Historias de Barrio: Centro, lugar de encuentro y tango

Nos vemos en el Centro. Una frase que acuna el andar local. El Centro es lugar de encuentro, de trámites, de paseos y compras.

Por Soledad Vignolo.

Nos vemos en el Centro. Una frase que acuna el andar local. El Centro es lugar de encuentro, de trámites, de paseos y compras. La ciudad crece, ya no es la misma. Hay varias zonas que tienen su propia área comercial, sin embargo, ningún juninense tiene dudas si otro le dice: nos vemos en el Centro.
¿Será por esa cosa fundacional, que arrebata pasados y que nos engloba en la historia? Porque el Centro es el Centro. Es el lugar donde vamos a tomar cafecitos, a mirar vidrieras, o si somos de otra época a estacionar para conversar en el auto y ver pasar. Esa cuestión pueblerina que mantenemos porque nos atraviesa la gran ciudad.
Pero el Centro, que poblaron Bochita y los Bocaccio, la zapatería de Bazzani, donde la compra de calzado colegial era obligatoria, el súper, que era sinónimo de Mastromauro, los autos de Bocha Castellazzi, por supuesto Naldo Lombardi, Campini y Catena, los Nanni, ya no es ese Centro. Aun así, nos reúne.
Y en un costado misterioso, de tango y de silencios, se sientan en la 9 de Julio los amigos de siempre. Muchas veces creemos que el cuerpo nos limita, el Centro lo desmiente. Porque se puede ver tanta gente querida fluyendo por ahí.
Si alguna tardecita te sorprende caminando por Sáenz Peña, es posible que el gran Juanjo Fernández te salude impecable y te invite a cambiar este mundo traidor. Que la Mosca Loca te recomiende un libro con voz de Bocha y que tus pies se vistan de mocasín al pisar baldosas llegando a la cuesta, entre Pellegrini y 25 de mayo.
Ahora, si vas hacia Arias, y te sentás en la plaza tras una caminata mágica, te podés encontrar con Don Guibelalde en el Banco de Junín, ofreciendo recursos a la ciudad. Y Benito de Miguel tal vez se cruce con el Comandante Escribano fundando el Fuerte un 27 de diciembre. Porque el centro tiene ese no se qué, como canta Marcelo Biondini. Tiene el Conde, que fue el edificio más alto de la provincia en su tiempo, la estatua a San Martín, que no mira oeste, la Iglesia San Ignacio protegiendo sueños, la Escuela Número 1 y el Banco Nación, con sus magnifico estilo neoclásico.
Si caminás por Rivadavia, al llegar a lo que fue el Teatro Víctor Hugo y la Alianza Francesa de Junín, el tiempo te lleva a 1921 y oís cantar a Carlos Gardel.
Pero el Centro es también futuro, es la fuente del Milenio, los recitales del fin de semana, las noches de birrería y el placer de compartir. Es la Avenida San Martín y sus casonas, la juntada de verano por la noche y el MUMA en el antiguo Mercado trayendo Arte moderno a la ciudad. Es la clásica vidriera del Diario La Verdad, que hoy nos muestra la Radio, es Grand Prix o Tío Lucas, pero siempre Lambrisca, muchos comercios nuevos que anuncian sus nombres en cristales que lloran pasados. El Centro está grande y hay mucho para mirar.
Nos interpela de frente, cuando cambia su fisonomía y se llena de chicos de universidad. Pero siempre es nuestro, siempre es el barrio de todos, donde somos capaces de convivir sin clases, donde vamos a festejar y es común oír la frase que repetimos como identidad.
Por eso, ¿nos vemos en el Centro?

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Historias de barrio: 9 de Julio, la patria en naranjas

El piso de la plaza asombra, porque las naranjas se mezclan con el primer beso de la chica con uniforme y el pibe grandote de guardapolvo blanco, con la pelota de básquet de los otros niños sentados en el pasto cerca del obelisco y con las abuelas que cuidan críos en autitos de goma mientras cuentan que ellas conocieron la casita de Tucumán que había antes allí.
Las casonas reemplazaron a los ranchos del Fuerte Federación fundado un 27 de diciembre de 1877 para defender la tierra, y los modernos edificios minimalistas amenazan hoy a las casonas. La abuela Juana y sus ojos claros despiertan del sueño eterno llamando a Pichón y los Pagella, se ponen los cortos para disfrutar en la esquina de sus amores.
En el Club Social del centro se sueña con un anexo, y cuando gira la ruleta del tiempo, notan que ya hay niños incluidos que nadan en colonias de vacaciones.
La plaza es el centro del universo del barrio 9 de Julio, y es que en sus cercanías se originó nuestra ciudad, la calle XX de setiembre queda hoy como muda testigo del Fuerte, y la plaza de armas a la que llevaba está reemplazada por la 25 de mayo, que origina el centro de la urbe.
Qué hermoso es este barrio, piensa Isabel mientras camina hacia el colegio, y se ríe con sus amigas porque los más chiquitos chupan naranjas agrias, la soga se transforma en GPS y una antigua bici de rueda finita lleva en sus rayos cintas celestes y blancas.
Don Horacio J. de la Cámara sopla un poema al oído de un chico en skate y se trepa a la nube que cubre al Teatro de la Ranchería, inaugurado el 29 de mayo de 1971, imitando la construcción de su antecesor en el país. Como si fuera una ilusión posmoderna, el arte acompaña a la vuelta de la esquina, y se vuelve real de la mano de Rosana Guardia o de Julio Lascano.
Los gallineros de antes son patios familiares y la juventud sigue poblando la plaza entre risas y mates cebados por la historia. La promoción setenta y cinco de la Escuela 24 proyecta el viaje de egresados sin saber aún, que el maestro Lacentra contará la historia, que la señora de León quedará en muchos corazones, que la escuela seguirá siendo la misma y que cuarenta años después se darán cuenta lo felices que fueron.
Porque el barrio es un barrio de patria, de múltiples colegios, como el industrial y el comercial, paisaje de estatuas libertarias y de casas históricas, de bancos y sueños, un barrio que como su nombre lo enuncia habla de independencia. De rupturas y encuentros, de albores de un Junín que se puebla de sueños y de puertas de acceso a la posteridad. El aroma emplazado a naranjas caídas no puede definirlo ni es arrabal completo, sin tu mano o las nuestras, unidas en un obelisco propio, agitando libertad.

Historias de barrio: Nuestra Señora de Fátima «era nuestro mundo»

Hay manzanas que parecen las de Eva, seminales, porque en ellas confluyen belleza, talento y pecado. Nací rodeada e inmersa en esas cuadras.

Mi columna semanal del diario La Verdad.

Hay manzanas que parecen las de Eva, seminales, porque en ellas confluyen belleza, talento y pecado. Nací rodeada e inmersa en esas cuadras. En una época fundacional para mi barrio. El barrio de la Plaza Marcilla, con bancos que invitaban al amor, caminos que cruzaban destinos y el Club Junín enfrente, símbolo del placer en calesita. Las nochecitas en barra y las charlas interminables. Los “viejos” saliendo a pedir silencio. Como si fuera una orden. Claro, era la época de la dictadura. Esa que oíamos y que no comprendíamos. Donde algunos pensaban que la ley pasaba por ellos.
Pero a nosotros, los chicos, la vida nos ofrecía oportunidades. Los cumpleaños multiedad de la época no eran temáticos. No contaban con inflables ni tenían animadores. Las madres armaban los bonetes con cartulinas y papel satinado, los abrochaban o cosían, las chinches apretadas sostenían las letras del feliz cumpleaños y las guirnaldas de papel crepe violetas y naranjas despedían olor a plasticola. Todos los vecinos colaboraban para construir la capilla de Fátima y fue un espectáculo verlos llorar de emoción cuando tomamos allí la primera comunión. La señora de Estévez nos aleccionaba sobre Cristo entre leche chocolatada y lápices de colores. Ir a su casa era una fiesta católica. Con sonrisa amplia y voz grave, el Negro, su hijo, jugando por ahí y los mayores acompañando el hacer cristiano. Me encantaba catecismo, me encantaba mi barrio.
En la casa de la esquina vivía una señora muy bajita y encorvada con las piernas en V, que usaba bastón y se ocupaba del siempre verde que rodeaba su hogar, entre ella y la casa de la señora de Estévez. Don Saborido proveía a los vecinos de todo lo que necesitaran, clavos, elásticos, grampas, cualquier cosa que la casa requiriera, en su local encontrábamos. La diversión era enojarlo.
En la esquina opuesta, la verdulería, enfrente los Blanco, una familia tradicional, y al lado, una mujer que hoy sería premiada. De esas que no tienen edad, doña Amneris, así la llamábamos, enfermera. Ella corría por todos, nos nebulizaba con un aparato que parecía una nave espacial, nos acobijaba, nos pinchaba diciendo: pero qué lindo culo que hay acá. Su presencia significaba cura. Porque contaba anécdotas de El Dorado, que imaginábamos una ciudad de oro, nos cuidaba si alguien trabajaba, o lo que hiciera falta. Ahí estaba Amneris Ferrari. Vivía con su nieta, madre de Sata y Poro, amigos queridos, y en su casa se hacían las fiestas del barrio, corría música de parranda y alegría. En un cuarto exterior teníamos nuestro cine súper ocho. Cobrábamos entrada para comprar golosinas que disfrutábamos juntos sin miedo. El miedo que la sociedad vivía no nos llegaba aún.
En mi casa, teníamos las margaritas de doña Micaela, la vecina lindera, que adornaba al barrio con su pasión por ellas. Los problemas de madera y también los quehaceres escolares o de jardín como la fabricación de toc toc, los solucionaba don Palma, un carpintero de calidad, que te recibía con los ojos más claros que vi y con aserrín en las manos. Frente a mi casa, los Becerra, que compartían banco y conversación, doña María y don José, que junto a los Santana formaban la aristocracia de la edad en el barrio. Me encantaba ir al rosario con doña María, todas las tardes, sin cesar. Don José conservaba la estirpe de la paciencia y detrás vivían el Loli y la Flaca, otros amigos del alma. Pele y Carlitos Becerra creaban mundos, uno era volar en aeromodelismo y la otra escribía para construirlos. Ana Abdo y su perro salchicha me maravillaban y la suerte pasaba por tocarle las orejas. En la esquina los Pozzo, y enseguida, por Garibaldi, que cuando se inundaba era nuestra pileta, estaba el quiosco de doña María Arias. Mujer madre, trabajadora incansable, mujer orquesta. Ir a su quiosco, era chocolate negro en barra, cuadraditos de dulce de leche y caramelos masticable, pero también significaba encuentro. Con zapatillas flechas y medias tres cuartos nos encontrábamos con los Baldo, los Di Filippo, el Lalo Piñeiro, las chicas de Girolami, los Arriola, Rody y el Toy, nosotros y seguro aparecían Renzo y Cecilia della Valle con Willy Calvo y Títí Maiti.
Porque el barrio era muchas cosas. Era pasar por lo de Fati a buscarlos, era caminar de a muchos a la escuela, era correr si tiraba el loco de la esquina de la querida Escuela 24, suspender todo por un partido de fútbol en el campito, cortarse la ceja jugando a la palangana. El barrio incluía olores, la panadería de la Chucho, la libreta del almacén de don Jorge, la guardería de Nora Sclarandi, eran tantas manzanas y casas y nombres y sueños. Era nuestro mundo. Un mundo que salía a la calle en carnaval. Y cuando murió Perón. Y con el golpe, que yo no sabía que era. Era las vecinas secándose las manos en delantales floreados, y compartiendo. Barrio era payanas interminables con guardapolvos blancos almidonados que repelían la tierra para que no nos reten. El barrio era celeste y blanco en el mundial setenta y ocho. Y nos juntábamos en casa a montones a cantar el himno con la mano en el pecho antes de cada partido. En el barrio no entendimos porque a los cumples no venía más el tío Beto con sus títeres. Ni porqué de golpe había gente que no volvía.
El barrio de Fátima, mi barrio de niña, adolescente y joven era un barrio feliz. Hoy lo pueblan nuevos chicos, nuevas historias. Les deseo tanto amor como tuvimos los de aquella época, tanta creatividad suelta en esas manzanas, tanta energía bien puesta. Les deseo que Malvinas nunca vuelva a repetirse ni a manchar el barrio, porque hay en él héroes anónimos que nos defendieron. Les deseo que Rody les cuente como verdadera una de sus hazañas en los sueños y que se reconozcan en los textos del gran Juan José Becerra. Que las margaritas sigan poblando los patios, que el kiosco de hoy tenga una María Arias y que la calle vuelva a ser el escenario de una vida protegida, sin necesidad de la virgen.

Publicada en https://laverdadonline.com/historias-de-barrio-nuestra-senora-de-fatima-era-nuestro-mundo/

Soledad Vignolo participará del VIII Congreso de la Lengua Española

Desde hoy, y hasta el sábado 30, la escritora local Soledad Vignolo estará participando del VIII Congreso Internacional de la Lengua Española, en la Ciudad de Córboba, con el objetivo de aprender y comprender nuestro idioma y sus múltiples factores.

En diálogo con La Verdad, explicó que “me inscribí especialmente en aquello referente a las nuevas tecnologías e interculturalidad. Participarán expertos y creadores procedentes de todo el ámbito hispanohablante y de otros países. Además de escritores, intervendrán miembros de las academias de la lengua española, creadores y especialistas de las más diversas artes, editores y otros expertos relacionados con nuestro idioma”.

Participando
Entre los escritores que participan se encuentran Nélida Piñón, Carme Riera, Luisa Valenzuela, Sergio Ramírez, Mempo Giardinelli, Elsa Osorio, Gonzalo Celorio, Ana María Shua, Álvaro Pombo, J.J Armas Marcelo, Mayra Montero, Jorge Volpi, Juan Villoro, Jorge Edwards, Elvio Gandolfo y Eduardo Halfon.

También intervendrán los periodistas Soledad Gallego-Díaz, Arsenio Escolar, Martín Caparrós y Juan Cruz; los editores José Creuheras y Pilar Reyes; las hispanistas Diana Sorensen, Ruth Fine y Kim Potoswki; los lingüistas Guillermo Rojo, Paz Battaner, Ignacio Bosque e Inés Fernández Ordóñez; los traductores Adan Kovacsics, Miguel Sáenz y Liliana Valenzuela; los expertos en la sociedad digital Juan Luis Cebrián y César Alierta; el derecho Diego Valadés, José Moreno Rufinelli y Arístides Royo; los músicos Joaquín Sabina y Alejandro Dolina y la ciencia Lucy Crespo y José Sánchez Ron.

Participará también el premio nobel y académico Mario Vargas Llosa, que intervendrá en la sesión inaugural, presidida por el rey Felipe VI de España y el presidente de la República Argentina, Mauricio Macri.

Los ejes temáticos serán: El español, lengua universal, Lengua e interculturalidad, Retos del español en la educación del siglo XXI, El español y la sociedad digital y La competitividad del español como lengua para la innovación y el emprendimiento.

Contador

Trabajo todo el día, en condiciones esclavas, con la paciencia al límite. La ira se me escapa por debajo de la piel cuando el hambre me deja respirar. Mi trabajo es insano, agotador, con fríos extremos y terrores nocturnos, posiblemente sea desconocido por el pueblo, por los gobernantes de turno y hasta por las autoridades internacionales. A veces creo que debe ser ilegal. Sin embargo, no puedo parar de trabajar, sin descanso, desconociendo climas y tormentos, anunciando quiebres que se harán grieta en la trama social que habitamos. Lo grito de muchas formas específicas, en tirones que se vuelven rojos de tanto tirar. En saltos abismales que no suelen temer aterrizar, porque el vuelo es eterno, y en voces varias, a ver si alguien se entera que trabajo. A ver si alguien me paga de una buena vez. Todo el día creando identidades e impidiendo la desaparición de otras. Buscando posibles soluciones que se puedan contar. Mirando la vida, en fin, escribiendo.

Free Pass

¿Era una posibilidad extrema la libertad? palabra de tres simbólicas silabas procaces, que conducen irremediablemente al deseo de ser. A un posible desenlace temido e inevitable que promueve inconsistencias propias y relativas a la dicotomía vida- muerte, por la que caminamos diariamente, en esta encrucijada existencial. Porque posibilidad sería si alguna vez hubiéramos sido libres. Para ser extrema tendríamos que haber conocido el revés, la otra punta, que podría ser la esclavitud. Por lo tanto, entender que la libertad existe, como condición inherente a nuestra cualidad humana, posible de lograr por propia cuenta, con el decoro innato de la libre humanidad. Eso claro está, es un paradigma imposible de comprobar, por lo que seguiremos amontonados en la ciega actitud del que añora llegar a un nuevo estadío resplandeciente y blanco. Lleno de puntos y con un còdigo digital que dice: free pass.