Casas Vacías

Se hablaba de sangre, de asesinatos, de cifras, pero nadie hablaba de nosotras. Nuestros hijos desaparecían al doble, una vez físicamente, otra, con la indolencia de los demás.

Brenda Navarro, Casas Vacías

La primera novela de esta joven autora mexicana, tiene la fuerza necesaria para provocar la lectura de muchos otros textos suyos. Se atreve a temas terribles y a la vez entrañables en su país y en el nuestro, como los desaparecidos, el autismo, la maternidad, las madres dolientes. Y no lo hace con eufemismos, ni cae en pretensiones, es una proclama literaria que nos vuelve parte del dolor y el desamor, los mandatos y la trasgresión inesperada, el agotamiento materno y la búsqueda equivocada. Muchas madres forman parte de la historia, todas únicas, todas terribles. Todas madres.

Una madre pierde a un hijo autista en un parque por textear a su amante. La desesperación y el rencor la carcomen pero la autora no nos cuenta como sigue su vida más allá de un tiempo. ¿Se perdona? ¿lo perdona? ¿es capaz de vivir?

Otra madre roba a un hijo ajeno de un parque sin saber su condición y lo obliga a ser un hijo en el desamor, en la miseria humana, en la violencia per se. ¿ Por qué no devuelve ese niño con fallas? ¿lo ama? ¿lo usa? ¿ es capaz de sentir esa mujer?

Daniel, un niño autista de tres años, se transforma en el nombre de miles de desaparecidos. Daniel, que lloró y no fue oído, o no pudo demostrar que lo robaban, por su incapacidad de expresión es también un símbolo. Leonel, el niño elegido, de mirada azul y lejana, fue parido a los tres años bajo una sombrilla roja. Un mismo cuerpo para dos vidas, pequeñas, mezquinas, con madres patológicas -acaso hay otro tipo de madre-es el objeto de amor de una autora que descose la realidad de su tierra y de latinoamérica toda. Y no es casual que no pueda expresarse, no es casual que no se hable de su historia, que nadie lo busque realmente, que nadie se haga cargo de la madre apropiadora, de la que lo abandona ni de él.

El silencio abrumador de este niño es grito en la lengua de Navarro, que nos embiste con la verdad escondida, esa que barremos para no saber, para no vernos, para callar.

“Ya nos dirán, cuando vuelvan, lo que ha sido para ellos”, dice una desmadrada sobre su hijo desaparecido en un grupo.

El problema es la espera.

Lo terrible es quién vuelve.

O peor aún, la ausencia sin retorno.

Una autora que vamos a leer mucho, porque tiene mucho para narrar.

Marea Turbia en Letralia

https://letralia.com/letras/narrativaletralia/2022/07/30/marea-turbia/

TEXTOS DE NARRATIVA

Marea turbia

Soledad Vignolo sábado 30 de julio de 2022

La noche de la tormenta Ismael pensó que así era su vida: abrumada, enloquecida por los rayos y la niebla. Mientras caminaba hacia el puerto, por su cabeza pasaban muchas justificaciones: que no podía hacer otra cosa, que debía pescar, que era su sustento, que por eso dejó a las chicas cada cual en su camita, como dos barquitos pequeños destartalados en su marea turbia. Esa frase era de la novela que había terminado hacía unos días, antes de que llegaran, antes de que todo se moviera de lugar, y le pareció escrita para ese momento.

A medida que se acercaba a la costa, lo acontecido tomaba otro espesor, cada paso castigado por el viento anunciaba lo terrible. Y lo terrible era la repetición continua de esas noches alucinadas de silencio. No podía asumir aún el cambio en su vida. Las chicas habían llegado para quedarse, pálidos bocetos del pasado. No tenían dónde ir, por eso las aceptó.

Ismael pescaba la vida de la misma forma en que transcurría su trabajo en el mar: sin suerte. A veces enrollada en anzuelos y las menos, con buena cosecha. Le pesaban los pasos para llegar al puerto, más de la cuenta. No le gustaban las pisadas rítmicas; ese eco en la madrugada con el que su propio cuerpo hacía camino, lo obligaba a pensar. Y él sabía que la pensadera traicionaba. Por eso comenzó a silbar. Fuerte, un silbido que era lamento, grito, ruego. El aire entraba para aclarar la garganta y las sienes, y al soplarlo cambiaba de temperatura y chocaba con la niebla húmeda. Las canciones que su padre silbaba eran las primeras que se sorprendía regalando al viento, casi todas viejas chanzonetas tristes. Luego la cabeza se le volvía oleada y su hermana, la familia y las chicas en sus camas se revolvían saladas entre la arena familiar. Se detuvo en el hueco que su chiflo le hacía a la noche. Y se sintió parte de ese momento, su sombra encorvada, el vacío, ese aire soplado para no asfixiarse, la búsqueda desesperada. Por eso el mar. Por eso Ismael era mar.

No lo abrazaron. No las abrazó. No había lazo posible.

Ellas habían llegado en silencio, con ojeras, apenas abrigadas y sin maletas. La cara de una raspada, con costra. La otra llevaba un yeso firmado en el brazo. No lo abrazaron. No las abrazó. No había lazo posible. Ismael sabía esperar lo justo, no se iba en deseos. Las dos se sentaron sobre el sillón negro del estar y lo miraron fijo. Les acercó comida. Comieron. Les dio agua y la bebieron de a sorbos, cuidándola. La más pequeña buscó el baño con la mirada, Ismael se lo señaló. Y al volver tomó la mano de su hermana y caminaron hasta el cuarto. Se acostaron quebradas, inconclusas. Ismael las observó y partió sin saludar.

Ahora ese hueco habitaba su pecho, el mismo que le hizo lugar al silbido del crepúsculo. Era un vacío ajeno, capaz de denunciar una verdad. Llegó al puerto, se alzó a la proa y comenzó mecánico su labor de leva. Del otro lado lo ayudaba un hombre de dársena, el de siempre. Una vez en mar abierto soltó un suspiro gutural. De esos que retumban y mueven olas y con las olas mueven cimientos y placas que llevan años quietas. Su compañero lo miró. Él no. No quería contar. A medida que la noche se volvía mañana los peces formaban pilas en la cubierta del barco viejo. Uno sobre otro, tratando de no morir. Pensó si así se habría sentido su hermana al accidentarse, pensó en un auto revolviéndose en la cinta asfáltica húmeda, en frenadas, en gritos, en sangre, en las chicas quietas en sus camas. Volvió a mirar la pila de pescados, seguían abriendo sus bocas en busca de agua, de sal, de vida. Tiró las redes por última vez cerca de las diez de la mañana. Y sintió que debía volver.

El sol le pegaba directo en la cara, calentaba su cuerpo, por eso el hueco perdía consistencia y alivianaba el suspiro constante de Ismael al caminar la vuelta a casa. La vida le pasó por delante. Susana recién nacida, una hermana. Los juegos, la infancia compartida, cumpleaños, padres, amores, encierros, veinte años sin verse. Susana en España, dos hijas, dice que se vuelve, con mamá y papá muertos. A qué viene, si ya es tarde. Ezeiza, el llamado, no puedo buscarte le dijo, alquilate un auto. Te espero en Bahía, yo trabajo. Llegando, decía el mensaje. Y entonces todo un viento arrasó la rutina: la policía en la puerta, la jueza, la firma y ellas entre la vida y la muerte. Se salvaron sus sobrinas, dijo el médico. Un respiro. Uno solo porque detrás agregó: es el pariente más cercano, debe hacerse cargo.

Llegaron y las dejó cada cual en su camita, como dos barquitos destartalados en su marea turbia, marea de vidas a cuidar, sin instrucciones para hacerlo.

Esa mañana Ismael volvió a su casa cuidando el aire. Se le antojó eterno el camino de siempre, como si hubiera cambiado. El hueco seguía allí, cada vez más cerrado. Era suyo. Lo iba a necesitar para poder seguir, para meterse y respirar en él cuando la multitud agobie. Silbó suave, acurrucado en su corriente triste. La tormenta, en ceremonia, le cedía paso al sol.

Soledad Vignolo

Escritora argentina (Junín, 1963). Ha publicado los libros Ángulos (Hespérides, 2000), Sandalias santas (De los Cuatro Vientos, 2012) y Una más una (Rama Negra, 2017). Premio OEI Atelier Poético 2022, mención Osvaldo Soriano 2021. Coordina talleres de escritura en la Universidad Nacional del Noroeste de la Provincia de Buenos Aires (Unnoba).

Pequeña flor

José y Laura son los protagonistas de esta historia escrita de un tirón -en un solo párrafo- y que nos permite leerla de corrido, es breve, fantástica y tuerce el destino más de una vez.

José pierde su empleo y Laura vuelve a uno que no desea, tienen una hija Antonia, que queda al cuidado del padre. La construcción amorosa de esa relación me hizo pensar en la novela todo el tiempo en la sublimación del yo. En sublimar deseos, monstruos, pormenores, hasta mandatos. Cuando en las últimas páginas Havilio escribe la palabra, todo adquiere para mí, el sentido contrario.

El autor asesina y ve resucitar a su vecino, cree tener poderes, cree habérselos trasmitido a su hija, supone y proyecta en un juego maravilloso con el lenguaje y los hechos. Es de una construcción tan arriesgada como la historia. Lo cotidiano nos va contando locuras, pasiones, excesos y también el día a día de un matrimonio más.

Sin dudas es un gran relato, con las ambigüedades de la época y con la fuerza retórica de un buen escritor. No creo que el final abierto aporte a la obra, sin embargo reconozco el vértigo que logra en tan pocas páginas.

Recomiendo su lectura, y la búsqueda de Iosi Havilio, autor de Opendoor, Estocolmo y otros buenos libros que he leído y seguramente reseñaré.

Les dejo un párrafo:

No recuerdo bien cuál fue el disco que produjo el clic generándome un irresistible impulso de volver a escuchar. Es probable que haya sido uno de Manal. O las rapsodias de Liszt. El efecto fue inmediato, como un pase de magia. ¡Ahí estaba todo! En esos discos marginados dormía mi potencia. Gracias a la música, de la desidia pasé a la acción, de la depresión a la esperanza, al empleo ideal del tiempo. 

Salvatierra

«…captar en pocos trazos lo que amaba, como si todo estuviera vivo.»

Salvatierra, de Pedro Mairal

Reseñar esta novela tan renombrada y traducida es un desafío. Primero porque estoy participando de un ciclo de lectura en donde la analizaremos y haremos un encuentro con el propio Mairal y quiero escribirla antes de verme influida por mis colegas o por el autor.

Cuando comencé a leerla sentí que Bolaño estaba en el texto, su interminable 2666 y que Salvatierra era uno de sus personajes. Luego fue migrando a la voz de Mairal, o a la que supongo tiene, ya que es la primera novela que leo del autor. Una novela breve diría, y ágil, que me dejo con un sabor diverso. Por un lado siento que Mairal puede mostrarnos la presencia del río Uruguay con solvencia en la obra, lo retrata como su personaje hace con la vida transitada en una tela. Esta novela tiene una idea espectacular, un pintor que pinta su mundo en un lienzo interminable, construyendo una biografía propia en colores y ensueños transcriptos a los rollos que guarda dentro de un húmedo galpón. Dos hijos, y la muerte que viene a mostrar todo, a dejar al descubierto los bemoles de la relación familiar. No se si eran necesarias las amantes, el medio hermano y las cuestiones del otro lado de la orilla, tampoco me volvieron loca las peripecias del vecino mafioso y el galpón.

La novela pasaba por lo otro.

Por el infinito de una vida pintada sin pensar en reconocimiento, por la creencia de Salvatierra en el proceso más que en la obra, para recordársela a él mismo la recreaba en esas telas de camión.

¿Qué buscaba este hijo en esa la obra de su padre mudo, uno al que creía conocer? ¿ Qué buscamos los hijos en los padres? ¿Por qué Mairal creyó que no bastaba con esa sola cuestión?

Salvatierra es una novela bien escrita, de lectura rápida y con preguntas por resolver. Tal vez el autor nos quería dejar la duda de su propia obra y no la de Salvatierra clavada como espina. Espero tus comentarios, si es que esta reseña te invita a leerla.

Tierra Fresca de su tumba

“¿Era caliente el líquido viscoso que te dejaron ahí? (…) ¿Era un líquido como la clara de un huevo?”

Giovanna Rivero

¡Qué maravilloso libro!

Reseñar estos cuentos fantásticos, oscuros, terrosos y llenos de profundos encuentros de locura y naturaleza, raíces y miedos ancestrales, niñas y mujeres que exploran los bordes con una riqueza poética sublime, estepas, osos, buitres, ojos, manos, labios, frotaciones, sexo y dolor, familia y secretos, estupendas alucinaciones donde la etnia y el desgarro son lluvia constante, que a medida que leemos nos embebe en frustraciones, pasiones, arraigos, silencios extremos, enfermedad es un reto deseado. Rivero hace semejantes paisajes sociales con la maestría que caracteriza a esta boliviana, y nos enseña que está bien trasgredir cánones si lo hacemos con buena literatura.

Su estilo no puede definirse, en sus páginas sobrevuelan Rulfo, Quiroga y lo mejor de Lovecraft sin pudor. Qué alegría produce que esta escritora voluptuosa y creativa sea latinoamericana.

Giovanna Rivero se aventura con pastores y súbditos pecadores, la hipocresía está presente y sin dejar de mirar el entorno, porque lo colonial está y es clara la postura y la crítica, pero ella se zambulle en esas historias personales que abarcan la humanidad. Los locos, los desahuciados, los parias y los niños tienen voces temibles, roza lo gótico sin elegirlo, porque no hay encasillamiento en su poética alucinada, es a pesar de nosotros, de nuestras etiquetas, de nuestros ascos y de nuestro espantoso pudor.

Tierra fresca de su tumba es literatura, y de la buena. De esa que no queremos dejar de leer. Todos sus cuentos son muy buenos, si debo elegir uno, Socorro es, a mi juicio, el más logrado, tanto dolor y tanta ausencia en esos secretos prohibidos, esos gritos en pechos inflamados, habitados por lo no dicho. Truculento, con tantas capas que nos cuesta creer, el relato nos deja exhaustos y conmovidos.

Hermano ciervo también es impresionante, su estela que une puntos de américa que parecen extremos, y que sin embargo padecen iguales. Los seis cuentos valen la pena, no importa si van a lo weird o al slipstream, si son góticos o fantásticos. Son buenos.

Corran a comprarlo, pídanlo prestado o róbenlo por un día, pero no dejen de leerlo.

EL VIENTO QUE ARRASA

“El miedo seguía ahí como una comadreja adentro de su cueva, podía ver los ojitos brillosos en la oscuridad.”

Selva Almada

El viento que arrasa es una novela que convierte los silencios en prosa, la escritora Selva Almada (1973), propone en esta obra breve, un ejercicio contra la indiferencia. El vacío se vuelve más que hueco, y así son los personajes que nos trae, estos cuatro cuerpos llenos de desdicha. La trama, un accidente casual y un mecánico en medio de la nada, reúne las almas en ese paraje. No desean hallarse, lo fortuido o lo divino, los dejan allí, enredados en las circunstancias que marcarán un nuevo orden para ellos.

Almada pone el ojo ficcional en las oposiciones para crear un mundo narrativo con su prosa. Y nos va arrasando con cada uno de estos seres solos que ahora se reflejan en otros: Tapioca y Leni, apenas creciendo, el Reverendo Pearson y el Grinco Brauer, padres a la fuerza, las madres, que están a pesar de la ausencia y se respiran, adquieren un peso extraño, son éter y voz en off.

Selva Almada nos cuenta momentos con una poética austera y sin atajos, son distintos, son puntuales. Escenas en el taller, en otro mundo afuera de ese, y el mágico momento de la lluvia redentora. La fé pulula en el paisaje, en los animales, juega con los tiempos pretéritos y viene al ahora para decirnos que tal vez no existe. No son casuales los golpes sobre el final, esos hombres están en puja contra lo natural y lo celestial.

Los hijos, Tapioca y Leni viven sin madres, las santifican, pero esa falta los talla en forma diferente. Leni acepta lo suyo, se amolda, aprendió a convivir con el Reverendo y sus bemoles. Tapioca, por su parte, agradece que lo recogiera Brauer pero necesita más, quiere irse. Tal vez busca a su madre en ese afuera del taller perdido en que lo dejó, y la urgencia religiosa de Pearson le viene desde el cielo como excusa. Leni juega a quedarse, florea la posibilidad pero no es su voluntad, Tapioca parte. Ella se consuela, él se atreve, una de las oposicones en la novela. Se oponen la resignación de ella frente a la osadía de él.

El mecánico asume a Tapioca y lo educa como hijo. No cuestiona a la madre. Se hace cargo de él aún ante la duda. Simple y abierto. El Reverendo, por su parte, vuelve a Leni su reflejo, la pretende moldear a imagen y semejanza . Pero conoce a Tapioca, lo quiere llevar más allá del otro padre, más allá del mismo Tapioca, este supuesto hombre de fé dejó de ser empático y se volvió autoritario, quiere posesiones. El mecánico, más básico y sincero asume su suerte. Dos hombres, dos mundos. Un fanático religioso, hipócrita, miente y se vuelve viudo para dar lástima; Pearson, un pastor indigno que propina sermones interminables pero es incapaz de un diálogo intra familiar. El grindo rudo, no tiene matices. Todo su creer está en la naturaleza, ahí ve a su Dios y lo comparte con su hijo. Las madres son el silencio, de ambas se ven dos escenas y se sabe poco, una deja a su hijo, la otra es echada.

El viento que arrasa  transcurre en el taller y lo que está fuera de él; Brauer vive aislado. La autora deja claro el concepto de exclusión de uno y otro espacio. El taller es el basurero de las cosas que usaron en ese afuera que es incógnita, y que aterra y regocija a la vez. Está en el campo, pero falta aire, como si fuera la memoria de la vida que otros perdieron..

“El paisaje era desolador. Cada tanto un árbol negro y torcido, de follaje irregular, sobre el que se posaba algún pájaro que parecía embalsamado de tan quieto.”

Pesa el aire, pesa y duele hasta la tormenta. La lluvia obliga a los personajes a unirse por refugio, entran, interaccionan, todo se vuelve sombra, encierro y vicio. Los padres dejan de ser solo eso, el Reverendo y el mecánico se miden, y llueve, cae agua del cielo, que no es detalle menor, naturaleza y creencia se manifiestan. El Gringo Brauer, vuelve a quedar solo.

Para contar esta historia, Almada utiliza al mundo animal y llena las páginas de comparaciones, metáforas e idas y vueltas entre hombres y animales, lo hace de maravillas. Nos sitúa y nos afecta su decir. Utiliza un narrador omnisciente, en tercera persona. Pero cada uno de los cuatro personajes tiene una voz propia, pensada, elaborada con paciencia constructiva. Su lenguaje claro, permite identificarlos. Selva Almada se vuelve poética sobre el final, para hacernos oler su historia a través de un perro y todo el tiempo va dejando huella porque es muy eficaz en la construcción de momentos narrativos claves.

Una muy buena novela, gran novela, diría. Para cerrar dejo a la autora con su propio texto:

“Por alguna razón no seguí mirando por encima del nudo si no que volví a los hombros, relajados, los brazos laxos, los puños de la camisa, con sus gemelos de brillantes, cayendo sobre las manos venosas.”

No se la pierdan.

Los llanos

“Atarse a algo. A una huerta, un bosque, una planta, una palabra. Atarse a algo que tenga raíz, anudarse para no perderse en el viento que sopla sobre la pampa y llama

Spoileo el final de esta novela de Federico Falco y podría anunciarla como las editoriales. algo asi: Finalista del 38.º Premio Herralde de Novela .Una novela sutil que aborda el duelo de una ruptura. Un libro sobre el tiempo que pasa y sobre el llano en el que habita un hombre que cultiva una huerta y mira y recuerda y escribe.

Sin embargo es una novela muy prolija, bien escrita, con imágenes poderosas, hasta poética que para mí, esta reseña es personal, ya fue escrita muchas veces. El viaje introspectivo ya lo hizo Alejo Carpentier, las elogiosas virtudes de la pampa tiene millones de escritores de todos los tiempos que las han descripto y las rupturas y duelos, los amores y los tiempos, los otoños, inviernos o primaveras que deben transcurrir para que el dolor cese, forman parte de la mayoría de las buenas novelas.

Me gusta como escribe Federico Falco, sin dudas, tiene sutileza y lleva el tiempo interno al paso justo. No voy a desaconsejar su lectura, solo pretendo bajar la expectativa. No se por qué a veces se supone que todo lo que alguno premia debe fascinarnos. Esta muy bien que solo nos guste, que la podamos leer, comentar, analizar, disfrutar incluso, sin decir es lo mejor que leí. No lo es. Y no es lo mejor que leí sobre los llanos, ni sobre la búsqueda interior.

Dicho esto, encontré belleza en la novela, como la cita del final, es extensa, tal vez lo cotidiano repetido tantas veces más que tiempo se vuelve peso. Pero miren que lindo escribe Falco:

«En la ciudad se pierde la noción de las horas del día, del paso del tiempo. En el campo es imposible»

“¿Por qué nos enamoramos de alguien? ¿Cuáles serán, cómo se llamarán, esas teclas ocultas, esas zonas secretas e inaccesibles para nosotros mismos, los receptores que se iluminan cuando alguien nos gusta?” (…) ¿Y con cuánto pesar nos despedimos de ellos, o con cuánta insistencia sostenemos, lo intentamos, le damos otra chance, porque nuestra cabeza dice que es la persona apropiada, pero no: los días se vuelven solo un carretear pesado que no logra levantar vuelo y no pasa nada.”

“Un cuerpo apenado, ¿cómo se escribe?

Algo que me encantó de los Llanos es el rescate de la historia familiar, de la memoria, en la búsqueda de ser quien uno es. Esa trascendencia que no puede pasar solo por el ahora está presente.

Una buena novela. Un buen autor.

Cometierra

«La golpiza le comió un montón de energía y en la pantalla apareció FINISH HIM! Raidem se tambaleaba en el medio de la escena y pude terminar de matarlo»

Dolores Reyes

Tardé en leerla, me resistí como la protagonista hizo con algunas de las botellas de tierra que le dejaban por su don. Es que hay algo empalagoso en la literatura argentina escrita por nosotras, las mujeres en el siglo XXI, parece que contamos una y otra vez lo mismo, que mostramos una y otra vez las mismas historias con nombres y pueblos cambiados. La pobreza, la villa, las mujeres maltratadas o asesinadas, y otra vez lo negro como telón de fondo de tramas similares. Por todo eso me resistí. La creí marquetinera, para vender a los de siempre. Y tardé todo lo que pude en tomarla de mi biblioteca. Más de lo que esperaba.

Mi mano asió el libro, me senté en el pasto como china, comencé a leer y esta joven escritora me hizo entrar en su mundo. En esos hermanos sufrientes, en la barbarie del alcohol, y en la tragedia de una niña hincada sobre la tumba de su madre que descubre al ponerse la tierra en su boca quién la mató.

De ahí en más hasta que terminé la lectura, la novela me transportó.

La historia transita por momentos gloriosos y otros que dieron la razón a mis dudas. Al ser breve, la repetición es nimia en comparación con los aciertos: la seriedad de la autora, que escribe muy bien, austera, sin perder poesía, jugando con lo mágico, sin ser calificable dentro del realismo mágico, con interesantes personajes muertos como Ana, educadora, valen la pena, aunque posee algunos golpes bajos que no suman.

Todo lo anterior es lo que fui sintiendo, Cometierra es un camino sinuoso , una vorágine de barro contenido en páginas escritas con calidad que deja con ganas de seguir leyendo a la autora, en especial sabiendo que es su primer novela.

Bien por Dolores Reyes, le ganó a mis prejuicios.

La prosa alucinada de la autora, es lo que me enamoró de esta novela, esos momentos donde la fiebre del pasado se apodera del personaje para volverlo universal.

Cometierra trata sobre una mujer que es discriminada y discrimina, casi sin darse cuenta, a otras mujeres que encuentra en la vida dura que la Argentina actual le depara, a ella y a muchos.

Interesante, llena de humus literario.

Donde retumba el silencio

«Donde retumba el silencio se incorpora a la sólida tradición de novelas de la intimidad, desarrolladas por escritoras como Virginia Woolf o Natalia Ginzburg.»
Clara Obligado

La novela ganadora del Premio Clarín no corta el aire del lector, tampoco recurre a grandilocuencias. Está escrita desde algún rincón del alma y por eso nos conmueve. Cuenta, además, con una prosa prolija y cuidada, que permite que la transitemos con fluidez.

Agustina Caride, su autora, estudió Letras, fue crítica literaria y colaboró en distintas revistas. Trabajó en editoriales; coordinó LiterAr junto a diversas editoriales para promover la literatura argentina; organizó eventos culturales para la agencia Schavelzon. Obtuvo tres premios y beca del FNA. Actualmente es correctora; dicta talleres de escritura y lectura y coordina eventos literarios en Literatura Bazterrica –Caride. Sus libros publicados son Y sin embargo no llovióCuentos con historiaCuando ella supo quién era GoldambeckPanambí y otros cuentos con historia (fue adaptado a la lectura fácil para personas con
incapacidad lectora), Última generación, Generación cero, Testigos invisibles, No habrá sino ausencias, La chica de papel, Los sueños también flotan (ganador del concurso Soy autor y editorial Quipu) y Donde retumba el silencio, novela objeto de esta reseña, publicada por Alfaguara.

Tiene herramientas de sobra para narrar la historia, y eso se agradece. Por momentos la intimidad, por momentos la crónica histórica, pero siempre sin perder la verdadera trama que es la amistad y la vida compartida entre estas amigas ahora enfrentadas: Leo y Vira. Caride construye un mundo familiar
verosímil, con personajes que terminamos llamando por su nombre de pila a medida que leemos. Y nos encontramos preguntándonos ¿Cuándo llega María? o ¿No le avisa a Gabriela?

Los simbolismos son impecables, por eso la novela nos retumba para llegar hasta el lugar donde todos fuimos o seremos una de estas dos mujeres de ochenta, que criaron a sus hijos desde donde pudieron, como sucede en esta Argentina que nos pesa, y que desde mediados del siglo veinte, nos va dejando
solos. Una arriba y la otra abajo, no es casual. Una emprendedora y ex dueña de un campo, la otra docente, peronista y sindicalista; tampoco es fortuita la elección. Somos nosotros, los argentinos, vos y yo, los Ríver-Boca, blanco-negro, las cuestiones que ni el mundo líquido nos deja disolver para
unirnos y no perder lo querido, lo valioso. 

Y de toda esa identidad habla Donde retumba el silencio, también muestra las consecuencias del orgullo, la soberbia, de la incomprensión, la rebeldía, la admiración y resulta que tras todo ese diálogo literario que propone Caride, lo entrañable termina siendo lo que se descuelga de la historia. Con las vidas
efímeras de dos amigas longevas se desmoronan silencios, miedos, deseos, sueños, alegatos y ridículas posturas políticas que a veces sostenemos para no desarmarnos, y que nos llevan a perder afectos únicos. O los postergamos como si fuéramos eternos, hasta que lo eterno llega.

No encontré a Virginia Woolf en la novela de Agustina Caride, aunque es clara la influencia de muchos autores que una gran lectora como ella tiene; yo sentí que Leo y Vira fueron susurradas al oído de la autora por Manuel Puig, para que no nos quedemos sin estas señoras memorables de la literatura
argentina.

Buena lectura, de calidad.