El legado de la cultura española, del colonialismo y la inmigración, permanece hasta la actualidad

Escribe: Soledad Vignolo

Como la mayoría de los inmigrantes que llegaron a Argentina antes del siglo XX eran españoles y debido al hecho de que durante el siglo XX casi la mitad de los inmigrantes que viajaban hacia aquí, eran de origen español, la gran mayoría de la población actual posee ésta ascendencia. Además, desde que Argentina declaró su independencia de España y hasta el día de hoy, españoles criollos de toda Hispanoamérica han emigrado a esta patria en busca de oportunidades económicas y han contribuido al legado español de nuestro país. Junín no es excepción a tal realidad.

Aunque la gran mayoría de los argentinos son de ascendencia española, Argentina y España continúan compartiendo muchos aspectos y elementos culturales como la lengua española, la religión católica y diversas tradiciones culturales. Ciertos argentinos y los emigrantes europeos y de otros países han reducido el peso de la cultura española tras la independencia del país, creando una cultura argentina con elementos propios.

Sin embargo, el legado de la cultural española, del colonialismo y la inmigración, permanece hasta la actualidad. Los españoles constituyen en sí la primera mayor comunidad europea en el Argentina, delante de la italiana y lejos de los alemanes y otras regiones de Europa y Asia. Las cifras son similares en nuestra ciudad. Y como toda cultura que se precie, además de un barrio, el Prado Español, España tiene su plaza.

Se encuentra en el boulevard de la Avenida San Martín situado entre las calles Rivadavia y Belgrano. La circundan las plazas Sesquicentenario, Italia y la plaza Veteranos de Malvinas. Si vamos hacia el sudeste de la plaza España, nos encontramos con la Terminal de Ómnibus, que otrora fuese la estación de trenes.
Desde 1880, por el lugar donde hoy está la Avenida San Martín corrían vías, las mismas que acercaron los inmigrantes a nuestra ciudad. Las vías terminaban donde hoy están los Colegios Nacional y Normal. Cuando se unificaron los ferrocarriles, comenzó la construcción de la Avenida San Martín loteando sus terrenos circundantes. Al lotearse los terrenos a ambos lados, la reglamentación establecía construcciones de dos pisos con jardines al frente, por lo que las viviendas son chalés tipo cottage francés o casas tipo inglesas, que otorgan a todas las zonas un encanto particular.

En 1950 se inauguró la avenida, que en el tramo que va desde Almafuerte hasta Sáenz Peña incluyó una serie de plazas en homenaje a las principales colectividades que llegaron a Junín. Una de ellas es la Plaza España. Hasta aquí un pequeño resumen histórico fundacional. Pero, España no es para los argentinos un país más.

Con España nos unen lazos que van desde aquello para agradecerles a lo otro contra lo que nos rebelamos. Y en un ida y vuelta profundo, nuestra madre patria nos sigue enseñando. Hoy la vemos destrozada por el azote de la pandemia, y aprendemos de ella, como lo hemos hecho antes.

Porque la libertad es aprendizaje. España formó gran parte de la población argentina, y hacia España huyeron en nuestros tiempos oscuros, la esencia de esos inmigrantes está aún en nuestras calles, y ésta plaza que la honra, con su patio andaluz en el centro, con una fuente realizada en mayólicas, es un homenaje sencillo para todo lo que su sangre representa en la nuestra, muchos de nosotros tenemos raíz española, o nos enamoramos de alguien que la tiene, o nuestro mejor amigo es un García, López, Rodríguez. En nuestra ciudad la plaza España, es testigo de actos que la Sociedad Española realiza, de jóvenes charlas con ritmo de trap, de sueños ancestrales cumplidos.

Plaza España es parte de nuestra comunidad, como el país que nombra en la historia inmigratoria nacional. Hoy nos duele España. Y está bien que duela. Porque las raíces son eso, lazos que permanecen, aunque los tiempos cambien, y nos sostienen en una constante alianza de apoyo y afecto mutuo. Todo pasará, como siempre que la peste nos alcanza socialmente, pero nunca se quebrará la unión entre nuestros pueblos, que en Junín tiene nombre de plaza.

No hay política sin cuerpo, ni sociedad sin virus

Estamos en una revolución. Entre viejos y nuevos paradigmas. Entre el miedo y el poder. Con cuestiones de interés nacional e internacional, que nos impiden ver el complejo bosque de la humanidad.
Foucault, que padeció y murió en una epidemia, describió la transición desde una “sociedad soberana” hacia una “sociedad disciplinaria” como el pasaje que realizaba una comunidad, para que la soberanía signada por el derecho a decidir la ceremonia de la muerte, virara hacia una sociedad cuya independencia se defina por cómo gestiona y maximiza la vida.

Entonces entendía que los gobiernos utilizaban una forma de poder espacializado, que se extendía en la totalidad del territorio, hasta penetrar en el cuerpo individual, somatizando en él la política reinante.
Cabría preguntarnos que tipo de sociedad estamos siendo, para que el síntoma sea este virus, que nos deja sin inmunidad posible, nos sostiene en el encierro y en una nueva guerra biomédica, que nos tortura al punto de no exonerar a nadie. Nuestra comunidad, como grupo aglutinado a una ley, está siendo severamente desgastada por una infección.
No estamos preservados frente a él. Pero la pregunta sería qué estamos dispuestos a sacrificar para protegernos. En cuál paradoja caeremos.

Toda vida trae consigo su muerte, y toda política su necro política, Por eso es tan importante la adoptada en la cuestión de salvarnos, de lograr ser exonerados de este azote viral que se nos asemeja y nos refleja. Nos paraliza porque está hecho a imagen y semejanza nuestra. Nos puso a la par. Pero no respondemos por igual ante su estimulo. Y eso no es algo aceptable para casi ninguna casta política. Siempre buscamos peligrosamente uniformarnos para no ver la diferencia, que mostrar la excepción, aquello que no podemos controlar, lo único.
Queremos ser inmunes, pero la inmunidad es una construcción social colectiva que va a generar soberanía o exclusión, vida o muerte. ¿Estamos preparados?

Las epidemias son casualidades de la biología, ¿o son nuestras propias decisiones políticas materializadas en el corpus social? En la terrible pandemia que atravesamos, estamos cerrando fronteras, y la cuestión de patria grande que predicamos de la boca para afuera, se cae a pedazos ante un coronavirus que viene para mostrar quienes somos, cómo nos protegemos y que soberanía somos capaces de sostener.
Es muy probable que el virus ponga a la vista nuestra propia vocación de gestión, manifestada en la elección de nuestros líderes, y en las decisiones tomadas sobre las cuestiones biopolíticas y necro políticas subyacentes. Con toda esta situación en marcha. que nos define como una sociedad que se asemeja al virus que la amenaza, debemos hacernos cargo de ello, y también tenemos que ver quiénes somos, de acuerdo al accionar que adoptemos frente a la pandemia.

Estábamos atravesando ya, antes del virus, un cambio social y político tan radical como el que afectó a las sociedade que desarrollaron otras epidemias en el pasado. Hubo epidemia cuando se pasó de una sociedad oral a una sociedad escrita , por ejemplo, y hoy que nos hallamos en el tránsito de una sociedad firmada de puño y letra a una sociedad ciberoral, de una comunidad biológica a una digital, de una economía manufacturera a una economía inmaterial, con soluciones de control social que pasan por la prostética y lo mediático-cibernético, entonces ese cuerpo foucaultiano, el cuerpo y su subjetividad, ya no se regulan por lo formal, sino por las tecnologías de transmisión y de información que nos invaden. Esta biovigilancia nos atraviesa, nos vuelve volubles a un placer que podemos cuantificar. Más nos tecnoclasificamos y más sanos estamos, mejor nos controlan. Todo el tiempo y toda nuestra vida, física, comercial, de relación, hasta nuestra salud está en las redes. Somos móviles para ciber política. en Kentukis, de la autora Samanta Schweblin se refleja en una novela, un claro ejemplo de tal afirmación. Ver y ser vistos. Uno y el otro.

Nosotros, como el virus, estamos mutando, y hacia donde iremos con esta depredación comunitaria universal no lo sabemos. Pero vamos eligiendo nuestros muertos. La sociedad política lo hace, la biopolítica con su necro política. Veremos en breve, como entendemos después de esta crisis inmunológica mundial, el concepto de sociedad. Y donde estaremos parados, con qué fronteras culturales nos habremos quedado, ¿Achicaremos tanto nuestros límites que quedaremos encerrados en las líneas de un barbijo, o podremos tener una apertura nuevamente al mundo a pesar de sus riesgos?

La Covid-19 ha desplazado las políticas de la frontera. El cuerpo, el tuyo, el mío, es un nuevo eje de poder. La nueva frontera necropolítica es tu casa. Pero el límite real es tu cuerpo. Solo estás a salvo con vos. EL otro, cualquier otro, es enemigo. Pero resulta que todas estas celdas te van a llevar nuevamente a que el otro, sos vos. Y en ese universo unipersonal que te queda, ese en el que solo entrás vos y tu subjetividad, tal vez comiences a pensar en el otro. Y en que formas parte de una comunidad. A partir de allí, nuestra salud no provendrá jamás de la imposición de fronteras, sino de adquirir una nueva conciencia comunitaria que incluya el equilibrio del plantea.
De los nuevos pactos que como seres vivos podamos acordar, así, al fin de cuentas la política tendrá sentido y vendrá a transformar la sociedad, en algo más que un cierre de puertas. Es muy probable que el virus lo hayamos creado como sociedad, para obligarnos a un cambio necesario que nos devuelva la posibilidad de comunicarnos y comprendernos más allá de las redes. De persona a persona, tras una cuarentena reactiva como respuesta negativa al ataque, que de ninguna manera puede ser la solución, pero que, como toda crisis, puede encolumnar la sociedad planetaria hacía otro mundo, donde el corpus de la humanidad no necesite pandemias para evolucionar.

Plaza Italia: Otra guerra en el aire

La plaza está ubicada en la Avenida San Martín, entre las calles Lavalle y Belgrano. Rodeada por las construcciones de una era de bonanza, conocidas como los chalet tipo cottage francés o definidamente ingleses, a lo largo de la avenida San Martín, hacia el noroeste y sudeste. Y la circundan también la plaza España y la Árabe. No es una plaza cualquiera, porque en sus raíces están las nuestras. ¿Cuántos inmigrantes italianos construyeron con su esfuerzo y esa cuestión tana de la puesta en obra de los deseos, las bases de nuestra ciudad?

En 1880, por el lugar donde hoy está la Avenida San Martín pasaban las vías del Ferrocarril Oeste, que luego se llamaría Central Argentino. El tendido finalizaba donde hoy están los Colegios Nacional y Normal, y la actual terminal de ómnibus, era la estación ferroviaria. El Ferrocarril Buenos Aires al Pacífico tenía su propia estación y sus vías corrían prácticamente en forma paralela a 300 metros hacia el norte, por eso cerca de 1920, se unificaron las estaciones y las vías férreas. Al levantarse las vías del Central, comenzó la construcción de la Avenida San Martín y se lotearon los terrenos adyacentes. En 1950 se inauguró la avenida, que en el tramo que va desde Almafuerte hasta Sáenz Peña contuvo una serie de plazas en homenaje a las principales colectividades que llegaron a Junín. Una de ellas es la Plaza Italia, con la estatua Diana Cazadora, y el monolito color verde, colocado en homenaje al Perito Agrónomo Cianfagna, que fue el encargado de la parquización de la avenida.

Pero, esa es la historia técnica, esa que con datos y números podemos contar. En realidad, la Plaza contiene además otras historias, la de nuestros abuelos, que llegaron de diferentes regiones y que dejaron en ella lágrimas de desarraigo, o canciones de agradecimiento a esta tierra. Los besos robados y las declaraciones de amor, que los inmigrantes hacían en su plaza, la que los acercaba a su origen, buscando un refugio emblemático que los contenga.

La plaza Italia, es parte de nuestra idiosincrasia, jugó con nuestros hijos, y los hijos de miles de italianos que lograron posar sus familias en Junín. Y que nos ayudaron como comunidad, a resolver cuestiones edilicias, comerciales, legales, y gubernamentales. Nuestro país tiene en Italia una gran parte de su origen fundacional.

Por eso hoy, que otra guerra nos azota, y que Italia como país está padeciendo en forma feroz, es menester un homenaje a los ancestros, invito a pensar en la fuerza de sus hombros, en la fiereza de sus manos y en la inteligencia para emprender un rumbo distinto, para unirnos tal vez, leyendo sobre nuestra Plaza Italia, y orar por un país al que le debemos historia.

Plaza 25 de mayo: donde conviven la memoria y el futuro

Toda ciudad que se precie tiene su origen comercial e institucional en torno a una plaza. Nuestra plaza, aquella a la que nos referimos como “la plaza del centro”, es la 25 de Mayo. En esa manzana verde de la ciudad se encontraba la antigua Plaza de Armas del Fuerte Federación, fundado el 27 de diciembre de 1827 y que nos da origen como urbe. Otrora, alrededor de la plaza se encontraban los cuarteles, la escuela y la capilla. Y hoy sigue estando rodeada por instituciones similares.

Si nos remontamos al siglo XIX, en su centro tenía una pirámide cuyo tope contaba con una escultura que significaba la libertad y que era la primera obra de ese tipo en la ciudad y sus espacios comunes. Pero con el Ferrocarril Buenos Aires al Pacífico, nuestra metrópoli comenzó a florecer, y el entorno de la plaza se modificó, sobre Benito de Miguel el Palacio Municipal primero y la actual Iglesia San Ignacio unos años después, generaban un nuevo escenario simbólico y arquitectónico a la plaza.

Cuando se demuele la pirámide central, ya la fisonomía era otra, con calles mejoradas y ciudadanos de pie en la plaza que pasó de ser de armas a ser espacio de manifestación y sociedad. El 17 de agosto de 1940 se inauguró el monumento al General José de San Martín, reemplazando el poliedro y se le agregaron a la plaza los ejes transversales que hoy contiene, algunas pérgolas e iluminaciones y se comenzó a parquizar.

La plaza ya estaba transformándose en eje de la vida de Junín, allí se daban las noticias los amantes, se conocían los progresos políticos y acontecían las cuestiones que cambiaban las vidas personales y políticas de la ciudad. Ya no era de armas, pero seguía defendiendo nuestros intereses. Desde la vida pública, desde la participación. En 1996 se inauguró el Monumento a la Memoria, un homenaje a los desaparecidos durante el gobierno militar de 1976 y pasó definitivamente a representar un espacio democrático que nos ponía de pie ante la defensa de la libertad.

Hoy nuestra plaza 25 de Mayo, cuenta con obras de artistas reconocidos, a fines de 2007 la plaza se sometió a una obra de puesta en valor con la finalidad de mejorar su funcionamiento, revalorizarla desde lo ambiental y reconocerla como nuestra plaza principal, conservando el carácter y la estructura, de manera que hoy conviven la memoria y el futuro en ella. La estatua de la libertad volvió a su seno, tal vez por eso es el lugar que elegimos para manifestarnos. Donde la política se hace presente, sin vergüenza y proponiendo voces plurales, para defender la república o para reclamar derechos, para caminar juntos por la justicia o para gritar a viva voz por nuestros ideales.

Allí realizamos nuestros actos, honramos al libertador, nos resguardamos del sol o respiramos el perfume de los tilos mientras nuestros hijos en bici sueñan volar. En su interior los cedros, las palmeras y el roble, nos recuerdan la importancia de oxigenarnos y la belleza de lo natural. En el contorno, los bancos poblados de historias, nos ofrecen su solidez y su arquitectura sencilla invitando al sosiego. Muchas veces la llamamos plaza “San Martín”, pero que importa. Si sabemos dónde es, si sabemos para qué la usamos, si la vida comercial, política, administrativa, judicial y financiera de Junín se desarrolla en sus alrededores. La región la conoce, nosotros los juninenses la vivimos.

Y el monumento central, que origina la confusión en su nomenclatura, en honor al General José de San Martín, consiste en un pedestal sobre el cual se encuentra la estatua ecuestre, réplica de la que tiene la Plaza San Martín de la ciudad de Buenos Aires, y que realizó el francés Louis Joseph Daumas en 1862. El Banco Nación y su magnífica arquitectura, es el fondo perfecto para una plaza, y se funde con la pirámide trunca de Salvador Roselli. Aunque todos sepamos por el monolito que fue la Plaza de Armas, lo que la diferencia es que si vos necesitás encontrarte, descansar, citar, o marchar es a la plaza 25 de mayo adonde te dirigís, Una plaza que es conciencia de la historia y de los proyectos ciudadanos, que marca el ritmo de la vida local.
Los juninenses sabemos que la plaza 25 de mayo es algo más que la esquina del punto cero, es nuestra cómplice, es la plaza de los sueños y las oraciones, la de las rupturas dolorosas, la del inicio de la vida en comunidad. Es la plaza, nuestra plaza, la que nos pone de pie, en la que entonamos el himno, flameamos banderas, o donde las carpas cobijan reclamos con integridad.
Siempre hay una historia que contar en su ortogonal existencia. Hoy, intenté que ella, nuestra plaza, sea la protagonista.

Plaza del Sesquicentenario: Donde los niños de Junín permanecen eternos

Entre las calles Liliedal, Belgrano, Rivadavia y la Avenida San Martín, los niños de Junín permanecen eternos. Sus gritos alegres, sus manos entrelazadas, las rodillas manchadas y las carreras por el túnel que tenían con los tambores acostados de hace años, no se marchan y al grito de pluma pluma vuelven a quitar la sortija en la calesita perfecta, esa que nos permitió a todos ser felices, disfrutar de un caballo alado y sentirnos Reutemann en un autito, Una calesita que nos incluía, que no diferenciaba clases con sus caramelos regalados, que prometía sorpresas y maravillosas tardes o noches en familia.PUBLICIDAD

Y sigue siendo nuestra esa manzana perfecta, donde los chicos planean y se cuelgan y se ríen sobre toboganes coloridos recién remodelados, con la misma alegría de otras décadas.

El terreno formaba parte del predio del Ferrocarril Central Argentino. Al construirse la Avenida San Martín quedó como un espacio sin urbanizar, que era utilizado por los circos que visitaban a la ciudad y se instalaban allí.

Por 1977 se construyó la plaza, siendo su nombre un homenaje a los 150 años de la fundación de Junín. Una plaza siempre es un proyecto de vida, y ésta que se destinó totalmente a juegos infantiles, es un proyecto de niñez feliz, por eso es conocida por los juninenses como la «plaza de los niños».

Con su remodelación en el 2007, la plaza dejó de lado los giros de la calesita y se avocó a juegos integradores, a símbolos de los nuevos paradigmas de la infancia, que hoy tienen que ver más con la seguridad y el orden. Sin embargo, en alguna esquina, es posible ver la creatividad nacer en una charla ininteligible entre Juancito y Alegra, que proponen que el mundo se vuelva verde y los manche para siempre con sus plantas, o los helados de tierra que sigue fabricando ese Nacho inmortal que trasciende generaciones.

Porque los niños, son niños, no se contaminan fácilmente, no se impregnan de metales que no tienen nada de valioso.

Y en una escalera mágica suena María Elena Walsh para invitarlos a jugar, pero despacito, pluma pluma, sin caerse, subiendo a la nave del futuro con el corazón lleno de pasados que no conocieron aún, gloriosos y perfectos. Juninenses. Nuestros.

Plaza Ferrocarriles Argentinos: Un sitio de encuentros

Los ferrocarriles son inherentes a la historia de nuestra ciudad, fueron motor de progreso y de crecimiento, pero también de desazón y fastidio. De partidas, de regresos, de amores desencontrados, y la Plaza Ferrocarriles Argentinos fue reflejando la historia en su seno.

En 1884, cuando el Ferrocarril Buenos Aires al Pacífico llegó a Junín para instalar sus talleres un par de años más tarde, arribaron técnicos y directivos ingleses que comenzaron a radicarse en el pueblo, que en 1905 pasaría por la revolución que el ferrocarril trajo, a ser ciudad. En ese entonces, se inicia el Club Inglés, que estaba ubicado a menos de cien metros de la estación, donde hasta el 2012 funcionó el rectorado de la UNNOBA, que reunía a la colectividad sajona.

Frente al club, se situaban las canchas de tenis, que dieron origen a la plaza, en un principio llamada Británica. La plaza se halla, a su vez, frente a la estación ferroviaria en el barrio Pueblo Nuevo, y entre las calles Newbery, Sáenz Peña, General Paz y el pasaje La Porteña. Constituyó en su momento, un espacio organizador de las actividades ferroviarias, ya que en torno a ella se ubican los edificios de la estación, la casa del ingeniero seccional, el Club Social Ferroviario y el edificio Vías y Obras, Tráfico, y Sanidad.

Esta plaza se mantuvo sin cambios manifiestos por varias décadas, hasta que para el primer centenario de la llegada del ferrocarril a Junín (1984) se puso en valor y rebautizó como Plaza Ferrocarriles Argentinos. En 2011 fue reformada y se colocó la escultura El origen, obra de los arquitectos locales Salvador Roselli y Julio Lazcano, realizada con materiales íntegramente ferroviarios, mediante técnicas de ensamblado y soldadura.

Hoy la plaza sigue siendo sitio de encuentro, se realizan en ella festivales de música independiente, campeonatos de hip hop, el Mercado de la Estación y muchas otras actividades que involucran diferentes actores sociales.

Y entre artesanos, músicos, escultores o simplemente pasajeros en espera, se suelen oír las voces de los ingleses de antaño, que sentían orgullo por su hacer, por el aporte silencioso y eficiente que dejó huella histórica en la ciudad, reflejada en un recorrido que muestra esa obra. Si alguien se sienta en la plaza, y se queda en silencio, un raquetazo al olvido lo sacude y le cuenta que dos siglos atrás, hubo pioneros que trabajaron para forjar unión entre pueblos por medio del ferrocarril, lejos de cuestiones políticas, se encargaban de hacer funcionar las máquinas, los rieles, los silbatos, para que nuestros abuelos llegaran, de muchos países del mundo y en ese tren, lleno de ilusiones, arribaban a Junín para cohesionarse y formar el tramado social que hoy nos une. Para trabajar por un futuro que es presente y para que sus bisnietos toquen la viola en un recital sobre la antigua cancha de tenis, con la misma esperanza en el mañana que trajeron sentados en un vagón sus ancestros.

Junín es producto del Ferrocarril, y la plaza Ferrocarriles Argentinos lo refleja.

La Plaza Marcilla

La idea de generar un nuevo encuentro en este año que comienza, enseguida me llevó pensar en las plazas como sinónimo de expresión y libertad, como espacio que desde la civilización creta minoica en adelante, congrega a los ciudadanos y los invita a expresarse, para ser libres de reunión y socializar.

Las ágoras actuales a veces cumplen otras funciones, pero ante las inequidades vuelven a ser aquellas que sirvieron para dar cita a la polis a la hora de la reflexión.

El deseo es siempre motor de cambios, y en este 2020 sería una vuelta a la ética y la caballerosidad. Por eso elegí esta plaza para comenzar los domingos de Espacios Urbanos. La Plaza Eusebio Marcilla.

El primer recuerdo que llega a mí es mi padre contándome su historia sentados en un banco blanco rodeados de pinos, tendría seis años y miraba su escultura con interés. “El caballero del Camino”, me decía, lo conocí hija, era un hombre impactante, sencillo, lleno de paz. Fue mi primer super héroe, lo imaginaba ayudando a quien necesitara montado en su vehículo mágico. Con el tiempo la plaza fue risas, payanas, la soga, escondidas y la picardía de un beso robado a la salida del club, pero siempre estuvo esa historia latiendo, esperando para ser contada en mateada de amigos, que se sorprendían de los detalles que daba. La escuela me trajo a la señora de Marcilla como vice rectora y tuve allí nuevos datos para agregar a mi abundante historia mitad cierta mitad ficcionada sobre Eusebio.

Siempre sentí que ir a la Plaza Marcilla era ir a su encuentro, y hoy que escribo sobre este espacio que pobló mi infancia y me adolescencia de imágenes y momentos, vuelvo a su historia, una historia que es fiel espejo del valor de la virtud, del ejemplo de vida que fue este hombre que trascendió siglos y que es recordado no sólo en el monumento de la plaza, o el Día de la Caballerosidad Deportiva, o el Autódromo, sino en cada conversación donde se habla de moral incuestionable, sobre bonhomía, sobre ética. Parecen cuestiones básicas, pero muy pocos seres en el mundo las ejercen como es menester. Eusebio Marcilla fue uno.

Y la plaza me resulta el espacio más trascendente para recordarlo, porque la plaza es un espacio donde confluyen la alegría y la queja, la franqueza y el destierro. Marcilla era un hombre especial. Algunos datos lo demuestran. En la carrera Buenos Aires-Caracas auxilió a Juan Manuel Fangio, a Urrutia, una carrera que venía muy bien, y dejó todo para asistir a sus rivales, los auxilió y volvió a la ruta junto a Marimón animándolo a continuar y ganar quedando él en segundo lugar. Pero sus logros deportivos no pudieron opacar su espíritu, su imprevisible bondad, con la que cautivaba a todos. Fue subcampeón de Turismo Carretera en los años 1947 y 1948, ambas ediciones por detrás de Oscar Alfredo Gálvez y en 1952 por detrás de Juan Gálvez. Al mismo tiempo, obtuvo 9 victorias en competencias finales entre 1941 y 1953. Pasó a la historia como El Caballero del Camino. Era un hombre que prefería se fiel a sus principios aunque perdiera la gloria del triunfo, pero logró así una mayor. La eternidad.

Y ahí, en la Plaza Eusebio Marcilla, es posible eternizarse. En sus historias la ética no es cuestión menor. La ética que construye lazos limpios, es posible en esa plaza, el amor es posible en esa plaza, el deporte también, hoy colorida y teñida de niños que saltan y cantan y que del colegio se tiran en sus verdes laderas, la plaza emana a Marcilla. Entonces, si cierro los ojos puedo verme con Vero, Mela, Loly, Claudia, Chelo, el Colo, Pathy, Sata y algunos más corriendo llenos de vida en pos de un pido mancha. O contando con ojos semiabiertos apoyada en un tronco que Marcilla nunca tocó, pero que naturaleza obliga, tiene su ética, y me susurra: no hagas trampa, son tus amigos. Entonces cierro los ojos y me cantan piedra libre. Pero vivo en paz.

Plaza Eusebio Marcilla, enfrente, el colegio Marianista, en el otro frente, el Club Junín, a dos cuadras, Fátima, en pleno corazón de un barrio que sabe de un hombre que alza a otro en un monumento.

Invito a ir a esta magnifica y renovada plaza, a disfrutar su espacio, a ver a nuestros niños y jóvenes hacerlo, pero también a transitar en las cercanías del monumento, recordando valores que parecen perdidos, como la solidaridad, la amistad, el compañerismo, y la honestidad. Valores que le sobraban al gran Eusebio Marcilla. Y que el mundo veloz de hoy, donde todo es fugaz, éste universo líquido que estamos construyendo y que nos diluye sin darnos cuenta que son esas calidades las que nos diferencian.

Las ágoras deben ser espacios libres, para reflexionar, para que el pueblo lo haga, para que muestre quién es, tal vez los breves relatos propuestos en este espacio de un periódico local, sean el inicio de una era donde la valentía, la ética y la paz no sean utopías.

OPINIÓN: Cambios y contrastes

Desde el 1 al 24 de diciembre los cristianos nos hallamos en tiempo de adviento. ¿Pero que es el adviento? Etimológicamente, la palabra Adviento es de origen latín “adventum” que significa “llegada” y se supone que es tiempo dedicado a la reflexión, penitencia y oración como preparación para recibir al Señor Jesucristo. Pero para nosotros, los transeúntes comunes de la vida, el adviento puede transformarse en un tiempo interesante. Un tiempo que nos interpele, proponiendo cambios y contrastes que discutan paradigmas y principios.
¿Somos lo que decimos ser? Realmente en el día a día nos vamos ahuecando en otras pieles y si nos tomamos el tiempo para reflexionar, tal vez no reconozcamos nuestra esencia en la persona con la que caminamos la vida. Es una cuestión atractiva repensarnos. Porque en la resignificación individual reside sin duda, el cambio social. Ese que tan a menudo planteamos como una necesidad imprescindible y con el que tan poco nos comprometemos.
Pedimos justicia, pero ¿somos justos? ¿O sólo queremos justicia unilateral? ¿Tratamos en forma justa a los que amamos como a los demás? ¿Nos tratamos con justicia? Gritamos por la igualdad de derechos, sin embargo, es muy probable que en el día a día no veamos las inequidades que nos rodean. O terminemos discriminando a otro por diversas razones, raza, altura, peso, edad, género, no importa qué. Añoramos honradez en los otros. ¿Y la nuestra? El ego generalmente nos obnubila de tal forma que dejamos pasar amores, familia, oportunidades únicas y cambios solo por él. Exigimos igualdad, ¿por qué? ¡Es tan valiosa la diversidad!
Tiempo de adviento, tiempo de cambios, de espera, de propuestas, pero esta vez, hazlas con el dedo apuntándote. Y entonces, entre vos y yo, es decir uno con el otro, tal vez comencemos a crear el mundo que hace siglos proclamamos como humanidad, y del que nos alejamos día a día por no vernos en espejo. Sin vos no existo, sin mí, no existís. Somos ese otro social que nos refleja. Por eso te invito, seas o no cristiano, a pensar con el alma abierta, con los brazos abiertos, con el corazón latiendo en pos de una sociedad que nos cobije y nos devuelva el reflejo solidario de un mundo mejor.
Construyamos juntos la realidad que deseamos, no es cuestión de pedir, sino de hacer.

Historias de Barrio El Molino, los fuelles, las letras, la bohemia y el fútbol

El barrio “El Molino” conlleva una historia forjada por nombres que quedaron sellados en el alma de los habitantes de su arrabal. Los hermanos Ernesto y Fortunato Tassara, inmigrantes italianos, instalaron un pequeño molino de piedra llamado San José. Con el tiempo y el trabajo, las tres bolsas iniciales se transformaron en exportaciones y empleo para muchos juninenses. Pero no era un sector que solo hablara de trabajo.
Los fuelles, las letras, la bohemia y el fútbol lo marcaban. La epopeya lo señala como particular entre otras barriadas de la ciudad. Supo de gloria deportiva en los pies de los grandes de Mariano Moreno, los Tablada, Fito Inglese, Orlando Giménez, los Gnazzo, Nuncio Cadile, Marchesse, los Zamparollo, Abel Pardini, Guzmán, Néstor Caporaletti, Ángel Tomeo, Rebecco, Reinaldo Caramelo, y los que batallaron el ascenso al Nacional de la AFA como Romero, Valdivia, Cabrera, López y Pondal. Los versos de Saborido lo vocean: “yo soy del barrio malevo y canyengue, más apartado de nuestra ciudad, que tiene historia de funyi y de lengue y fuera nido de un criollo zorzal… En este barrio las gauchas guitarras cantan de noche su triste canción en homenaje de aquellos muchachos que nos legaron a Moreno, el campeón”.
Pero El Molino, entre otras, también contiene a la plaza L.N. Alem, tradicional e histórica para nuestra ciudad, en ella remataba el Fuerte Federación que nos dio origen y se encontraba el cementerio. Durante años se la denominó Plaza de la Cruz porque había quedado una cruz de madera su antiguo rol. En el año 1900 por ordenanza municipal pasó a llamarse Leandro N. Alem, en homenaje al fundador de la Unión Cívica Radical. Y un monumento de bronce de una sola pieza, obra del gran escultor juninense Ángel María de Rosa, la enaltece.
La risa y el juego de los niños en la otra plaza les cuentan a Negreti historias, y se animan juntos a sortear la alcantarilla de la calle Chile, que es monumento de tradición y suburbio. Los Calderone, los Petraglia, los Rucci, los Stamboni, los Rusailh, y más nombres pasan por ella cantando sueños. Dicen que por la calle Uruguay, las noches de verano, se puede ver a Juan Ayala girando al compás del dos por cuatro, mientras se hace cargo de las cuestiones vecinales sin chistar.
Es un barrio de plazas, como la que recuerda a los Presidentes Constitucionales Argentinos, en clara referencia a la importancia de la república. Y las que perpetúan a Destéfani y el mencionado Negreti. Es un barrio que proletario y real, se erige creciente y temerario, consciente que la vida y la muerte están al lado, cuidando de mantener el equilibro. Nos recuerda el crecimiento y nos aloja en sus entrañas, se confunde con cada transeúnte que lo pisa.
Hoy los comercios cotidianos, esos que nos permiten el día a día, Hotel Colón, la Ferretería de Nalino y un par de bares mistongos, lo visten de modernidad adquirida.
Sin embargo, la cuenta regresiva de la historia siempre desgarra su quehacer en esas calles y en la Plaza del Sesquicentenario juegan de incógnito las nuevas generaciones juninenses con las voces del pasado.