Flores que se abren de noche

«En mi casa no van a hacer chanchadas, dice, te conozco, te veo la porquería en la mirada, como tu mamá, igualita a tu mamá. Cuando papá le daba con el cinto, ella gritaba de contenta».

Flores que se abren de noche, Tomás Downey


Tomás Downey nació en Buenos Aires en 1984. Es escritor, guionista de cine y traductor. Publicó dos libros de cuentos, Acá el tiempo es otra cosa (Interzona, 2015), que obtuvo el primer premio del Fondo Nacional de las Artes y fue finalista del III Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez (Colombia), y El lugar donde mueren los pájaros (Fiordo, 2017), que obtuvo una mención en los Premios Nacionales 2014-2017 y fue traducido al italiano.
Además de esos datos biográficos, Tomás Downey es un gran escritor. De esos que te hacen sudar las manos, que crean universos únicos, que pueden volver cotidiana la extrañeza. No es mi primera reseña sobre Downey y estoy segura que es otra de muchas, porque este autor tiene sabiduría vieja, de esa que se adquiere cuando uno se atreve a lo profundo de la vida, sin elegir entre luces y sombras.


El libro que nos ocupa, Flores que se abren de noche, se compone por el cuento que lo nombra, una historia de primos que dudan ser hermanos en el Delta, un relato donde la crueldad, la belleza y la maldad son partes de lo cotidiano, con mucha mística, con mucha destreza, el autor nos hace sentir cómodos en un mundo que pertenece a lo inefable, y terminamos comprendiendo a Anahí, y a Migue y a Liliana, terminamos apropiándonos de su historia inmensa por ambigua, por posible, por feroz.


En CET, la segunda narrativa, una lluvia de meteoritos descarga huevos de los que nacen seres tubulares que sirven para hablar del amor y el desamor, la familia, las contradicciones de pareja entre Pedro y Lucas, que pueden ser otros o volverse ellos mismos CET, estos organismos que nunca son reconocidos por nadie, y sin embargo viven en medio de todos. Así como llegaron, de la nada, un día se van. Y no es extraño.
La paciencia nos viene a contar que a los muertos se los puede reanimar. Si tu hijo hubiese muerto, ¿ lo reanimarías? Ir contra las leyes naturales es un hecho posible en Downey, que nos lleva a pensar en “reanimados” sin temor, pero que sin embargo nos llena de preguntas a responder. La belleza del texto, construido con solidez es que es posible, es aterrador, perturba y cuestiona. Gran trabajo de narración, que me remitió a lo mejor de Samanta Schweblin.
Por último, Hombrecitos, nos pone a los humanos como mascotas, o juguetes, nos vuelve nimios, frágiles, dependientes, en una historia de pérdidas y otra vez la familia, la amistad, las relaciones primarias son ambientes propicios para la extraña creatividad de Tomás Downey, que nos vuelve muñecos de juego, o nos cuenta que lo somos ya.
Cada uno de los cuentos, nos indaga, nos convierte en títeres, su prosa humanista no le impide pasearse por mundos futuros, sueños impropios, y hasta delitos, si es necesario, para hablar de desencuentros, falta de comunicación, vida. Estas historias son novelas mínimas que con una verosimilitud asombrosa nos dejan entrar a ambientes únicos, reales, impropios, lacerantes, logrados por una observación exacerbada que Downey ejecuta además, con una narración impecable.
Flores que se abren de noche, es de lectura obligada, y tal vez con el tiempo, de culto

Reseña de Lamberti

El loro que podía adivinar el futuro

Por mucho tiempo quedó una depresión en el lugar donde habían estado los árboles, algo que hacía difícil el juego, pero después la marca se fue borrando y hoy ya nadie se acuerda de nada..

Luciano Lamberti.

Es muy interesante reseñar este libro porque cada uno de sus relatos me llevó a otros autores que admiro, pero sin que el autor cordobés pierda su esencia, su propio decir. Pasé por momentos donde Roberto Bolaño, quien da origen al nombre de mi página, susurraba los personajes de Lamberti a mi oído, jugueteé con Stephen King en algunos momentos de tensión, me volví una especialista en mundos extraños, en enanos, loros y sentí latir a Dick entre sus páginas, antes de comprender que el autor, sin dudas, quiere dejar claro que el mundo no es blanco y negro, que el espacio y el tiempo le pertenecen a quien narra, a las historias mismas, y a los lectores, que no hay realidad posible sin dejar un lugar a lo extraño, a universos nuevos, con humanoides, miedos, y bosques perversos rodeándola.

El Loro que podía adivinar el futuro contiene seis relatos. Voy a intentar dejar una impresión personal de cada uno de ellos: “Perfectos accidentes ridículos”, es un conjunto de relatos que se nos clavan, como un cristal estallado en el medio del barrio en que sitúa las historias. Lo psicológico y la telekinesis en un pibe con claras dificultades, otro que no para de atraer la mala suerte, y el fantasma del suicidio cotidiano. Todo relatado con una prosa limpia, sin adornos, que hace la lectura llevadera. “La canción que cantábamos todos los días”, me resultó de tal ambigua crudeza que lo leí dos veces. La hermandad percibida desde un hecho que produce una ruptura familiar y genera una extrañeza de la que ninguno puede volver, padre, madre y el protagonista, modifican el ecosistema familiar y la relación de cuatro, deja a uno de los hermanos en otro orden. El suspenso, y las capas que aparecen en los personajes, crean un ambiente único.

Y me atrevo a pensar que allí reside el gran acierto del libro, Luciano Lamberti tiene una propuesta de mundos, de climas subterráneos, acuáticos, fantásticos y aciagos, pero personales. Y lo hace muy bien. “Algunas notas del país de los gigantes” es una obra maestra del esfuerzo por complementar tiempos, historias que corren a la par, diversos géneros, y logra encuentros ficcionales memorables.

Lo más atractivo de leer a Lamberti es reconocer en el autor a un gran lector. Los guiños, las influencias percibidas, son sutilezas que solo pueden resultar de lecturas sublimes. El cuento “La feria integral de Oklahoma” nos pone a prueba, ilumina los bordes de los personajes y los entrelaza con la pureza de su narrativa. No hay remilgos para hablar de un abuelo capaz de comprender a todo tipo de animales, ni en definir a un enano sin escrúpulos, todo es posible en sus historias y todo es a la vez de una rareza que intriga y subyuga, ¿Quién puede desconocer que en una feria o en un circo todo puede suceder?

“La vida es buena bajo el mar”, un nuevo mundo creado por ficción bien escrita, con reglas particulares, que parece contar algo y de golpe se nos escapa, vuela y termina en otra dimensión que no habíamos previsto. Una raza convive con los humanos, son obreros calificados muy capaces, pero que viven con un desasosiego inquietante, extrañando la humedad de su entorno original. Un psicólogo especializado en estos seres, se vuelve adicto a sus disloposibilidades mentales, que son viajes hacia lo líquido, lo materno tal vez. Toda la descripción del placer de esa adicción me remitió al útero. Como broche, “El loro que podía adivinar el futuro” nos cuenta la locura en forma de loro sobrenatural, que es viejo como la peste y puede ver más allá, o justificarnos en misiones obligadas que rompen las leyes de nuestro orden, como si lo ancestral y lo divino tuvieran como aliado a este loro cósmico. El protagonista termina siendo un hombre con cabeza de loro. Y no nos hace ruido, porque Lamberti prueba que con ideas claras, lo real puede ser ambiguo, volverse extraño y atractivo como una atmósfera que pesa pero de la que no queremos escapar.

Discusión

Las escritura de Borges para la fecha de publicación del libro ya había comenzado a madurar, sin los excesos jóvenes del los que él mismo hablo, Un año antes comenzó su colaboración con la revista Sur, dirigida por Victoria Ocampo, que sería un hito cultural en toda la América hispanohablante. Pero lo cierto es que en 1932 se atreve a un nuevo libro de ensayos. El primero, Inquisiciones (1925),no volvió a reeditarlo en vida.

Discusión trata todos los temas del universo borgiano: el Martín Fierro, sus antecesores, las comparaciones, es muy interesante ver como a la metafísica, Whitman, las traducciones de Homero o las paradojas lógicas, los invaden la poesía gauchesca, y los temas que a Borges lo desvelaron en esa época. Imperdible las comparaciones entre Lussich y Hernández y como se divierte desestimando la copia y hablando de evolución.  Es un libro que nos ilustra, a veces diría que alumbra, como en el ensayo «El arte narrativo y la magia», en el que el maestro nos muestra su filosa mirada para encontrar los yeites de la escritura, esas técnicas que los normales no vemos y que el logra unir para hacer posible su magia. Nos atiborra de ejemplos de cómo un narrador se ve obligado a una determinada causalidad, que asienta sobre detalles , que le otorgan pequeños encuadres espejados a los relatos. Pero son pequeños amagues, porque deja claro que el caos natural de la causalidad de la realidad, sería tan aplastante que el lector descreería. Borges atisba lo que otros no, y se vale de autores como Frazer y de libros como La rama dorada, por ejemplo para mostrar una magia amigable y hechizada.

Trata una cuestión interesante sobre todo cuando rescata la figura del paisano en los antecesores de Hernández y es el hecho de tomar la literatura como acto (como Roland Barthes, Borges denuncia el artificio del lenguaje, el abuso del estructuralismo, la forma y el dogma para catalogarse como «literario»); la cábala (una práctica antigua que se cree obsoleta pero de lógica impecable: si la Biblia fue escrita por Dios, una inteligencia perfecta no hubiera dejado ningún atributo al azar: «un libro impenetrable a la contingencia, un mecanismo de infinitos propósitos, de variaciones infalibles, de revelaciones que acechan, de superposiciones de luz, ¿Cómo no interrogarlo hasta lo absurdo, hasta lo prolijo numérico?»), es uno de los temas que trata, y por supuesto a Whitman y Flaubert.

Este libro es una gran clase de Borges, de la que se vale para refutar una vez más, el realismo y el psicologismo en la novela, y arguye tan genialmente que es factible creerle. ¿La realidad no sería verosímil? es una de las cuestiones que nos deja Discusiones. Por otra parte, la reseña que hace el gran autor de Luces de la Ciudad (1931), de Charles Chaplin, es increíble, dice Borges; «Su carencia de realidad sólo es comparable a su carencia, también desesperante, de irrealidad.»

Un dulce olor a muerte

Voy a comenzar esta reseña hablando de su autor, el novelista mexicano Guillermo Arriaga,un autor polifacético, con aspecto recio, que fue boxeador, futbolista, basquetbolistas y que él mismo se define como un tipo con calle, que no se define como escritor sino como un «cazador que escribe», al que le molestan las etiquetas,  reniega de ser guionista aunque hya ganado la Palma de Oro en el Festival de Cannes de 2005 y ha sigo nominado para Globos de Oro o a los Óscar con películas comoAmores perrosBabel, 21 gramos, o Los tres entierros de Melquíades Estrada lo prueban.

Me atrevo a pensar que Arriaga escribe siempre novelas, historias a las que le dedica tiempo y corrección no importan cual sea su destino final, si un libro o un guión cinematográfico.

Un dulce olor a muerte, que tuvo también su versión cinematográfica, es la narración de los acontecimientos que acontecen indefectiblemente, casi como una premonición inevitable en un lejano y en apariencia tranquilo pueblo mexicano, Loma Grande, cuando una mañana aparece muerta de un cuchillazo un a joven desnuda en medio del cañaveral. Se trata de Adela. Es maravilloso como el autor logra que sus personajes, tras hallar el cuerpo, y con pureza perversa, van generando equívocos, falsos supuestos que el boca a boca transfroma en verdad absoluta, hasta para los propios involucrados que comienzan a dudar de sus propios actos y sentimientos.Todo esto va creando un rara clima donde la venganza adquiere peso. En este juego de falacias todos le otorgan al adolescente Ramón Castaños la calidad de novio de la chica y al Gitano la culpabilidad del hecho. La construcción colectiva de un relato hace relativa a la verdad, y una posverdad profética se eleva como gigante en el pueblo.

No es una novela larga, en especial porque cada personaje es verosímil, y vivo. El autor narra sin dejar la intención a la vista,creyendo en el lector. Toda la acción sucede en un corto período de tiempo donde los personajes se trasladan fluidos de escena en escena, creando el ambiente de una vida pueblerina. El narrador explica poco y solo cuando es necesario para lograr el ambiente.

El clima que logra en el comienzo de la novela le da a Guillermo Arriaga el territorio perfecto para su narración con profundas raices en la vida misma, en las cuestiones lugareñas. Toda su obra mama el paisaje agreste, el habla llena de mexicanismos que aprovecha para contar como Rulfo, la realidad y la otra verdad de esos parajes que no parecen pisados por dios alguno. Toda la novela es la historia de rumores de pueblo, escritos en maravillosa narrativa, cada capitulo nos deja cuenta que la verdad no importa que si o sí tal afrenta y tal culpa, ambas inexistentes, debe vengarse, porque es un “crimen equivocado” (p.105) que llevará a una verdadera locura. El “juicio inobjetable” (p.98) de todo un pueblo, Loma Grande, nos viene a contar como podemos construir una conciencia social ( toda una sociedad creyéndola) basada en una gran mentira, y entonces esa comunidad sospecha, juzga y “da caza” al Gitano, autor de muchas travesuras pero no del crimen.

Tal vez Guillermo Arriaga juegue con la idea de cazadores en sus obras, en esta misma, pero lo cierto es que la ficción que nos cuenta no dista de la lamentable realidad que muchas veces padecemos los latinoamericanos, en hechos más pudientes que la muerte de una Adela en un pueblo perdido.

Gran autor. Para no perderse nada de lo que escriba.

Marguerite Duras La Pasión suspendida

Entrevistas con Leopoldina Pallota della Torre

“Me dije que uno escribe siempre sobre el
cuerpo muerto del mundo, y también sobre el cuerpo muerto del amor. Que es en los estados de
ausencia donde se hunde el escrito, no para reemplazar nada de lo que ha sido vivido o
supuestamente ha sido, sino para consignar el desierto dejado por ello.” Marguerite Duras

Si te interesa la autora, no podés dejar de leer La pasión suspendida, un libro en el que su vida se abre al lector como una amante, como si todo sus textos estuvieran condensados en respuestas vehementes, irónicas pero jamás indiferentes, que Marguerite otorga a la entrevistadora controversial,

Décadas después de su muerte, la escritora de “El Amante” continua como una de las voces más importantes de la literatura francesa. “La pasión suspendida” la celebra contando su vida.

«Alrededor de la persona que escribe libros siempre debe haber una separación de los demás. Es una soledad. Es la soledad del autor, la del escribir. Para empezar, uno se pregunta qué es ese silencio que lo rodea. Y prácticamente a cada paso que se da en una casa y a todas horas del día, bajo todas las luces, ya sean del exterior o de las lámparas encendidas durante el día. Esta soledad real del cuerpo se convierte en la, inviolable, del escribir” dice Duras en Escribir.

La ganadora del premio Goncourt en 1984, revelada en 40 idiomas, consagrada en el cine es capaz de decir cosas terribles con la simpleza de lo cotidiano :“Fue esa tarde cuando Léo me besó en la boca. Lo hizo por sorpresa. Experimenté una repulsión verdaderamente indescriptible”, escribió guiones y dirigió, pero su lugar permanente lo halló en la literatura desde la adolescencia y cuando el alcoholismo  y la enfermedad la atrapaban, la literatura continuaba salvándola. Su Saigón iniciático (4 de abril de 1914) le otorgó el territorio para desplegar sus alas literarias.

En “Marguerite Duras, la pasión suspendida / Entrevistas con Leopoldina Pallota Della Torre”, prologado por Silvio Mattoni y traducido por César Aira, cuando hablab de cómo fue su infancia, Duras responde: “A veces creo que toda mi escritura nace de ahí, entre los arrozales, las selvas, la soledad. De esa niña flaca y despistada que era, pequeña blanca de paso, más vietnamita que francesa, siempre descalza, sin horarios, sin modales, habituada a contemplar el largo crepúsculo sobre el río, la cara quemada por el sol.”

Viviendo en París, su marido Jean Mascolo terminó en un campo de concentración. Ella lo asistió cuando recuperó la libertad, en 1945, y cuarenta años después, pudo describir lo acontecido con el desgarro de “El dolor” (1985): “El cuerpo de Robert L. 35 kilos. Raspadura. Transparencia. Gluten. Hueso a través. Cómo puede un cuerpo. Cómo puede un hombre. Cómo pueden un cuerpo un hombre volver a ser. Cómo puede un hombre volver a ser cuerpo volver a ser hombre. ¿Puede?”.

Duras compartió sus ficciones con artículos periodísticos que fueron publicados en medios como Le Monde, France Observateur y revistas femeninas como Vogue. Al respecto nos cuenta en este libro que reseño: “Siempre me gustó eso –dijo- la urgencia del periodismo. El texto debe tener en sí la fuerza, y por qué no, los límites del apuro con el que ha sido redactado. Antes de ser consumido y descartado”. Para ella lo periodístico la completaba, y le resultaba necesario: “Empecé a redactar artículos en momentos de vacío, en las pausas de mi escritura cotidiana.Cuando escribía un libro, ni siquiera leía los diarios. Pero los artículos, no puede imaginarse el tiempo que me llevaban, la tensión era muy fuerte, aún cuando llevaba años haciéndolo”.

De a poco su escritura se modificó y fue otra vez territorio, uno en el que podía opinar sobre todo. Con columnas polémicas y hasta insidiosas, como las que hablaban sobre una mujer acusada de haber matado a su hijo después de haber sido violada, lo dijo así en Libération: “Ningún hombre en el mundo puede saber lo que significa para una mujer ser tomada por un hombre que ella no desea. La mujer penetrada sin deseo está en el crimen. El peso cadavérico del goce viril encima de cuerpo tiene el peso del crimen que ella no tiene la fuerza de devolver: el de la locura”.

Duras  se volcó con entusiasmo al cine promediando los 50 y colaboró con Alain Resnais en “Hiroshima Mon Amour” (1959), historia antibelicista fundacional de la nouvelle vague, el guion, basado en la relación de una actriz francesa y un arquitecto japonés, Marguerite lo escribió en nueve semanas. Cine y libros se entrelazan en la autora, asi tanto que, “India Song”, terminó en un guion reescrito y transformado en libro en el 73. Varios de sus largometrajes y cortometrajes, resultaron textos que se publicaron con el nombre de “El navío Night” (1979).

Margarite en 1982, se enfrentó a la muerte por coma etílico. Siguió escribiendo, pero en 1988, una traqueotomía por fumadora la hospitalizó un años. Durante las desintoxicaciones, escribía. Siempre escribía. “El arrebato de Lol V. Stein”, su novela más compleja en el estilo , cuenta que la desarrollo mientras quería dejar el alcohol: “Yo estaba desintoxicándome cuando la escribí. Y siempre asociaré el libro al miedo de vivir sin alcohol. Es una novela en sí, la historia de una mujer que se vuelve loca por un amor latente, que no enuncia nunca, que no pasa al acto”. Duras vivió su final junto a Yann Andréa, homosexual, 40 años menor que ella. “Todos los hombres son homosexuales en potencia, solo les falta saberlo”, dijo ella. Vivían en París, la ciudad que le permitía ser, la que la iluminaba.

Marguerite Duras es la escritura, no importa cómo, no importa qué y no importa cuando, y éste libro nos cuenta todo sobre ella.

El origen del mundo

Es un ejemplar sencillo, sin pretensiones, uno accede a su texto en busca de un milagro: y se produce. Michon muestra que no hay temas imposibles para poetizar sobre el cosmos y se lanza a la belleza en su texto que es un climax literario y maduro, que abanica, mece, maravilla. La modernidad, siempre economizando significados, nos invita a una búsqueda en el aislamiento, despojada, corriendo tras la quietud. Por eso Pierre Michon, probablemente el maestro coetáneo en lo que hace a estructuras metafórica, ambienta El origen del mundo en un pueblo de la Dordoña, cerca de Lascaux, con sus cuevas rupestres, y sus grafías primigenias.

Cuando el narrador de esta novela llega a Castelnau, muy cerca de Lascaux, tiene veinte años y encara su primer trabajo. En estas comarcas, donde aún se representa a la manera antigua el origen del mundo, el sexo separa dos universos: el de los hombres, depredadores, frustrados pero terriblemente astutos, y el de las mujeres. Así ha sido la crítica del libro que reseñaré: «Con una prosa a la que la madurez ha llevado a la cima de la precisión carnal, de la sensualidad en sus evocaciones tiernas o brutales, Pierre Michon describe un universo de evidencias y de misterios cuyo recuerdo nos perseguirá» (Jorge Semprún).

«La lujuria, el deseo, son un tema común en la literatura, pero rara vez han sido expresados con tanta poesía y profundidad» (San Francisco Chronicle).

«El poder de la imaginación que sostiene la escritura de Michon no decae jamás» (Roger Shattuck, Harper’s Magazine).

La historia transcurre a principios de los sesenta. Esta década loca de ilusiones no alcanza a Castelnau, donde lo simple es la norma en una paz solo perturbada por la irrupción del profesor protagonista, que cree en el paraíso lento de la localidad, y aquí el autor, maestro absoluto, discurre como nadie en el terreno deseado y nos regala como lectores una experiencia única.

Hay una tendencia literaria que utiliza lo rural para bordear y resumir el universo, donde las personas son casi mitos y las féminas son objeto central de observación. En El origen del mundo la historia ocurre rodeando a tres mujeres. Hélène, la posadera madre constante con la paciencia de los que comprendieron su finitud. Su posada es un espacio de borracheras y consejos escondidos tras las puertas de sus habitaciones.

En una de ellas el profesor profesa intenciones a su compañera ocasional, un goce transitorio para no morir en la espera de su sueño hecho mujer, llamada Yvonne. Ella trabaja en una especie de kiosco donde vende diarios, cigarrillos, y otros placeres, todo lo hace detrás de un mostrador que la potencia, la vuelve intocable y la expone a los ocasionales visitantes. En un texto la voz es todo, pero la escritura contiene, y el autor logra lo propuesto. Transforma a Yvonne en un símbolo de la decadencia. Las frases cortas y vertiginosas, el sistema nervioso a prueba, la pulsión entre Marlboros e incomprobables amenazas.

El profesor, además se perpetúa en sus jóvenes alumnos, el hijo de Yvonne sufre la frustración prolongada de noche en un bosque cercano donde la lujuria cede al rito. Es tan capaz Michon que transforma el deseo momentáneo en poesía. Magnífico, intrigante.

Los simbolismos continúan en Jean el pescador y JeanJean , nombres pensados, elegidos. Uno por su persistencia a sobrevivir, el otro guiando hacia un pasado relacionado al ocio. Los artistas de Montignac pintaban tras ir de caza. También conscientes de su cuota en el mundo, colgaban los animales que dibujaban como prueba de amor, como oda asesina agradecida.

Pierre Michon establece toda una relación con lo pionero, lo antiguo para narrar El origen del mundo, nos lleva desde lo cotidiano a lo épico, sin escala. Nuestros instantes serán calendario, lo que hoy es nimio para cada uno de nosotros será cultura. La astucia del autor es animarse a sublimarlo en un libro que como reza, nos plantea lo más intrínseco de nuestra existencia: el origen.

Cuentos íntimos

Katherine Mansfield desarrolló, que suele ser considerada la rival literaria de Virginia Woolf, es una escritora singular, con una prosa tan propia que la transformó en la gran maestra de la subjetividad. En sus cuentos, incluidos los de esta antología, las emociones, los sentires de cada uno de los protagonistas, aquello que los conmueve, aparecen rompiendo barreras con lo cotidiano de una forma que estremece al lector. Sus tranche de vie, al mejor estilo Chéjov, que parecen espiar las escenas del día día conforman una sutil obra que tiene la debilidad necesaria para mostrar cuan feroz pueden ser los textos de esta escritora imperdible.

La obra Mansfield es una de las más interesantes y singulares de la literatura inglesa del siglo XX. Cuentos Íntimos es una antología que los va a acercar a esta autora que pudo demostrar que el centrismo heteronórmico de su época, en el que la mujer era sinónimo de intimidad, no podía evitar la transcendencia vital y libertaria de esa misma intimidad. t. Entre las mujeres de sus cuentos nos sorprenden las epifanías cotidianas, pequeños destellos domésticos llenos de fábula y de transformación, pero a la vez cuestiones indecibles, como si la rebelión invisible de todas y cada una de las mujeres del mundo fuera escrita por Mansfield.

Sus personajes femeninos dan batalla a los preceptos de la burguesía . La autora nos deja espiar el momento cultural en el que a las mujeres se les destinaba la pasiva intimidad. Mansfield dejó de ver a su madre (que había querido un hijo varón) en 1910 y se casó dos veces; primero con George Bowden, al que abandona la noche de bodas, y luego con el que fue su editor póstumo, el prolífico John Middleton Murry, que aceptó la relación amorosa de su mujer con Ida Baker. Antes, fue pareja de la poeta y crítica literaria Beatrice Hastings. Con Baker, recorrieron Europa y vivieron en San Remo, en Italia, en 1918, con el objetivo de tratar la tuberculosis que minaba la salud de la escritora. Por supuesto que no fueron tratamientos normados.

Sus cuentos narran las cuestiones de la emoción, todas: la angustia, la felicidad, el amor; los sinsabores de la vida. En su voz, estas humanidades se transforman en saltos extraordinarios. Sin recurrir a efectos ni a demasiadas situaciones en un relato, el interior, lo privado aparece en los personajes que parecen escritos en una posmodernidad increíble. Estructuralmente perfectos, sus relatos cuentan una y otra vez lo mismo, que no es nada menos que el mundo sensible de una persona contrastando con el mundo lleno de otros, la vida, que produce ese abismo del que no puede escapar, como lo dice su poema:

Un abismo de silencio nos separa

Yo estoy de un lado del abismo -tú del otro-

No puedo verte ni oírte -pero sé que estás allí-

Suelo llamarte por tu nombre infantil

y finjo que el eco de mi grito es tu voz.

Cómo podemos franquear el abismo -nunca hablándonos, tocándonos-

antes pensaba que podíamos llenarlo con nuestras lágrimas,

ahora quiero destrozarlo con nuestra risa

Pero si hablamos de este libro, el cuento «Felicidad» describe un desencuentro de una forma única, por ejemplo cuando Bertha dice: «como si se hubiera tragado un pedazo del sol de la tarde y ahora ardiera dentro suyo». Pero además el final del cuento, destruye lo construido en el transcurso y lo vuelve inconmensurable.

Mansfield es encasillada en lo extraño, sin embargo no usa la oscuridad, porque ella es una autora que escribe sobre relaciones prohibidas, pero vividas, sobre esos vínculos personales que no logramos reconocer por miedo, claro que usa la ironía, el humor, se mueve, se desplazada, mueve objetos, pero no por eso es extraña. Ella es una gran escritora, tiene una forma singular de ver, de crear nuevas posibilidades para un momento, una circunstancia, no pretende ser comprendida, tampoco se culpa. Es una autora que habla de vínculos, pero también nos muestra la sociedad y sus clases, y sale del centrismo de la época. Un tema terrible para los lectores, es que las traducciones no siempre respetan su fraseo, lleno de dudas, titubeante, que se cuestiona, y entonces obstaculizan el fluir de conciencia que sus personajes logran en idioma original.

No solo recomiendo Cuentos íntimos, del que adoré Películas, sino toda la obra de esta autora de la que no dejo de aprender. Siento como si hubiera perdido un mundo, el de Mansfield por nacer en otra época, tal vez un sueño me lleve a su cuarto italiano, y pueda soplar la vela de su mesa de luz.

Imperdible.

La Gallina Degollada

Horacio Silvestre Quiroga Forteza (Salto, Uruguay, 31 de diciembre de 1878 – Buenos Aires, Argentina, 19 de febrero de 1937) fue un cuentista, dramaturgo y poeta uruguayo. ; maestro del cuento latinoamericano, de prosa vívida, naturalista y modernista.

Sus relatos, que a menudo retratan a la naturaleza bajo rasgos temibles y horrorosos, y como enemiga del ser humano, le valieron ser comparado con el estadounidense Edgar Allan Poe. Sin pecar de ambiciosa reseñista considero que Quiroga es particular e incomparable, y eso responde a la fantástica interpretación que hace de la naturaleza y su afectación a las personas. Por eso me encantó hallar esta edición de bolsillo de La Ganilla Degollada como libro en sí mismo, no como parte de un libro de cuentos, la hizo la UNGS, dentro de la colección Contra Tiempos, y tiene especial calidad.

Durante dos años Horacio Quiroga trabajó en multitud de cuentos, muchos abocados al terror rural, pero otros en forma de deliciosas historias infantiles provistas de animales que hablan y piensan sin perder las características naturales de su especie. A esta época pertenecen la novela breve Los perseguidos (1905), producto de un viaje con Leopoldo Lugones por la selva misionera, hasta la frontera con Brasil, y el terrible y magistral El almohadón de pluma, publicado en la revista argentina Caras y Caretas en 1905. A poco de comenzar a publicar en ella, Quiroga se convirtió en un colaborador famoso y prestigioso.

La gallina degollada es un cuento que fue publicado por primera vez en Cuentos de amor de locura y de muerte, en 1917. Relata los acontecimientos que viven los   hijos del matrimonio de Mazzini y Berta, un matrimonio feliz, que a los tres meses de casados deciden tener hijos. Los cuatro hijos primeros del matrimonio Mazzini-Ferraz quedan con retraso mental a causa de una meningitis. Lo único que saben hacer es imitar, sus padres se desilusionan con la vida y entre ellos y amargan la relación . Al quinto intento nace una beba y la niña crece sana y salva. Los padres pierden todo interés por sus cuatro hijos mayores, adorándola como primogénita.
Un día los cuatro varones observan como la sirvienta degolla una gallina para preparar una comida. Tiempo después, los padres salen on su hija. Al regresar, mientras Berta saluda a unos vecinos, la niña regresa sola a su casa, donde se cruza con sus hermanos. Estos acaban por hacer algo aterrador.

Es un cuento de terror, pero el terror de Quiroga incluye verdad, locura, amor, hipocresía y se nos vuelve propio, al punto de incomodarnos porque nos reflejamos en alguna de las cuestiones que sus personajes poseen. CIto su propio texto.

Después de algunos días los miembros los miembros paralizados recobraron el movimiento; pero la inteligencia, el alma, aún el instinto, se habían ido del todo; había quedado profundamente idiota, baboso, colgante [..] (p. 116) 

Esta vez Mazzini se expresó claramente:

—¿Creo que no vas a decir que yo tenga la culpa, no?

—¡Ah, no! —se sonrió Berta, muy pálida— ¡pero yo tampoco, supongo!… ¡No faltaba más!… —murmuró.

—¡Qué, no faltaba más?

—¡Que si alguien tiene la culpa, no soy yo, entiéndelo bien! Eso es lo que te quería decir.

Su marido la miró un momento, con brutal deseo de insultarla. (p. 118) 

Prestaron oído, inquietos, pero no oyeron más. Con todo, un momento después se despidieron, y mientras Berta iba a dejar su sombrero, Mazzini avanzó en el patio (p. 122)

La soledad, la angustia y la vida difícil se sobrelleva en este cuento con una niña que es la luz de la pareja. Pero la vida…

Quiroga sabe que para aterrar solo basta mostrar un momento cotidiano que desencadena la tragedia.

Este cuento es una obra maestra del terror, con hilos invisibles que inquietan y cuentan pero en justa medida, con un desenlace impecable que descuartiza literalmente cualquier posibilidad de redención.

Merecía una reseña.

El precio de la amistad

La última entrega de relatos de Kjell Askildsen, “El precio de la amistad”, consta de cuentos escritos cuando el eEl escritor noruego tenía más de setenta años. Esta obra nos lleva a un territorio conocido para sus lectores y es ese retorno constante a una especie de malestar que propone en su obra. La parquedad ruidosa de su voz, cierta frialdad persistente, lo inevitable, de lo que no podremos huir. “La tranquilidad ha desaparecido”, nos advierte el narrador de “La casa roja”. Así de inescrupuloso es este gran escritor a la hora de hacer declarar a sus personajes. Puede mirar por la grieta en la pared o el agujero de la cerradura, o nos pueden clavar una pasa en el ojo, pero aún así mirar es la constante, intensamente, viendo lo que no deseamos, pero que atrae por su llana intelectualidad.

El precio de la amistad es un condensado breve que contiene doce nuevos cuentos (en total no son más de 90 páginas) de este estupendo escritor noruego, uno de los más grandes cuentistas de la actualidad.

Loa cuentos con nombres propios, como “Gerhard P.” son alegatos: “Había planeado de antemano cómo iba a dejarlo, y cuando al cabo de un rato se dio cuenta de que su plan no era viable, volvió a dejar todos los muebles donde estaban.” Lo inevitable, lo que no podemos evitar, es aquello a lo que nos invitan los personajes de Askildsen que permanecen en su austeridad absoluta, como ascetas modernos. Los párrafos, los relatos, nos van atrapando pero no nos alcanzan ningún eureka, solo nos muestran su propia infelicidad. Los bienes materiales, hasta los mares contaminados por derrames, o el sexo en plenitud, no pudieron impedirles la inconformidad constante que el estado de bienestar nórdico no puede tapar. La desolación emocional es casi necesaria por esos lares, la soledad una constante, y el mutismo una realidad.

Todo es vacío y simulada quietud, todo es soledad. Askildsen es silencio, vejez, muerte, desamor. Pero sobre todo es tedio. Los cuentos de Askildsen tienen un personaje principal o dos bocetados en líneas que se sientan frente a una taza de café. Suele ser alguien que está comiendo con un amigo o con su propia esposa, para hacer que conversan, en realidad están muriendo. Otros miran por la ventana de su cuarto o van a ver a su padre enfermo, a entierros o se escapan comprando cigarros. Siempre están por estallar. El pasado o la incomunicación, el desencanto de la vida en general los abruman.

Los cuentos parecen nacer de la mueca de un rostro ante una mala sensación frente a la vida, al igual que su otro volúmen No soy asi. Askildsen nos deja su prosa fría pero inevitable, llena de sombras kafkeanas, o de presunciones desacomplejadas similares a las propuestas por el gran Camus, Y nos invita a no parar.

En “Willy Hassel” aparecen sus temas de relatos pasados, el trato con la autoridad policial. El temor autoinducido, esa sospecha indecible.  “Después del entierro” , cuentazo, sin dudas inicia rememorando a “L’étranger”, de Camus. Los protagonistas de los relatos de Askildsen fuman mucho y beben mucho. O se matan a café. Son austeros, pero eso no les evita la desgracia de sentirse vacíos, No hay cuestiones habituales en nosotros para emborracharnos, no hay desamores o deudas, ellos se beben la culpa de la prosperidad.

Y la historia termina cuando no hay más que decir, el autor no se justifica. Porque escribe un resumen de la existencia de sus personajes, en los que no pretende que comprendamos nada. “Yo no las entendí, y esa es la razón por la que las recuerdo”, dice el protagonista de “Después del entierro”; para saber hay que seguir leyendo Askildsen, y volver a quedar sin conocimiento, el autor no escribe para lectores necesitados de verdad, como cierra en su cuento “El neceser”: “Tampoco vio nada”.

Kjell Askildsen es un gran escritor. “El precio de la amistad”, es un libro para tener como cabecera.

PD: Nos regala al final un diccionario propio que es otro libro en sí mismo: matrimonio, familia, realismo, definidos a lo Askildsen.

Hienas

Hienas, del escritor chileno Eduardo Plaza, un libro directo, íntimo, sin golpes bajos, consta ocho cuentos con personajes vivencialmente claros, llenos de todo lo necesario para cachetear al lector y recordarla la vida. Tienen nostalgia, desarraigo, abandono, dejos de crueldad y por momentos indiferentes, que de un modo y otros los obligan a correr desaforados para evitar esos sentimientos que los marcan. Es un libro lleno de rastros. Podemos ver como el autor desde un lenguaje llano, con primeras personas, nos relata tortuosos recuerdos infantiles de los que estos protagonistas no pueden librarse. Y lo que debe olvidarse vuelve.

Plaza nos narra con recursos interesantes y diálogos perfectos los apuros y la inocencia de sus personajes. Todo fluye, porque no hay remilgos a la hora de presentar lo cotidiano, lo que les acontece cada día, aún cuando sea violencia el condimento periódico de esas vidas. Y nos quedamos ahí, abrumados por un tiempo freezado en las mentes perturbadas de todos los que se desnudan para mostrarnos como nos pueden atravesar los miedos, las culpas, los golpes. Cuan salvajes, como hienas doloridas, podemos llegar a ser.

Los relatos se territorializan en una región de la costa chilena, dentro de una pequeña ciudad portuaria en la que el avance social pasa por esas industrias multinacionales que llegan para abrazar la pobreza de los habitantes y ofrecer un respiro a la marginalidad. El primer cuento, “Teresa” hablas de la malicia inocente de niños abusando de un animal, las escenas son bestiales y nos dejan pasmados por la crueldad, pero no pretenden adjetivarla, la muestran. «Animales de compañía”, “A ti nadie te obliga” y “Hienas”, un cuento que se eleva para mostrar en plenitud la voz de Plaza, y que le da nombre y estructura a todo el libro, nos cuentan de la infancia quebrada, el abandono desolado de amigos de veranos o nos invitan a rever principios. “Federici cree ser emperador” deja clara la estructuralidad de la pobreza en Sudamérica, de la que se intenta salir, o al menos esconder, aunque los vestigios aparezcan como capas transversales y desgarradas, en las que el pobre no tiene arreglo y el que nace en cuna de oro tiene todo para crecer y sobresalir de la chatura reinante. El libro tiene una postura, quizá hasta política, como cuando dice: “(…), pero durante esos momentos a solas, yo podía, quizá por algunos minutos, mirar bajo esa pila de frases de catálogo de las que se deshacía para almorzar en la pobreza, abandonándose al resentimiento. Verlo comer solo era como verlo comer desnudo: se asomaban las cicatrices”, pero el autor no deja que esto se apodere de la verdadera historia, la privada, la personalísima, que apura al lector y lo engancha.

En “Carolina Fellay” y “Mariposa” el tiempo se quiebra para inquietar, el miedo resignado de una vida plana huele a pescado seco, y se vuelve espinosa como la vida de tantos pueblerinos que rodean al puerto y sus miserias. Puede resultar reiterada la continua alusión al rico y al pobre, inamovibles en sus jaulas, un rezongo que por momentos nos desvía de aquello que el Plaza mejor hace, que es narrar la infancia desde una adultez torturada.

Hienas nos invita a conocer un territorio, lleno de restos y recuerdos, que se narran para no cejar. Vidas dialogadas en tiempos que se escabullen, historias que no sabemos si tienen final. No hay lugar para héroes, cuando el abandono cala, cuando el escape es necesario, cuando hasta la historia que cuenta es cárcel. Dice en el cuento Hienas: “Los niños de la playa vivíamos siempre con ese destino precario: hacer amigos que desaparecían”, y con esa frase todo un atlas se abre paso al lector, lo invita a conocer los esqueletos mínimos de estas vidas que cuenta Eduardo Plaza, con un estilo cuidado, pero que sin dudas nos interpela.

Eduardo Plaza nació en La Serena, Chile, en 1982. Es narrador y periodista. Su libro de cuentos Hienas fue publicado por primera vez e la editorial Librosdementira, en 2016. Sus cuentos, muchos parte de este volumen, ponen en escena la intimidad, con climas muy bien logrados, dando voz a la infancia al mejor estilo Salinger, pero contando hechos, desprovistos de cualquier disfraz, dejando aparecer el desvanecimiento del amor, la rutina resignada, por ejemplo cuando dice: Preparaba un café, se duchaba, se tomaba el café tibio, conversábamos cinco o diez minutos por mensaje de texto, miraba televisión y se dormía antes de comerciales”; o también: “Según las clases de Ciencias, El Culebrón era un humedal de taguas, chorlos y huaraibos. Para nosotros solo era las canchas”.

Es que Plaza sabe que la vida, siempre, puede ser peor.