Diario de Cuarentena: Matate,amor.

Ariana Harwicz nació en Argentina en 1977 y vive en Francia desde 2007 donde escribió sus dos novelas Matate amor (2012) y La débil mental (2014). Sus novelas son huis-clos campestres que se devanean entre el agobio familiar y un bestial mundo interior que las hace únicas.  

El agobio, la falta de aire, dan ritmo a una narración ahogada, apretada, como si los planos de su vida fueran cortados en pedazos. Desde las primeras páginas de Matate amor, en que la protagonista está agazapada en los pastizales mirando de lejos a su casa con un cuchillo en la mano, pensando si va o no va a matar a su marido y a su bebé ; y en esas huidas desesperadas y compulsivas al bosque y los matorrales donde a veces encuentra la mirada misteriosa de algún ciervo. Ariana Harwicz se atreve a sentir lo indecible y a expresarlo con maestría absoluta.

En un desesperado intento por liberarse de lo que se espera de ella en su rutina de madre-esposa-dueña de casa, de un marido pusilánime y de un hijo concebido a la fuerza, la protagonista de “Matate, Amor” huye a la catarsis brutal casi en una evocación a la brujería. Podríamos decir que la protagonista es una bruja poseída, de aquellas que los hombres quemaron vivas o ejecutaron públicamente por no adherirse a lo que se suponía que tenían que ser. Con frecuencia, la vemos revolcándose en la tierra, masturbándose con urgencia, y realizando, sin querer, los que parecen ritos paganos. También, en actos de rebeldía liberadora, recurre a una indiferencia furiosa, a la infidelidad y otros yeites. ¿Es una loca? tal vez, pero también somos nosotras, enfrascadas en una etiqueta mordaz que nos impide ser.

En “Matate, amor” cada“capítulo” de la obra es como un gran párrafo, sin puntos aparte, y mientras más libre y más errática se vuelve la protagonista, más frenético el relato. ¿Será porque está más cerca del objetivo? Como lectora, pude sentir el fiereza de huir de lo establecido y la búsqueda desesperada del querer (deseo perdido) en lugar del deber. Ariana Harwicz escribe como pensamos, como podemos pensar o como no nos atrevemos a pensar. Hay una ambivalencia entre el aburrimiento y la belleza del paraje aislado pero hermoso en el que habita la historia,pero para la protagonista esa hermosura se va transformando en hastío, desesperación, ansiedad hasta llegar a un grito salvaje: “Lo traje al mundo, ya es suficiente. Soy madre en piloto automático. Lloriquea y es peor que el llanto. Lo alzo, le ofrezco una sonrisa falsa, aprieto los dientes. Mamá era feliz antes del bebé. […] Qué quiere de mí. ¿Qué querés? No me deja dejarlo. Se arquea. Ayer tuve que ir a hacer con él, hoy prefiero hacerme encima”.

Las pulsiones se relacionan con lo indefinido. En Matate Amor, las categorías de la novela quedan en la indefinición. No es lo que se espera, el espacio es un campo cualquiera, un no-lugar que sin embargo está bien delimitado por las acciones de los personajes y las relaciones que entablan entre sí (el marido que va al trabajo, el hombre de la moto que va y viene, los vecinos que viven al lado, el bosque y la casa). Es dicotómico porque por una parte encierra y por otra parte está el bosque que parece liberar, que es un lugar de escape. El tiempo también es indefinido porque es repetitivo, marcado por el ritmo del campo y de lo cotidiano, el ritmo del bebé con sus necesidades, y el de las compulsiones de la protagonista. Alterna entre lo mental y lo exterior . La noche está, en cambio está siempre, a toda hora. . Los personajes no tienen nombres. Es interesante notar que el marido tiene una historia y una familia en la novela, pero ella no tiene historia, no tiene familia. ¿No es?

Me entusiasmé mucho con la relectura de Matate, amor durante esta semana, y creo que puede sacudir nuestras cabezas racionales y volverlas cada día más locas. Como autora, de lo mejor que leí. Y el final no desilusiona, enriquece.

La vida en Pedacitos

Esta pandemia es cruel por donde se la mire, pero a los argentinos nos agregaron dolor.

La cuarentena es por mucho, más cruel que lo necesario. Porque no sólo nos coarta libertades, sino que genera una insoportable sensación de culpa constante ante cualquier acto de libertad que nos atrevamos a realizar.

Así nos encontramos en puntas de pie por salir a la vereda sin barbijo. Es que la vecina de enfrente llamó a la policía para denunciar al de al lado porque caminó con el perro sin barbijo la semana pasada. Él, no el perro. Y así fuimos acostumbrándonos a todo aquello que tratamos de quitarnos por años. Señalarnos con el dedo, ese “algo habrá hecho”, “por algo debe ser” y otras yerbas dictatoriales del pasado que parece que ahora debemos considerar normales. Porque nos cuidan.

En este quehacer diario de cuarentena, comencé a escribir todos los días lo que me va pasando en lo cotidiano, mis reflexiones acerca de las cuestiones sociales y políticas que nos rodean y también algunos miedos, cavilaciones propias y de otros, poemas, en fin. Algunos siguen mi diario como un reflejo de vida en cuarentena, otros lo utilizan para mofarse, y habrá quienes lo ignoran.

Pero lo cierto es que lo hago como ejercicio de libertad de expresión. La misma que utilizo en esta nota que no pretende moralizar sino ofrecer una posibilidad de repensarnos como sociedad. Parece que últimamente el ejercicio de la libertad es un delito. Lamentablemente hemos oído de nuestro Jefe de Gabinete decir que gente contraria a su gobierno “No son la gente, no son el pueblo, no son la Argentina” y por más que se explique, es clara su posición. El que no piensa como él no es gente ni pueblo. No sería relevante si no fuera quien comanda nuestros ministros. Y no fue la única expresión deplorable del gobierno sino el ejemplo elegido por lo representativo.

Entonces, en esta forma de ver la vida en pedacitos que tiene llevar un diario de cuarentena, noté que nos estamos quebrando, y que estamos teniendo demasiadas filtraciones en nuestra trama social. Quizá porque el miedo a la muerte, que siempre late en nuestros corazones, se nos ha expuesto y contabilizado a diario para paralizar nuestro hacer.

Junto al drama humano de los muertos, y de los contagiados y su angustia, aparece la sociología o psicosociología de las conductas de la gente en esta crisis inédita. Reflejan lo bueno y lo malo de las personas, el heroísmo y la mezquindad. Y es preocupante. No me resulta interesante censurar lo que haga la gente en esta hora de la historia. Se lo dejo a los ungidos de lo moralmente correcto. Me siento cerca de aquellos que, sin causar ningún perjuicio, sin molestar, tratan de evadirse de la prisión de un confinamiento insoportable.

El pecado hoy es ser libre. Aun contra una autoridad que abusa. Y la verdad es que nació en este tiempo asfixiante la policía de las ventanas, los espías del vecindario, que te denuncian si te atreves a escapar del cautiverio común.
Y te gritan si estás en la calle, si te bajás el barbijo, si esto o lo otro. Te odian si sos joven, con una autoridad delatora que hace cumplir el nuevo sexto mandamiento de no salir de casa. Hay muchas series referidas como La Valla, que representa a estas personas serviles a no se sabe quién. O tan miedosas que azotan a quienes los rodean creyendo ser útiles al bien común.

Tenemos tantas reglas y multas y sanciones, que es difícil respirar. Y todo para nada, porque el único resultado ha sido la destrucción económica y la ruptura de la conciencia social que nos costó años conseguir. En un país alocado, con los derechos adquiridos en juego, donde todo parece estar al revés, pareciera ser que decir la verdad es revolucionario. Aunque esa verdad sea una propia, individual y cuestionable, lograda uniendo los pedazos rotos de la sociedad que alguna vez intentamos construir. Y tendríamos que hacerlo con decencia.

La decencia, que no es moneda corriente, no es un romanticismo, debería ser una aspiración social. La decencia es un valor que tiene que ver con el comportamiento digno. Como valor que es, es un principio rector de la vida, y estos valores dan contenido a nuestra existencia. En la medida en que los carecemos y no los vivimos, nuestra propia vida se vacía. Los valores permiten enriquecer la motivación y, en consecuencia, consolidan las esperanzas que se pueden tener.

Comportarse decentemente significa realizar en actos concretos un comportamiento que refleja la riqueza como persona y el respeto por los demás. Significa saber valorar a los demás y considerarlos en toda su riqueza humana. Ser digno significa ser una persona íntegra, que diga lo que piensa, que actúe de acuerdo con lo que dice, y que se comporte ante el mundo como tal, tal vez si los argentinos comenzamos a valorar la decencia, tendríamos gobiernos que la practique y la vida se volvería una unidad predecible.

Una en la que cualquier pedacito que tomemos encaje en el rompecabezas social.
Como parece que se han dado cuenta que la solución no es aislarnos y encerrarnos y que pronto podremos vivir más libres no olvidemos que, a pesar de un año atroz y desconsiderado, todos los argentinos somos gente, todos somos pueblo, todos somos argentinos.

(*)
Escritora
Gestora Cultural

Diario de Cuarentena: #observatorio

La idea de observar y controlar todo con minuciosidad siempre me sorprende cuando viene de diputados que dicen ser progresistas, o muy Lelouch y ahora nos quieren observar el periodo menstrual. Digo : no será que les pagamos sueldos importantes a estas señoras para que piensen en cuestiones inherentes a la situación caótica que vive el país en vez de estar paveando con la copa o no copa o como sea que manejamos nuestros períodos menstruales.

Cuando creo que todo lo que podía ver ya lo había visto aparece esto. En la misma semana de la vacuna rusa. Una que quieren usar con nosotros que somos baratos y truchos ya que ni sus propias tropas quieren usar. Y estamos preocupadisimos por la elección de EEUU como si algo nos modificara, en vez de ver el desastre en el que nadamos. Uno lleno de ASPO, DISPO, Cuarentena, muertos, falta de test, economía destruida, negocios cerrados, y la joda permanente del negocio de los políticos tradicionales sobre los intereses ciudadanos.

Mientras nos quejamos y nos morimos de hambre, viajan a apoyar a Evo, a comprar basura en forma de vacuna salvadora o a escapar del cotidiano que nos crearon sin cesar. Dicen cuidar la vida, pero apoyan el aborto indiscriminado, y además eligen que debemos usar en nuestro ciclo menstrual, un nuevo observatorio, un nuevo curro. Mientras la clase que dicen defender se ve sometida al pobrismo practicante del populismo, de algunos sectores de la iglesia (me duele decirlo) y de los que miran para otro lado.

Mañana hay un manifestación, la acompaño, pero además debemos pensar antes de votar, antes de actuar y antes de irnos. Este es nuestro país, y nosotros elegimos a la gente que asume el poder. No seamos hipócritas, dejemos de ser progres con prepaga para ser ciudadanos, aunque lo que votemos o lo que digamos, como es el caso del diario de hoy, no sea cool.

Diario de Cuarentena: Cuestión de género

El género gramatical se manifiesta en los sustantivos, adjetivos, artículos y algunos pronombres. En los sustantivos y adjetivos existe únicamente el morfema de género masculino y el de género femenino. El género neutro se ha conservado en unas pocas palabras, como aquello, eso, esto, ello, alguien, algo y lo. Es importante no confundir el género gramatical (categoría que se aplica a las palabras), el género como construcción sociocultural (roles, comportamientos, actividades y atributos que una sociedad determinada en una época determinada considera apropiados para los seres humanos de cada sexo) y el sexo biológico (rasgo biológico propio de los seres vivos). En español hay distintos mecanismos para marcar el género gramatical y el sexo biológico: a) terminaciones (chica/-o), b) oposición de palabras (padre-madre) y c) el determinante con los sustantivos comunes en cuanto al género (el/la estudiante, este/esta representante). También hay palabras específicas (llamadas sustantivos epicenos) que tienen un solo género gramatical y designan a todas las personas independientemente del sexo biológico (la víctima, la persona). Como hablantes del idioma español los retos para una comunicación inclusiva en cuanto al género son la confusión entre género gramatical, género sociocultural y sexo biológico, el nivel de conocimiento de los recursos que ofrece la propia lengua para hacer un uso inclusivo dentro de la norma y las asociaciones peyorativas que han heredado del sexismo social algunos equivalentes femeninos.

En muchas ocasiones, asisto a conferencias que se tornan insoportables y que nos distraen del excelente contenido de sus oradoras cuando hablan con un supuesto lenguaje inclusivo que nos aleja de lo que queremos comprender y que no incluye a nadie. Este tipo de desdoblamientos son artificiosos e innecesarios desde el punto de vista lingüístico. En los sustantivos que designan seres animados existe la posibilidad del uso genérico del masculino para designar la clase, es decir, a todos los individuos de la especie, sin distinción de sexos: Todos los ciudadanos mayores de edad tienen derecho a voto. La mención explícita del femenino solo se justifica cuando la oposición de sexos es relevante en el contexto: El desarrollo evolutivo es similar en los niños y las niñas de esa edad. La actual tendencia al desdoblamiento indiscriminado del sustantivo en su forma masculina y femenina va contra el principio de economía del lenguaje y se funda en razones extralingüísticas. Son constantes repeticiones que traban al lenguaje, que generan dificultades sintácticas y de concordancia, y complican innecesariamente la redacción y lectura de los textos. El uso genérico del masculino se basa en su condición de término no marcado en la oposición masculino/femenino. Por ello, es incorrecto emplear el femenino para aludir conjuntamente a ambos sexos, con independencia del número de individuos de cada sexo que formen parte del conjunto.

Así, los alumnos es la única forma correcta de referirse a un grupo mixto, aunque el número de alumnas sea superior al de alumnos varones. Si la inclusión pasara porque las y los lectoras y lectores, las y los adultas y adultos, las y los niñas y niños, las y los maestras y maestros que lean esto sean insoportablemente nombrados así, como las chicas y los chicos, que las escritoras y los escritores queremos que nos lean, ya estaríamos incluídos en una sociedad que no solo excluye a gente sino que la escupe. Y los funcionarios y las funcionarias que son obligadas y obligados a hablar así por un gobierno deberían tener el criterio de saberse libres para hablar sin complicar la comprensión. Porque la comunicación se basa en poder entendernos, de ahí la economía del lenguaje.

Claro que el lenguaje nunca ha sido baladí, es obvio que estamos hablando de algo más que de lenguaje, gramática, morfemas y géneros. Pero que el lenguaje nunca ha sido un instrumento casual como bien lo sabían , Aldoux Huxley, Orwell o Victor Klemperer, autor de ‘LTI. La lengua del Tercer Reich’, un libro imprescindible para entender cómo los nazis comenzaron a manipular el lenguaje como estrategia para imponer sus terribles ideas. “La resistencia a la opresión comienza por cuestionar el constante uso de palabras de moda”, escribió el filólogo sobre cómo se había dado cuenta de que los nazis habían empezado a usar con fuerza adjetivos como “combativo” o “fanático” tratados de forma positiva.Por eso aunque a los maestros actuales les resulte genial esto de niños y niñas, todos y todas, los cambios pasan por otro lado si de igualdad se trata, se gasta energía en una batalla meramente formal y mientras se da esta batalla no se dan otras reales como la de la brecha salarial o el techo de cristal que padecemos las mujeres respecto a los hombres. Es una maniobra de distracción política. En lo personal siento que esta batalla del lenguaje es ficticia, son otras las que deberían dar. Les propongo tratar de escuchar una conferencia de alguien brillante dicha con el permanente corte de las y los, científicas y científicos, alumnos y alumnas, y luego me cuentan.

Por supuesto no tengo la verdad, opino desde mi individualidad, que no es ninguna cuestión de género.

Diario de Cuarentena: Vivir en emergencia

En el diario de hoy me gustaría escribir sobre este modo argentino de vivir siempre en emergencia, como si la previsión fuera una cuestión alienante, como si la vida no pudiera tener una pequeña planificación que nos simplifique el andar. Generalmente somos así, y nuestros gobiernos también, por eso es tan llamativo que hoy, en medio de una emergencia real que no pueden solucionar y amenguar, y siendo un país inmerso en la cultura de la emergencia, se pretenda discutir reformas en el diseño institucional del Poder Judicial. Un espacio ocupado por escándalos de corrupción que salen constantemente a la luz, con acusaciones y rumores de presiones que vuelan de un lado para el otro y que marean al pueblo.

Como vivimos en emergencia, los ciudadanos promedio no pensamos demasiado en ahorrar, porque se impone la necesidad de llegar a fin de mes. Y este Gobierno que no alivia demasiado la carga impositiva sino la eleva, nos prohíbe con cepos las pocas posibilidades de ahorro que teníamos. No hay tiempo para emprendedores: lo importante es recaudar dinero ahora para poder lidiar con el déficit, eso sí, ni hablar de bajar un poco el gasto público, es más seguirán con el pordiosero IFE hasta la muerte.Con medio país en hambruna, no han hecho más que ofrecer paliativos, que por definición son superficiales .

Claro que algunos políticos, también tienen sus propias emergencias. No tienen tiempo para discutir ideas y reformas a largo plazo, por estar dedicando su carrera salvarse de la justicia o a generar vínculos para escapar. En la cultura de la emergencia, la Argentina vive en transición, como preparándose para algo que nadie sabe qué es, pero sin mucho tiempo de analizar, porque la urgencia de los políticos no es la urgencia del pueblo.

Perdón por lo autorreferencial, pero les dejo un poema propio que supo ser premio de poesía:

Contra aquello más querido,

contra todo lo vivido,

lo deseado en demasía, lo prohibido,

lo buscado con esmero.

Contra el destino esquivo,

como un duelo,

contra lo recién nacido.

Contra el resto que no es resto,

contra un paso cansino,

el destello de una madre,

el destierro de un suspiro,

contra el sitio más preciado,

el amor más bendecido.

Contra el riesgo que demanda,

el vivir con la demencia,

la terrible y despiadada,

virtud de la convivencia,

contra el reto inevitable

del apego a la indecencia

contra esto, y contra todo,

me declaro en emergencia.