Diario de Cuarentena: Todo lo que tengo lo llevo conmigo

Como cada domingo de cuarentena, a partir del mes 4, recomiendo un libro de los que que he leído en cuarentena. Hoy, Herta Müller. Se sitúa en Rumania, en los finales de la II Guerra Mundial. De las conversaciones con su compatriota y amigo el poeta Oskar Pastior (1927-2006) y con otros supervivientes, Herta Müller reunió el material con el que después escribió esta gran novela. Así, basándose en la historia íntima de un hombre joven, logra recrear un capítulo diría que desconocido, de la historia europea y lo hace por medio de imágenes únicas. La autora logra mostrar la persecución sufrida por los alemanes rumanos en tiempos de Stalin a partir de una historia individual.

Siempre es un reto leer un premio Nobel reciente. Las opiniones encontradas de los últimos tiempo dejan al pueblo lector con una sensación de extrañeza ante los desconocidos y pocos publicados recientes premiados. Todo lo que tengo lo llevo conmigo lo voy a ver desde dos ópticas: el libro en sí mismo y el mérito de la autora para ser Nobel .

Sin dudas, Herta Müller se merece dicho galardón más que los últimos premiados, su calidad literaria supera a la mayoría de los escritores actuales. Merece ser premiada, es una autora con poca traducción al castellano.

Paso a la obra: es un texto que conmueve y que está lleno de una poética increíble que no necesita lugares comunes o golpes bajos para ser.  Leopold Auberg es un joven alemán residente en Rumanía (como la autora ) que es llevado por los rusos a un campo de internamiento ucraniano. Sus años en el gulag ocupan a la autora en casi todo el libro. Sus experiencias se asientan en lo que Müller conversó con su amigo poeta Oskar Pastior quien padeció esa realidad, aunque los recuerdos de muchos otros personajes quienes como la propia madre la autora, nutren el recuento de la historia.

Otros autores como  Grossman o Shalamov, tratan el tema , pero en la obra de Müller todo simple y de un exquisita sensibilidad. Lo humano determina la historia, pero embriagado de poesía. El hambre se transforma en el ‘ángel del hambre’, una presencia sostiene el contacto con la realidad. La libertad es un borroso recuerdo y, lograrla sólo es la puerta al futuro, a uno que se presenta sombrío. Los componentes del campo son convertidos en personajes que cohabitan con los presos, así el cemento, el carbón, los abetos, la arena amarilla y la escoria se personifican más allá de la materia para ser protagonistas. Los detalles engrandecidos, un recurso netamente poético, crea un ambiente onírico que nos reconoce parte de ese espacio, y comenzamos a sentir: el hambre, el agotamiento del trabajo continuo, las penurias , una realidad difusa y tenue nos envuelve como al protagonista, para protegernos de una realidad cruel. Son los mecanismos mentales de autodefensa del protagonista que nos embargan.

Es un relato lleno de sensaciones, sin caer en sensiblerías. La pérdida como sentimiento no aparece, tampoco el desarraigo o el odio.Cabe aclarar que el título original, ‘Ritmo respiratorio’ es más acorde a su contenido, vivir en el gulag es seguir el ritmo de la respiración y del presente en ese respirar, que es nada menos que estar vivo. Más allá no hay nada.
Sin dudas ésta obra de Herta Müller merece ser leída. Es una gran obra pequeña, de esas que valen la pena.

Diario de Cuarentena: ¿Estúpido yo?

Todos cometemos estupideces. Es más todos tenemos un grado de estupidez. La vida sería demasiado aburrida, si viviéramos en una sensatez constante. Ahora, vivir en una tontera continua, ha dejado a la humanidad en el estado de hoy, con miserias, hambre, y sin bienestar ni felicidad por la estupidez generalizada de las clases dirigentes.

Hoy quiero proponer ocuparnos de la estupidez, la natural y aquella que construimos. Ser estúpido, ya lo decía Voltaire, es peor que la maldad. O como el historiador Carlo Cipolla nos argumentaba en la Tercera ley fundamental (ley de oro) de la estupidez: «Una persona estúpida es una persona que causa un daño a otra persona o grupo de personas sin obtener, al mismo tiempo, un provecho para sí, o incluso obteniendo un perjuicio«.

La condición humana es vana, pero prefiero accionar a lamentarme. Y el humor puede ayudarnos a contrarrestar la estupidez, pero primero debemos entenderla.

En 1866, el filósofo Johann Erdmann definió la «forma nuclear de la estupidez». Tomando la mente estrecha como estúpida,La estupidez se refiere a la estrechez de miras. Es decir, estúpido es el que sólo tiene en cuenta un punto de vista: el suyo. Cuanto más se multipliquen los puntos de vista, menor será la estupidez y mayor la inteligencia. Ay! que bueno sería que algunos gobernantes pensaran así, no es el caso de Argentina, que tiene políticos que se creen dueños de una verdad única. Los griegos les dirían idiotas, porque para ellos un idiota era aquel que consideraba todo desde su óptica personal y juzgaba cualquier cosa como si su minúscula visión del mundo fuera universal, la única defendible, válida e indiscutible. ¿Les suena?

Creo que el egoísmo intelectual también es estupidez, y me remito a los toscos y soberbios, aquellos que reniegan de las tensiones y de la complejidad, creyendo que la difusión de su propia y tonta simplicidad es un dogma inapelable. Una verdad absoluta, tienen una ceguera intelectual tal que lo hace sentir sabio.

Aspiro a luchar contra el embrutecimiento en el que nos estamos ahogando, cuestionarnos y cuestionar, ampliar la mirada, para limitar tanta estupidez. La duda y la autocrítica son aliadas. Dejemos de mirarnos como Narcisos estúpidos y autosuficientes, con tono de maestro ciruela. No apuntemos con el dedo, porque sino seremos siempre estúpidos, ignorantes del otro. En 1937, el poeta Robert Musil en pleno auge de corrientes totalitarias, nos recordaba «la barbarización de las naciones, Estados y grupos ideológicos». Lamentablemente casi un siglo después, estamos en las mismas condiciones. La estupidez se parece al progreso, a la civilización. Confunde.

En nuestro país está brotando de un «nosotros» estulto y envanecido. Alimentado por un populismo lleno de grandes ideales difusos, de lugares comunes, de proclamas simplistas: todo es negro o todo es blanco. Parece que el único punto de vista legítimo es el de un grupo social determinado, el de una facción concreta: la de la mayoría. Y ahí es donde el totalitarismo acecha.

La estupidez es prima de la intolerancia y la falta de diálogo. Es gregaria y se construye con consignas soberbias y sin fundamento, repetidas una y otra vez por colectivos sectarios. La estupidez funcional es peligrosa. Como ya dije todos en algún momento, podemos ser estúpidos ocasionales. Pero un obcecado funcional, según Musil, tiene una incapacidad permanente para apreciar lo significativo. ¿Qué es importante y qué no? El estúpido se obstina en lo accesorio. No puede jerarquizar prioridades. Nietzsche nos avisaba que la estupidez más común consistía en olvidar nuestro propósito.

Las complejidades que nos presenta la vida, sus matices, conforman lo trascendente, pero la idiotez se extienden con la rapidez del pánico. Se viralizan como el virus que nos aqueja.

Una de las acciones más simples para remediar la estupidez es la modestia. Por lo que es de inteligente cuestionar lo que uno hace y piensa. Esa zona gris de la duda nos aleja siempre de la imbecilidad, y una buena cura de humildad es la risa inteligente. Hacer una sátira de la estupidez de nuestra vida siempre es un ejercicio saludable. Notaremos que muchas convenciones sociales son en absurdas y abrumadoramente lentas. Hoy en día, estamos llenos de protocolos que no resisten la más minima pregunta. Hay estúpidos en la misma proporción en todos los estratos económicos y culturales, corrientes políticas y territorios.

Decía Albert Camus en «La peste» que «la estupidez siempre insiste», por eso creo que tal vez mi lucha, sea una partida perdida. Pero no me quiero resistir a ella, y los invito a preguntarse como hacía el escritor Giovanni Papini, la pregunta fundamental para acabar de una vez con la estupidez funcional: ¿soy un imbécil?

Hoy me respondería a mi misma que sí, que lo soy, y aquí tal vez resida mi diferencia con los idiotas absolutos. Te dejo la cuestión en tus manos, porque puedo estar equivocada.

Diario de Cuarentena: Ejercicios Espirituales

Hoy es el día del Patrono de nuestra ciudad y fundador de la Compañía de Jesús: San Ignacio de Loyola, por muchos considerado una de las mentes brillantes del siglo XVI. Este hombre, militar, y extremadamente creyente, creó los famosos Ejercicios Espirituales, tras vivir como eremita en Manresa, en unas cuevas que hoy son visita turística. Tal vez con la rigidez propia de la época, lo que escribió San Ignacio de Loyola, apela a la virtud, a la humildad, a la grandeza del alma.

Nuestra ciudad, Junín, está hoy atravesada por la cuarentena, que parece extenderán otros 15 días ad eternum, porque nadie ve una luz en el camino. Y digo padece la cuarentena, porque gracias a Dios, y posiblemente a San Ignacio, los casos han sido mínimos. Los males, máximos. Muchos comercios parados por más de cuatro meses. Muchos cerrarán, otros despedirán, otros ya no pueden más. A veces la humildad de la que el santo habla tiene que ver con reconocer el error humano.

Me gustaría que nuestro presidente, en vez de seguir creando elites arbitrarias, como ahora la de los nuevos sabios judiciales, recordara que los ciudadanos estamos representados por los congresistas y esos deben ser sus asesores. Me gustaría que sea capaz de decir me equivoqué, que se ponga de nuestro lado y sea pueblo. Que reconozca que su gabinete es incompetente. Debería leer los Ejercicios de San Ignacio para dejar de lado la soberbia y volverse un estadista. Mientras otros países vuelven a la normalidad, nosotros empeoramos, la realidad manda. Actuaron mal, y además miserablemente. Usando la pandemia para avasallar derechos, y dar impunidad y excarcelación a los corruptos.

Hoy, en el día del Patrono de mi ciudad, San Ignacio de Loyola, me gustaría decirle a nuestro presidente una frase del Santo: ¿De qué te sirve ganar el mundo, si al final pierdes tu alma?

Diario de Cuarentena: Los unos y los otros

«Solo hay dos o tres historias en la historia de los seres humanos y se repiten tan cruelmente como si nunca hubieran sucedido.»
Willa Cather

Un diario es un diario, es decir cuenta una vida. Hoy me desperté riendo por un sueño alocado que no recuerdo y llamando a Marcelo como todas las mañanas. Saber que está cerca me hace sentir que despierto en casa. Porque mi casa es él, aunque me enoje, lo enoje y a veces nos digamos cosas que ambos sabemos que son falsas; somos nuestro hogar. Mi mano en su mano adquiere sentido, su mirada en la mía se embellece. El amor adulto tiene esas magias. Claro que después viene la realidad, y golpea. Nos enroscamos en las miserias del gobierno, en la tristeza de la pandemia, en la ineficacia de la cuarentena. Pero igual cocino algo para la familia, y me preocupa el exámen de Nico, que estudia solo en la quinta porque se ahoga en casa, y extraño a mi hija que trabaja e intenta crear su propia vida, gracias a dios pude darle las herramientas en educación y crianza para que no me extrañe y sea libre. Y Papá me llama con disimulo para ver que cociné, así se cruza. Mi mundo es pequeño, pero no difiere del de otros. Porque los unos y los otros vivimos una y otra vez las mismas vidas. Aburridas y Maravillosas.

Tengo parcial del posgrado y me estreso como si mamá viviera y me exigiera nota, me río cuando la pienso, porque ya comprendí que el amor no se va, y extraño mucho a mis amigas que son las que deseo tener a esta altura de la vida.

Les uns et les Autres (en español Los unos y los otros) es una película francesa del año 1981, dirigida por Claude Lelouch. Se trata de un musical épico, generalmente considerada como la obra maestra de Lelouch, junto con Un hombre y una mujer. Ha ganado el Gran Premio a la Técnica en el Festival de Cannes de 1981. Cuatro familias, cada una de ellas procedentes de un país distinto -Rusia, Alemania, Estados Unidos y Francia-, viven una relación intensa con la música que se ve perturbada por el estallido de la Segunda Guerra Mundial. El conflicto bélico interrumpe sus carreras de músicos y bailarines y cambia sus vidas. A lo largo de los años y las generaciones, estas familias intentan superar los contratiempos mientras mantienen sus vínculos con la música. Las historias de los personajes, de distinta procedencia, se entrelazan hasta llegar varios de ellos a asistir a un mismo concierto benéfico, en el que coinciden un pianista con pasado nazi y un judío francés superviviente del Holocausto. Los unos y los otros, trata de un crisol de gentes, como nosotros.

Hoy atravesamos una pandemia, que es otro tipo de agresión, y por suerte sobrevivimos casi todos a esta nueva epidemia humana. El casi duele, pero el todos debe pesarnos más. Para comprender que en la unión podemos reconstruirnos, viviendo la vida, creyendo en el amor, la resistencia, el esfuerzo, el trabajo, los valores, porque en última instancia, los unos y los otros, somos iguales.

Diario de cuarentena: Parte de un todo

Un miércoles más en un mundo pandémico. Pero, por qué somos como somos en este contexto es mi cuestión del día. Me pregunto de qué manera nos está afectando el encierro y la incertidumbre como individuos y como especie, por qué extrañamos tanto ir a la cancha o a bailar, o cosas simples como un café con un amigo ocasional. La científica chilena Isabel Behncke dice que : «El daño ocasionado por el confinamiento será mucho mayor que cualquier daño del covid-19 que se haya evitado«

Es innegable que muy pocas veces en la historia de la humanidad, el mundo adquiere la sinergia que la preocupación por éste virus logró, una cuestión política de acción colectiva que no suele suceder. a excepción de las guerras mundiales, aunque entonces existían dos bandos y ahora hay uno solo. El coronavirus, si bien está lleno de paradojas, revela el orden oculto de las cosas. Porque nos muestra que todo está unido, que desde China a Argentina no hay tanta distancia si de virus se trata y que la globalización muestra las interdependencias humanas, pero también las hay ecológicas. Nuestra salud depende de la salud del ecosistema, de la salud de nuestro grupo social, y de la de otros que están en latitudes impensadas. Muchas de estas interdependencias y relaciones estaban fuera de nuestra mirada. ¿Qué me importa lo que ocurre en un «mercado mojado» en China si yo vivo en Buenos Aires? Hay que comenzar a comprender que nuestra especie es una y que nuestro planeta es éste. Y es hora de humildad. Un minúsculo virus nos tiene prendados. Sometidos a sus deseos y encima respondemos con soberbia y sociedades fragmentadas. Hay países que no le sumaron al virus el confinamiento, y a pesar de la caída económica mundial, tienen capacidades que en el nuestro no abundan. Y si está presente un confinamiento excesivo. Es lo que estamos viendo ahora. Somos animales sociales inteligentes en cautiverio. Y vamos explicitando que somos mamíferos y primates estructurados para construirnos en movimiento y al aire libre, por lo que el encierro sin actividad ni sol nos enloquece. Pero no somos primates comunes, sino sociales, por lo que aislarnos trae graves efectos en nuestra salud física y mental. Y así estamos, mirando autómatas las redes, sin siquiera interactuar, repitiendo movimientos, somos seres cautivos. Nuestro sufrimiento es verdadero, profundo, somos animales sociales privados de estímulos y de movimiento.

Vos o yo, vivimos con tres o cuatro personas, pero nos relacionamos con unas 100 o 200 personas que forman nuestro núcleo de relación, aquellos a los que invitamos a nuestro matrimonio o que irán a nuestro funeral. Pero vamos interactuando con todos en nuestra vida, al levantarnos, con la familia, luego con el grupo laboral, tal vez almorzás con alguien por negocios y a la noche te ves con amigos. Es decir tenemos una comunidad grande, que vamos fisionando y separamos en grupos pequeños que luego se vuelven a juntar. Esta normalidad es la que nos quita la cuarentena, y la que nos enferma. La gente que está sola está sufriendo por el aislamiento, porque no están teniendo contacto físico ni interacción social. Y las personas que están encerradas con su grupo familiar o con otras personas también están sufriendo porque hay mayor conflicto en las relaciones. Encerrados aumenta nuestro estrés, no podemos evitar conflictos, no podemos simplemente irnos. Necesitamos separarnos, para extrañarnos, necesitamos festejar, jugar. Como humanos, junto con otros pocos animales, somos inusuales porque jugamos de por vida. El juego es muy importante para la salud física y mental, para la resiliencia y para la creatividad. En la pandemia jugamos en forma solitaria, pero cuando se extiende como la nuestra, y ya ordenamos todo, y jugamos a todo, y repetimos todo, podemos caer en conductas peligrosas, depresivas, o agresivas. Mi pregunta es ¿cuantas veces reiste la ultima semana? Tenemos que hacer lo que sea necesario para mantener el juego en la vida, sobre todo en tiempos donde es difícil hacerlo porque hay miedo e incertidumbre. Como ahora.

No podemos practicar nuestros rituales sociales como ir a recitales, a misa, a bailar o a bares. Y esos ritos colectivos nos sincronizan como sociedad. Nos une. Nos sentimos parte de algo que nos excede pero es nuestro, como cuando vamos al fútbol. Y ahora lo perdimos todo. En pocos meses, estamos atravesando un experimento social inédito. Estamos viviendo un trauma colectivo. Por eso creo que vamos a necesitar volver a restaurantes y pubs, al estadio, a recitales y a bailar en fiestas, lo antes posible.

Nos falta el tacto, tocar al otro, un abrazo que consuele, la piel es parte de lo cognitivo. Al no tocarnos, somos cerebros que flotan y piensan en un espacio donde el contacto físico no cuenta, y no alcanza el ver tras una pantalla. Hay que palpar, sentir. Nos hacemos falta.

La pandemia: nos recordó que somos parte y no aparte de la naturaleza, y que ser un animal de la misma especie es una fuerza muy democrática, porque el virus nos ataca a todos. La diferencia está siempre en las herramientas con que contábamos antes del virus. Y entonces aparecen las miserias, los violentos con estrés son más violentos, los solidarios más solidarios, los amorales lo mismo. Mostramos la hilacha como sociedad, y en una de las vueltas de la vida, el virus, que nos considera su casa, comienza a ser parte de nuestra vida, pero dejó tras él, y por malas decisiones, un larga secuela física, moral, económica y social. Por eso hoy miércoles 29 de Julio de 2020 voy a comenzar una nueva cruzada, La mía es porque no avasallen la justicia en Argentina, que no usen al virus para volverse impunes, Te invito a que me escribas y me cuentes la tuya, así cuando esto termine, la sinergia tal vez deje una sociedad más comprometida.

Diario de Cuarentena: Positivo

El mundo parece mentira. No es posible seguir el día a día sin relacionar lo que ocurre con cuotas de odio. Pero en Argentina, el odio es el pan de cada día. Odio al que tiene, odio al que no, odio al que se defiende, odio al que ataca, odio al rico, odio al pobre. Una constante segregación que nos va debilitando y transformando en seres mínimos, aterrados por un análisis que paradoja al fin, es mala noticia si da positivo.

Baruch Spinoza, definió el odio como un tipo de dolor que se debe a una causa externa. Aristóteles ve el odio como un deseo de la aniquilación de un objeto que es incurable por el tiempo. Por último, David Hume cree que el odio es un sentimiento irreductible que no es definible en absoluto.

Siguiendo a Hume, este odio social que parece atravesarnos, se transforma en su irreductible indefinición en una constante social. Pero si estamos ante un enemigo sistémico que no sabe de ideologías ni de partidismos, seguir sosteniendo el odio para ser la pantalla para ocultar el miedo. Miedo a un resultado positivo. Personalmente creo que el temor pasa por la falta de identidad. En un país que se empeña en falsificar su historia y transformarla en discurso, en castigar la honestidad y premiar la corrupción, parece hasta lógico el miedo a la verdad. Tal vez por eso no hacemos test. No queremos saber lo que pasa, lo que realmente ocurre. Porque el odio y el miedo son la comida necesaria para atropellar las instituciones y crear resentimiento y venganza. A nuestro gobierno le gusta disciplinar, así lo escribió la vice en su libro , textualmente habló de disciplinar al campo con retenciones, como si la Constitución no existiera, y las retenciones fueran legales. Y así lo hizo, tal vez porque el odio venga de la necesidad de castigar al que tiene sin haberse corrompido, o tal vez solo para la tribuna, Como todo lo que vivimos desde hace unos 130 días, en una crónica anunciada de un posible positivo.

Diario de Cuarentena: Giros

La vida corre en círculos, nos propone tantas vueltas que a veces nos mareamos. Hoy amanecí así, mareada, revolcada en mi propia historia. Porque los giros no siempre son externos, a veces los creamos como un surco en el interior del alma.

Páez dice: Giros. Existe cielo y un estado de coma, cambia el entorno de persona en persona. Giros.Dar media vuelta y ver que pasa allá afuera, no todo el mundo tiene primavera. Flaco ¿Donde estás? Estoy imaginándome otro lugar, estoy juntando información, estoy queriendo ser otro (otro tipo, loco)
Mi necesidad se va modificando con las demás, así mi luna llega a vos, así yo llego a tu luna. Giros.
Todo da vueltas como una gran pelota, todo da vueltas casi ni se nota. Giros. Fotografía de distintos lugares,
fotográficamente tan distantes. Suena un bandoneón, parece el de otro tipo pero soy yo, que sigo caminando igual… Silbando un tango oxidado.

Y sí, existe un estado de coma, y estamos en él, infectados por la falta de empatía y la grandilocuencia de los mediocres, que ponen al pueblo en su boca corrupta para escupirlo más pobre aún. Hay que dar media vuelta y ver que pasa ahí afuera, al lado nuestro, antes de hablar del otro empecemos por nosotros. Por nuestras propias miserias, inocultables en esta pandemia que vino para destapar corazones oscuros. SIn miedo a imaginarnos otro lugar, donde la necesidad de uno se modifique con la del otro. Girando juntos como una gran pelota, que nos unifique en pos de una sociedad más justa, que no se genere en torno a feudos que predican un pseudo socialismo provinciano, sin más versos que los de las canciones y con la fotografía clara de la realidad de cada lugar, sin intendentes que banquen ventas de droga en ambulancia, sin dirigentes que tilden a mafiosos de ejemplares y sin millonarios que hablen de productores oligarcas, desconociendo el trabajo y la dignidad.

Suena un bandoneón, y sí, sigo caminando igual, erguida en la memoria de los justos y buscando la paz en este cambalache.

Diario de Cuarentena: La sonrisa de una lágrima

Me acosté feliz de ver amigas tras cuatro meses de cuarentena, socializar un poco me había recordado que soy mujer, que puedo arreglarme y festejar el nacimiento de Maru, con quien comparto vida desde ese instante inicial, verla soltar sus rulos y ser feliz, me llenó de energía. Pero la vida…

Me desperté con la noticia de una muerte joven e injusta, como casi todas las muertes jóvenes. Gustavo Tilot, alguien con quien compartí por años cuestiones laborales, pero a quien aprendí a apreciar en pequeñas charlas entre tandas, o esperas de ferias de libro, o notas en lo de Niní, o actos oficiales, que pertenecía a una familia que vino con mi abuelo desde Europa y que como él, traían unión y arraigo a esta tierra de inmigrantes y trabajadores. Su voz única, su carisma, su clase, pero sobre todo, los valores que tenía, y que mejoraba esta realidad lo hacían particular. Recuerdo el año pasado, el orgullo con el que fue a izar la bandera, el honor que sentía, que pena. Qué gran pena. Se fue un bueno. Uno de los pocos. Y sonreí entre lágrimas.

Así es la vida. Una y una, pero cuando la vivimos limitada, nos duele más. Porque hace cuatro meses que nos perdemos amigos, tiempos que no vuelven, hijos que se extrañan, nietos que nacen y no se conocen, momentos irremplazables. ¿En pos de qué?

Un abrazo al cielo, comparto con ustedes uno de los poemas de la gran Pizarnik

Tu voz

Emboscado en mi escritura
cantas en mi poema.
Rehén de tu dulce voz
petrificada en mi memoria.
Pájaro asido a su fuga.
Aire tatuado por un ausente.
Reloj que late conmigo
para que nunca despierte.

Diario de Cuarentena: Hechos

Dónde comenzar. Cuando me planteé registrar mis sentimientos sin tapujos en un diario de cuarentena, algo que la humanidad vive pocas veces en un siglo y que seguramente viva una vez en forma personal, jamás creí llegar a más de 125 días, y mucho menos estar en la situación sanitaria en que nos hallamos hoy. Como tengo la fortuna de no ser anti nada, y mucho menos enamorarme de personalismos, puedo notar que las mismas cosas podemos verlas diferente.

Mi mirada sobre la cuarentena, que no es lo mismo que la pandemia, es crítica, porque mi convicción liberal me lleva a cuestionar todo lo que cercena libertades y derechos individuales. SIn embargo, para muchas personas esos derechos y libertades sólo le pertenecen a algunos. Es más, a los que a ellos se les ocurra. Y en nombre de la arbitrariedad son capaces de todo. De soportar todo, de aceptar todo, de perder todo y aún así defender un espacio al que creen pertenecer.

Si de miradas se trata, le presto especial atención a las de aquellos que difieren conmigo. Mehmet Murat ildan decía «Si estás observando cualquier cosa desde un punto, desde un ángulo, jamás puedes alcanzar la sabiduría, porque la sabiduría es ver todas las cosas desde todos los puntos y desde todos los ángulos posibles». En esta cuarentena me tomé el trabajo y el tiempo de intentar ver como otros lo ven, para comprender qué miran.

Los hechos que voy a describir son hechos.

Hay una pandemia, se enteraron, la desconocieron, dejaron abierto y sin control real el aeropuerto, entró el virus, no hicieron los test suficientes ni el seguimiento necesario, circuló el virus, encerraron a la población, quitándole el derecho a circular, a trabajar, a comer dignamente, a crecer y a cuidarse con sus propios criterios. Se bloqueó y aniquiló la economía, se resintió el resto de la salud pública, se emitió a lo loco y se sigue en default. Mientras, los presos salieron, los corruptos también, desaparecen jóvenes, hay abuso policial, nos asaltan y aumenta el delito y la circulación de droga, se paró la obra pública, cierran empresas, hay seis dólares diferentes, cepo cambiario y se alienta la especulación, aquellos a los que dicen querer destruir, son los beneficiados, los que producimos o trabajamos, en sector privado o público, estamos en el horno; creen que hacen todo genial y critican a los vecinos, pero hoy, 24 de Julio, más de cuatro meses después, hay 150000 casos y superamos los 100 muertos diarios, con el índice de aumento de casos más alto de la región, casi todos en AMBA, la mayoría del lado de provincia.

Mi mirada es de fracaso total, despilfarro y alerta por atentar contra la propiedad y la libertad. La otra mirada está sentada en bases supuestas, si no hacían esto morían más, o se contagian más. La vida vale más que la economía, los anti cuarentena son la muerte, etc. Todo está justificado, hasta cuestiones que supuestamente son tan sensibles para sus miradas como la desaparición de personas o la multiplicación de pobres. No la comprendo. No me siento cómoda mirando así.

Para Friedrich Nietzsche, los que luchan contra monstruos deben velar para que en el proceso no se conviertan en uno. Y sugiere «Si miras el tiempo suficiente en un abismo, el abismo mirará dentro de ti». Tal vez ahí esté la explicación a tanta ceguera social. Siempre intentaré pararme en diferentes ángulos antes de tener una mirada definida, pero jamás disfrazaré los hechos.

Diario de Cuarentena: Vida Sencilla

Estamos en una semana gris, de muchos grises, algunos negros y algunas profundidades ajenas al color. Siete inquietos días donde los que deben hablar callan, y los que hablan quiebran en tonos desagradables. Un par de meses atrás todavía creíamos. Ya no. No hay en quién creer ni en qué. Cuando los de siempre siguen construyendo inequidades y la sociedad toda se debate entre la razón y la locura, yo propongo retomar lo simple. La vida sencilla. La que tiene reglas claras. Un semejante soy yo con otra piel. No nos matemos, no nos robemos, no destruyamos la poca trama social que nos queda. La vida puede ser mejor, más limpia, sin tantos dobleces que nos hieran. No podemos llegar al poder hasta las próximas elecciones, pero podemos ser buenos ciudadanos, buenos vecinos. Comprender al otro en vez de juzgarlo. Escuchar al que disiente y no denostar, buscar el punto de coincidencia para construir desde allí. Comprender que la diversidad es la riqueza, y que si nos mantenemos en la ignorancia del otro, nos volvemos ignorante. Estos últimos meses, les cuento, he padecido muchas agresiones, solamente por disentir. Por no apoyar un proyecto que para mí, y a los hechos me remito, nos lleva al derrumbe. Pero no agrego a quienes lo profesan, solo digo lo que pienso. Eso hace que sea mucho más indeseable en mis ámbitos que hace seis meses o siete atrás. Pero no importa. No siempre las personas comprenden las diferencias, o las respetan. SIn embargo, sigo en pos de un mundo donde el otro, distinto, variopinto, estimado, sea tan importante como yo. Una vida en la que no irriten los hechos ciertos, y en la que no construyamos post verdades para pertenecer. Octavio Paz escribió como nadie de que se trata «La Vida Sencilla»

Llamar al pan y que aparezca
sobre el mantel el pan de cada día;
darle al sudor lo suyo y darle al sueño
y al breve paraíso y al infierno
y al cuerpo y al minuto lo que piden;
reír como el mar ríe, el viento ríe,
sin que la risa suene a vidrios rotos;
beber y en la embriaguez asir la vida,
bailar el baile sin perder el paso,
tocar la mano de un desconocido
en un día de piedra y agonía
y que esa mano tenga la firmeza
que no tuvo la mano del amigo;
probar la soledad sin que el vinagre
haga torcer mi boca, ni repita
mis muecas el espejo, ni el silencio
se erice con los dientes que rechinan:
estas cuatro paredes, papel, yeso,
alfombra rala y foco amarillento?
no son aún el prometido infierno;
que no me duela más aquel deseo,
helado por el miedo, llaga fría,
quemadura de labios no besados:
el agua clara nunca se detiene
y hay frutas que se caen de maduras;
saber partir el pan y repartirlo,
el pan de una verdad común a todos,
verdad de pan que a todos nos sustenta,
por cuya levadura soy un hombre,
un semejante entre mis semejantes;
pelear por la vida de los vivos,
dar la vida a los vivos, a la vida,
y enterrar a los muertos y olvidarlos
como la tierra los olvida: en frutos…
Y que a la hora de mi muerte logre
morir como los hombres y me alcance
el perdón y la vida perdurable
del polvo, de los frutos y del polvo.