Una más una

Contratapa: «Cuentos que cuentan de mujeres, relatos que relatan momentos de la vida de esos seres humanos que se han identificado con el género y lo han convertido muchas veces en destino. Y ahí, la mirada de Soledad se deposita sensible sobre la vida de esas personas que desean, sufren, sienten, descubren; una mirada que, convertida en voz, expresa los límites del género como destino de los seres humanos, y especialmente de las mujeres.
Una más Una nos habla de las cárceles innumerables y constantes, las jaulas en las que a veces caemos, a veces nos construimos y generalmente nos son impuestas desde el nacimiento: el amor romántico, la maternidad romántica, la heterosexualidad como norma, la renuncia a los propios sueños y a lo que nos late en lo profundo, la búsqueda de la felicidad en lo que nos aliena y la violencia, claro, la violencia que todo eso genera. Innumerables cárceles de la modernidad; de algunas escapamos con vida, de otras no.
De todo eso dan cuenta esas historias que Soledad nos trae en su hermoso libro». Lala Pasquinelli

Del prólogo de Silvia Pluis:

Lo primero que me pregunté fue: ¿por qué veintidós cuentos?

Pensé en la figura del Loco del Tarot (22), ese arcano arquetípico que representa el grado máximo de la evolución del ser y la libertad olvidada; en el alfabeto hebreo de 22 consonantes; los proverbios de Ben Sira, 22 en arameo y 22 en hebreo.

Las letras construyen y dan vida a la realidad. Arquetipos, logos y, en el centro, la figura de la mujer.

Lilith. El reflejo más oscuro de nuestra alma. Ese mito arquetípico. Protagonista principal en una de esas historias que necesitamos como humanidad para entender lo que no se puede comprender de otra forma.

Lilith. La primera mujer, la que fue hecha a la par del primer hombre, Adam. “Varón y hembra los creó”, dice el mito de origen. La que saca lo escondido de todos, y junto con eso sale la fuerza del cambio y la transformación. La que tiene la fuerza para decir “no” y asume el precio del silencio. Tomar la decisión de ser y cortar el ciclo de mujeres sufrientes, de eso se trata.

Lilith es la serpiente que ofrece la manzana a Eva (mujer costilla). La mujer independiente, perdición de las esposas sumisas.

Una más una describe veintidós “Lilith” miradas desde diferentes momentos y lugares. Y como bien dice su autora: “En este libro me animo a exorcizar historias que permitan crecer”. En lo personal, me quedo con uno de los finales de “Prueba y error”, un maravilloso relato de este libro: “Somos la guerra perdida, el desencanto, la pesimista enmienda detrás del horror. Somos propios por descarte, por definición. Perdemos en el “pudo” la esencia de nuestra corporeidad, tal vez para volver etéreos una y otra vez a vivir la misma vida”.

Sandalias Santas: amor y cerezo

Una Historia de amor que nace en una primavera japonesa y como los cerezos en Tokio florece en una travesía interior de los personajes; un paso, dos o miles, que los llevan irremediablemente al amor, Sandalias Santas es el camino de un hombre y una mujer tras la felicidad.

Fragmento:

«Tokio es único en abril: mientras nacen las frágiles flores del cerezo, los rincones antiguos de la ciudad guardan la Historia y la cultura de siglos».

La democracia no es un sistema que asegure el pan

Con la democracia se come y se educa, decía el gran Alfonsín, y era un deseo. Pero no es verdad. La democracia no es un sistema que asegure el pan. Aunque perfectible, es el mejor sistema posible, pero no es mágico.
Se come, se educa, se crece con trabajo, con esfuerzo, con conocimiento, con valor agregado. Y esa premisa nos dejó colgados de un encantamiento que no se produce.
Los mesías políticos no existen, son construcciones discursivas que aquietan la ansiedad de un pueblo que ha perdido el valor de la dignidad. Es necesario recobrarlo. Es menester educar, es una obligación moral social modificar este paradigma que desde la vuelta a la democracia, estamos sosteniendo y que nos demostró en cada crisis su falsedad.
No alcanza con la palabra democracia, debemos ser responsables, honestos, solidarios, honrados, porque es lo que hay que ser. No es un mérito. En Sudamérica nos hemos olvidado del concepto de valor, que no es el del blue ni el de ninguna moneda. Es el que intrínsecamente debemos tener como comunidad si pretendemos mejorar. ¿Y cuál es el valor de una sociedad?
Es el que los individuos que la componen le otorgan, es decir, si no valoramos nuestros héroes de Malvinas, si no valoramos nuestras familias, si no valoramos nuestros bienes públicos y los destrozamos exigiendo derechos pero destruyendo los de otros, si no valoramos a nuestros hijos, si no valoramos nuestro idioma, nuestros ancestros, nuestras costumbres, nuestra palabra, nuestros amigos, nuestra cultura, nuestros autores, nuestros vecinos, nuestros obreros, nuestras deudas, nuestras iglesias, nuestros amores. ¿Por qué pretendemos tanto?
Nos olvidamos del esfuerzo, de lo ganado con honra, de la fuerza de voluntad, de la experiencia de vida, del camino. Vivimos corriendo tras cosas que no tienen valor. Pero no valoramos la vida.
No tenemos derecho a quedarnos prendados de frases rimbombantes que políticos inescrupulosos de cualquier color nos regalen. No hay soluciones mágicas. No podemos vivir sin trabajar. No podemos pretender un estado padre que nos proponga ser hijos mantenidos a costa de la libertad.
Saquemos de una vez por todas la patria de las entrañas y unamos fuerzas para dejar un mundo mejor.
Para educar, comer, crecer y ser responsables de nuestra identidad.
¡Vamos Argentina Carajo!

Historias de Barrio El Molino, los fuelles, las letras, la bohemia y el fútbol

El barrio “El Molino” conlleva una historia forjada por nombres que quedaron sellados en el alma de los habitantes de su arrabal. Los hermanos Ernesto y Fortunato Tassara, inmigrantes italianos, instalaron un pequeño molino de piedra llamado San José. Con el tiempo y el trabajo, las tres bolsas iniciales se transformaron en exportaciones y empleo para muchos juninenses. Pero no era un sector que solo hablara de trabajo.
Los fuelles, las letras, la bohemia y el fútbol lo marcaban. La epopeya lo señala como particular entre otras barriadas de la ciudad. Supo de gloria deportiva en los pies de los grandes de Mariano Moreno, los Tablada, Fito Inglese, Orlando Giménez, los Gnazzo, Nuncio Cadile, Marchesse, los Zamparollo, Abel Pardini, Guzmán, Néstor Caporaletti, Ángel Tomeo, Rebecco, Reinaldo Caramelo, y los que batallaron el ascenso al Nacional de la AFA como Romero, Valdivia, Cabrera, López y Pondal. Los versos de Saborido lo vocean: “yo soy del barrio malevo y canyengue, más apartado de nuestra ciudad, que tiene historia de funyi y de lengue y fuera nido de un criollo zorzal… En este barrio las gauchas guitarras cantan de noche su triste canción en homenaje de aquellos muchachos que nos legaron a Moreno, el campeón”.
Pero El Molino, entre otras, también contiene a la plaza L.N. Alem, tradicional e histórica para nuestra ciudad, en ella remataba el Fuerte Federación que nos dio origen y se encontraba el cementerio. Durante años se la denominó Plaza de la Cruz porque había quedado una cruz de madera su antiguo rol. En el año 1900 por ordenanza municipal pasó a llamarse Leandro N. Alem, en homenaje al fundador de la Unión Cívica Radical. Y un monumento de bronce de una sola pieza, obra del gran escultor juninense Ángel María de Rosa, la enaltece.
La risa y el juego de los niños en la otra plaza les cuentan a Negreti historias, y se animan juntos a sortear la alcantarilla de la calle Chile, que es monumento de tradición y suburbio. Los Calderone, los Petraglia, los Rucci, los Stamboni, los Rusailh, y más nombres pasan por ella cantando sueños. Dicen que por la calle Uruguay, las noches de verano, se puede ver a Juan Ayala girando al compás del dos por cuatro, mientras se hace cargo de las cuestiones vecinales sin chistar.
Es un barrio de plazas, como la que recuerda a los Presidentes Constitucionales Argentinos, en clara referencia a la importancia de la república. Y las que perpetúan a Destéfani y el mencionado Negreti. Es un barrio que proletario y real, se erige creciente y temerario, consciente que la vida y la muerte están al lado, cuidando de mantener el equilibro. Nos recuerda el crecimiento y nos aloja en sus entrañas, se confunde con cada transeúnte que lo pisa.
Hoy los comercios cotidianos, esos que nos permiten el día a día, Hotel Colón, la Ferretería de Nalino y un par de bares mistongos, lo visten de modernidad adquirida.
Sin embargo, la cuenta regresiva de la historia siempre desgarra su quehacer en esas calles y en la Plaza del Sesquicentenario juegan de incógnito las nuevas generaciones juninenses con las voces del pasado.

Historias de barrio: «Villa Belgrano»

Como si fuera un país, Barrio Belgrano tiene vida propia, y sus vecinos la construyen con hidalguía.

Mi columna semanal del diario La Verdad.

Como si fuera un país, Barrio Belgrano tiene vida propia, y sus vecinos la construyen con hidalguía. Otrora Tierra del Fuego, pasando por Villa General Belgrano hasta llegar al Barrio Belgrano actual, su gente es de Villa, con orgullo y con conciencia. Siempre quedó en un estado de relativo aislamiento del resto de la ciudad debido a los talleres ferroviarios y se ha desarrollado como si se tratara de una pequeña ciudad. Alrededor de su plaza principal se encuentran una escuela, un club, una iglesia, una comisaría y una delegación municipal. Cuenta con sucursales bancarias, áreas comerciales y zonas residenciales. Es como si quisiera contarnos que del otro lado de la vía hay un mundo propio.
Y es que ser de Villa es tener calle, es salir a tomar mate a la vereda, conversar con vecinos, poblar la plaza Sarmiento que protege la Iglesia del Sagrado Corazón. Es saber que si te gusta el básquet, el pujante Club San Martín te aloja, o que el propio Villa o Rivadavia te van a enseñar a gambetear la vida, si de fútbol hablamos. En Villa hay cultura, por donde pases, la historia te abraza y te cuenta secretos. Te podés dar una vuelta en la calesita de Pichón, abrazar las letras en la Biblioteca Florentino Ameghino, que supo forjar don Dante Balestro, el sabio al que acudía la ciudad entera, porque su información era el Google de la época.
Los autos para ver de Elio Imperatori, que construyó una tradición junto a otros inmigrantes, Cirigliano, Marchetto, Di Marco, Piegari, Bocelli, el autoservicio de Lucaroni modernizando el Barrio. La Biblioteca Manuel Belgrano y su presidente incansable, don Armando de Miguel, espacio que aporta saber desde 1929. Casi medio siglo compramos en La Genovesa, delicias y pastas para la comunidad. Villa tiene una estrella propia, porque brilla en tono hierro de ferrocarril, Se armó con pensiones para sus empleados y hoy se recicla y crece con otros matices, En este Barrio, Barrio Belgrano, el celeste y blanco flamea en sus escuelas, en la educación universitaria que viste el antiguo edificio del Hospital Ferroviario y que cambió la fisonomía del lugar.
Soplan muchos vientos en este mundo actual, las políticas varían, la tecnología abruma, pero si necesitas volver a tus raíces, visitá el Barrio Belgrano, Observá como se plantan ante la actualidad, claramente de Villa, orgullosamente de Villa, sus vecinos exultan personalidad.
Barrio Belgrano, un barrio nacido del trabajo, el esfuerzo, la transculturación y que bajo la estirpe de un General, mantiene vivo el corazón sagrado de la ciudad. Conocelo. No te lo pierdas.

Publicada en https://laverdadonline.com/historias-de-barrio-barrio-belgrano-con-estrella-propia/

Historias de Barrio: 11 de Julio, la magia de la diversidad

Desde 1980, el 11 de Julio es el Día Mundial de la Población. Y una población se define como el conjunto de seres vivos que habitan en un lugar determinado. Porque hay algo que los une, algo que los conecta, que mantiene en un hilo conductor en ese sector habitacional que lo hace único. Sin dudas el barrio 11 de Julio tiene esa característica.
Es un barrio aguerrido, de cuestionamientos, capaz de sostener un Centro de Formación Profesional en su sede fomentista, de conservar el juego de los pibes en la vereda, de transitar el presente sin miedo al futuro. Es un barrio de arribos y de nuevos sueños. Un barrio barrio, ese en el que los vecinos saben quién es quién y en el que el antiguo Junín y el nuevo se funden entre San José Obrero y la plazoleta Héroes de Malvinas, para dar cuenta que la historia es de aquellos que la escriben. El 11 de Julio traza historia, y se amplió para adquirir otras, teñidas del verde Junín.
El verde Junín es un sentimiento, una cuestión de honor, una escuela de vida, no es solo un matiz. El verde Junín son Pocha y la tía Coca riendo a carcajadas por un chisme barrial, es el aroma a choripán de los sábados o domingos, o la familia vestida de verde Junín por la calle. La murga bullanguera que toma Gandini cantando para alentar al campeón. Es el Gallo Melillo, la fuerza de Cristian en Metrópoli, las ganas de llegar.
El verde Junín es Sarmiento, Club Atlético Sarmiento, nacido como Sarmiento Football Club en 1912 y que lleva su actual nombre desde 1933.
Casualmente también en 1980, consigue llegar a la Primera División del fútbol argentino, fue un día histórico. La ciudad festejó y agradeció vistiendo como nunca de verde; era un plantel de glorias del balompié: Toti Iglesias, Peremateu, Luciano Polo, Lorant y muchos más. Pero ese logro no hubiera sido posible sin su barrio, sin la comunidad. Una historia que se empezó a escribir con Coco Pelli, con Heber Pérez, que tuvo a Pasarella y a Funes como protagonistas, que brilló con el Tigre Gareca, que luchó la garra de Fito Pezzatti, que llevó al gran fútbol al Pocho Cerutti.
Sin embargo, es la población del club Sarmiento la que lo confirma, esa que construye cada peldaño de la tribuna, la que pisa su suelo, el socio, el simpatizante, los cientos de chicos juninenses que pueblan su escuelita y luego sus inferiores. La magia de la diversidad.
Imposible dejar fuera del barrio 11 de Julio al Estadio Eva Perón, el único que lleva el nombre de “esa mujer”, como diría Walsh, en la República. Un estadio que reúne a la ciudad, que crea lazos, y entre fútbol y formación, transcurre el barrio. Los Paggi, los Jonson, los Ogna, Bermúdez y su labor, la alegría rubia de Silvia Baldi y el aroma de los alfajores La Malocha.
En un rincón de la sociedad de fomento 11 de Julio, se encuentra agazapado el futuro, esperando por uno de los nuevos pobladores. Esos que compraron el terrenito de Arias para darse cuenta de que la casa propia no era quimera y hoy detectan que los años pasan y los chicos crecen, como el barrio, como la ciudad, y no es fácil crecer, hay tragedias, hay esfuerzo como siempre en la vida, pero descubrieron que se puede, con esperanza, con una ilusión verde. De ese increíble verde Junín.

Historias de barrio: El Prado Español, raigambre de fomento y ciudadanía

Cada barrio tiene su historia, sus refugios, esos recovecos que la vida va dejando como testimonio de lo que fue. En el Prado Español, ya no queda el magnífico arco que oraba de entrada y que era testigo de fiestas, amores y desdichas de antaño, sus bailes dieron paso a loteos y progreso, y muchos inmigrantes en ese juego interminable con el tiempo, construyeron sus vidas al ritmo de paso doble.
Pero no es la única historia de piedra y cemento que se descolgó del pasado para crear mitos. La loba es todo un hito en el barrio Prado Español, transformándolo en el Monte Platino de Rómulo y Remo. Esa loba, que está en la sede central del Club River Plate, tiene en su haber la fuerza de los obreros que colocaban los adoquines de nuestra ciudad, la sombra de los aromos de Frías y Levalle, donde el obrador se había emplazado; la pérdida del lobo que la acompañaba en aquel predio que posteriormente se dice también que se utilizaba para espectáculos.
La loba hizo famoso al boliche de los Zaccardi cuando la emplazaron en su local de calle Alemania, y ha escuchado historias de los trabajadores de “La Elvira” y de miles de ciudadanos que resumían la historia en un vaso compartido. Los sueños de la antigua Escuela 27 que quedaron truncos. Los actuales proyectos de la pujante Escuela N° 29 que promete futuro.
La placita de los juegos en las que tantos de nosotros supimos divertirnos, y la Biblioteca Esteban Echeverría, que de la mano de Oscar Soulet y su fomentismo epopéyico, otorga sabiduría a la población.
El Prado Español que antaño recibía a los artistas destacados de la ciudad y el país, cubría con su arco desde Eusebio Marcilla presentando su auto hasta la presencia del coronel Juan Domingo Perón.
Siempre fue un barrio de apoyo a sus vecinos, y de raigambre de fomento y ciudadanía, que desde hace años la aporta don Osvaldo Giapor que tiene una frase magnífica que lo pinta “La única forma de progresar es estando todos juntos”, dice convencido y contundente.
Pero el barrio Prado español es también el futbol del fin de semana en la cancha de “La Loba”, es la charla de vecinas queridas, algunas ya cabalgando en un cielo de placeres infinitos, como Viducha y la Pelada, o Doña Nina; que nos dejaron cuentos interminables y recetas de tortas donde la vida tenía sabor a limón.
Hoy otras jóvenes señoras lo pueblan, lo transitan niños protegidos por la Virgen del Rosario de San Nicolás, que bicicletean en el boulevard 12 de Octubre hasta Posadas, convirtiéndose en cometas de un mundo que puede ser mejor.
Ojalá nos trascienda el espíritu de este barrio, y nos embeba de proyectos y de colaboracionismo, y haya muchos Soulet o Giapor en el futuro, para construir con conciencia la vuelta a lo humano, al otro como uno y valor ante la adversidad.

Historias de Barrio: El Picaflor, el guardián del tiempo

Dicen que El Picaflor es un guardián del tiempo, que puede contener en su pequeño cuerpo colorido el pasado, el presente y el futuro, sin dejar de transmitir alegría y amor.
Los que vivimos en El Picaflor, no tenemos dudas. Irigoyen e Yrigoyen, Pellegrini, Tedín, Remedios de Escalada, Gandini, nos van chismeando cuentos y momentos, ocurridos entre sus adoquines y nuestros sueños. La historia misma de Junín puebla este barrio, que se enorgullece a diario de ser.
Podemos también recordar al abuelo del gran Borges, al maestro Sarmiento, al Comandante Escribano, a Quintana, y descubrir por Italia, que la patria es un crisol. Nos embriaga el espíritu de Margarita Colombo y en el hacer cotidiano, Jorge Libonatti nos inspira con su amor por la gestión.
Es un honor pertenecer al barrio del gran Edgar Aramburu que sigue dando clases de fútbol y educación. A un barrio que cuenta con un mago que hacía del baloncesto y del Club los Indios una gloria. Quién no soñó con un mundial de básquet de la mano de Aréjula. Tantos niños formados en la calle Borges y tanta pasión puesta en transmitir el valor de la disciplina y la solidaridad.
No debemos olvidar a las personas comunes, las señoras del barrio, las maestras, las Catas, los Guerriero y su fábrica monumental, la sastrería Malizia, la universalidad.
Un barrio es una sumatoria de vidas suspendidas en el tiempo, son las alumnas de las Parrilli haciendo ballet en el ventanal, es la tía Negra cantando un castillo de arena, los chicos García Bazzano jugando sin cesar. Los Álvarez Rea, las tradiciones, es el gran Hospital San José, que vio nacer a media ciudad. Las vacunas con chupetines, que el tiempo transformó en Tribunal. Las bicis en esa manzana que sirve para aprender, en la que caminamos, sufrimos, nos revisamos, nos casamos y nos juzgan a la vez. Cómo no sorprenderse en El Picaflor.
Los que pueden, recuerdan el entubamiento de calle Italia y lo que significó, recuerdan a los vecinos ilustres que pasaron por el barrio, como don Edgar Calvo, Don Pepe Buono, Miguel Lonegro o la estrella veloz de Eusebio Marcilla que aún transita por la ciudad.
Los que vivimos en el barrio, sabemos de su comunidad. De seguir viendo al vecino a diario y tener su teléfono, de la tristeza por la partida de Don Raúl Capogrosso, que ayudaba a construir realidades, nosotros sentimos que aún nos cruzamos caminando con el increíble Pico Aguiar, que la noche nos trae bochas en el Club Gimnasia y que en Gandini y Dorrego nos encontrábamos para noviar.
La historia de un barrio la componen sus obras, sus calles, sus edificios, sus clubes, sus comercios, sus sedes, sus escuelas, sus capillas y muchos registros materiales del tiempo, que va quedando atrás.
Pero la verdadera historia, es la que cuenta su gente, la que escribe día a día con su accionar. Las tazas de azúcar prestadas, el auto compartido para llevar a los chicos del barrio a estudiar, las conversaciones de a cuatro barriendo la vereda en la mañana, las posibles traiciones; esos amores prohibidos, la paciencia con las obras, la búsqueda de seguridad. La gente viendo a la gente, el hombre siendo humanidad.
El Picaflor, que guarda tiempos, es un barrio que nos puebla y nos ayuda a poblarlo. En el que los nacimientos, las heridas, los triunfos y las partidas, se viven en congregación, protegido por la Virgen Niña, pero sabiendo que todos somos responsables por los demás.
Aquí nacieron mis hijos, y los hijos de tantos otros, inevitable pensar en el barrio como mío. Un barrio que tiene una cortada muy particular. Se llama Fortín Federación. Nuestro primer nombre como ciudad. Allí viven amigos, allí se quiebra la grieta social. Cada vez que pasamos por esa calle, una voz nos invita a reflexionar.
Guardemos el tiempo, protejámoslo, porque el tiempo no para. Seamos como El Picaflor, guardianes de nuestra sociedad.

Historias de Barrio: Centro, lugar de encuentro y tango

Nos vemos en el Centro. Una frase que acuna el andar local. El Centro es lugar de encuentro, de trámites, de paseos y compras.

Por Soledad Vignolo.

Nos vemos en el Centro. Una frase que acuna el andar local. El Centro es lugar de encuentro, de trámites, de paseos y compras. La ciudad crece, ya no es la misma. Hay varias zonas que tienen su propia área comercial, sin embargo, ningún juninense tiene dudas si otro le dice: nos vemos en el Centro.
¿Será por esa cosa fundacional, que arrebata pasados y que nos engloba en la historia? Porque el Centro es el Centro. Es el lugar donde vamos a tomar cafecitos, a mirar vidrieras, o si somos de otra época a estacionar para conversar en el auto y ver pasar. Esa cuestión pueblerina que mantenemos porque nos atraviesa la gran ciudad.
Pero el Centro, que poblaron Bochita y los Bocaccio, la zapatería de Bazzani, donde la compra de calzado colegial era obligatoria, el súper, que era sinónimo de Mastromauro, los autos de Bocha Castellazzi, por supuesto Naldo Lombardi, Campini y Catena, los Nanni, ya no es ese Centro. Aun así, nos reúne.
Y en un costado misterioso, de tango y de silencios, se sientan en la 9 de Julio los amigos de siempre. Muchas veces creemos que el cuerpo nos limita, el Centro lo desmiente. Porque se puede ver tanta gente querida fluyendo por ahí.
Si alguna tardecita te sorprende caminando por Sáenz Peña, es posible que el gran Juanjo Fernández te salude impecable y te invite a cambiar este mundo traidor. Que la Mosca Loca te recomiende un libro con voz de Bocha y que tus pies se vistan de mocasín al pisar baldosas llegando a la cuesta, entre Pellegrini y 25 de mayo.
Ahora, si vas hacia Arias, y te sentás en la plaza tras una caminata mágica, te podés encontrar con Don Guibelalde en el Banco de Junín, ofreciendo recursos a la ciudad. Y Benito de Miguel tal vez se cruce con el Comandante Escribano fundando el Fuerte un 27 de diciembre. Porque el centro tiene ese no se qué, como canta Marcelo Biondini. Tiene el Conde, que fue el edificio más alto de la provincia en su tiempo, la estatua a San Martín, que no mira oeste, la Iglesia San Ignacio protegiendo sueños, la Escuela Número 1 y el Banco Nación, con sus magnifico estilo neoclásico.
Si caminás por Rivadavia, al llegar a lo que fue el Teatro Víctor Hugo y la Alianza Francesa de Junín, el tiempo te lleva a 1921 y oís cantar a Carlos Gardel.
Pero el Centro es también futuro, es la fuente del Milenio, los recitales del fin de semana, las noches de birrería y el placer de compartir. Es la Avenida San Martín y sus casonas, la juntada de verano por la noche y el MUMA en el antiguo Mercado trayendo Arte moderno a la ciudad. Es la clásica vidriera del Diario La Verdad, que hoy nos muestra la Radio, es Grand Prix o Tío Lucas, pero siempre Lambrisca, muchos comercios nuevos que anuncian sus nombres en cristales que lloran pasados. El Centro está grande y hay mucho para mirar.
Nos interpela de frente, cuando cambia su fisonomía y se llena de chicos de universidad. Pero siempre es nuestro, siempre es el barrio de todos, donde somos capaces de convivir sin clases, donde vamos a festejar y es común oír la frase que repetimos como identidad.
Por eso, ¿nos vemos en el Centro?

Publicado en https://laverdadonline.com/historias-de-barrio-centro-lugar-de-encuentro-y-tango/

Historias de barrio: 9 de Julio, la patria en naranjas

El piso de la plaza asombra, porque las naranjas se mezclan con el primer beso de la chica con uniforme y el pibe grandote de guardapolvo blanco, con la pelota de básquet de los otros niños sentados en el pasto cerca del obelisco y con las abuelas que cuidan críos en autitos de goma mientras cuentan que ellas conocieron la casita de Tucumán que había antes allí.
Las casonas reemplazaron a los ranchos del Fuerte Federación fundado un 27 de diciembre de 1877 para defender la tierra, y los modernos edificios minimalistas amenazan hoy a las casonas. La abuela Juana y sus ojos claros despiertan del sueño eterno llamando a Pichón y los Pagella, se ponen los cortos para disfrutar en la esquina de sus amores.
En el Club Social del centro se sueña con un anexo, y cuando gira la ruleta del tiempo, notan que ya hay niños incluidos que nadan en colonias de vacaciones.
La plaza es el centro del universo del barrio 9 de Julio, y es que en sus cercanías se originó nuestra ciudad, la calle XX de setiembre queda hoy como muda testigo del Fuerte, y la plaza de armas a la que llevaba está reemplazada por la 25 de mayo, que origina el centro de la urbe.
Qué hermoso es este barrio, piensa Isabel mientras camina hacia el colegio, y se ríe con sus amigas porque los más chiquitos chupan naranjas agrias, la soga se transforma en GPS y una antigua bici de rueda finita lleva en sus rayos cintas celestes y blancas.
Don Horacio J. de la Cámara sopla un poema al oído de un chico en skate y se trepa a la nube que cubre al Teatro de la Ranchería, inaugurado el 29 de mayo de 1971, imitando la construcción de su antecesor en el país. Como si fuera una ilusión posmoderna, el arte acompaña a la vuelta de la esquina, y se vuelve real de la mano de Rosana Guardia o de Julio Lascano.
Los gallineros de antes son patios familiares y la juventud sigue poblando la plaza entre risas y mates cebados por la historia. La promoción setenta y cinco de la Escuela 24 proyecta el viaje de egresados sin saber aún, que el maestro Lacentra contará la historia, que la señora de León quedará en muchos corazones, que la escuela seguirá siendo la misma y que cuarenta años después se darán cuenta lo felices que fueron.
Porque el barrio es un barrio de patria, de múltiples colegios, como el industrial y el comercial, paisaje de estatuas libertarias y de casas históricas, de bancos y sueños, un barrio que como su nombre lo enuncia habla de independencia. De rupturas y encuentros, de albores de un Junín que se puebla de sueños y de puertas de acceso a la posteridad. El aroma emplazado a naranjas caídas no puede definirlo ni es arrabal completo, sin tu mano o las nuestras, unidas en un obelisco propio, agitando libertad.