Diario de Cuarentena: Navidad por John McGahern.

Diario de Cuarentena: Navidad por John McGahern.

Cuando me iba del Hogar para ir a trabajar para Moran, con el billete de tren me dieron una carta. Me advirtieron que se la entregara cerrada, y es por eso que la abrí en el tren. Le informaban que, como yo estaba bajo la custodia del Estado, si causaba problemas o si escapaba, debía comunicarse de inmediato con los guardas. La rompí, porque se me ocurrió que yo bien podría causar problemas o escapar; si me preguntaba, diría que la había perdido, pero no preguntó por ninguna carta.

Moran y su esposa me trataban bien. La comida era más sustanciosa que en el Hogar, los domingos siempre carne asada, y cuando el clima se ponía riguroso me llevaban al pueblo y me compraban botas de goma, un abrigo y una gorra con orejeras. Después del trabajo diario, cuando Moran se iba al pub, yo tenía libertad para sentarme junto al hogar mientras Mrs Moran tejía y escuchaba la radio –lo que más me gustaba eran los radioteatros– y Mrs Moran me decía que me estaba tejiendo un pulóver para Navidad. A veces me preguntaba sobre la vida en el Hogar, y cuando le contaba, ella suspiraba y decía: “Debes estar muy contento de estar con nosotros ahora”, y yo le decía que sí, lo que era cierto. Habitualmente me iba a la cama antes de que Moran volviera del pub, porque entonces ellos solían reñir y me parecía que no tenía lugar en esa parte de sus vidas.

Moran se ganaba la vida comprando a bajo precio ramas o maderas que los aserraderos no aprovechaban y cortándolas luego para vender como leña. Yo repartía la leña con un mulo viejo que Moran les había comprado a los gitanos. Cada vez que veía una fogata, el mulo chillaba, un chillido muy humano, y corría, casi la única vez que corría, a pararse tieso y feliz con los ollares metidos en el humo de la madera. Cuando Moran estaba de buen humor, le divertía mucho encender una fogata para ver la excitación del animal a la espera del humo.

No había ninguna razón para que esa vida no continuara así, pero tuvo que surgir un estúpido deseo de mi parte, que provocó un deseo más estúpido aun en Mrs Grey, y lo que pasó desde entonces me ha parecido lo habitual cuando contamos con otros para su felicidad o comoquiera que se la llame. Mrs Grey era la mejor clienta de Moran. Había venido de América y construido aquella casa enorme en la cima de Mounteagle luego de la muerte de su hijo en Italia, en un combate aéreo.

La tarde que cargamos aquel envío para Mrs Grey, el hielo de las ramas desnudas había dejado de derretirse. Ya no goteaba sobre las hojas muertas, la madera apilada en el silencio de la escarcha salvo por el ruido de algún ave en los arbustos. Moran acomodó los últimos troncos en el carro y yo le arrojé la bolsa de heno que hacía parecer la carga mucho más grande de lo que era.

–No olvides pasar por lo de Murphy por el kerosén –dijo.

–No me olvidaré.

–Seguro te dará una buena propina esta Navidad. Podríamos usar el dinero para las fiestas.

Lo usaría para llenarse el garguero.

–Mejor me pongo en marcha –dije.

–Ya será de noche cuando llegues –respondió.

El carro sacudiéndose con las raíces, el anillo frío de la brida en la mano casi pegada a los labios negros, el vapor del aliento disipándose en el aire a cada lado. Cruzamos los potreros hasta la senda que bordea el lago, las ruedas cortando dos huellas en el duro pasto blanco, el pasto aplastado cediendo ante el hierro. Abrí la tranquera. Los cascos herrados vacilaban entre los dos entresurcos que había en el camino, el viejo cuerpo bamboleándose a cada empujón de las varas cuando las ruedas pasaban de una huella a otra.

El lago estaba totalmente congelado, un espejo salpicado por manchas blancas de los arroyos, y rayos rosados de sol atravesaban los abetos de Oakport, al otro lado de la bahía.

La motosierrra volvió a arrancar en el bosque. Seguiría cortando mientras hubiera luz. “No es broma ganarse la vida, uno o dos tragos para relajarse un poco, toda esta mierda. Tal vez sería mejor quedarnos en la cama, conservar la energía, comer menos”, pero a pesar de todo lo que decía seguía comprándole ramas a McAnnish una vez que los barcos se llevaban los troncos por el río hasta el aserradero.

Até el mulo a la puerta de la capilla y fui a la tienda de Murphy.

–Quiero el kerosén de Mrs Grey.

La tienda estaba llena de hombres. Siempre los veía. Estaban sentados en el mostrador o a lo largo de las paredes, en cajones de fruta y cubos dados vuelta. Al principio solían burlarse. A mí no me parecía muy distinto de entrar a una tienda en un país extraño sin saber el idioma, pero descubrieron que podían mojarme la oreja, como decían. Me arrojaban tomates a la nuca esperando alguna reacción, pero en general dejaron de molestarme cuando vieron que no había ninguna. Si yo sentía algo por ellos, era un desprecio atemperado por el miedo: yo estaba aquí, y ellos estaban allí.

–Quieres su kerosén, ¿no? Yo sé qué kerosén le daría si tuviera tu oportunidad –dijo Joe Murphy desde su trono en el centro del mostrador, y una carcajada leal respondió desde las paredes.

–El kerosén apropiado –gritó alguien, y recibió más aplausos aun. Y cuando se apagaron, una voz dijo:

–Joe, arrójanos una naranja antes de bajar del mostrador.

Joe se estiró hasta el estante y le arrojó la naranja a uno que estaba sentado en una bolsa de cebollas españolas. Cuando el hombre se inclinó hacia adelante para tomarla, la bolsa de hilo rojo se rompió y el sujeto se desplomó pesadamente sobre las cebollas.

–¿Tienes que magullarme las cebollas con ese torpe trasero sucio? Ahora las pagarás, ¿no? –gritó Joe bajando sus gruesas piernas del mostrador.

–Todo el mundo quiere sus cebollas, últimamente –dijo el hombre, tratando de defenderse con una risa nerviosa mientras enderezaba la bolsa de hilo y se sentaba en una bolsa de naranjas.

–Ahí tienes las tuyas; ahora, págalas.

–¡Hazle pagar sus cebollas! –gritaron.

–Tú debes darle su kerosén, primero –dijo entonces Joe dirigiéndose a mí.

Tomó la lata, fue hasta el barril apoyado sobre unos bloques en el rincón y abrió la espita de cobre.

–Ahora, dale el kerosén apropiado. Es Navidad –me dijo mientras ajustaba la tapa de la lata, el lacio cabello negro cayéndole por la cara hinchada.

–¡El kerosén apropiado!

Los gritos de aprobación me siguieron hasta la puerta.

–Jamás movió un músculo, el pequeño hijo de puta. Esos chicos de asilo son todos unos inútiles –escuché con satisfacción mientras acomodaba la lata de kerosén entre los troncos del carro. En los baches del camino, el hielo reflejaba las primeras estrellas. Luces de bicicleta –era una noche de confesión– se acercaron vacilando en la oscuridad. A pesar del resplandor de sus lámparas, no pude reconocer a los ciclistas cuando pasaron a mi lado envueltos en sombras oscuras, y eso dejó al desnudo el miedo que había sentido y reprimido en la tienda. Tomé una vara y azoté al mulo renuente haciéndolo tirar del carro colina arriba tan rápido como podía.

Después de apilar los troncos en la leñera fui y llamé a la puerta de atrás para ver dónde querían que pusiera el kerosén. Abrió la puerta Mrs Grey.

–Es la última carga hasta después de Navidad –le dije mientras dejaba la lata.

–No lo he olvidado –dijo sonriendo, y me ofreció un billete de una libra.

–Prefiero no aceptarlo.

Ese fue el primer error cometido, apostar más alto.

–Debes aceptar algo. Además de la leña, nos has traído tantos mensajes del pueblo que no sabemos qué hubiéramos hecho sin ti.

–No quiero dinero.

–Entonces, ¿qué te gustaría que te dé para Navidad?

–Cualquier cosa que prefiera darme.

Me pareció que prefiera estaba bien para un chico de asilo.

–Tendré que pensarlo un poco, entonces –dijo ella mientras yo sacaba el mulo del jardín, loco de estúpida alegría.

–¿Llevaste el kerosén y los troncos sin problema? –preguntó Moran sonriendo cuando entré, atraído por el olor a comida caliente. Se había puesto ropa decente y estaba terminando su cena en la cabecera de la mesa con cansino buen humor.

–No hubo ningún problema –respondí.

–¿Llevaste el mulo al establo? ¿Le diste de comer?

–Le di avena.

–Apuesto a que Mrs Grey estaba satisfecha.

–Parecía satisfecha.

Prácticamente estiró la mano.

–¿Sacaste algo bueno de eso, entonces?

–No.

–¿Quieres decir que no te dio nada?

–No esta noche, pero tal vez lo haga antes de Navidad.

–Tal vez, pero ella siempre dio una libra con la última carga antes de las fiestas –dijo con suspicacia. Su anterior buen humor desapareció.

Tomó su gorra y su abrigo para ir a beber uno o dos tragos a fin de relajarse un poco.

–Si hay alguna crisis internacional en las próximas horas, sabes dónde encontrarme –le dijo al irse a Mrs Moran.

Mrs Grey apareció en Nochebuena con una caja grande. Llevaba puesto un abrigo de piel y olía a perfume y gin.

Rechazó una silla diciendo que tenía prisa y me pidió que quitara el moño y el papel rojos.

Dentro de la caja había un avión de juguete. Estaba pintado de blanco y azul. Las ruedas olían a goma nueva.

–¿Por qué no le das cuerda?

Miré la cara estúpidamente sonriente, los ojos al borde de las lágrimas.

–Dale cuerda para Mrs Grey.

Escuché la voz de Moran.

Yo no podía hacer nada. Moran tomó el juguete de mi mano y le dio cuerda. Una luz se prendía y se apagaba en la cola y las hélices giraban mientras avanzaba por el cemento.

–Oh, no debió molestarse tanto. Esto es demasiado… –dijo Moran con tono político.

–Me pareció que estaría bien, ya que no aceptó el dinero. A mi pobre hijo nada le gustaba tanto como los aviones de modelismo para Navidad.

Estaba otra vez a punto de llorar.

–Todos lamentamos todavía esa tragedia –dijo Moran–. Gracias por tan bonito regalo, Mrs Grey. Es precioso.

No pude contener más la rabia.

–A mí me parece inútil –dije, y me puse a llorar.

Luego, sólo tengo un vago recuerdo de la voz de Moran acompañándola hasta la puerta con excusas y disculpas.

–Debí haber sabido que no se puede confiar en un jovencito de asilo –dijo Moran cuando volvió–. No sólo me dejaste sin la libra sino que encima insultaste a la mujer y su hijo muerto. Vas a volver bien rápido al lugar del que viniste.

Moran movió el avión con la bota como si quisiera patearlo, pero no se animó por respeto al dinero que había costado.

–Bien, tendrás un buen vuelo en él esta Navidad –dijo.

La campana de las dos llamó a la misa de gallo, y mientras Moran se apuraba al pub para beber unos tragos antes de ir, Mrs Moran comenzó a abrir las cortinas y a encender una vela en cada ventana. Más tarde, camino a la iglesia, ardían velas en las ventanas de todas las casas, y la iglesia resplandecía de luz. Me avergonzaba de aquella mujer vieja, temí que me identificaran con ella cuando avanzamos entre los bancos repletos hasta el centro de la nave, donde un portero nos indicó un asiento en la capilla lateral de las mujeres. Envuelto en el olor de la cera quemada, las flores y la piedra húmeda, saqué el rosario marrón y el misal negro con la cruz dorada en la tapa que me habían dado en el Hogar y empecé a prepararme para las horas de aburrimiento que significaba la misa de gallo. No fue así.

Un policía ebrio, el guardia Mullins, había pasado sin que lo notaran los porteros de la entrada y se había metido en la capilla lateral de las mujeres. Al comenzar la misa, empezó a decirle a la esposa del maestro lo muy dispuesto al manoseo que estaba su trasero cuando trabajaba en el bar, antes de adoptar ese aire de respetabilidad.

–Y ahora, oh Dios, un jardín digno de un premio no atraería una mirada, al lado de su grandeza.

Los guardias consultaron rápidamente si echarlo o no y decidieron que probablemente causaría menos escándalo dejarlo como estaba. Mullins se calmó y cayó en un sopor ebrio hasta que el monseñor subió al púlpito para iniciar su hora anual de la época de paz y buenas nuevas.

–En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo –comenzó a decir–. En esta Navidad, mis amados hijos en Cristo, quisiera…

Entonces Mullins se despertó para aplaudir, con un vigoroso: “¡Escuchen! ¡Escuchen! No podría estar más de acuerdo. Usted es un hombre con el que me identifico. ¡Abajo los hipócritas!”.

El monseñor miró hacia el policía y luego hacia los porteros, pero como fue saludado por otro: “¡Escuchen! ¡Escuchen!”, cerró sus notas y con voz agria les deseó a todos una feliz Navidad, bajando enojado del púlpito para concluir la misa de gallo más corta que la iglesia jamás había visto. Pero allí no terminó la diversión. Cuando los comulgantes volvían de las barandillas, Mullins señaló al recaudador de impuestos, que caminaba por el pasillo con la cabeza gacha y las manos rígidamente unidas, y gritó: “¡Ese es el hipócrita más grande de la parroquia!”, lo que deleitó a casi todo el mundo.

Al pasar frente a las velas de las ventanas, pensé en Mullins como mi amigo y por primera vez me sentí orgulloso de ser un pupilo del Estado. Evité a Moran y su esposa, y desde el ático escuché con regocijo cómo lo criticaban. Cuando las voces se apagaron, bajé silenciosamente para tomar una caja de fósforos y el avión e ir al establo del mulo. Hice una pila de paja seca, y cuando la encendí y comenzó a echar humo, el mulo se puso a lanzar su chillido humano hasta que lo desaté y pudo meter sus ollares en él. A la luz de la paja ardiente, puse el juguete azul y blanco contra la pared y empecé a patearlo. Cada patada que le daba me inyectaba una nueva en la sangre. Hicieron falta pocas patadas para reducir un juguete tan bonito a algo informe y, entonces, con las últimas llamas de la paja, lo aplasté contra el suelo del establo, el mulo hocicándome ya para que pusiese más paja en el fuego moribundo.

Cuando me calmé, estaba contento de haber roto en el tren la carta sin abrir que debía haberle entregado a Moran. Sentía que una nueva vida ya había comenzado a nacer de las cenizas, sin la estupidez de los deseos humanos.

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