamérica entre ellos, permiten el aborto bajo pedido. ¿Esto cercena la libertad de la mujer? No. Pero protege otros derechos. Y algo que no es menor casi todos hasta la semana 12. ¿Porqué creemos tener mejores fórmulas en un país que fracasa una y otra vez?

Estoy tratando de pensar el tema como de salud pública, dejando de lado convicciones personales. Y lo que siento es que saldría una ley basada en muchos datos cuestionables, presionada, terriblemente cuestionada y que desoye a la población en pos de una minoría. Podemos tener una ley mejor.

No quiero que ninguna mujer muera. No quiero que vayan presas. Ni que peligren sus vidas. Tampoco quisiera que ninguna mujer decida sola. No concebimos solas. Me preocupa esta cuestión de demonización del hombre. Un niño se concibe de a dos, las otras opciones están contempladas por ley. Por eso en la mayoría de los países donde está legalizado es bajo pedido.

No es menor lo de la semana doce, ¿vamos a descartar los hijos que no nos gustan? Me asusta la militancia en una ley de salud. La militancia a favor, y la que está en contra. Hay que racionalizar estas cuestiones que son de estado, no de gobiernos.

No creo que porque exista una ley aborte aquel que no lo desea. Pero ¿Qué pasa con los menores que pueden hacerlo? ¿con la influencia de médicos o adultos sobre ellos? ¿Con los derechos humanos del niño? Demasiadas preguntas. Me tomé el trabajo de leer la ley que se discute. Es muy mediocre. Y cuando la vida está en juego no puede haber dudas ni mediocridad. Menos aún falsas premisas. No es por los pobres. No lo es. Hay muchas personas que se posesionan con temas como este, y me asusta la intelectualidad militante, no es una cuestión de pasiones. Es de salud, de derechos y amerita seriedad.

Soy mujer. No siento que mis hijos sean míos. No lo fueron desde su concepción. Esa es mi convicción. No abortaría nunca.

Entiendo otras posiciones, entiendo otras miradas, las respeto. No siento que ésta ley cuide los derechos del niño. No siento que ésta sea la ley para aprobar. Creo en la despenalización, me gustaría una ley que sea bajo pedido, y no por deseo personal.

Mi diario no se basa en quedar bien, sino en tener voz.

Cuando alguien desea algo debe saber que corre riesgos y por eso la vida vale la pena. Paulo Coelho

Diario de Cuarentena: Extrañeza

Los escritores habitamos la extrañeza, esa vaga sensación de que el desvío de la norma está más cerca de lo que pensamos o creemos. Y que lo cotidiano no es tan cotidiano como parece. Podemos habitarla en los textos con la naturalidad de un pez en el agua, como si las palabras nos llevaran correntosas. Pero cuando la vida se vuelve un fenómeno de extrañeza la cosa cambia.

Este año nos invadió. Nos golpeó y golpea con la fiera convicción de que su repetitivo número veinte veinte no va a olvidarse. ¿Será en la historia un año recordado por la peste, o el año en que la peste fue excusa para un nuevo orden mundial que nos impide la libertad?

Mucho dependerá de los pueblos, como siempre ha sido, porque la humanidad prevalece siempre, aunque no siempre para bien. No creo que salgamos mejores, creo que nos volvió, a la gran mayoría, depredadores de vecinos, hienas capaces de pelar a un otro que insistimos en señalar como diferente, a pesar de que siempre son espejo. Y en este trajín de un virus coronado que parece responder a la monarquía del poder, los libres quedamos aislados en una trinchera que tiene como única arma la voz. Vuelvo a pedir, antes de terminar el año, y espero que se oiga como grito. ¡No nos callemos!

Diario de Cuarentena: La Nueva Ola

Pasó la Navidad, y lejos de tener espíritu de amor o paz, fue violenta, trágica y complicada. Esto es condición de la humanidad, hace muchos años que en fechas así la gente muere sin sentido o mata sin el mínimo reparo, ahora bien, éste año se nos agrega la incoherencia de gestión y la falta de sentido común en la misma.

Se prohibieron las fiestas una semana después de permitirlas, ahora los jóvenes igual festejaron. Claro que sin protocolos y sin control, eligieron el Balneario al aire libre -es claro que son jóvenes pero no suicidas- y fueron capaces de cuidarse solos ante la imposibilidad de las autoridades de hacerlo.

Estamos según dicen frente a una nueva ola. ¿Una nueva? nunca bajaron los casos como para suponer que la primera terminó. Ni que hablar de probar nuevos modus operandi ante el estrepitoso fracaso sanitario. Cerrar, cerrar, prohibir, prohibir, cuarentena, siguen siendo las posibles medidas a tomar. Ni test ni vacunas a granel como hacen los países serios. Todo a los ponchazos, construyendo posverdades, idioteces como «operación Moscú» por un vuelo que debió ser mucho más barato y de correo comercial. Pero la idea es armar un circo para la gilada que una vez más responde con aplausos cómplices.

Yo recé mucho, porque ante la inacción política, de todos los lados de ésta inútil grieta, no me dejaron otra opción.

Diario de Cuarentena: Navidad por John McGahern.

Cuando me iba del Hogar para ir a trabajar para Moran, con el billete de tren me dieron una carta. Me advirtieron que se la entregara cerrada, y es por eso que la abrí en el tren. Le informaban que, como yo estaba bajo la custodia del Estado, si causaba problemas o si escapaba, debía comunicarse de inmediato con los guardas. La rompí, porque se me ocurrió que yo bien podría causar problemas o escapar; si me preguntaba, diría que la había perdido, pero no preguntó por ninguna carta.

Moran y su esposa me trataban bien. La comida era más sustanciosa que en el Hogar, los domingos siempre carne asada, y cuando el clima se ponía riguroso me llevaban al pueblo y me compraban botas de goma, un abrigo y una gorra con orejeras. Después del trabajo diario, cuando Moran se iba al pub, yo tenía libertad para sentarme junto al hogar mientras Mrs Moran tejía y escuchaba la radio –lo que más me gustaba eran los radioteatros– y Mrs Moran me decía que me estaba tejiendo un pulóver para Navidad. A veces me preguntaba sobre la vida en el Hogar, y cuando le contaba, ella suspiraba y decía: “Debes estar muy contento de estar con nosotros ahora”, y yo le decía que sí, lo que era cierto. Habitualmente me iba a la cama antes de que Moran volviera del pub, porque entonces ellos solían reñir y me parecía que no tenía lugar en esa parte de sus vidas.

Moran se ganaba la vida comprando a bajo precio ramas o maderas que los aserraderos no aprovechaban y cortándolas luego para vender como leña. Yo repartía la leña con un mulo viejo que Moran les había comprado a los gitanos. Cada vez que veía una fogata, el mulo chillaba, un chillido muy humano, y corría, casi la única vez que corría, a pararse tieso y feliz con los ollares metidos en el humo de la madera. Cuando Moran estaba de buen humor, le divertía mucho encender una fogata para ver la excitación del animal a la espera del humo.

No había ninguna razón para que esa vida no continuara así, pero tuvo que surgir un estúpido deseo de mi parte, que provocó un deseo más estúpido aun en Mrs Grey, y lo que pasó desde entonces me ha parecido lo habitual cuando contamos con otros para su felicidad o comoquiera que se la llame. Mrs Grey era la mejor clienta de Moran. Había venido de América y construido aquella casa enorme en la cima de Mounteagle luego de la muerte de su hijo en Italia, en un combate aéreo.

La tarde que cargamos aquel envío para Mrs Grey, el hielo de las ramas desnudas había dejado de derretirse. Ya no goteaba sobre las hojas muertas, la madera apilada en el silencio de la escarcha salvo por el ruido de algún ave en los arbustos. Moran acomodó los últimos troncos en el carro y yo le arrojé la bolsa de heno que hacía parecer la carga mucho más grande de lo que era.

–No olvides pasar por lo de Murphy por el kerosén –dijo.

–No me olvidaré.

–Seguro te dará una buena propina esta Navidad. Podríamos usar el dinero para las fiestas.

Lo usaría para llenarse el garguero.

–Mejor me pongo en marcha –dije.

–Ya será de noche cuando llegues –respondió.

El carro sacudiéndose con las raíces, el anillo frío de la brida en la mano casi pegada a los labios negros, el vapor del aliento disipándose en el aire a cada lado. Cruzamos los potreros hasta la senda que bordea el lago, las ruedas cortando dos huellas en el duro pasto blanco, el pasto aplastado cediendo ante el hierro. Abrí la tranquera. Los cascos herrados vacilaban entre los dos entresurcos que había en el camino, el viejo cuerpo bamboleándose a cada empujón de las varas cuando las ruedas pasaban de una huella a otra.

El lago estaba totalmente congelado, un espejo salpicado por manchas blancas de los arroyos, y rayos rosados de sol atravesaban los abetos de Oakport, al otro lado de la bahía.

La motosierrra volvió a arrancar en el bosque. Seguiría cortando mientras hubiera luz. “No es broma ganarse la vida, uno o dos tragos para relajarse un poco, toda esta mierda. Tal vez sería mejor quedarnos en la cama, conservar la energía, comer menos”, pero a pesar de todo lo que decía seguía comprándole ramas a McAnnish una vez que los barcos se llevaban los troncos por el río hasta el aserradero.

Até el mulo a la puerta de la capilla y fui a la tienda de Murphy.

–Quiero el kerosén de Mrs Grey.

La tienda estaba llena de hombres. Siempre los veía. Estaban sentados en el mostrador o a lo largo de las paredes, en cajones de fruta y cubos dados vuelta. Al principio solían burlarse. A mí no me parecía muy distinto de entrar a una tienda en un país extraño sin saber el idioma, pero descubrieron que podían mojarme la oreja, como decían. Me arrojaban tomates a la nuca esperando alguna reacción, pero en general dejaron de molestarme cuando vieron que no había ninguna. Si yo sentía algo por ellos, era un desprecio atemperado por el miedo: yo estaba aquí, y ellos estaban allí.

–Quieres su kerosén, ¿no? Yo sé qué kerosén le daría si tuviera tu oportunidad –dijo Joe Murphy desde su trono en el centro del mostrador, y una carcajada leal respondió desde las paredes.

–El kerosén apropiado –gritó alguien, y recibió más aplausos aun. Y cuando se apagaron, una voz dijo:

–Joe, arrójanos una naranja antes de bajar del mostrador.

Joe se estiró hasta el estante y le arrojó la naranja a uno que estaba sentado en una bolsa de cebollas españolas. Cuando el hombre se inclinó hacia adelante para tomarla, la bolsa de hilo rojo se rompió y el sujeto se desplomó pesadamente sobre las cebollas.

–¿Tienes que magullarme las cebollas con ese torpe trasero sucio? Ahora las pagarás, ¿no? –gritó Joe bajando sus gruesas piernas del mostrador.

–Todo el mundo quiere sus cebollas, últimamente –dijo el hombre, tratando de defenderse con una risa nerviosa mientras enderezaba la bolsa de hilo y se sentaba en una bolsa de naranjas.

–Ahí tienes las tuyas; ahora, págalas.

–¡Hazle pagar sus cebollas! –gritaron.

–Tú debes darle su kerosén, primero –dijo entonces Joe dirigiéndose a mí.

Tomó la lata, fue hasta el barril apoyado sobre unos bloques en el rincón y abrió la espita de cobre.

–Ahora, dale el kerosén apropiado. Es Navidad –me dijo mientras ajustaba la tapa de la lata, el lacio cabello negro cayéndole por la cara hinchada.

–¡El kerosén apropiado!

Los gritos de aprobación me siguieron hasta la puerta.

–Jamás movió un músculo, el pequeño hijo de puta. Esos chicos de asilo son todos unos inútiles –escuché con satisfacción mientras acomodaba la lata de kerosén entre los troncos del carro. En los baches del camino, el hielo reflejaba las primeras estrellas. Luces de bicicleta –era una noche de confesión– se acercaron vacilando en la oscuridad. A pesar del resplandor de sus lámparas, no pude reconocer a los ciclistas cuando pasaron a mi lado envueltos en sombras oscuras, y eso dejó al desnudo el miedo que había sentido y reprimido en la tienda. Tomé una vara y azoté al mulo renuente haciéndolo tirar del carro colina arriba tan rápido como podía.

Después de apilar los troncos en la leñera fui y llamé a la puerta de atrás para ver dónde querían que pusiera el kerosén. Abrió la puerta Mrs Grey.

–Es la última carga hasta después de Navidad –le dije mientras dejaba la lata.

–No lo he olvidado –dijo sonriendo, y me ofreció un billete de una libra.

–Prefiero no aceptarlo.

Ese fue el primer error cometido, apostar más alto.

–Debes aceptar algo. Además de la leña, nos has traído tantos mensajes del pueblo que no sabemos qué hubiéramos hecho sin ti.

–No quiero dinero.

–Entonces, ¿qué te gustaría que te dé para Navidad?

–Cualquier cosa que prefiera darme.

Me pareció que prefiera estaba bien para un chico de asilo.

–Tendré que pensarlo un poco, entonces –dijo ella mientras yo sacaba el mulo del jardín, loco de estúpida alegría.

–¿Llevaste el kerosén y los troncos sin problema? –preguntó Moran sonriendo cuando entré, atraído por el olor a comida caliente. Se había puesto ropa decente y estaba terminando su cena en la cabecera de la mesa con cansino buen humor.

–No hubo ningún problema –respondí.

–¿Llevaste el mulo al establo? ¿Le diste de comer?

–Le di avena.

–Apuesto a que Mrs Grey estaba satisfecha.

–Parecía satisfecha.

Prácticamente estiró la mano.

–¿Sacaste algo bueno de eso, entonces?

–No.

–¿Quieres decir que no te dio nada?

–No esta noche, pero tal vez lo haga antes de Navidad.

–Tal vez, pero ella siempre dio una libra con la última carga antes de las fiestas –dijo con suspicacia. Su anterior buen humor desapareció.

Tomó su gorra y su abrigo para ir a beber uno o dos tragos a fin de relajarse un poco.

–Si hay alguna crisis internacional en las próximas horas, sabes dónde encontrarme –le dijo al irse a Mrs Moran.

Mrs Grey apareció en Nochebuena con una caja grande. Llevaba puesto un abrigo de piel y olía a perfume y gin.

Rechazó una silla diciendo que tenía prisa y me pidió que quitara el moño y el papel rojos.

Dentro de la caja había un avión de juguete. Estaba pintado de blanco y azul. Las ruedas olían a goma nueva.

–¿Por qué no le das cuerda?

Miré la cara estúpidamente sonriente, los ojos al borde de las lágrimas.

–Dale cuerda para Mrs Grey.

Escuché la voz de Moran.

Yo no podía hacer nada. Moran tomó el juguete de mi mano y le dio cuerda. Una luz se prendía y se apagaba en la cola y las hélices giraban mientras avanzaba por el cemento.

–Oh, no debió molestarse tanto. Esto es demasiado… –dijo Moran con tono político.

–Me pareció que estaría bien, ya que no aceptó el dinero. A mi pobre hijo nada le gustaba tanto como los aviones de modelismo para Navidad.

Estaba otra vez a punto de llorar.

–Todos lamentamos todavía esa tragedia –dijo Moran–. Gracias por tan bonito regalo, Mrs Grey. Es precioso.

No pude contener más la rabia.

–A mí me parece inútil –dije, y me puse a llorar.

Luego, sólo tengo un vago recuerdo de la voz de Moran acompañándola hasta la puerta con excusas y disculpas.

–Debí haber sabido que no se puede confiar en un jovencito de asilo –dijo Moran cuando volvió–. No sólo me dejaste sin la libra sino que encima insultaste a la mujer y su hijo muerto. Vas a volver bien rápido al lugar del que viniste.

Moran movió el avión con la bota como si quisiera patearlo, pero no se animó por respeto al dinero que había costado.

–Bien, tendrás un buen vuelo en él esta Navidad –dijo.

La campana de las dos llamó a la misa de gallo, y mientras Moran se apuraba al pub para beber unos tragos antes de ir, Mrs Moran comenzó a abrir las cortinas y a encender una vela en cada ventana. Más tarde, camino a la iglesia, ardían velas en las ventanas de todas las casas, y la iglesia resplandecía de luz. Me avergonzaba de aquella mujer vieja, temí que me identificaran con ella cuando avanzamos entre los bancos repletos hasta el centro de la nave, donde un portero nos indicó un asiento en la capilla lateral de las mujeres. Envuelto en el olor de la cera quemada, las flores y la piedra húmeda, saqué el rosario marrón y el misal negro con la cruz dorada en la tapa que me habían dado en el Hogar y empecé a prepararme para las horas de aburrimiento que significaba la misa de gallo. No fue así.

Un policía ebrio, el guardia Mullins, había pasado sin que lo notaran los porteros de la entrada y se había metido en la capilla lateral de las mujeres. Al comenzar la misa, empezó a decirle a la esposa del maestro lo muy dispuesto al manoseo que estaba su trasero cuando trabajaba en el bar, antes de adoptar ese aire de respetabilidad.

–Y ahora, oh Dios, un jardín digno de un premio no atraería una mirada, al lado de su grandeza.

Los guardias consultaron rápidamente si echarlo o no y decidieron que probablemente causaría menos escándalo dejarlo como estaba. Mullins se calmó y cayó en un sopor ebrio hasta que el monseñor subió al púlpito para iniciar su hora anual de la época de paz y buenas nuevas.

–En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo –comenzó a decir–. En esta Navidad, mis amados hijos en Cristo, quisiera…

Entonces Mullins se despertó para aplaudir, con un vigoroso: “¡Escuchen! ¡Escuchen! No podría estar más de acuerdo. Usted es un hombre con el que me identifico. ¡Abajo los hipócritas!”.

El monseñor miró hacia el policía y luego hacia los porteros, pero como fue saludado por otro: “¡Escuchen! ¡Escuchen!”, cerró sus notas y con voz agria les deseó a todos una feliz Navidad, bajando enojado del púlpito para concluir la misa de gallo más corta que la iglesia jamás había visto. Pero allí no terminó la diversión. Cuando los comulgantes volvían de las barandillas, Mullins señaló al recaudador de impuestos, que caminaba por el pasillo con la cabeza gacha y las manos rígidamente unidas, y gritó: “¡Ese es el hipócrita más grande de la parroquia!”, lo que deleitó a casi todo el mundo.

Al pasar frente a las velas de las ventanas, pensé en Mullins como mi amigo y por primera vez me sentí orgulloso de ser un pupilo del Estado. Evité a Moran y su esposa, y desde el ático escuché con regocijo cómo lo criticaban. Cuando las voces se apagaron, bajé silenciosamente para tomar una caja de fósforos y el avión e ir al establo del mulo. Hice una pila de paja seca, y cuando la encendí y comenzó a echar humo, el mulo se puso a lanzar su chillido humano hasta que lo desaté y pudo meter sus ollares en él. A la luz de la paja ardiente, puse el juguete azul y blanco contra la pared y empecé a patearlo. Cada patada que le daba me inyectaba una nueva en la sangre. Hicieron falta pocas patadas para reducir un juguete tan bonito a algo informe y, entonces, con las últimas llamas de la paja, lo aplasté contra el suelo del establo, el mulo hocicándome ya para que pusiese más paja en el fuego moribundo.

Cuando me calmé, estaba contento de haber roto en el tren la carta sin abrir que debía haberle entregado a Moran. Sentía que una nueva vida ya había comenzado a nacer de las cenizas, sin la estupidez de los deseos humanos.