Diario de Cuarentena: estoy verde

No me dejan salir. Será el gran Charly quien nos libere de esta cuarentena, que no sabemos muy bien si será bi o trimestre, o será año sabático. Pero me tiene verde. Verde de esperanza, para empezar, porque siempre confío en que una buena crisis cambia la piel y algo vendrá, al menos diferente. Los cambios siempre implican novedades.

Verde de limones agrios. Por la cantidad de miserias que aparecen, los aplaudidores del populismo reinante, generador de mayor pobreza y desigualdad, los amargos escépticos y amantes del pasado. Ah! con Illia no hubiera pasado esto, Ah! si Perón viviera… Ni Illia ni Perón están acá, y tal vez es una forma de no ocuparnos de controlar a los que sí podemos. Antes de que nos controlen a nosotros.

Verde manzana, porque me vienen ganas de pecar, la prohibición siempre trae deseo.

Verde musgo, porque el encierro chamusca, ideas e ideales, y nos vuelve bastante patéticos, discutiendo con cualquiera con tal de tener una emoción.

Verde mar, que te digo es lo que más extraño. Es mi oxígeno, mi cable a tierra y varias veces al año me escapo a olerlo, a derramar una lágrima en la cuarta ola y volver a inspirar sal de la buena. Me siento viva en el mar, da perspectiva, ese horizonte definido y eterno al que nos enfrenta, permite comprender la pequeñez de nuestra existencia.

Y por último verde Hulk, porque con tanta agresión y mala leche cerca, tengo que inflar los músculos, romper los encasillamientos, volverme más grande aún y rechazar como lo haría el increíble. la ola de injurias que vengo padeciendo. Pero, como estoy verde, porque no me dejan salir, puedo con ello, rasgo mis vestiduras y sigo con mi diario. Hasta el fin de la cuarentena obligatoria, al menos.

Estoy verde
No me dejan salir
Estoy verde
No me dejan salir

No puedo largar
No puedo salir
No puedo sentir
Amor a este sentimiento
Tengo que volverte a ver

Tengo que volverte a ver
No puedo salir
Por amor a este sentimiento

Estoy verde
No me dejan salir
Estoy verde
No me dejan salir

No puedo pensar
No puedo vivir
No puedo sentir
Si amor es un pensamiento
Tengo que volverte a ver

Tengo que volverte a ver
No puedo perder
Por amor a ese sentimiento

Tengo que confiar en mi amor
Tengo que confiar en mi sentimiento
Tengo que confiar en mi amor
Tengo que confiar en mi sentimiento

Ya no sirve
Vivir para sufrir
Te das cuenta
Sácate el mocasín

No puedo calmar
No puedo parir
No puedo esperar
Mil años que cambie el viento
Tengo que volverte a ver

Tengo que volverte a ver
No puedo perder
Por amor a este sentimiento
Tengo que confiar en mi amor, tengo que confiar en mi sentimiento

Diario de cuarentena: Integración cultural

Ayer participé del primer Zoom de muchos en proyecto de integración cultural privada entre artistas argentinos y mejicanos. Contamos con valiosas presencias, entre ellas la poeta Claudia Tejeda y Darío Lobato, así como artistas visuales del país del norte y fotógrafos locales. Este mundo que ya no puede gestionar si no es en red, nos permitió crear lazos en un tiempo de aislamiento.

La calidez fue el eje, y los egos quedaron fuera de escena, porque la cultura era la muestra. La posibilidad de reflexionar sobre lo que nos ocurre, sus pro y sus contras, la posibilidad como dice La Padula de entrar en el cono de silencio necesario para producir un cambio artístico, una nueva esencia, un nuevo sentir mundial.

Capaz que a vos, que estás leyendo no te importa la literatura o el arte, pero tenés usos y costumbre, comés o tomás tal o cual comida típica, te bañás oyendo a Abel Pintos, o te emociona el Aconcagua cada invierno, te deslizas por los médanos de las playas oceánicas, o la paz te viene en un abrazo de los valles calchaquíes.

Eso también es cultura, es identidad. no hay posibilidad de que puedas evadirte. La cultura somos todos, no es propiedad de una élite, te regalo una pequeña muestra del Testamento de Pablo Neruda como cierre:

Dejo pues a los que me ladraron
mis pestañas de caminante,
mi predilección por la sal,
la dirección de mi sonrisa
para que todos lo lleven
con discreción si son capaces:
ya que no pudieron matarme
no puedo impedirles después
que no se vistan con mi ropa
que no aparezcan los domingos
con trocitos de mi cadáver,
certeramente disfrazados.
Si no dejé tranquilo a nadie
no me van a dejar tranquilo,
y se verá y eso no importa:
publicarán mis calcetines.

Diario de Cuarentena: Carne

Mi casa parece un espacio para congelar carne, claro que la carne somos nosotros. Antes de la cuarentena, estábamos modificando cuestiones que hacen a nuevas regulaciones de gas. Pero decretaron la cuarentena, y aquí quedamos mi casa y yo esperando la reapertura de los organismos oficiales muertos de frío. Achis!

Por las mañana tiendo a leer los diarios, todos los que puedo, incluso los locales, para tener un panorama informativo local, regional y mundial. Y lo que leo es como mínimo, devastador. Cuánta tristeza ver la humanidad sin una mínima conciencia de su propia construcción, política, social, humana.

Una vez convencida de que no voy a poder cambiar todo esto, (es que por las mañanas a veces me levanto todopoderosa hasta que la vida me cachetea sola), comienzo a planificar mi día, y me doy cuenta que tengo dos zoom maravillosos por la tarde y que debo terminar una novela, y que la clase con Betina González es la última. Y entonces me gusto un poco yo, y la humanidad que habito.

Al fin de cuentas, somos los que la conformamos, y si lográramos mejorarnos en lo mínimo cada uno, toda la carne que habita el planeta dejaría de ser monstruosa y fagocitante y podría ser finalmente, enriquecedora y productiva. Es cuestión de aprender.

¿Vos planeaste algún aprendizaje para hoy? te dejo un poema de Sylvia Plath

Una vida

Tócala: no se encogerá como pupila
esta rareza oviforme, clara como una lágrima.
He aquí ayer, el año pasado: palmiforme lanza,
azucena, como flora distinta
de un tapiz en la quieta urdimbre vasta.

Toca este vaso con los dedos: sonará
como campana china al mínimo temblor del aire
aunque nadie lo note o se anime a contestar.
Los indígenas, como el corcho graves,<<<<

A sus pies las olas, en fila india,
no reventando nunca de irritación, se inclinan:
en el aire se atascan,
frenan, caracolean como caballos en plaza de armas.
Las nubes enarboladas y orondas, encima.

Como almohadones victorianos. Esta familia
de rostros habituales, a un coleccionista,
por auténtica, como porcelana buena, gustaría.

En otros lugares el paisaje es más franco.
Las luces mueren súbitas, cegadoramente.

Una mujer arrastra, circular, su sombra, de un calvo
platillo de hospital en torno, parece
la luna o una cuartilla de papel intacto.
Se diría que ha sufrido una particular guerra relámpago.
Vive silente.

Y sin vínculos, cual feto en frasco, la casa
anticuada, el mar, plano como una postal,
que una dimensión de más le impide penetrar.
Dolor y cólera neutralizadas,
ahora dejad la en paz.

El porvenir es una gaviota gris, charla
con voz felina de adioses, partida.
Edad y miedo, como enfermeras, la cuidan,
y un ahogado, quejándose del frío, se agazapa
saliendo a la orilla.

Una plaza virtual

Una plaza virtual, donde tal vez nos encontremos de una vez y para siempre los habitantes de este mundo, parece gestarse en esta suerte de paranoia amorosa y altruista que nos envuelve. Un virus corona, ha vuelto nuestros corazones empáticos, sin grietas y deseosos del bien del prójimo.

Esta distopía que vivimos como exótica, ya ha ocurrido, ya hemos tenido pestes, tragedias que nos aunaron y enfermedades sin distinción de clases. ¿Qué la hace diferente? Sin dudas la globalización informática. Entonces nuestros móviles reciben miles de consejos por día, la tv nos bombardea y nos aturde, los banners parecen puñaladas y la salud, que depende en gran parte de nuestra armonía y bienestar, se quiebra. Precisamente con los miedos propios, a veces se puede, pero afrontamos miedos globales. Miedos racionales y de los otros, entonces comenzamos a pensar: han parado el mundo, ¿nos cuentan todo? Y así en una ágora apocalíptica estamos metidos dentro de la misma cuestión existencial de siempre. ¿Qué es valioso en esta vida?

Entristece notar que nuestros pares no nos cuidan, pero no es una novedad. Tal vez es hora de reflexionar en serio, de pensar con criterio familiar la elección de los gobiernos y de entender que somos humanos. Falibles, endebles, que llegamos con una vida y su propia muerte a esta realidad, y que podemos mejorarla, transparentarla, emocionarla; para transformarnos a partir de esta crisis mundial en mejores habitantes. Ciudadanos con valores, que cuiden la naturaleza, que respeten la producción, que comprendan el trabajo de otros, que dejen las mezquindades en los bolsillos y los llenen de amor, para poder soportar los embates de un afuera aparente. Porque estas realidades paralelas que parecemos vivir, las creamos nosotros, con actos mezquinos, intereses burdos, voluntades quebradas por el dinero.

Entonces propongo dejar de lado frases hechas, palabras grandilocuentes, usos políticos baratos y comprender que desde la responsabilidad, la empatía y la idoneidad es posible el cambio. No importa el partido que lo que contenga, importa quién es, si sabe lo que hace, si aspira al bien común, si lo sostiene con sus actos.

Estamos repletos de lindos discursos, pero la plaza virtual que creamos ante el pánico a la enfermedad, nos demuestra que aún no somos humanos listos para salir a jugar. Ni en Argentina ni en el mundo. Y que los que están mejor son aquellos que no temen a las normas, que son capaces de comprender que no está todo bien y que los derechos conllevan obligaciones.

Cuidemos nuestra vida más allá de este virus, que si somos inteligentes puede servirnos para tomar conciencia de lo que significa el bien común. Y cuando las plazas vuelvan a ser seguras, las protejamos, no las destrocemos. Si las escuelas abren, no enviemos a nuestros hijos enfermos. Si un docente tiene fiebre, no importe el presentismo. Si no sos idóneo no aceptes el trabajo, si daña la tierra, no siembres lo mismo, si te duele el otro, si empezás a enterarte que todos somos el otro, este corona tendrá sentido.

Propongo convertir nuestra plaza virtual en música, libros, cuadros, cualquier manifestación de arte, porque ya existen números para las preguntas médicas. Cada uno a lo suyo, comprendiendo y respetando el espacio del otro, que podemos ser nosotros, si lo deseamos.