Diario de cuarentena: el otro.

Ya me da vergüenza decir de cuarentena a los 91 días, pero es un nombre simbólico que siento que adquiere cada vez más significado en este juego diario que nos propone un poder draconiano y obsoleto que pretende tapar su ineficacia con runners.

Pero, a pesar de la cuestión política y de los deseos de muchos, sigo con la fuerza necesaria para producir, escribir, tratar de que la literatura y la cultura no sean anuncios y quimeras. En la cultura parece que vivimos para preguntarnos, pero siempre hay que pasar al acto, porque de lo contrario somos filósofos de la cultura, no artistas. Por eso escribo, aunque me repita y te aburra. No es fácil la creatividad 91 días seguidos. Hoy me pregunto por vos, por ese otro que me lee y que también soy yo. Porque soy con tu lectura.

¿Qué pasa en tu vida? ¿estás solo? ¿estás bien?. Y me permito recordar otros momentos de hace más de treinta años atrás o cuarenta, cuando los virus, el sarampión que creo que hoy sería de una infodemia total, la viruela, la varicela, la tos convulsa, y otras enfermedades que hasta nos obligaban a contagiarnos para que las tuviéramos todos los hermanos juntos. Y apelo a esto para equilibrar nuestro miedo. Este virus es un virus, no se va a ir, y aunque quieran que nos encerremos para siempre, es la metáfora del esclavismo. Tenemos que superar el morbo de contar quien muere y quien se contagia al minuto y vivir, o sino, ya estamos muertos. Es contagioso, sí. Es letal, a veces, muy pocas veces, como casi todos los virus. Y gracias a DIos que es así. Pero la vida es riesgo, no es de lo único que podemos morir. Y no veo que le dediquen tanta tela a otras patologías terribles que padecemos los humanos. No somos eternos. Es hora de comprenderlo y de vivir con ese certeza.

Te invito a compartir tus experiencias, a evidenciar tus sentimientos, a no callar. Y si me leés, escribime. Aunque a nadie le importe, vos me importás. Me importa saber como la estás pasando en una sociedad donde en pos del bien común, nos encierran, nos abruman, nos aniquilan, y apelan al morbo de la peor manera, enfrentándonos. Somos gemelos y espejos, en este andar apesadumbrado y feroz, Por nosotros, debemos unirnos, y en paz.

Diario de Cuarentena: Salud

Los anteojos, la colita, el mate, el celular y la crema antiarrugas sobre la mesa de apoyo. En la silla cuelgan dos abrigos y un bolso gigante gris. El espejo devuelve la pálida imagen de lo que fui. De lo que fuimos. Afuera el sol brilla más, la naturaleza emerge y se cobra lo que le debemos. Me imagino los diálogos entre garzas y cocodrilos. Nos tienen como antes estaban ellos, encerrados. Pero nos encerraron otros hombres. En el silencio de las multitudes sanas reside el poder de los tiranos.

No puedo negar que el encierro, para una escritora o para un persona que milita el intelecto significa producción. Pero tiene límite. Y está cerca, porque cuando la asfixia crece, la mente se anula.

El sombrero de plaza me ve desde arriba del mueble y añora mis rulos. Como si él y la playa supieran que pasará tiempo sin vernos. Por otra parte, mucha gente sigue su vida normal, porque así lo decidieron hombres que no sé si tienen idea de lo que hacen. ¿Por qué unos pueden trabajar y otros no? ¿Por qué vemos a comerciantes, a trabajadores del delivery y a cobradores, al canillita por ejemplo, pero no a nuestra familia. ¿La familia, la unión, el amor es una amenaza? ¿Nos quieren débiles, sin inmunidad afectiva? ¿sin recursos emocionales?

Me miro las manos, ya no tienen la piel tersa, porque la lavandina y el alcohol las lastimaron, soy alérgica a ellos, al barbijo, a las decisiones absurdas, a los pueblos sumisos, a la falta de horizonte y de límite, a la vida eterna pero sin libertad. La salud es mucho más que un respirador si te estás muriendo, mucho más que un virus, mucho más que el cuidado físico. La salud es poder elegir, sentir, expresar, trabajar, decidir como cuidarte. Voy a cerrar con las palabras de nuestra canción patria, es hora que le demos ¡al gran pueblo argentino salud!

Diario de Cuarentena: Lo imposible hoy es necesario

Ya me causa gracia lo de cuarentena, superamos el día setenta, y la ventana me devuelve un día gris. Siento mucha pena por el mundo, que es el mío. Es al mundo a quien siento mi patria grande. Algunos ortodoxos del término creen que no sé quien fue Ugarte, en esa cosa despectiva del que piensa diferente. Conozco el origen de la patria grande, pero no considero que sea acertado. Y en este momento donde el nacionalismo cerrado florece, me atrevo a abrir mis horizontes.

Creo que nos olvidamos como fue construyendo la identidad nuestro país, lleno de colores y banderas, se hizo grande abriendo sus puertas, no creando vallas y cerrojos. Mi familia no vive toda en éste país, Mis orígenes están en Italia, en Líbano, en Ismir, ahora viven en el mundo: Grecia, Brasil, Francia, Nueva Caledonia. Mi sangre es extranjera, mi corazón netamente argentino. Tal vez por eso para mí la libertad es algo que no se da, se tiene. Y aspiro a un mundo donde la libertad sea simiente. Donde los gobiernos comprendan que solo administran, y donde los ciudadanos nos comprometamos a controlarlos.

Ya se que soy utópica, que no existe, te debo parecer una ilusa. Sin embargo, la luz, internet, un cohete espacial y hasta algo tan simple como el agua corriente, fueron utopías una vez.

Te invito a soñar, a pensar en aquello que parece imposible, porque en este momento del país y del mundo, hay imposibles que son absolutamente necesarios.

Diario de cuarentena: No tan distintos

Parece que el otoño se empecina en regalarnos luz. Afuera todo cambia. La gente se mueve más, pero lo hace tan despacio. ¿Adónde van? En casa la vida cotidiana está suspendida, o tal vez supeditada a la media de los profesionales independientes. Nico estudia virtual agronomía, con la falta de compromiso docente que no responde ni consultas ni mail. Yo me enojo y le pido me deje levantar quejas. Él, con una sabiduría milennial me responde que no sirve, para qué.

Y entonces recuerdo mis épocas de militante universitaria, y le cuento para qué. Para cambiar las cosas hay que moverse hijo, hay que pelearla. Nadie te regala nada. También recuerdo al resto de mi generación mirándome como si estuviera loca, pegando carteles y gritando en plazas por la libertad. También pensaban para qué. Claro que la vida nos demuestra que hay un status quo clavado en el poder de turno que no se quiere mover, y que es lo mismo aunque los nombres cambien.

Al fin de cuentas, tantas TICS, tanta transformación, tanto bicho suelto y no somos tan distintos a los del 89, y Burruchaga es un pescado, digo en voz alta. Todos en casa me miran, nadie conoce mucho a SUMO, mi amor me lleva más de una generación y con mis hijos diferimos en tres. Pero hay algo que nos une como familia: no queremos más guerras.

Me levanto y como si fuese un himno les canto sin la voz de Luca, pero con su fuerza:

People moving every day
You know they move so slow
Do they know why they are going?
Do they know why they go?
Look into the book of rules
And tell me what you see
Are you all that different
Are you just the same as me? Waiting for 1989
We don’t want no more warLove is slipping away
It slips away so fast
I always thought that it would
Last and it would last
Look into your book of rules
And tell me what you see
Am I all that different?
Are you just the same as me
Waiting for 1989
We don’t want no more warWaiting for 1989
Burruchaga es un pescado
And shut that door.

Diario de cuarentena: Angustia

Y sí, hoy me levanté sintiendo al enemigo en casa, ¿no te pasa que todo lo que que antes ni oías ahora es ruido? Tal vez sea porque la vida en cuarentena es otra. La rutina tiene peso específico y los afectos, aún los más amados comienzan a molestar. Falta aire, y no tiene que ver con salir al patio, es una cuestión más fuerte, de horizonte.

Cumplí años este mes, y durante el verano había proyectado ahorrar para pasar dos días, dos nada más, en el mar. Respirando esas gotas de sal que tiene la brisa en la costa. Sintiendo el viento en la cara, comprobando mi mínima existencia en la inmensidad oceánica, No lo pude hacer, por prohibición. Y te juro que el ruido que escucho es más alto que el de las voces de mi casa. Es un ruido que ahoga, como si algo en el correr de mi sangre estuviera al acecho, y todos mis líquidos en alerta. Entonces mis latidos se hacen ruido, el estertor de mi respiración, el sonido de la tecla al escribir, el agua subiendo por la bombilla al succionar se vuelve ruido insoportable.

Termino siendo mi propio enemigo, tenso y transpirado, con las manos crispadas y tapones en los oídos, porque no puedo más. No quiero saber más, no puedo leer más, no me alcanza el patio. Me tiemblan los labios cuando llamo a una amiga, de esas a las que podés contar todo esto sin que corte y me resume lo que me pasa, en una palabra que parece también estar prohibida; angustia.

Diario de cuarentena: Libertad, libertad, libertad.

El sol es radiante. Un sol de otoño deslumbrado por los colores de los árboles y la falta de prejuicio de los hombres. La gente sigue naciendo, atrevida, y nos hace más fuertes. Los abuelos no pueden conocer a sus nietos recién nacidos. No pueden abrazarlos, pero pueden confraternizar con médicos, con otros abuelos si están en una institución o con el que les vende el pescado. El sol tampoco comprende esta locura del mundo.

Voy a tratar de tomar aire, y no rezongar. Mi hija me dijo que rezongo. Entonces, como valoro su mirada mora, además de amarla, me puse a investigar por qué. Descubrí primero que rezongar o refunfuñar es emitir [una persona] sonidos no articulados o palabras murmuradas entre dientes en señal de enojo o desagrado. En realidad yo me quejo, porque la queja es la reclamación o protesta que se hace ante una autoridad a causa de un desacuerdo o inconformidad. Me quejo en forma oral y escrita y también con descaro ante una realidad que cercena mi libertad. Es probable que mi hermosa hija, justiciera y abogada, tenga otra forma de hacerlo. Pero los de mi generación sabemos que la violencia solo engendra violencia y que nos queda la palabra en un país donde la justicia brilla por su ausencia.

Me quejo entonces, aunque tome aire, porque siento en él otros aires, algunos conocidos, porque no es necesaria la extrema derecha para el totalitarismo, es lo mismo si va hacia una izquierda disfrazada. Yo siento, y se lo dijo a ella, que la república está en riesgo, que nuestra vida como la conocíamos está en riesgo y es por eso que hay un tango quejoso en cada escrito que produzco. porque huelo el peligro a pesar de amanecer en un hermoso día de sol. Más aún cuando la justicia desaparece, y nos deja solos ante el atropello a nuestras libertades.

Nadie va a impedir que ame, que abrace a mis amores, que use mi voz y mi libertad para escribir. Estamos recordando la revolución de mayo de 1810, ésto decía Mariano Moreno sobre la libertad en la escritura :“Seamos, una vez, menos partidarios de nuestras envejecidas opiniones; tengamos menos amor propio; dése acceso a la verdad y a la introducción de las luces y de la ilustración; no se reprima la inocente libertad de pensar en asuntos del interés universal; no creamos que con ella se atacará jamás impunemente el mérito y la virtud, porque hablando por el mismo en su favor y teniendo siempre por árbitro imparcial al pueblo, se reducirán al polvo los escritos de los que indignamente osasen atacarles. La verdad, como la virtud, tienen en sí mismas su más incontestable apología; a fuerza de discutirlas y ventilarlas aparecen en todo su esplendor y brillo; si se oponen restricciones al discurso, vegetará el espíritu como la materia; el error, la mentira, la preocupación, el fanatismo y el embrutecimiento harán la divisa de los pueblos, y causarán para siempre su abatimiento, su ruina y su miseria.”

Sigo quejándome hija mía.

Diario de Cuarentena: Patria

La patria (del latín patrĭafamilia o clan) suele designar la tierra natal o adoptiva a la que un individuo se siente ligado por vínculos de diversa índole, como afectivosculturaleshistóricos o lugar donde se nace. Hoy es el Día de la Patria en nuestra Argentina. Un día de Revolución, controvertida, cuestionada, como todas las revoluciones fueron. Las lecturas históricas varían de acuerdo a las significaciones que deseamos dar los historiadores, los gestores culturales o los ciudadanos.

Yo siento mi patria por casi todos los motivos. Es el lugar donde nací, me ligan a ella su cultura, su historia que como muchos en la juventud primero, y en la vida adulta después, he ayudado a construir, con la fortuna de haber sido un componente social activo en la facultad, y en la vida social de mi país. Y afectivo porque es la patria que adoptaron mis abuelos, en la que nacieron mis padres, la que elegí para mis hijos. Y espero sea la patria donde viva para siempre. Por eso la cuido y cuido sus libertades y sus valores.

¿Cómo te sentís vos hoy? Me importa el otro, porque la patria, como la familia, no la forman las personas con las que acordamos en las cuestiones principales de la vida, la patria la hacemos todos. Los que piensan como yo y los que no, los que me quieren y los que me detestan, los que ven la vida desde un ángulo similar y los que odian mi mirada. La familia es igual, no somos afines a todos los que la componen, somos familia. Me gustaría que un 25 de Mayo de 2020 nos demos cuenta de una vez y para siempre, que estamos juntos en esto de la Patria. Y que, aunque nos separen matices, en este momento delicado hay que ser amplios, y comprender que la lucha excede colores, que quede el celeste y blanco en nuestros pensamientos, para seguir siendo libres, soberanos y republicanos. Por nuestra familia, por nuestra patria.

Diario de Cuarentena: Olores

Domingo. Un día de aromas en mi recuerdo, el tuco de mamá en la cocina de Coronel Suárez, la abuela que venía a la mesa enfundada en batones floreados y cuentos de oriente. Mis hermanos pequeños corriendo alrededor de la mesa, mientras hacía las tareas para el hogar. La santa rita del patio florecía leve y se sostenía por bastones que le ponía mamá. Un Farol iluminaba las noches de patio, pero esas ya son otra historia.

Hoy quiero detenerme en el sentido olfativo de la vida. Ese que nos hace permanecer los recuerdos, el que ayuda a que un domingo cualquiera sea inolvidable. Mientras me propongo, a pesar de mi poca destreza hacer un tuco en casa, percibo un mal olor.

Pero este es distinto, es del otro tipo de olfato que tenemos, ese que viene con el instinto, el que avisa desde la amígdala cerebral que estamos en peligro. El que pone a prueba nuestra supervivencia. El olor a carroña y a peste perpetua. Uno que atraviesa la piel para erizarla y nos vuelve fieras. Un olor poderoso a trama incestuosa y política que abruma todo mi ser.

Siento olor a encierro, como esos placares viejos, pero lo siento en la entraña. Pretenden encerrarnos para siempre en una caja a presión. Una de la que pocas sociedades pudieron salir, y necesitaron siglos para hacerlo. Me da pavor sentir este olor. Tiene en su piel el sudor de los esclavos, la estupidez de los totalitarios, la sincera sumisión de la ignorancia y la violencia despiadada de los dictadores. No puedo olerlo más sin desmayarme. Por eso me corro, para seguir luchando. Y volver a sentir el jazmín y la violeta y el álamo plateado. Para volver a ser libre, primero en mi mente. Y desde allí, como siempre, luchar con la palabra como vehículo de ideales que alejan el confinamiento y la mentira de la sociedad.

Ya estoy por la parte en que revuelvo el tuco de domingo, corrí el miedo de mi esencia, y ahora aspiro el tomate y la albahaca, sin hacer caso al deseo de otros y viviendo el mío, libre. Sin mal olor

Diario de cuarentena: Suspendida

Anoche me quedé dormida en el sillón con Mila, mi perra. Dormimos hasta que la casa comenzó a despertar, los hombres se iban al campo con una alegría inusitada. Lograron permiso para hacerlo tras más de dos meses. Nos quedamos solas. Y la vida adquirió otro ritmo, femenino, cadencioso. Preparé mate, saqué unas cerealitas de lino del armario y desayuné mirando el final de una serie francesa. No tengo que ocuparme del almuerzo, así que voy a escribir un rato, leer otro, hacer gimnasia y limpiar la casa con música para estimularme.

Disfrutar lo simple siempre fue mi secreto para ser feliz. O lo feliz que se pueda, en las realidades que nos construimos solos o que nos construye la sociedad. Igual te cuento que esto de no tener poder sobre el confinamiento me angustia y hace que sueñe con un mundo donde los permisos no sean necesarios, las muertes no se cuenten en tv y los logros no se castiguen con impuestos. A pesar de todo eso, te invito a buscar momentos de felicidad.

Un recuerdo caído en tu memoria, ese primer beso apasionado, el ronroneo de un hijo tras amamantarlo, la mirada de tu amor una madrugada, el aroma a jazmín en la vereda, tu mamá arrugada pero tuya. La facilidad de abrazo de tu amiga, una ida al colegio compartida, la vecina con la torta recién horneada o la urgencia de rey mago antes de que despierten ellos. Tanto hay para ser feliz, que elegir la tristeza es casi un sacrilegio.

Por eso esta mañana de soledad perruna, voy a beberme el sol en mates leídos y a fortalecer los glúteos aunque no se levanten. Voy a necesitar poco, para poder ser feliz un rato. Aunque no olvide la libertad suspendida.

Diario de Cuarentena: Cicatrices

Los gritos de dos gasistas matriculados y un representante estatal me hicieron saltar de un sueño. Estaba contando mis cicatrices. Esas que adquirimos por vivir, teniendo como posible cura borrarlas. Pero me gustan, me encariño con ellas. La del golpe a los diez, el tajo contra la espina de la rosa a los once, la caída de la bicicleta yendo al parque y las cesáreas que dieron vida.

Pero están las otras, las que van quedando adentro. Amores perdidos, sueños rotos. Dos o tres proyectos embolsados para siempre y la espera de aquello que no va a llegar. Una injusticia mal curada, tres instintos fallidos, la bocanada de aire cuando la vida casi me ahogó. Un ataque de pánico y las cruces quebradas de fe,

SI Saer me leyera diría que con tanto orden en mi diario, interrumpo la psiquis, y tendría razón. Estoy leyendo su libro, tal vez por eso pienso en las cicatrices propias, porque con ese fluir que un autor tan inmenso propone entre las relaciones y el caos, entre varios mundos propios y la fuerza de su voz, no pude escaparme.

¿Cuántas cicatrices te definen? ¿Las contaste?, yo me las toco, rozo mi mano sobre esos cordones de carne usada y transito el recuerdo. Me atormenta la idea de que desaparezcan. Mis cicatrices son trazos de la historia que viví y me convierten. Son las estrías de auto conocerme, los puntos y aparte de amores, las multiplicaciones de mi dolor.

Como pueblo también tenemos cicatrices, algunas intocables. Otras que nos acompañarán siempre desde una distancia introspectiva social. Pero en este ahora, estamos generando una herida tan profunda, que me preocupa que no llegue a cicatrizar. Nos estamos partiendo en mil pedazos y tomando prestada la voz a Saer » los pedazos no se pueden juntar».