Diario de Cuarentena: ¿Estúpido yo?

Todos cometemos estupideces. Es más todos tenemos un grado de estupidez. La vida sería demasiado aburrida, si viviéramos en una sensatez constante. Ahora, vivir en una tontera continua, ha dejado a la humanidad en el estado de hoy, con miserias, hambre, y sin bienestar ni felicidad por la estupidez generalizada de las clases dirigentes.

Hoy quiero proponer ocuparnos de la estupidez, la natural y aquella que construimos. Ser estúpido, ya lo decía Voltaire, es peor que la maldad. O como el historiador Carlo Cipolla nos argumentaba en la Tercera ley fundamental (ley de oro) de la estupidez: «Una persona estúpida es una persona que causa un daño a otra persona o grupo de personas sin obtener, al mismo tiempo, un provecho para sí, o incluso obteniendo un perjuicio«.

La condición humana es vana, pero prefiero accionar a lamentarme. Y el humor puede ayudarnos a contrarrestar la estupidez, pero primero debemos entenderla.

En 1866, el filósofo Johann Erdmann definió la «forma nuclear de la estupidez». Tomando la mente estrecha como estúpida,La estupidez se refiere a la estrechez de miras. Es decir, estúpido es el que sólo tiene en cuenta un punto de vista: el suyo. Cuanto más se multipliquen los puntos de vista, menor será la estupidez y mayor la inteligencia. Ay! que bueno sería que algunos gobernantes pensaran así, no es el caso de Argentina, que tiene políticos que se creen dueños de una verdad única. Los griegos les dirían idiotas, porque para ellos un idiota era aquel que consideraba todo desde su óptica personal y juzgaba cualquier cosa como si su minúscula visión del mundo fuera universal, la única defendible, válida e indiscutible. ¿Les suena?

Creo que el egoísmo intelectual también es estupidez, y me remito a los toscos y soberbios, aquellos que reniegan de las tensiones y de la complejidad, creyendo que la difusión de su propia y tonta simplicidad es un dogma inapelable. Una verdad absoluta, tienen una ceguera intelectual tal que lo hace sentir sabio.

Aspiro a luchar contra el embrutecimiento en el que nos estamos ahogando, cuestionarnos y cuestionar, ampliar la mirada, para limitar tanta estupidez. La duda y la autocrítica son aliadas. Dejemos de mirarnos como Narcisos estúpidos y autosuficientes, con tono de maestro ciruela. No apuntemos con el dedo, porque sino seremos siempre estúpidos, ignorantes del otro. En 1937, el poeta Robert Musil en pleno auge de corrientes totalitarias, nos recordaba «la barbarización de las naciones, Estados y grupos ideológicos». Lamentablemente casi un siglo después, estamos en las mismas condiciones. La estupidez se parece al progreso, a la civilización. Confunde.

En nuestro país está brotando de un «nosotros» estulto y envanecido. Alimentado por un populismo lleno de grandes ideales difusos, de lugares comunes, de proclamas simplistas: todo es negro o todo es blanco. Parece que el único punto de vista legítimo es el de un grupo social determinado, el de una facción concreta: la de la mayoría. Y ahí es donde el totalitarismo acecha.

La estupidez es prima de la intolerancia y la falta de diálogo. Es gregaria y se construye con consignas soberbias y sin fundamento, repetidas una y otra vez por colectivos sectarios. La estupidez funcional es peligrosa. Como ya dije todos en algún momento, podemos ser estúpidos ocasionales. Pero un obcecado funcional, según Musil, tiene una incapacidad permanente para apreciar lo significativo. ¿Qué es importante y qué no? El estúpido se obstina en lo accesorio. No puede jerarquizar prioridades. Nietzsche nos avisaba que la estupidez más común consistía en olvidar nuestro propósito.

Las complejidades que nos presenta la vida, sus matices, conforman lo trascendente, pero la idiotez se extienden con la rapidez del pánico. Se viralizan como el virus que nos aqueja.

Una de las acciones más simples para remediar la estupidez es la modestia. Por lo que es de inteligente cuestionar lo que uno hace y piensa. Esa zona gris de la duda nos aleja siempre de la imbecilidad, y una buena cura de humildad es la risa inteligente. Hacer una sátira de la estupidez de nuestra vida siempre es un ejercicio saludable. Notaremos que muchas convenciones sociales son en absurdas y abrumadoramente lentas. Hoy en día, estamos llenos de protocolos que no resisten la más minima pregunta. Hay estúpidos en la misma proporción en todos los estratos económicos y culturales, corrientes políticas y territorios.

Decía Albert Camus en «La peste» que «la estupidez siempre insiste», por eso creo que tal vez mi lucha, sea una partida perdida. Pero no me quiero resistir a ella, y los invito a preguntarse como hacía el escritor Giovanni Papini, la pregunta fundamental para acabar de una vez con la estupidez funcional: ¿soy un imbécil?

Hoy me respondería a mi misma que sí, que lo soy, y aquí tal vez resida mi diferencia con los idiotas absolutos. Te dejo la cuestión en tus manos, porque puedo estar equivocada.

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