Diario de Cuarentena: ¿Estúpido yo?

Todos cometemos estupideces. Es más todos tenemos un grado de estupidez. La vida sería demasiado aburrida, si viviéramos en una sensatez constante. Ahora, vivir en una tontera continua, ha dejado a la humanidad en el estado de hoy, con miserias, hambre, y sin bienestar ni felicidad por la estupidez generalizada de las clases dirigentes.

Hoy quiero proponer ocuparnos de la estupidez, la natural y aquella que construimos. Ser estúpido, ya lo decía Voltaire, es peor que la maldad. O como el historiador Carlo Cipolla nos argumentaba en la Tercera ley fundamental (ley de oro) de la estupidez: «Una persona estúpida es una persona que causa un daño a otra persona o grupo de personas sin obtener, al mismo tiempo, un provecho para sí, o incluso obteniendo un perjuicio«.

La condición humana es vana, pero prefiero accionar a lamentarme. Y el humor puede ayudarnos a contrarrestar la estupidez, pero primero debemos entenderla.

En 1866, el filósofo Johann Erdmann definió la «forma nuclear de la estupidez». Tomando la mente estrecha como estúpida,La estupidez se refiere a la estrechez de miras. Es decir, estúpido es el que sólo tiene en cuenta un punto de vista: el suyo. Cuanto más se multipliquen los puntos de vista, menor será la estupidez y mayor la inteligencia. Ay! que bueno sería que algunos gobernantes pensaran así, no es el caso de Argentina, que tiene políticos que se creen dueños de una verdad única. Los griegos les dirían idiotas, porque para ellos un idiota era aquel que consideraba todo desde su óptica personal y juzgaba cualquier cosa como si su minúscula visión del mundo fuera universal, la única defendible, válida e indiscutible. ¿Les suena?

Creo que el egoísmo intelectual también es estupidez, y me remito a los toscos y soberbios, aquellos que reniegan de las tensiones y de la complejidad, creyendo que la difusión de su propia y tonta simplicidad es un dogma inapelable. Una verdad absoluta, tienen una ceguera intelectual tal que lo hace sentir sabio.

Aspiro a luchar contra el embrutecimiento en el que nos estamos ahogando, cuestionarnos y cuestionar, ampliar la mirada, para limitar tanta estupidez. La duda y la autocrítica son aliadas. Dejemos de mirarnos como Narcisos estúpidos y autosuficientes, con tono de maestro ciruela. No apuntemos con el dedo, porque sino seremos siempre estúpidos, ignorantes del otro. En 1937, el poeta Robert Musil en pleno auge de corrientes totalitarias, nos recordaba «la barbarización de las naciones, Estados y grupos ideológicos». Lamentablemente casi un siglo después, estamos en las mismas condiciones. La estupidez se parece al progreso, a la civilización. Confunde.

En nuestro país está brotando de un «nosotros» estulto y envanecido. Alimentado por un populismo lleno de grandes ideales difusos, de lugares comunes, de proclamas simplistas: todo es negro o todo es blanco. Parece que el único punto de vista legítimo es el de un grupo social determinado, el de una facción concreta: la de la mayoría. Y ahí es donde el totalitarismo acecha.

La estupidez es prima de la intolerancia y la falta de diálogo. Es gregaria y se construye con consignas soberbias y sin fundamento, repetidas una y otra vez por colectivos sectarios. La estupidez funcional es peligrosa. Como ya dije todos en algún momento, podemos ser estúpidos ocasionales. Pero un obcecado funcional, según Musil, tiene una incapacidad permanente para apreciar lo significativo. ¿Qué es importante y qué no? El estúpido se obstina en lo accesorio. No puede jerarquizar prioridades. Nietzsche nos avisaba que la estupidez más común consistía en olvidar nuestro propósito.

Las complejidades que nos presenta la vida, sus matices, conforman lo trascendente, pero la idiotez se extienden con la rapidez del pánico. Se viralizan como el virus que nos aqueja.

Una de las acciones más simples para remediar la estupidez es la modestia. Por lo que es de inteligente cuestionar lo que uno hace y piensa. Esa zona gris de la duda nos aleja siempre de la imbecilidad, y una buena cura de humildad es la risa inteligente. Hacer una sátira de la estupidez de nuestra vida siempre es un ejercicio saludable. Notaremos que muchas convenciones sociales son en absurdas y abrumadoramente lentas. Hoy en día, estamos llenos de protocolos que no resisten la más minima pregunta. Hay estúpidos en la misma proporción en todos los estratos económicos y culturales, corrientes políticas y territorios.

Decía Albert Camus en «La peste» que «la estupidez siempre insiste», por eso creo que tal vez mi lucha, sea una partida perdida. Pero no me quiero resistir a ella, y los invito a preguntarse como hacía el escritor Giovanni Papini, la pregunta fundamental para acabar de una vez con la estupidez funcional: ¿soy un imbécil?

Hoy me respondería a mi misma que sí, que lo soy, y aquí tal vez resida mi diferencia con los idiotas absolutos. Te dejo la cuestión en tus manos, porque puedo estar equivocada.

Diario de Cuarentena: Ejercicios Espirituales

Hoy es el día del Patrono de nuestra ciudad y fundador de la Compañía de Jesús: San Ignacio de Loyola, por muchos considerado una de las mentes brillantes del siglo XVI. Este hombre, militar, y extremadamente creyente, creó los famosos Ejercicios Espirituales, tras vivir como eremita en Manresa, en unas cuevas que hoy son visita turística. Tal vez con la rigidez propia de la época, lo que escribió San Ignacio de Loyola, apela a la virtud, a la humildad, a la grandeza del alma.

Nuestra ciudad, Junín, está hoy atravesada por la cuarentena, que parece extenderán otros 15 días ad eternum, porque nadie ve una luz en el camino. Y digo padece la cuarentena, porque gracias a Dios, y posiblemente a San Ignacio, los casos han sido mínimos. Los males, máximos. Muchos comercios parados por más de cuatro meses. Muchos cerrarán, otros despedirán, otros ya no pueden más. A veces la humildad de la que el santo habla tiene que ver con reconocer el error humano.

Me gustaría que nuestro presidente, en vez de seguir creando elites arbitrarias, como ahora la de los nuevos sabios judiciales, recordara que los ciudadanos estamos representados por los congresistas y esos deben ser sus asesores. Me gustaría que sea capaz de decir me equivoqué, que se ponga de nuestro lado y sea pueblo. Que reconozca que su gabinete es incompetente. Debería leer los Ejercicios de San Ignacio para dejar de lado la soberbia y volverse un estadista. Mientras otros países vuelven a la normalidad, nosotros empeoramos, la realidad manda. Actuaron mal, y además miserablemente. Usando la pandemia para avasallar derechos, y dar impunidad y excarcelación a los corruptos.

Hoy, en el día del Patrono de mi ciudad, San Ignacio de Loyola, me gustaría decirle a nuestro presidente una frase del Santo: ¿De qué te sirve ganar el mundo, si al final pierdes tu alma?

Diario de Cuarentena: Los unos y los otros

«Solo hay dos o tres historias en la historia de los seres humanos y se repiten tan cruelmente como si nunca hubieran sucedido.»
Willa Cather

Un diario es un diario, es decir cuenta una vida. Hoy me desperté riendo por un sueño alocado que no recuerdo y llamando a Marcelo como todas las mañanas. Saber que está cerca me hace sentir que despierto en casa. Porque mi casa es él, aunque me enoje, lo enoje y a veces nos digamos cosas que ambos sabemos que son falsas; somos nuestro hogar. Mi mano en su mano adquiere sentido, su mirada en la mía se embellece. El amor adulto tiene esas magias. Claro que después viene la realidad, y golpea. Nos enroscamos en las miserias del gobierno, en la tristeza de la pandemia, en la ineficacia de la cuarentena. Pero igual cocino algo para la familia, y me preocupa el exámen de Nico, que estudia solo en la quinta porque se ahoga en casa, y extraño a mi hija que trabaja e intenta crear su propia vida, gracias a dios pude darle las herramientas en educación y crianza para que no me extrañe y sea libre. Y Papá me llama con disimulo para ver que cociné, así se cruza. Mi mundo es pequeño, pero no difiere del de otros. Porque los unos y los otros vivimos una y otra vez las mismas vidas. Aburridas y Maravillosas.

Tengo parcial del posgrado y me estreso como si mamá viviera y me exigiera nota, me río cuando la pienso, porque ya comprendí que el amor no se va, y extraño mucho a mis amigas que son las que deseo tener a esta altura de la vida.

Les uns et les Autres (en español Los unos y los otros) es una película francesa del año 1981, dirigida por Claude Lelouch. Se trata de un musical épico, generalmente considerada como la obra maestra de Lelouch, junto con Un hombre y una mujer. Ha ganado el Gran Premio a la Técnica en el Festival de Cannes de 1981. Cuatro familias, cada una de ellas procedentes de un país distinto -Rusia, Alemania, Estados Unidos y Francia-, viven una relación intensa con la música que se ve perturbada por el estallido de la Segunda Guerra Mundial. El conflicto bélico interrumpe sus carreras de músicos y bailarines y cambia sus vidas. A lo largo de los años y las generaciones, estas familias intentan superar los contratiempos mientras mantienen sus vínculos con la música. Las historias de los personajes, de distinta procedencia, se entrelazan hasta llegar varios de ellos a asistir a un mismo concierto benéfico, en el que coinciden un pianista con pasado nazi y un judío francés superviviente del Holocausto. Los unos y los otros, trata de un crisol de gentes, como nosotros.

Hoy atravesamos una pandemia, que es otro tipo de agresión, y por suerte sobrevivimos casi todos a esta nueva epidemia humana. El casi duele, pero el todos debe pesarnos más. Para comprender que en la unión podemos reconstruirnos, viviendo la vida, creyendo en el amor, la resistencia, el esfuerzo, el trabajo, los valores, porque en última instancia, los unos y los otros, somos iguales.

La cultura de la razón y la mediación

Decidimos entonces tener una certeza: después de esto, el mundo no será igual.

En tiempos de pandemia todo se asemeja. Las semanas pasan volando y con ellas vuelan las certidumbres arraigadas. El virus reaparece en los lugares del mundo que creían haberlo superado. Los virus no pasan, esa es la cuestión.

Decidimos entonces tener una certeza: después de esto, el mundo no será igual. Pero ese futuro va a depender de las acciones del presente. No hay dioses que decidan por nosotros, como vemos, nada está escrito.

Y aquellos que creemos en la ciencia, vemos que es a partir del conocimiento y de la acción, que podremos modificar las cuestiones actuales para acercarnos a un futuro deseado. Pero claro, nada es para siempre.

Polanyi dice que en los últimos 50 años pasamos ‘De la gran transformación a la gran financierización’, pero olvida que hay también un pasaje de la modernidad de los grandes relatos a una posmodernidad que fluye, que deja atrás lo sólido, los mandatos de las grandes instituciones, donde el sujeto no es colectivo sino individual, esa “modernidad líquida” como la define Bauman, una corriente cultural que resalta al individuo, su subjetividad y su libertad emancipada de lo grupal.

Es fácil demonizar como neoliberal esa cuestión cultural individualista que poseemos, pero también es dejar de hacernos cargo de la desigualdad e indiferencia; la obsolescencia, la diferenciación y el narcisismo.

Tenemos que cuidarnos de los relatos ajenos, que afectan el sentido común. ¿Por qué estaría mal el mérito, la aspiración, el sacrificio y el deseo de un “país normal”?, tal vez el error es creer que eso puede lograrse sin lo comunitario. Y ahí caen todas las corrientes ideológicas. Ese híper, está hoy presente en ambos lados de una grieta que solo conviene a pocos.

El mérito propio y la solidaridad no son enemigos. Los valores morales no son sólo signos ególatras. A través de los valores, uno puede entrar a relacionar con la comunidad, sin caer en discursos vacíos que alejan la posibilidad de unión a través de la cultura. Los símbolos sociales y culturales son necesarios, pero deben ser verdaderos, para que no fragmenten el tejido social.

En el mundo de hoy hablamos todo el tiempo de consumo, pero no hablamos de qué consumimos. Y eso atraviesa la cultura y su problematización en todo el abanico ideológico. ¿Qué consumimos aquellos que decimos ser de una izquierda social, y los liberales? Sincerar los discursos en esta liquidez social que el virus desvanece, es menester. Los estatismos demostraron no poder resolver el golpe del coronavirus, tampoco el extremo individualismo. Ahora ambos, están amenazados y a su vez amenazan con necesitar de aquello mismo que anteriormente cuestionaban.

La política es razón y mediación. El individuo es productor de sí y es guardián de la acción pública, porque el estado somos todos. No es un resguardo creado por un lado de la grieta. Las políticas de estado son las que nos están faltando. Y no se consiguen con soberbia o con divisiones, se logran con consenso, con madurez, con todo el arco ideológico político trabajando en forma mancomunada.

Uno de los temas más debatidos respecto de los efectos de la pandemia se vincula con la conciencia de finitud, de la muerte, de la fragilidad que portamos. La decisión para tomar es si nos encerramos, en un concepto nacionalista obsoleto o si volvemos a encontrarnos como especie humana diversa y enriquecida por múltiples miradas.

La crisis del coronavirus trastoca el tiempo, pero también la reconfiguración del espacio. La pandemia, cualquier pandemia, es una experiencia muy territorial, pero debemos pensar que respuesta damos a esto como sociedad. Nos lavamos las manos o nos hacemos cargo. Somos seres finitos.
Hoy formamos parte de una sociedad en transición -en el sentido de Gramsci- donde lo viejo no termina de morir y lo nuevo tarda en nacer.

En esta transición de la subjetividad individualista, ha decrecido la importancia de la apariencia, se diluye la inmediatez. Los tiempos van cambiando. Aparece como necesaria la paciencia para soportar la cuarentena, pero, tal vez, se requiera de una paciencia activa, porque considerar que solo guardándose se puede esperar, aguantar y llegar a la normalidad, puede ser exasperante.

Se requiere un sentido para afrontar los miedos cotidianos, la desaparición de las rutinas, el subsistir, aprender algo y ayudar, pero no todos pueden. Y entonces ese discurso pseudo social se desarma porque lo colectivo no alcanza, no llega a todos. Por eso digo que el estado no es un ente ajeno. Somos nosotros, aquellos individuos aspiracionales y tildados de muchas maneras los que con impuestos sostenemos el aparato estado para que dé respuestas en situaciones como ésta. ¿Las da en forma adecuada? ¿Hay justicia en las acciones del estado?

Siento que se va produciendo un quiebre con el sentido común anterior y en la cultura. La pandemia y el aislamiento forzado y protocolizado ha agudizado tendencias que ya estaban presentes antes de la aparición del Covid-19. La cuestión es que las respuestas dependerán de la reserva moral de nuestra sociedad, tal vez estemos ante una transición no solo de la subjetividad del modelo cultural, sino también con un cambio donde lo comunal adquiera un nuevo sentido que no desprecie el mérito, o lo individual, sino que a partir del mutuo apoyo y del esfuerzo personal construyamos sociedades más justas.

Hay una lucha cultural y política que deberemos llevar adelante en la pospandemia si queremos volver mejores. Y creo que debe redefinirse el rol del Estado. Comprender que Estado no es gobierno, que Estado es políticas a futuro, reservas a futuro, proyectos y crecimiento, de lo contrario, se transforma en un elemento de uso y abuso de los gobiernos de turno.

Como sociedad debemos mirarnos sin tapujos, y reconocer que las políticas todas, de cualquier abanico ideológico, desde la izquierda al mal llamado neoliberalismo, solo acrecentaron la desigualdad en los últimos cuarenta años. La corrupción y el desfalco a lo público fue moneda corriente, pero no llegan al poder agentes externos sino actores sociales, que forman parte de una moral colectiva que se viene deformando abarcada en discursos colectivistas pero vacíos que abusan de la ignorancia de gran parte de nuestra sociedad.

Ya no es cuestión de partidos, es de actitud. ¿Vamos a ser justos y fraternos? ¿O vamos a caer en la terrible inequidad de la sociedad actual donde es lo mismo ser ladrón que honesto, trabajador que vago, como un cambalache posmoderno y sin moral?

Esa nueva conciencia es necesaria, para que la solidaridad no sea una fake news. Más allá de la pandemia y de sus secuelas de miedo y cuarentena, los ciudadanos de a pie tienen la oportunidad de darse cuenta de que son más que los políticos y los gobiernos, que pueden transformarse en una fuerza social e imponer su voluntad al mundo que viene.

Nuevas rutas pueden abrirse, porque estos escenarios complejos y con nuevas incertidumbres, tan evidentes en la pandemia, no desaparecerán cuando esta concluya, forman parte ahora del mundo actual, pero no serán rutas que pasen solo por el Estado, el compromiso individual es decisivo para crear una sociedad donde la cuota de subjetividad sea la necesaria, sin ampulosas definiciones de izquierda ni de derecha, sino orientada a la búsqueda de un bien común, donde se utilicen los mejores recursos y los más sustentables, porque la desigualdad que va a dejar la cuarentena, es mucho más terrible que la pandemia, y nos va a sumir en un proceso de pobreza difícil de remontar.

Y no lo va a remontar un Estado omnipresente, por el contrario, el estado solo debe definir políticas a futuro, con eficacia y disminuyendo su estructura elefantiásica para poder crecer como sociedad, lo va a remontar una ciudadanía comprometida. Argentina debe cambiar su mirada, apoyar la creación de empleo genuino, el fortalecimiento de las industrias, el crecimiento de la producción, la generación de riqueza debe ser aplaudida, porque crea empleos, condiciones dignas, debemos volver a la cultura del trabajo, a la de los que forjaron este país. Sin temor de decirlo. El esfuerzo no es lo mismo que el asistencialismo. Llena el alma, crea conciencia, sentido y valor.

Un país que castiga el crecimiento está condenado al fracaso. Pero los argentinos no somos así. Debemos abrazarnos y ayudarnos a crecer, de pie, como hermanos, unidos por un fin de grandeza para nuestros hijos, que son los de todos y cada uno de los ciudadanos. El cambio es cultural, y es posible.

(*) Escritora/Gestora Cultural
Miembro de AAGeCu

Diario de cuarentena: Parte de un todo

Un miércoles más en un mundo pandémico. Pero, por qué somos como somos en este contexto es mi cuestión del día. Me pregunto de qué manera nos está afectando el encierro y la incertidumbre como individuos y como especie, por qué extrañamos tanto ir a la cancha o a bailar, o cosas simples como un café con un amigo ocasional. La científica chilena Isabel Behncke dice que : «El daño ocasionado por el confinamiento será mucho mayor que cualquier daño del covid-19 que se haya evitado«

Es innegable que muy pocas veces en la historia de la humanidad, el mundo adquiere la sinergia que la preocupación por éste virus logró, una cuestión política de acción colectiva que no suele suceder. a excepción de las guerras mundiales, aunque entonces existían dos bandos y ahora hay uno solo. El coronavirus, si bien está lleno de paradojas, revela el orden oculto de las cosas. Porque nos muestra que todo está unido, que desde China a Argentina no hay tanta distancia si de virus se trata y que la globalización muestra las interdependencias humanas, pero también las hay ecológicas. Nuestra salud depende de la salud del ecosistema, de la salud de nuestro grupo social, y de la de otros que están en latitudes impensadas. Muchas de estas interdependencias y relaciones estaban fuera de nuestra mirada. ¿Qué me importa lo que ocurre en un «mercado mojado» en China si yo vivo en Buenos Aires? Hay que comenzar a comprender que nuestra especie es una y que nuestro planeta es éste. Y es hora de humildad. Un minúsculo virus nos tiene prendados. Sometidos a sus deseos y encima respondemos con soberbia y sociedades fragmentadas. Hay países que no le sumaron al virus el confinamiento, y a pesar de la caída económica mundial, tienen capacidades que en el nuestro no abundan. Y si está presente un confinamiento excesivo. Es lo que estamos viendo ahora. Somos animales sociales inteligentes en cautiverio. Y vamos explicitando que somos mamíferos y primates estructurados para construirnos en movimiento y al aire libre, por lo que el encierro sin actividad ni sol nos enloquece. Pero no somos primates comunes, sino sociales, por lo que aislarnos trae graves efectos en nuestra salud física y mental. Y así estamos, mirando autómatas las redes, sin siquiera interactuar, repitiendo movimientos, somos seres cautivos. Nuestro sufrimiento es verdadero, profundo, somos animales sociales privados de estímulos y de movimiento.

Vos o yo, vivimos con tres o cuatro personas, pero nos relacionamos con unas 100 o 200 personas que forman nuestro núcleo de relación, aquellos a los que invitamos a nuestro matrimonio o que irán a nuestro funeral. Pero vamos interactuando con todos en nuestra vida, al levantarnos, con la familia, luego con el grupo laboral, tal vez almorzás con alguien por negocios y a la noche te ves con amigos. Es decir tenemos una comunidad grande, que vamos fisionando y separamos en grupos pequeños que luego se vuelven a juntar. Esta normalidad es la que nos quita la cuarentena, y la que nos enferma. La gente que está sola está sufriendo por el aislamiento, porque no están teniendo contacto físico ni interacción social. Y las personas que están encerradas con su grupo familiar o con otras personas también están sufriendo porque hay mayor conflicto en las relaciones. Encerrados aumenta nuestro estrés, no podemos evitar conflictos, no podemos simplemente irnos. Necesitamos separarnos, para extrañarnos, necesitamos festejar, jugar. Como humanos, junto con otros pocos animales, somos inusuales porque jugamos de por vida. El juego es muy importante para la salud física y mental, para la resiliencia y para la creatividad. En la pandemia jugamos en forma solitaria, pero cuando se extiende como la nuestra, y ya ordenamos todo, y jugamos a todo, y repetimos todo, podemos caer en conductas peligrosas, depresivas, o agresivas. Mi pregunta es ¿cuantas veces reiste la ultima semana? Tenemos que hacer lo que sea necesario para mantener el juego en la vida, sobre todo en tiempos donde es difícil hacerlo porque hay miedo e incertidumbre. Como ahora.

No podemos practicar nuestros rituales sociales como ir a recitales, a misa, a bailar o a bares. Y esos ritos colectivos nos sincronizan como sociedad. Nos une. Nos sentimos parte de algo que nos excede pero es nuestro, como cuando vamos al fútbol. Y ahora lo perdimos todo. En pocos meses, estamos atravesando un experimento social inédito. Estamos viviendo un trauma colectivo. Por eso creo que vamos a necesitar volver a restaurantes y pubs, al estadio, a recitales y a bailar en fiestas, lo antes posible.

Nos falta el tacto, tocar al otro, un abrazo que consuele, la piel es parte de lo cognitivo. Al no tocarnos, somos cerebros que flotan y piensan en un espacio donde el contacto físico no cuenta, y no alcanza el ver tras una pantalla. Hay que palpar, sentir. Nos hacemos falta.

La pandemia: nos recordó que somos parte y no aparte de la naturaleza, y que ser un animal de la misma especie es una fuerza muy democrática, porque el virus nos ataca a todos. La diferencia está siempre en las herramientas con que contábamos antes del virus. Y entonces aparecen las miserias, los violentos con estrés son más violentos, los solidarios más solidarios, los amorales lo mismo. Mostramos la hilacha como sociedad, y en una de las vueltas de la vida, el virus, que nos considera su casa, comienza a ser parte de nuestra vida, pero dejó tras él, y por malas decisiones, un larga secuela física, moral, económica y social. Por eso hoy miércoles 29 de Julio de 2020 voy a comenzar una nueva cruzada, La mía es porque no avasallen la justicia en Argentina, que no usen al virus para volverse impunes, Te invito a que me escribas y me cuentes la tuya, así cuando esto termine, la sinergia tal vez deje una sociedad más comprometida.

Diario de Cuarentena: Positivo

El mundo parece mentira. No es posible seguir el día a día sin relacionar lo que ocurre con cuotas de odio. Pero en Argentina, el odio es el pan de cada día. Odio al que tiene, odio al que no, odio al que se defiende, odio al que ataca, odio al rico, odio al pobre. Una constante segregación que nos va debilitando y transformando en seres mínimos, aterrados por un análisis que paradoja al fin, es mala noticia si da positivo.

Baruch Spinoza, definió el odio como un tipo de dolor que se debe a una causa externa. Aristóteles ve el odio como un deseo de la aniquilación de un objeto que es incurable por el tiempo. Por último, David Hume cree que el odio es un sentimiento irreductible que no es definible en absoluto.

Siguiendo a Hume, este odio social que parece atravesarnos, se transforma en su irreductible indefinición en una constante social. Pero si estamos ante un enemigo sistémico que no sabe de ideologías ni de partidismos, seguir sosteniendo el odio para ser la pantalla para ocultar el miedo. Miedo a un resultado positivo. Personalmente creo que el temor pasa por la falta de identidad. En un país que se empeña en falsificar su historia y transformarla en discurso, en castigar la honestidad y premiar la corrupción, parece hasta lógico el miedo a la verdad. Tal vez por eso no hacemos test. No queremos saber lo que pasa, lo que realmente ocurre. Porque el odio y el miedo son la comida necesaria para atropellar las instituciones y crear resentimiento y venganza. A nuestro gobierno le gusta disciplinar, así lo escribió la vice en su libro , textualmente habló de disciplinar al campo con retenciones, como si la Constitución no existiera, y las retenciones fueran legales. Y así lo hizo, tal vez porque el odio venga de la necesidad de castigar al que tiene sin haberse corrompido, o tal vez solo para la tribuna, Como todo lo que vivimos desde hace unos 130 días, en una crónica anunciada de un posible positivo.

Diario de Cuarentena: Giros

La vida corre en círculos, nos propone tantas vueltas que a veces nos mareamos. Hoy amanecí así, mareada, revolcada en mi propia historia. Porque los giros no siempre son externos, a veces los creamos como un surco en el interior del alma.

Páez dice: Giros. Existe cielo y un estado de coma, cambia el entorno de persona en persona. Giros.Dar media vuelta y ver que pasa allá afuera, no todo el mundo tiene primavera. Flaco ¿Donde estás? Estoy imaginándome otro lugar, estoy juntando información, estoy queriendo ser otro (otro tipo, loco)
Mi necesidad se va modificando con las demás, así mi luna llega a vos, así yo llego a tu luna. Giros.
Todo da vueltas como una gran pelota, todo da vueltas casi ni se nota. Giros. Fotografía de distintos lugares,
fotográficamente tan distantes. Suena un bandoneón, parece el de otro tipo pero soy yo, que sigo caminando igual… Silbando un tango oxidado.

Y sí, existe un estado de coma, y estamos en él, infectados por la falta de empatía y la grandilocuencia de los mediocres, que ponen al pueblo en su boca corrupta para escupirlo más pobre aún. Hay que dar media vuelta y ver que pasa ahí afuera, al lado nuestro, antes de hablar del otro empecemos por nosotros. Por nuestras propias miserias, inocultables en esta pandemia que vino para destapar corazones oscuros. SIn miedo a imaginarnos otro lugar, donde la necesidad de uno se modifique con la del otro. Girando juntos como una gran pelota, que nos unifique en pos de una sociedad más justa, que no se genere en torno a feudos que predican un pseudo socialismo provinciano, sin más versos que los de las canciones y con la fotografía clara de la realidad de cada lugar, sin intendentes que banquen ventas de droga en ambulancia, sin dirigentes que tilden a mafiosos de ejemplares y sin millonarios que hablen de productores oligarcas, desconociendo el trabajo y la dignidad.

Suena un bandoneón, y sí, sigo caminando igual, erguida en la memoria de los justos y buscando la paz en este cambalache.

Ciudad post coronavirus ¿Va a transformar la pandemia el diseño urbano?

La vida social y comunitaria, al menos por un tiempo se verá transformada. Las ciudades pospandemia parecen ser una sombra de lo que fueron. El miedo a las multitudes, la distancia social, el teletrabajo, la prohibición de alejarse a más de un kilómetro de la vivienda en algunas urbes lo muestran. La pandemia del coronavirus y el confinamiento han cambiado nuestra forma de relacionarnos con la ciudad y también su diseño. No siempre los cambios son buenos. Pero son. Las primeras modificaciones han sido vertiginosas y eventuales como las restricciones de paso, las mamparas en los supermercados, las marcas en el suelo o los balcones reconvertidos en centros de la actividad social. Pero muchos de estos cambios, que van desde los materiales constructivos hasta la circulación urbana, están cimentando las bases posibles de las ciudades post-coronavirus.

Las ciudades frente a la epidemia.

La arquitectura moderna tiene más que ver con la defensa de la salud que con cualquier otra cosa, suelen decirnos los arquitectos actuales. Y es muy posible que así sea. Las enfermedades y los cambios hacia adelante en el diseño de las ciudades han ido históricamente de la mano. A inicios del siglo XX, los arquitectos tomaron más ideas de médicos y enfermeras que de la teoría de la arquitectura. La tuberculosis provocó cambios en la forma de edificar y habitar con espacios más higiénicos, que evitaran la concentración de polvo y paredes blancas. La enfermedad es lo que modernizó la arquitectura, no sólo los nuevos materiales y tecnologías. Una de cada siete personas moría de tuberculosis en el mundo, pero en una gran metrópoli, era más bien una de cada tres. Los arquitectos tenían una muy buena razón para querer limpiar, no sólo en lo estético. Esta época no será excepción a la regla, y modificará la arquitectura futura y el comportamiento urbanístico de las ciudades. En especial de las megalópolis.

Siguiendo un hilo histórico, las primeras leyes urbanísticas nacieron en el siglo XIX durante la Revolución Industrial para controlar las enfermedades infecciosas. Se implantaron para aumentar el tamaño de las viviendas, como que hubiera ventilación o que llegara la luz del sol. Al respecto el sociólogo estadounidense Richard Sennet escribió que este poder transformador reside en que las epidemias afligen tanto a ricos como a pobres en las ciudades. Sennet dijo que teme que la ciudad sana que demanda la pandemia de coronavirus sea incompatible con la ciudad verde, que se basa en la concentración y densificación de los transportes colectivos. «La ciudad sana requiere que el sector del transporte garantice de alguna forma una distancia segura entre los viajeros, algo incompatible con la forma en la que los transportes públicos funcionan». Estos planteos fueron analizados en el “Repensando el Mañana” realizado en Madrid. Según el sociólogo, la solución para esto sería el concepto de “la ciudad de 15 minutos” en la cual es posible ir a pie o en bicicleta a los nodos de trabajo o compras. En Europa, Paris está probando este método. Pero Latinoamérica no está muy cerca de estas opciones. Tal situación está fuera del alcance de la mayoría de las ciudades pobres, donde los lugares de trabajo o los colegios se encuentran muy alejados de los barrios u otras formas de asentamiento irregular. No podemos pedirle a alguien que pase tres horas pedaleando al trabajo y luego tres horas para volver. «La cuestión y la gestión de la densidad es clave para entender lo que significa esta pandemia para las ciudades», concluye Sennet.

El problema radica en que la densidad es la forma más verosímil de habitar, ya que la concentración de los servicios permite su acceso a una mayor población. Es raro pensar en una solución basada en un mundo disperso, si la sociedad es cada vez más aglutinada y populosa.

Es muy probable que las ciudades post pandemia vuelvan a abrazar al vehículo privado. Una de las principales intervenciones higiénicas a corto plazo a raíz del coronavirus será el auge del transporte privado ante el miedo a los transportes públicos, pero no necesariamente debería ser auto. Hay otros medios sustentables como la bicicleta y las motos eléctricas que pueden efectivizarse sin cambiar la morfología urbana.

La pandemia no va a modificar los espacios “limpios” en las ciudades chicas o mediana, tal vez los consolide, pero los vehículos privados ocupan un espacio que se va a necesitar para ampliar las aceras del centro de las grandes capitales. En medio de la pandemia, es difícil imaginar la masificación a la que estaban habituados lugares como la Avenida 9 de Julio o la del Libertador, Corrientes y Córdoba en CABA. Pero con el tiempo esa masa de gente volverá.  Y en ciudades en que la bicicleta es medio de transporte como la capital, habrá que aumentar las sendas para hacerlo. Claro que nuestra inmensidad dificulta el uso masivo, que probablemente sea posible en las capitales europeas.

La arquitectura y el urbanismo de la ciudad post-coronavirus

A corto plazo veremos cómo los municipios experimentan con la instalación de elementos de segregación social en lugares públicos, tales como mamparas. También habrá un cambio de materiales. Se buscarán materiales que transmitan menos los virus, éste o cualquier otro del futuro.

Por otra parte, el impacto del coronavirus en el turismo se verá rápidamente reflejado en aquellas ciudades más dependientes del mismo. Ya está ocurriendo. Esto va a llevar a la reconversión de ciertos tipos de turismo de manera acelerada. Los hoteles van a tener que buscar soluciones temporales a su uso por la falta de demanda, y también todo el tejido de vivienda turística que ha producido procesos de gentrificación muy interesantes se verá afectado. Esto puede suponer el fin del predominio de los departamentos destinados a alquileres turísticos en los centros de las grandes ciudades a favor de su regreso al alquiler convencional, para dar un ejemplo concreto y de mediano plazo.

Con el paso del tiempo veremos que muchos de los cambios van a estar impulsados por el teletrabajo y el redescubrimiento del entorno más cercano a la vivienda. El hecho de que más personas trabajen desde casa va a impulsar cambios en las oficinas al tener que albergar menos puestos de trabajo y en el tejido urbano de restaurantes y cafeterías que se sustentaba en esos trabajadores que ahora se quedarán en sus barrios. Los barrios se comercializarán y se generarán nuevas centralidades. Los bienes cambiaran su valor y el centro original perderá preponderancia. Esto trae también un nuevo comportamiento social, y nuevas expresiones culturales descentralizadas.

La vivienda también va a cambiar a medio plazo hacia entornos más cómodos que demandarán un espacio para el teletrabajo y verde. Se modificará el urbanismo y la regulación debe estar acorde a estos nuevos parámetros de convivencia. Las ciudades post-coronavirus imagino que serán más verticales, con más árboles y mejores parques y más lugares para hacer actividad física en los barrios. Pero esta pandemia nos puede traer otra, que puede causar aun más muertes. Porque los cambios que deja apuntan al sedentarismo. Una conducta social quieta, en las cercanías. En un mundo en el que se van a reducir los desplazamientos al trabajo, esto será un reto aún mayor. Pero las ciudades saldrán reforzadas de la pandemia. Siempre lo hacen, se reconstruyen tras guerras o debacles climatológicas. Se sostienen en los cimientos de su historia y el poderío de sus habitantes.

Las epidemias son un big bang y sirven en muchos casos para que las ciudades se adapten con el fin de mejorar la vida de las personas. Que así sea. Este análisis pretende concientizar sobre cambios que vendrán, en los que todos debemos involucrarnos. Como dice el filósofo mediterráneo Nuccio Ordine: “El coronavirus nos muestra que las personas no son islas”.

Soledad Vignolo

Escritora/Gestora Cultural

Miembro de AAGECU

Diario de Cuarentena: Los pájaros de la tristeza.

Cada día un diario. Cada domingo un libro recomendado. Éste domingo uno de los autores más interesantes de nuestro país: Luis Mey. Un escritor consciente de los ambientes, del entorno como personaje, que en Los pájaros de la tristeza nos enfrenta con la realidad de dos hermanos con capacidades diferentes que viven en una soledad precaria, sórdida y deciden salir a buscar otra. Y lo hacen con toda la bronca y la potencia de la inequidad en sus manos. Manuel, uno de esos niños arremete la injusticia con su gomera, sin tapujos y sin eufemismos. Es lo que es, y eso lo justifica.

Manuel, de nueve años, padece una discapacidad mental; y Jaime, de once, una limitación física. Los dos conviven con su madre, sostén de ésta familia sin padre, una madre que los deja solos. Toda la historia de estos niños, tiene a ese padre ausente y a esa madre desgarrada y abandónica atrás. Los actos de los menores resultan búsquedas intransigentes y fatales.

La novela, editada por Seix Barral, no presenta la discapacidad como invalidez, por lo contrario los vuelve violentos,neuróticos, en un mundo lleno de perversiones, que no se limita al abuso o las drogas, sino que nos invita a ver otras, no tan claras, pero aún más infames. Los protagonistas responden con caos y muerte, alienados, sin posibilidad de planificar, en una lucha desigual contra la naturaleza humana y lo que les tocó.

Manuel utiliza su increíble manejo de la gomera para destruir a todo el que , en vez de convencerlos de salir de ese destierro que la inequidad produce, los re victimiza, hundiendo a los hermanos en lo aciago. Entonces, como un héroe y su arma letal, la gomera emerge sin piedad.

Mey dice de estos personajes: «Son como soldaditos que están peleando por la palabra, para ver quién tiene voz, porque los dejaron ahí creyendo que tenían que ser una cosa y ahora se encuentran en una circunstancia donde tienen que dar una batalla hacia el afuera, romper etapas, entender que tienen que combatir la tristeza en la que viven.»

Con ésta descripción no hace falta más. Sí voy a establecer, como cada domingo, un parangón con la realidad cotidiana, con esta falta de voz que nos aliena y que trasciende el momento pandémico. Somos como Jaime y Manuel, sin justicia y sin verdad, peleando con un afuera que nos obliga a comprender para poder sacudirnos la tristeza.

Diario de Cuarentena: La sonrisa de una lágrima

Me acosté feliz de ver amigas tras cuatro meses de cuarentena, socializar un poco me había recordado que soy mujer, que puedo arreglarme y festejar el nacimiento de Maru, con quien comparto vida desde ese instante inicial, verla soltar sus rulos y ser feliz, me llenó de energía. Pero la vida…

Me desperté con la noticia de una muerte joven e injusta, como casi todas las muertes jóvenes. Gustavo Tilot, alguien con quien compartí por años cuestiones laborales, pero a quien aprendí a apreciar en pequeñas charlas entre tandas, o esperas de ferias de libro, o notas en lo de Niní, o actos oficiales, que pertenecía a una familia que vino con mi abuelo desde Europa y que como él, traían unión y arraigo a esta tierra de inmigrantes y trabajadores. Su voz única, su carisma, su clase, pero sobre todo, los valores que tenía, y que mejoraba esta realidad lo hacían particular. Recuerdo el año pasado, el orgullo con el que fue a izar la bandera, el honor que sentía, que pena. Qué gran pena. Se fue un bueno. Uno de los pocos. Y sonreí entre lágrimas.

Así es la vida. Una y una, pero cuando la vivimos limitada, nos duele más. Porque hace cuatro meses que nos perdemos amigos, tiempos que no vuelven, hijos que se extrañan, nietos que nacen y no se conocen, momentos irremplazables. ¿En pos de qué?

Un abrazo al cielo, comparto con ustedes uno de los poemas de la gran Pizarnik

Tu voz

Emboscado en mi escritura
cantas en mi poema.
Rehén de tu dulce voz
petrificada en mi memoria.
Pájaro asido a su fuga.
Aire tatuado por un ausente.
Reloj que late conmigo
para que nunca despierte.