Perder el juicio

«Cualquier madre a la que le cortan las manos de los hijos o los llevan del otro lado del muro, hubiera hecho esto y más. No digo madre porque no es una prueba de amor. La ley no entiende, los jueces no entienden»

Ariana Harwicz, escritora argentina que reside en Francia, finalista del premio Man Booker Internacional con ‘Mátate, amor’, es una escritora con la que no podemos permanecer ecuánimes, despierta pasiones con su modo destronado y único de escribir. ‘Perder el juicio’ es, nada menos que la historia del y el desamor de una mujer, enceguecida, que en el fragor de la lucha pierde la custodia de sus hijos y decide incendiar la casa paterna para recuperarlos. Los secuestra. Pierde los dos juicios, el de custodia, y el propio, en el devenir de esta novela corta, narrada por la protagonista, con un aporte único del presente, aunque las digresiones crean a veces un clima atractivo de pasado feliz, o al menos, tranquilizador, y cuenta con diálogos negros entre los esposos y los suegros.

La autora le da a la narradora una contundencia feroz, y no teme expresar su descontento con la hipócrita progresía contemporánea, se atreve a comparar el secuestro de niños,xon el robo de los mismos en dictadura, dice: que igual robo es en una dictadura que en una democracia, que alegar que se hace por el bienestar de los niños, no quita que el robo siga siendo un robo. Opiniones como ésta vuelven la novela mucho más que una historia, es un grito a la conciencia, al rescate de la lógica, a dejar atrás la falsa expectativa de que porque hablemos lindo somos buenos, vuelve una y otra vez a la contundencia de los hechos para recordarnos que son los que valen. Palabra, vaya paradoja, sobran.

 La autora en esta historia se involucra como sombra, es casi una dúplica de la narradora y así nos hace partícipe del trágico momento de la misma, al punto de que nos pone en situación de pensar qué es lo que nosotros haríamos en su lugar.

Es una obra a lo Harwicz, inquietante, molesta, que nos hace replantear posturas y nos cuestiona, siendo la moral una duda constante entre los que hacemos y lo que decimos, y el precio que ser paga por la hipocresía. La imagen como necesaria para que la justicia nos crea es otro de los aciertos de la autora, que susa a la abogada de la narradora para mostrarnos la cáscara de la justicia. Esta jurista no ve a la mujer que defiende, ni siquiera tiene el tiempo para ocuparse de su caso, pero le da tips de vestimenta y gestualidad necesarios como si fuera una receta milagrosa, mientras que su cliente, la narradora es una mujer extranjera reconcomida porsus hijos que trabaja en un viñedo y que asiste a las visitas supervisadas con un cuchillo escondido,

El libro nos muestra la maternidad como el acto más trascendente de lo humano, la fecundidad, los tratamientos de fertilidad, la inmigración, los conflictos religiosos, políticos, es decir nos muestra el mundo, pero se detiene en la injusticia presente en aquellos divorcios en los que las denuncias mutuas y acusaciones destrozan lo único valioso: los hijos.

Despupes del secuestro y del incendio, la huida es épica, y nos hace replantear cuanto se hace por amor a los hijos o por necesidad de lastimar a los que nos hieren. En todo caso la narradora muestra las dos versiones, las caras del dolor y el amor, la locura y la coherencia para poner todo el sistema de vida actual en tela de juicio.

‘Perder el juicio’ es un desborde, y se derrama aun más cuando nos hace saber que la narradora es una escritora indaptada, que según su pareja fracasa por contar la realidad como irreal. Es muy interesante que narra quien agrede, quien secuestra, quien intenta matar y narra una madre, y lo más espeluznante es que tendemos a justificarla, pero estamos tan atravesados por lo cultural que, si el narrador fuera hombre, sin dudas los crucificaríamos. La inequidad de la época y Ariana Harwics, que atravesó un proceso de puntos de vista a la hora de escribir esta historia, una vez escrita, nos enjuicia a nosotros. ¿Hasta donde la moralina ideológica del progresismo nos impide revisar, ajustar nuestros juicios? Harwicz nos propone el pensamiento crítico, para reveer la versión oficial de la historia, ser capaces de ver más allá de lo que quieren que veamos. Es una ejercicio muy interesante para poner en práctica con casos que seguro, nos rodean.

Dice Harwicz: «No se decide nada a lo largo de una vida, uno va siguiendo con debilidad la propia vida por los caminos que te van indicando, la vas tratando de alcanzar sin firmeza siempre a unos pasos de caer en un barranco, pidiendo ayuda a la persona equivocada, haciendo autostop en una carretera peligrosa, huyendo de donde había que quedarse, quedándose por error».

Y para qué agregar más.

Lo mejor (no) es que te vayas

«En este lugar, donde acontece lo que sigue, las mujeres perfilan las paredes con una delgada cenefa de nogalina. Aquí todos saben que la escritura es una cenefa… y que la cenefa es una escritura, virgen, ideogramática, secular, una escritura-surco. Si su cauce es indeciso y poco visible las historias se suspenden en un limbo de piedra sin desenlace claro.

Con el paso del tiempo, muchas casas y tierras se van quedando vacías y el trazo de la cenefa se va haciendo progresivamente más borroso e intermitente hasta casi desaparecer. Conforme esto sucede las familias dicen a sus hijas: «Lo mejor (no) es que te vayas». Algunas hacen oídos sordos y siguen pintando su cenefa, otras se marchan del todo y muchas «se van y se quedan».

En cualquiera de los casos se establece entre ellas un pacto implícito por el que acuerdan no hablar nunca más del tema y sí hablar de las pequeñas cosas. Se piensa en el lugar, que quien no se deleita con las pequeñas cosas es gente peligrosa»…

 Remedios Zafra, (Zuheros, Córdoba, 3 de noviembre de 1973) es una escritora, profesora y ensayista española, especialista en el estudio crítico de la cultura contemporánea, la antropología, el ciberfeminismo y la cultura digital.1​ Su obra ha sido reconocida con diversos premios, entre ellos, el Premio Anagrama de Ensayo en 2017 y el Premio Internacional de Ensayo Jovellanos en 2022.

Remedios Zafra hace una recopilación literaria de situaciones en las que la mujer le resulta incómoda al hombre, por sus actitudes, por su forma de ser, por su actividad. Y todos son lugares cotidianos, lugares que apestan a domesticación. Este libro, Premio Mujeres del Medio Rural y Pesquero, 2007, nos adentra en historias de mujeres de pueblo, comunes, lógicas, bravas, soñadoras, sensibles, descoloridas, rayadas, muertas de miedo, atrevidas, estúpidas,mujeres que cambian, mutan, se mueven, establecen prioridades, tienen un eureka, o se dejan morir. Todas enredadas por la ruralidad de sus vidas, la precariedad de sus pueblos, las mentes estrechas, la magia de la naturaleza, contradicciones tambien diarias y serviles al reloj. Mujeres que se rebelan, pueden, no pueden, amenazan, son coartadas, y siempre pero se siempre tienen a un hombre incomodándoles la vida. Si sos feminista es un libro imperdible, y si no lo sos, es necesario, para reflexionar, para modificar, para comprender, para acomodar, tal vez, lo mejor (no) es que lo leas.

Un Amor

“Fuera el silencio no es como esperaba. De hecho, no es silencio. Hay un rumor lejano, como de carretera… También se oyen grillos, ladridos, el claxon de algún coche, los gritos de un vecino arreando el ganado, ya de recogida”

Sara Mesa (Madrid, 1976) es una autora relevante en la literatura española contemporánea. Su obra, profunda, comprometida, de una exigencia a veces brutal viene rompiendo cánones. Si bien nació en Madrid, pero su familia se trasladó en su infancia a Sevilla, donde se crió,y vive hasta hoy. Estudió Periodismo y Filología hispánica. Siembre fue lectora pero escribe desde los treinta.

En esta novela ultra galardonada, Nat, la protagonista, escapa de la ciudad y de sí. Busca tranquilidad para una traducción en la que trabaja. Pero la paz no llega, y queda enroscada en situaciones incómodas e inquietantes que lastiman su frágil equilibrio emocional. Se deja llevar por el miedo al casero, juzga y es juzgada por sus vecinos; excepto Peter, un personaje que no es tal, construido con maestría en su ambigüedad.

El alemán, un vecino duro y enquistado es con quien se relaciona de una forma atractiva para el lector, aunque llena de vertientes obsesivas para la protagonista. Nat es habitada por cada vecino, es espejo de ellos, y en el caso de Andreas, el alemán, incluso es vulnerada. Es que aún viniendo de un mundo de independencia y cultura, ella se precipita en conductas básicas, rusticas, machistas y hasta promiscuas con tal de pertenecer.

La casa es un protagonista más de la novela, por ella y en ella se juegan miedos, renuncias, secretos y también aparece la inocencia pendenciera de Nat respecto al pueblo, representada en los objetos, las plantas, los movimientos. Cada párrafo dedicado a esa casa nos habla de ella y su vida, de ella y su interior complejo.

Ella es extraña entre extraños, elije a un perro que también se le impone, no logra comprender, no encaja, ¿encajaba antes? ¿en ese mundo ordenado y citadino del que huyó ante el primer error? Tal vez Nat nos representa porque es universal, contradictoria, humana, voluble, neurótica e infeliz como nosotros. Su sumisión también engendra violencia en el lector, lo emociona, lo interpela, y lleva a la trama de tal forma que a veces nos sentimos Nat, nos preguntemos que hacer, como vivir, donde está lo buscado, cómo seguir.

Sara Mesa nos propone una lectura ágil y reflexiva, con un dejo de Lispector en su prosa. Sugiero una lectura intensa y aplicada, para esta novela exquisita, llena de nuevos encuentros y giros que la autora logra en su voz y que la vuelven única.

Panza de Burro

 Panza de burro tiene la frescura de su título, promete y cumple con una voz joven, nueva, llena de frescura que construye un texto a partir de la prosa sin miedo de la autora. Un aplauso a Andrea Abreu por permitirse creer en su texto y a la editorial por la apuesta. Es una novela breve, alegre, oral y sin encasillamientos. No puede definirse entre los cánones tradicionales y eso la transforma en asombrosa.

La mirada concreta de la autora sobre lo local, vuelve a esta novela un proyecto interesante, ese modo de decir como en el barrio, el aroma a resto que crea, los modos, el ambiente, nos lleva a sentirnos partes de esas pre adolescencias complicadas y sin respiro. Panza de burro es la primera novela de Abreu, y vuelve a esta autora una promesa, el riesgo es claro, veremos si la novela es tan única por ser primera o si nos trae aparejadas más novelas como ésta.

Estas chicas canarias nos hablan directo, y ese es el mayor logro de la obra, la oralidad local con la que construye a los personaje, una apuesta al lenguaje como viene, sin puntuaciones ni ortografía, sin temor. Las jovencitas viven soñando la playa, dentro de una isla, eso ya ambienta un mundo de inequidades, que las envuelve a diario con injusticias y malos olores. El mar, con toda su simbología es la zanahoria de estas vidas, que transcurren entre pares y perros sarnosos.

Andrea Abreu pega dos veces, con la brevedad y la claridad de su novela. Con el lenguaje infantil de Isora y la protagonista, con las abuelas abusivas y los juegos sexuales de niñas que se vuelven sueños entre dedos y pepes.

Les queda la vida por aprender, pero nos enseñan en cada página, una el deseo de la otra, los fisquitos, los besos y los desprecios en la búsqueda de conocimiento, nos van atando a estas chicas, hasta no querer dejarlas ir.

Los padres están pero no, hablan pero no, porque no las crían, ni las reprenden, no se hacen cargo, existen en su invisibilidad.

Panza de burro, es una historia sencilla y profunda que además tiene una forma 2.0, que rompe las reglas de la gramática para brillar. Es una novela hermosa, que nos lleva de la nariz y nos hace pensar que se puede escribir diferente, sin prejuicios para contar lo cotidiano.

Les dejo un párrafo para que se mareen y no puedan dejar de comprarla.

suspiró de nuevo y se sacó las bragas (…) Y se dio media vuelta y se fue caminando por la calle pabajo. Y yo la observé descender en sisá, con esa especie de cojera que le daba rascarse el culo cada tres pasos. Ya a la altura del cruce se dio la vuelta, despacio, se dio la vuelta despacio como un hombre viejo con bastón y gorra de la ferrería Los Dos Caminos. Shit, acompáñame hasta cas Melva, por fa, que yo siempre te acompaño”, hasta el fondo de sus formas de ser, “alimentarse de una misma hasta darse la vuelta como un calcetín hasta desaparecerse hasta que los dientes de una misma se comiesen a una misma empezando desde dentro después botar los intestinos pa fuera pol culo como una cabra con la matriz desprendida y hacerse un collar de burgados con los intestinos y pensar en regalarle el collar a isora pensar en regalarle el juguito de las jieles a isora que es lo último que le queda a una cuando ya no le queda nada”.

Vete de mí

“Ubi amor ibi miseria”

Carmina Burana

Alejandra Laurencich nació en Buenos Aires, en 1963. Es narradora y editora. Egresada de Bellas Artes, estudió cinematografía. Fue guionista. Publicó las novelas Las olas del mundo y Vete de mí, los libros de cuentos Lo que dicen cuando callan, Historias de mujeres oscuras (2° Premio de la Ciudad de Buenos Aires), Coronadas de Gloria (3° premio del Fondo Nacional de las Artes) y el libro El taller, Nociones sobre el oficio de escribir . Parte de su obra se tradujo al inglés, alemán, hebreo, esloveno y portugués. Dicta talleres y seminarios de escritura y hace supervisión de obra para narradores. Fundó y dirige la revista La Balandra.

Vete de mí es una novela amasada con el tiempo, se nota en el maravilloso mundo de personajes apasionados y torturados por Luis o “Louis”, el aristocrático y flemático protagonista. Este típico chico de clase alta, corrompe y es deseado, ha sido malquerido, huérfano de madre suicida, con un padre despectivo y una madrastra sin escrúpulos, trató también de atentar con su vida y fue internado.

Luis fue novio de Mariana , ella se está casando con otro, queriéndolo a Luis. Mariana, Black y Pachu, forman un grupo joven y descontrolado que abusó de todo y se atrevió a lo perverso. Pero en un “hoy” sin tiempo, Luis comparte sus días con Ray, un respetado y simbólico doctor amigo de su padre. Y luego, marcado por nuevos abusos de éste hombre, Luis va al casamiento de Mariana, recompone la relación perdida con Black y se esconde en su casa, obligando a su amigo y a Pachu a un aislamiento entre amoroso y siniestro.

El texto va y viene, el narrador también, vemos la historia desde distintos personajes, sabemos poco, lo que ellos nos quieren contar y la única cuestión que hilvana la historia es la certeza de que algo malo va a ocurrir. Narrada alternativamente en primera y en tercera persona, con la visión subjetiva de cada narrador, Laurencich nos muestra la historia de este grupo entrelazado de amigos, amantes y desconocidos, y lo hace con hondura, como quien escarba el dolor de los otros para saber de sí, como quien también goza con ello.

Este Dionisio moderno que construye la autora en Luis, con su aire despreocupado y andrógino es motivo de adoración, todos los protagonistas terminan atraídos por este Dios bilingüe y subdesarrollado que marea y encanta por igual.


El relato verosímil y la trama densa nos ahoga, es una especie tortura creíble donde todo que puede ser: el maltrato, lo ambiguo, las vejaciones, pero lo increíble de este grupo aislado y enfermos es que son creíbles, en la vorágine loca y atrofiada del mundo que se crean, y eso hace que la novela nos atrape y nos haga desear, tanto como a los protagonistas, saber de Louis, de sus modos y de su estela maravillada. Claro que con buena prosa y excelente calidad. A lo Laurencich.

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Para comerte mejor

«Mi padre decía que de lo primero que te expropiaba un buen trabajo ideológico era del corazón»

Giovanna Rivero

Es inevitable consumir a Giovanna Rivero en cada respiración leída, en cada mundo creado con la maestría sagrada de lo innombrable, se nos vuelve alimento esta autora que no mide sus partes, que puede hacer que abracemos una pierna agangrenada y la olamos buscando en ella nuestra falta. Me alucina su escritura cavernaria, su lucidez antropológica y la matriz andina que es el oxígeno de cada cuento, en este conjunto escrito para permanecer, imaginado, sostenido por recuerdos familiares universales, por deseos prohibidos, por costumbres ancestrales que ni el terror, ni la fantasía percuden.

La autora se detiene en los restos, en los miedos, lo defectuoso, aquello que nos permite brillar. Cada historia enredada en otra, cada personaje redimido por sus palabras nos sumerge en maravillosas historias, maravillosas e inevitables. Y las mujeres áridas son simiente, madres abusadas por otras madres, madres que pervierten el orden natural de un futuro ominoso. Hombres dios que no pueden evitar lo humano, ciudades arrasadas, desgracias acontecida. Todo emerge de su texto con una voz primigenia, una que nos hace soñar con otra Latinoamérica, lucida y despojada, para alumbrar en letras lo que no pudo aún parir. La cultura precolombina subyace en cada cuento. Algunos denuncian, como «Pasó como un espíritu», en el que el deseo es personificado por Evo Morales. Nos relata escenarios que van desde lo fantástico a lo gótico en forma magistral , paisajes que nos obligan a ver, que nos empujan hacia lo que queremos evitar, para interpelar verdades absolutas de la mano de ratas, invitándonos a la mesa de platos podridos de nuestra propia existencia.

Las historias nos llevan de la mano, pero cuando miramos, podemos tener dedos zombies o antropófagos abrazando los nuestros, y nos eleva a la niñez para padecer la tragedia pedófila de una ensueño donde las hadas nos hunden bien profundo, en ese hueco del alma que reservamos al inframundo.

Con este libro, me sentí monstruo y leí desaforada cada relato, para envenenarme, inyectarme, parir y desgraciar la historia cotidiana junto a una autora de respeto, una que traspasará generaciones.

Para comerte mejor es una lectura necesaria.

El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes

‘Porque los seres humanos están enfermos y podridos y lo saben y fingen por miedo a estar sanos y ser buenos y porque así es más fácil’.

Tatiana Ţîbuleac

Esta ópera prima de una autora moldava, Tatiana Ţîbuleac atraviesa la relación madre e hijo narrada por Aleksy, un joven desquiciado que no se niega a los sentimientos que van confundiendo, atormentando y tal vez enriqueciendo su vida. La orfandad, el desprecio, el odio y su posterior convencimiento de sentir amor, aún sin profesarlo quedan evidenciados en este viaje al interior del adolescente que nos envuelve; interpelándonos en las propias cuestiones de la vida.

La novela está planteada de modo tal que resuelve con herramientas seguras cada tramo, sin embargo abusa de lo contado por sobre lo narrado y hay momentos en que se repite. Tatiana Ţîbuleac nos cuenta un verano apurado por la muerte de una madre, sin embargo no se apura y se detiene en detalles diarios, incluso poéticos: ‘Cogí una libélula y pasé todo el día junto a ella’.

Sin embargo desde el inicio tiene un tono ácido y mordaz: «Aquella mañana en que la odiaba más que nunca, mi madre cumplió treinta y nueve años. Era bajita y gorda, tonta y fea.»

El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes, de Tatiana Tîbuleac (Moldavia, 1978) narra un verano de Aleksy, este adolescente con problemas psiquiátricos a quien su madre confina a un verano juntos en un pueblo de Francia, mientras está muriendo. Este vínculo complicado madre/hijo se modifica, endurece o se vuelve amoroso mientras el tránsito vida/ muerte se visibiliza. Son inmigrantes polacos que viven en Londres, hay un padre violento que abandona a la madre y al hijo, una hermana muerta, una madre quer no puede con el dolor de su hijo: «alguien que me había apartado de un puntapié como a un perro cuando yo estaba dispuesto a ser un perro solo por sus caricias» y una abuela ciega.

Por momento grotesca, la novela en realidad cuenta la espera de una madre y su hijo. Esperan la muerte para reencontrarse. «Los ojos de mi madre lloraban hacia adentro/ Los ojos de mi madre eran campos de tallos rotos» son algunos de los textos con los que la autora inicia sus capítulos, que abundan en descripciones, y lo digo como crítica, pero que tienen una muy buena elaboración de los personaje. Una madre particular sin dudas construye un hijo capaz de describirla así: «Mi madre parecía una planta de interior sacada al balcón. Yo parecía un criminal lobotomizado. Éramos, al fin, una familia».

Es una novela difícil de leer, dolorosa, con afectos vapuleados. Sin dudas Ţîbuleac nos regala un gran protagonista con buen desarrollo de sus desequilibrios mentalesque nos dan ternura y asco por igual. Aleksy también dejó de existir, sin estar muerto, entre la soledad familiar y la desconsideración del mundo. Hay en la autora destreza y metáfora, sin embargo no puedo decir que, para mi, estuvo a la altura de sus recomendaciones.

Donde retumba el silencio

«Donde retumba el silencio se incorpora a la sólida tradición de novelas de la intimidad, desarrolladas por escritoras como Virginia Woolf o Natalia Ginzburg.»
Clara Obligado

La novela ganadora del Premio Clarín no corta el aire del lector, tampoco recurre a grandilocuencias. Está escrita desde algún rincón del alma y por eso nos conmueve. Cuenta, además, con una prosa prolija y cuidada, que permite que la transitemos con fluidez.

Agustina Caride, su autora, estudió Letras, fue crítica literaria y colaboró en distintas revistas. Trabajó en editoriales; coordinó LiterAr junto a diversas editoriales para promover la literatura argentina; organizó eventos culturales para la agencia Schavelzon. Obtuvo tres premios y beca del FNA. Actualmente es correctora; dicta talleres de escritura y lectura y coordina eventos literarios en Literatura Bazterrica –Caride. Sus libros publicados son Y sin embargo no llovióCuentos con historiaCuando ella supo quién era GoldambeckPanambí y otros cuentos con historia (fue adaptado a la lectura fácil para personas con
incapacidad lectora), Última generación, Generación cero, Testigos invisibles, No habrá sino ausencias, La chica de papel, Los sueños también flotan (ganador del concurso Soy autor y editorial Quipu) y Donde retumba el silencio, novela objeto de esta reseña, publicada por Alfaguara.

Tiene herramientas de sobra para narrar la historia, y eso se agradece. Por momentos la intimidad, por momentos la crónica histórica, pero siempre sin perder la verdadera trama que es la amistad y la vida compartida entre estas amigas ahora enfrentadas: Leo y Vira. Caride construye un mundo familiar
verosímil, con personajes que terminamos llamando por su nombre de pila a medida que leemos. Y nos encontramos preguntándonos ¿Cuándo llega María? o ¿No le avisa a Gabriela?

Los simbolismos son impecables, por eso la novela nos retumba para llegar hasta el lugar donde todos fuimos o seremos una de estas dos mujeres de ochenta, que criaron a sus hijos desde donde pudieron, como sucede en esta Argentina que nos pesa, y que desde mediados del siglo veinte, nos va dejando
solos. Una arriba y la otra abajo, no es casual. Una emprendedora y ex dueña de un campo, la otra docente, peronista y sindicalista; tampoco es fortuita la elección. Somos nosotros, los argentinos, vos y yo, los Ríver-Boca, blanco-negro, las cuestiones que ni el mundo líquido nos deja disolver para
unirnos y no perder lo querido, lo valioso. 

Y de toda esa identidad habla Donde retumba el silencio, también muestra las consecuencias del orgullo, la soberbia, de la incomprensión, la rebeldía, la admiración y resulta que tras todo ese diálogo literario que propone Caride, lo entrañable termina siendo lo que se descuelga de la historia. Con las vidas
efímeras de dos amigas longevas se desmoronan silencios, miedos, deseos, sueños, alegatos y ridículas posturas políticas que a veces sostenemos para no desarmarnos, y que nos llevan a perder afectos únicos. O los postergamos como si fuéramos eternos, hasta que lo eterno llega.

No encontré a Virginia Woolf en la novela de Agustina Caride, aunque es clara la influencia de muchos autores que una gran lectora como ella tiene; yo sentí que Leo y Vira fueron susurradas al oído de la autora por Manuel Puig, para que no nos quedemos sin estas señoras memorables de la literatura
argentina.

Buena lectura, de calidad.

Páradais

Qué bien escribe Fernanda Melchor. Es lo primero que diré sobre esta obra que trae dejos de Carpentier en algunos pasajes. Qué pena que una autora de tal talla haya caído en lugares comunes, es lo segundo.

Y en el medio, transcurre una novela interesante con unas diez páginas finales sublimes. Con voz propia, Melchor nos trae a Polo, un joven sin deseos ni futuro posible que es casi una parodia de sí mismo, su encuentro con otro, de otra clase ( confieso que el tema clases sociales ya me resulta recurrente en las novelas contemporáneas) y que se ve envuelto en la obsesión de Franco, su amigo de mamúas y de puchos, dando origen a la tragedia, que redime a la autora de las excesivos «aquellos» con los que nombra al narcotráfico, en un intento infructuoso por dejarlo en segundo plano.

Melchor dice: «Quería mostrar lo absurdo de la violencia, lo innecesario de estas violencias que ocurren todos los días» Y lo hace, Páradais se mete en el terreno de la violencia pero también en las diferencias sociales, usando la relación entre un adolescente que vive en un barrio privado y otro que es el jardinero del lugar, ellos están en Páradais para mostrarnos como la obsesión y la alienación llaman a la crueldad, sin posibilidad de vuelta atrás. Hay personajes que podrían no existir, no tienen una gran justificación en la trama, y en las primeras cien páginas utiliza demasiados de recursos descriptivos y vulgarismos, en especial porque escribe en tercera persona. Aunque cada crítica que hago siento que la realizo sobre algo que está bien hecho. Es que Fernanda Melchor tiene más que dar, una lucidez literaria y un manejo de las palabras específico admirable.

La novela sobre el final nos maravilla, la técnica, los tiempos narrativos, la fuerza de la voz, y una estructuración sin aliento, para mostrarnos lo que sin duda viene diciendo Melchor con el resto de su obra: no hay paraísos, no los hubo ni los habrá.

La sombra de las ballenas

Conocí a Cynthia Matayoshi cuando hice un taller con ella, me apasionó el mundo que puso a mi disposición y comencé a leerla, pequeños artículos, un par de cuentos, hasta llegar a La Sombra de las Ballenas.

Esta escritora argentina, especialista en cultura y literatura japonesa, escribió su primer novela con la madurez despiadada de una mujer, con la magia del animé, la trascendencia de lo eterno y la búsqueda incesante de la humanidad.

Lo hace sin derrochar, su narración precisa no impide la alucinación o la distopía, pero tampoco la fuerza. Las oraciones breves en tercera persona, copulan con párrafos en primera, y muta a la poesía con la naturalidad con que sus personajes pasan de un reino a otro, de un mundo a otro, sin tapujos. A pesar de esa linealidad narrativa, las elipsis se agigantan-como ballenas tal vez- para que la historia se vuelva un infinito complejo, rico, atrapante. Los tentáculos babosos -parafraseando a la autora- de la historia construyen nuevas normas en este universo friccionado, lleno de simbolismos, que crea Matayoshi para permitirse lenguajes propios. Así, lo literal y lo fantástico, en estos mundos que se parecen subjetivamente al nuestro, en estos ambientes cargados de pasiones, amores, recelos, miedos y locura, se funden para que, como lectores, atravesemos membranas hasta comprender lo que sucede.


La historia se cuenta en dos planos. Uno es el mundo real, el barrio chino de Buenos Aires, donde el Deseo Puro es alimento, pero también es criatura, alimaña, procaz o naif, y es vendido por Fantasías que recorren el Barrio. Este deseo, corrupto al fin, es contagioso y peligroso para el orden. Uno de los personajes intenta salvar a su hermana, aislada por consumirlo. Otro plano, el fantástico, alberga dioses y máquinas y seres alucinados producto de la hibridación de reinos y categorías. Los personajes de la novela se nos presentan en un cosmos, pasan al otro, y vuelven al real, solamente para hacernos saber que todo puede retroalimentarse, que somos materia al fin, escualos y dioses, mujeres y máquinas, deseosos, obscenamente maleables y que todo, lo primario y lo complejo, puede suceder.

El universo que me abrió Cynthia en su taller, florece en La sombra de las Ballenas, con una narrativa tan original y poética que nos embriaga. Y sí, puede parecer demasiado, puede resultarnos abrumador, porque se atreve a traspasar muchas puertas blancas, con autoridad, y así atraviesa cultura, mito, creencias y se vuelva en cada oración un mundo desbordado, que se come a si mismo, lame al lector y vuela.

Esta novela oscura, plagada de sentido y sólida, nos obliga a enfrentarnos con la sordidez de los deseos que ocultamos, la categoría de lector va siendo captada, hasta zambullirnos en un Océano, donde Shiva escupirá nuestros huesos si no nos atrevemos a más, después de leerla.
Excelente obra, querida Cynthia Matayoshi, recomiendo tu libro y cierro con tu voz alucinada, en la que la imaginación se vuelve causa:

Marian escucha el canto de las ballenas, en la profundidad del tímpano oye los rugidos en una lengua indescifrable. Las ballenas no cantan palabras, cantan el silencio del mar. No les teme. Sentada en la cama, escuchando la vibración en las paredes del oído, no les teme. Tampoco las comprende. Aprendió a escuchar sin comprender, como los niños antes de hablar. 

Antes del lenguaje, rugidos. Antes del lenguaje, el sentido es la marca de un animal que se arrastra. Una hendidura en la superficie.  

Siempre es distinto. Los cantos de ballenas en las paredes de la boca, pegados a la lengua, tienen forma ovalada, como de luna invertida. Copulan con otras formas en el mar. Una vez, un sonido parecido a un pájaro, extirpado de raíz. Ballenas de pico alargado y ojos cubiertos de dientes, ojos blancos y dientes negros, alas inmaduras. Un pichón de ballena está muerto, eso imagina Marian, se cayó del nido del océano. Lo comerán otros animales o quizás lo devore la corriente.