La autoficción en la literatura contemporánea y los límites entre ficción y realidad

Por Soledad Vignolo

Pensar la autoficción en el mundo presente, globalizado, poblado de relatos en donde la línea entre la vida personal y la narrativa se desvanece cada vez más, es un gran desafío, que también corre los límites del análisis porque la autoficción surge como una de las formas literarias más interesantes y desafiantes de la actualidad. El campo en el que se mueve es uno donde el autor, en un acto de abstracción, se constituye como protagonista y narrador de su historia, mientras trama una ficción que cuestiona la propia escritura y desdibuja el borde entre la realidad y la invención. La autoficción reta las convenciones narrativas tradicionales, y nos confronta con reveladoras reflexiones sobre la identidad, la memoria y la dependencia del escritor con su pasado.

La autoficción y el mundo literario
El concepto de autoficción, si bien en las últimas décadas se tornó protagónico, se remite a la historia misma de la literatura. Marcel Schwob, joven y simbólico, quien a inicios del siglo XX exploró la forma en que la historia personal se convierte en un estilo de narración artística o testimonial, anticipó, pese a su breve existencia, muchas de las cuestiones que hoy relacionamos con la autoficción. Pero fue en la segunda mitad de ese siglo, cuando el término autoficción empezó a tomar su significado actual, con escritores como Marguerite Duras (sus novelas, «El amante» y «Un dique contra el Pacífico», se pueden leer como relatos autobiográficos, pero siempre con la libertad narrativa propia de la ficción.), Annie Ernaux, Karl Ove Knausgård, Elena Ferrante, Eduardo Halfon, y el caso de los escritores latinoamericanos Roberto Bolaño, quien jugaba con los límites de la autoficción sin dejarse etiquetar y Juan José Saer, que negaba la autoficción pero, sin embargo, indagó con profunda persistencia, en las confesiones y autobiografías escritas en primera persona para reflejar la complejidad del ser y del relato.La autoficción como género se fortaleció con autores como Hervé Guibert, quien en libros como La mort propagande reveló un diario íntimo que entramaba elementos ficcionales, y por supuesto con el formidable trabajo de Emmanuel Carrère, considerado uno de los mayores exponentes de esta tendencia en la actualidad. En su libro La muerte de AC (2013), Carrère se inserta en los hechos, en su propia historia, y en la historia del protagonista, y establece una fusión que revela cómo la vida y la escritura se enlazan con fruición. En «El hermano pequeño» el autor narra: «Yo soy mi propia hipótesis, mi propia incógnita. Cada historia que cuento es también la historia de un yo que se construye y se deconstruye en la narración.»
Jorge Luis Borges abordó la idea de la autoficción con cautela. Aunque no desarrolló un concepto específico y elaborado de la autoficción como hoy la entendemos, sí expresó su interés por la relación entre el yo, la ficción y la conceptualización literaria del yo. Borges ponía en valor la idea de que toda escritura, de alguna forma, refleja al autor, a sus pensamientos, memorias y fantasías. Lo hizo al destacar cómo los autores usaban la ficción para examinar su propia identidad y experiencia, pero siempre sin enredarse con ella. Borges, en sus ensayos y ficciones, resaltaba el contorno borroso entre realidad y ficción, y sugería que toda creación es, de algún modo, autorreflexiva. Por ejemplo, en sus ensayos, Borges menciona que no hay discrepancia entre su vida y su obra, un juicio que lo vincula con las ideas próximas a la autoficción, aunque él nunca usó ese término ni la conceptualizó. Cuando Borges dice «Mi infancia fue la infancia del Universo», deja vislumbrar que mezclaba su historia personal con un sentido universal, casi una variedad propia de autoficción poética y filosófica.

La autoficción y la construcción de la identidad
Escribir autoficción puede verse como una construcción identitaria, un mero intento por entender quiénes somos por medio de la narración de nuestra historia. Señala la escritora y ensayista belga Émilie Frèche: «La autoficción es una forma moderna de narciso literario, un espejo en el que el autor intenta comprenderse a sí mismo.»
Este género revela que la frontera entre el yo y el otro es siempre permeable y cambiante. El escritor intenta comprender el porqué de su vida, de sus recuerdos, de sus decisiones, y en ese intento autorreflexiona, mientras crea un relato que, muchas veces, se acerca más a la verdad exaltada que a la verosimilitud y a la virtud literaria.
La autoficción establece una mirada de la memoria como un proceso activo y subjetivo. La escritora francesa Marie Darrieussecq afirma: «La memoria no es un archivo, sino una construcción, y en la autoficción el relato se convierte en una forma de reconstrucción de ese archivo personal, muchas veces distorsionado por el paso del tiempo.» Así, la autoficción dialoga con la subjetividad del narrador, con su percepción de los hechos y con su propia construcción del pasado. El pasado no es lo que era, sino lo que recordamos de él.
La narrativa del yo y la ficción: ¿verdad o mentira?

Uno de los aspectos más discutibles e interesantes de la autoficción es su carácter enigmático respecto a la verdad. La pregunta de si lo que se narra es real o una invención creativa —o ambas cosas— coteja cada obra. Ya decía Truman Capote: «La ficción es un acto de libertad. La verdad también, pero en otra medida.»
Ciertos autores, como Peter Handke, exploraron las fronteras de la subjetividad y la supuesta objetividad, arguyendo que toda narración lleva en sí un elemento de ficción: «Contar una historia es construir una realidad, aunque esa realidad sea pura ficción.»
El propio Emmanuel Carrère declara: «No creo en la verdad absoluta. Solo creo en la sinceridad del relato, en la honestidad del narrador ante su propia historia.» Desde este aspecto, la autoficción se convierte en un acto de sinceridad en el tiempo y el espacio de la escritura más que en una búsqueda de hechos verificables; es una zambullida dentro de la interioridad, una exhibición de las inseguridades, los secretos y las contradicciones del ser.

La autoría, el deseo y la vulnerabilidad
La autoficción puede transformarse en un acto de vulnerabilidad en el que el escritor, en la medida en que se quita la máscara, se abre a la compresión del otro y a la crítica. La escritura autoficcional nos propone pensar que no hay una verdad concluyente, sino variadas adaptaciones del mismo hecho, que manifiestan ánimos, perspectivas y deseos diversos.
En palabras de Margaret Atwood: «La autoficción nos permite desmoronar la máscara del narrador y mirar con honestidad la fragilidad y la complejidad de nuestro propio ser.» Es una autobiografía que no solo relata hechos, sino que explora las emociones, las dudas, los miedos y los anhelos que conformaron la vida del autor.
El deseo de la autoexploración pacta con la necesidad de crear un lazo con el lector, de compartir esa búsqueda existencial. La flaqueza que implica abrirse de tal manera, también puede ser un acto de resistencia ante las presiones de la sociedad o las máscaras que la cultura atribuye a los individuos, en la realidad de un hoy que se nos vuelve hostil y denigrante.
denigrante.

La autoficción en la literatura contemporánea
En los últimos años, la autoficción se ha afianzado en la escena literaria mundial, con obras que desafían las convenciones y ofrecen nuevos escenarios para entender la relación entre autor, narrador y personaje. La obra de Karl Ove Knausgård, por ejemplo, en su serie Min Kamp (Mi lucha), muestra cómo una vida habitual puede convertirse en una obra literaria colosal que discute la objetividad y la ficción, en una especie de diario desarrollado que refleja las nimiedades y los aires insondables de su existencia.
Svetlana Alexievich, en sus crónicas de voces establece una representación colectiva de la historia, basada en testimonios reales, en un formato que se asemeja a una autoficción de la memoria y del testimonio personal y colectivo, y crea un registro de época.
En la narrativa latinoamericana, autores como Roberto Bolaño desdoblan su obra con un estilo que combina la autoficción con simbolismos propios de la cultura popular, una escritura que es autorreferencial y que pone en discusión el concepto de realidad en tejidos sociales violentos, en la historia y en la memoria.

La autoficción y su impacto social
La autoficción pone en el tapete las verdades oficiales, las historias públicas de un país y del mundo, y crea un área de diálogo entre la experiencia individual y la historia colectiva. Cuando el autor relata su historia, ilumina el hecho concreto de que las verdades son relativas y que la historia puede fundarse desde múltiples miradas, por lo que la subjetividad constituye siempre un acto político.
John D’Agata, en su ensayo The Lost Origins of the Essay, señala: «El autoficticismo revela la fragilidad de cualquier narrativa oficial, ofreciendo una visión más auténtica y empática de la realidad.»
La autoficción puede transformarse en un acto de resistencia y de construcción de nuevas formas de comprender el mundo.

Conclusión: autoficción, espejo y futuro de la literatura
La autoficción es un espejo en el que el autor se revela en un acto de valentía que rompe las barreras entre el yo y el mundo. Nos invita a cuestionar la verdad y a aceptar la complejidad humana, en donde la memoria, la percepción y el anhelo se entrelazan en un texto que, aunque personal, refleja inquietudes universales.
Javier Marías, uno de los grandes autores contemporáneos resume: «Escribir sobre uno mismo es, quizás, un acto de amor y de odio a la vez, una forma de entender la propia fragilidad mientras la exponemos al juicio del lector.»
La literatura autoficcional se despliega, pese a sus detractores, y se convierte en un instrumento poderoso para mostrar la subjetividad, indagar la identidad y retar a las narrativas oficiales. Es una forma de contar la vida desde la honestidad, siendo solo la honestidad posible para ese autor y ese tiempo, la innovación y la voluntad de transmutar la experiencia personal en un acto creativo. Para que la autoficción se convierta en literatura, se necesita un recorrido trabajoso, porque hay un largo camino, sinuoso, comprometido a veces, pero con la seducción suficiente como para querer transitarlo. El tiempo, con su inexorable hacer, nos mostrará hacia donde nos lleva.

Qué beben los que no leen como yo

Llegó el primer libro de cuentos de Luis Mey, y vino con todo un mundo masculino y errante de doce cuentos. La búsqueda de Mey es siempre interesante, vincula, destrona mitos, genera nuevos, se mueve en la contradicción como nadie, y cuando elige la digresión, lo hace para recordarnos que nada es tan parecido a la realidad como los sueños. Amé las caricias a un perro de la infancia, los elefantes de opalina y los pequeños detalles que construyen el universo literario de un Mey fuera de su zona de confort.

Los personajes desorientados, aturdidos, son maravillosos y no solo se encuentran perdidos frente al amor, son viscerales sin ser tangueros, actuales sin caer en la idiotez, van por un borde atractivo que los vuelve irremediablemente humanos, hombres que estafan, hombres que desean, muchos que escriben, otros que son abandonados, padres lamentables, decadencia y verdad.

Luis Mey sabe de novelas, mucho, y parece que ahora dará cátedra en cuentos, porque a pesar de toda la tragedia cotidiana que nos muestra, estos doce cuentos nos hacen reir, y en la mitad de la carcajada nos damos cuenta que es de nosotros que nos reímos. Que ahí estamos reflejados, en esas vanidades, en esas bibliotecas, en los licores, las sombrillas, los amores, los miedos. Mey nos pone en evidencia.

No se lo pierdan, y si pueden, les recomiendo leerlo El domingo a la tarde, en la hora del día en que parece que la semana no será nada grave.

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Purirú

Que bocanada de aire fresco es leer a Mariano Quirós. El autor chaqueño escribe con la periferia protagonizando la acción. Es maravilloso que un libro nos vaya dejando como si. Como si el tiempo se dilatara, se borrase y las cuestiones de la vida quedaran colgadas en un suspenso que flota, río abajo, río arriba, reflejando los días del un pueblo que no necesita ser fantasma de nada, más que de sí. Y en ese humo que deja el Purirú en los lectores está la trama, prensada.

El protagonista baja al río y con su perra inician la historia, la perra es la Cambá, compañera de tanto como si fuera parte de su vida, y se enloquece persiguiendo unos patos como si fuera un animal joven. Las páginas nos corren entre los dedos, muchas páginas y lo que narra Quirós es esa carrera entre el río, los patos y la Cambá y uno queda ahí también, colgado, ahumado en la trama de la perra y la historia que con fiereza provinciana Mariano Quirós deja entrever, una hermana, muchos hombres, una madre, alcohol, desidia, decadencia, pero también ternura. La vida del interior profundo aparece y nada con la perra en ese río, nada con nosotros, nos porrea y nos deja esperando más.

La prosa es de excelencia, y sabe como gran novelista, como intercalar la historia, distribuirla, pero como además de prosa hay poesía en este título, tambien sabe cuando condensar la acción. Purirú es una hermosa obra, que nos cuenta una historia trágica, es como si pudiéramos alcanzar la belleza en el dolor, algo de purirú que nos cosquillee, que nos invada, que nos deje para siempre en la atmósfera que crea el autor, meciéndonos en un mundo brutal y atontado que está al borde, entre realismo y fantasía.

Todo es chato, menos la prosa, que nos cachetea y nos expande como si la siesta de pueblo nos permitiese, de una vez por todas, soñar. Grandioso Quirós.Único.

Traidores

Natalia Zito escribe Traidores y se lanza a múltiples miradas sobre el oficio, pero con una premisa clara escribir ficción implica un lugar de traición, porque inevitablemente tomamos, robamos de la vida diaria episodios que narramos en forma literaria. A partir de alli, Zito se florea durante todos los capítulos del libro, y nos hace coquetear con la posiblidad de escribir ficciones a partir de lo autobiografico. Y se pregunta: ¿Toda escritura es literatura? ¿Existe la autoficción?

Recibí el libro de manos de su autora y como nos suele ocurrir el material de lectura queda en espera, y cuánto lamento, como escritora, haber perdido un par de meses esta obra que es de consulta, de análisis, de una generosa construcción didáctica pero que además nos regala las citas más interesantes posibles para avalar la temática que aborda.

Pasemaos por páginas donde nos visitan Lispector, Proust, Barthes, Lydia Davis, Camus, Carriére, Kartun., Jaeggy, Lacan, Freud, Saer, Sartre, Wilde, y puedo seguir y seguir nombrando autores que implicaron investigación, porque están dispuestos con atino en cada etapa de Traidores, no hubo azar en las elecciones.

La autora reflexiona todo el tiempo sobre las complejas relaciones entre la vida y la literatura, la realidad y la ficción, y lo hace sin regodeos ni vueltas, con las cartas expuestas y con la experiencia al servicio de un texto que sin dudas será de consulta. Recomiendo a todos mis alumnos su lectura, a los lectores y a quienes desean aprender del oficio.

Les dejo mi cita favorita entre las del libro que pertenece a la autora Natalia Zito: “No hay manera de escribir en serio y salir ileso”.

En agosto nos vemos

En agosto nos vemos (Random House, 2024) es la novela inédita de Gabriel García Márquez (1927-2014), de la que se conocía su existencia por algunas publicaciones parciales y por la propia lectura del autor en. la Casa de América de Madrid durante un foro junto a José Saramago.

El diario El País de España publicó tras ese foro uno de y desde ahí en adelante la novela fue esperada. Antes se publicaron las memorias, Vivir para contarlo en 2002 y la gran novela que fue su última publicada en vida Memoria de mis putas tristes, en 2004. En 2010 : Yo no vengo a decir un discurso, que fue una recopilación exitosa. Nada se supo luego de García Márquez que vivió sus últimos años con privacidad y recogimiento familiar hasta su muerte en 2014. Lo no publicado quedaría en los archivos de la Universidad de Texas en Austin. Sobre la novela el autor dijo de ella: «Este libro no sirve. Hay que destruirlo» dicho por sus hijos Rodrigo y Gonzalo García Barcha en el prólogo. Uno de los motivos por los que no se publicó fue la senectud de Gabo y la fragilidad de sus facultades. Si debió publicarse o no, ya es un debate sin sentido, la realidad es que la novela es una obra que aporta a la literatura, con el inconfundible estilo del Premio Nobel colombiano, con la tibieza de su prosa que parece mecernos mientras la leemos y con su maravilloso y singular estilo. Tal vez no tiene el peso de Cien años de soledad o El amor en los tiempos del cólera, pero es suya, es una historia entrañable donde la vida misma acontece un mes al año, mientras la libertad, que acecha en lo cotidiano, se vuelve protagonista, para que esta mujer de edad mediana se vuelva deseosa y vulnerable en brazos de hombres desconocidos. Una búsqueda exquisita que pone al Gabo tradicional a la cabeza de lo avant garde.

Para devorar en una tarde.

Bonsai

“La primera mentira que Julio le dijo a Emilia fue que había leído a Marcel Proust. No solía mentir sobre sus lecturas, pero aquella segunda noche, cuando ambos sabían que comenzaba algo, y que ese algo, durara lo que durara, iba a ser algo importante, aquella noche Julio impostó la voz y fingió intimidad, y dijo que sí, que había leído a Proust, a los diecisiete años, un verano, en Quintero. Ya nadie de la familia veraneaba ahí, ni siquiera los padres de Julio, que se habían conocido en la playa de El Durazno, iban a Quintero, un balneario bello pero ahora invadido por el lumpen, donde Julio, a los diecisiete, se consiguió la casa de sus abuelos para encerrarse a leer En busca del tiempo perdido. Era mentira, desde luego: había ido a Quintero aquel verano, y había leído mucho, pero a Jack Kerouac, a Heinrich Boll, a Vladimir Nabokov, a Truman Capote y a Enrique Lihn, no a Marcel Proust. Esa misma noche Emilia le mintió por primera vez a Julio, y la mentira fue, también, que había leído a Marcel Proust. En un comienzo se limitó a asentir: Yo también leí a Proust. Pero luego hubo una pausa larga de silencio, que no era un silencio incómodo sino expectante, de manera que Emilia tuvo que completar el relato: fue el año pasado, recién, me demoré unos cinco meses, andaba atareada, como sabes, con los ramos de la universidad. Pero me propuse leer los siete tomos y la verdad es que ésos fueron los meses más importantes de mi vida como lectora. Usó esa expresión: mi vida como lectora, dijo que aquéllos habían sido, sin duda, los meses más importantes de su vida como lectora.  En la historia de Emilia y Julio, en todo caso, hay más omisiones que mentiras, y menos omisiones que verdades, verdades de esas que se llaman absolutas y que suelen ser incómodas. Con el tiempo, que no fue mucho pero fue bastante, se confidenciaron sus menos públicos deseos y aspiraciones, sus sentimientos fuera de proporción, sus breves y exageradas vidas.  Julio le confió a Emilia asuntos que sólo debería haber conocido el psicólogo de Julio, y Emilia, a su vez, convirtió a Julio en una especie de cómplice retroactivo de cada una de las decisiones que había tomado a lo largo de su vida. Aquella vez, por ejemplo, cuando decidió que odiaba a su madre, a los catorce años: Julio la escuchó atentamente y opinó que sí, que Emilia, a los catorce años, había decidido bien, que no había otra decisión posible, que él habría hecho lo mismo, y, por cierto, que si entonces, a los catorce, hubieran estado juntos, de seguro que él la habría apoyado. La de Emilia y Julio fue una relación plagada de verdades, de revelaciones íntimas que constituyeron rápidamente una complicidad que ellos quisieron entender como definitiva. Ésta es, entonces, una historia liviana que se pone pesada. Ésta es la historia de dos estudiantes aficionados a la verdad, a dispersar frases que parecen verdaderas, a fumar cigarros eternos, y a encerrarse en la violenta complacencia de los que se creen mejores, más puros que el resto, que ese grupo inmenso y despreciable que se llama ´el resto´. Rápidamente aprendieron a leer lo mismo, a pensar parecido, y a disimular las diferencias. Muy pronto conformaron una vanidosa intimidad. Al menos por aquel tiempo, Julio y Emilia consiguieron fundirse en una especie de bulto. Fueron, en suma, felices. De eso no cabe duda”.

Alejandro Zambra (Santiago de Chile, 1975) ha publicado los libros de poesía Bahía inútil (1998) y Mudanza (2003), el inclasificable volumen Facsímil (2015) y las novelas Bonsái (2006), La vida privada de los árboles (2007), Formas de volver a casa (2011), Poeta chileno (2020), el libro de relatos Mis documentos (2013) y las recopilaciones de crónicas y ensayos No leer (2018) y Tema libre (2019). Sus novelas han sido traducidas a veinte idiomas y relatos suyos han aparecido en revistas como The New Yorker, Ther Paris Review, Granta, Tin House, Harper´s y McSweeney´s. Ha recibido, entre otras distinciones, el English Pen Award, por la edición inglesa de Formas de volver a casa, y el Premio Príncipe de Claus, en Holanda, por el conjunto de su obra. Actualmente, vive en la Ciudad de México. 

Bonsái, del escritor chileno Alejandro Zambra, publicada en 2006 es una novela que no voy a cansarme de recomendar. Precisa, mínima y grandiosa, tiene todo para ser una obra a la que recurrir cuando se necesite leer algo inspirador, bien construido, inquietante.

Julio, el protagonista de esta novela corta, con los años, se va concientizando de que es preferible quedarse encerrado en su habitación viendo crecer su bonsai que tratar de exitir en el mundo de la literatura. Toda la novela del autor chileno es sobrecogedora, nos deja en un hilo tibio entre lo terrible y lo cotidiano, pensando en la simulación vital que sostenemos para no morir: “Al final ella muere y él se queda solo varios años antes de la muerte de ella, de Emilia. Pongamos que ella se llama o se llamaba Emilia y que él se llama, se llamaba y se sigue llamando Julio. Julio y Emilia. Al final Emilia muere y Julio no muere. El resto es literatura”.

El amor y la muerte, los grandes temas de la literatura, los que son sustancia y alimento, están en Bonsai, una novela joven, de jóvenes que se pierden en ideales precoces. Julio y Emilia pertenecen al ámbito universitario, pretenden ser lectores de Proust, y descubren que leer mejora su sexo por lo que antes del amor, leen, piensan, discuten y sienten. La prosa de Alejandro Zambra es tan categórica que nos deja boquiabiertos ante una historia sin dobleces y llena de profundidades. La historia de Julio y Emilia, parodia mordazmente las parejas literarias, y las reales, esta novela que hace honor a su nombre, y que nace con un hecho autobiográfico del autor (cuido un bonsai regalado por amigos) trata sobre el amor, pero lo pone en duda, lo cuestiona, lo vuelve necesariamente motor de cambio. Sino, ¿para qué?.

No esperen que les llegue su bonsai, compren la novela.

Arde corazón y otros relatos

«Había en esas habitaciones de hotel, ya suntuosas, ya sórdidas, algo a la vez magnífico y patético, como el reflejo exagerado de la vida. La aventura que nada detenía, el ardor del amor que ya no existe, el borrado de los rostros, un retiro continuo del mundo, una exquisita amargura. Ahora, en esta habitación del hotel de Almuñécar cuyo nombre casi había inventado, y que le estaba destinado desde el comienzo, rememoraba lo que había conocido, lo que había vivido. Lo que amaba por sobre todo era el zambullirse, al pie de las escaleras, pasada la esclusa, en el tumulto de las ciudades. Eran todas diferentes y sin embargo tan parecidas (el ruido de coches a caballo en Mérida, la multitud en Constantinopla, el rugido de Tokio). Para no perderse, disponía sobre las mesas los mismos libros abiertos. Cada día daba vuelta una página…” (Fragmento del relato “Hotel de la Soledad”)

Arde corazón compila siete relatos del Premio Nobel de Literatura Jean-Marie Gustave Le Clézio en los que narra historias de vida de mujeres, singulares, que él nos muestra como personas contradictorias que oscilan entre la delicada posibilidad del género y sus complejas versiones. Tienen distintas edades, pertenecen a diferentes épocas, lugares y clases sociales, pero en todos los casos sus vidas no son ordinarias y tienen el signo de la violencia, la despiadada aventura y hasta la heroicidad si es requerimiento para conmover dentro de la historia y lograr que esa mujer narrada se vuelva única.

En su novela Revoluciones (2003), Jean- Marie Gustave Le Clézio (Niza, 1940) sentencia; «Ser de aquí y de allá, pertenecer a varias historias», y las historias de Arde corazón y otros relatos responden con esa definición. Es un libro editado en el 2000 que viaja con sus personajes por Estados Unidos, la isla Mauricio, México, la Polinesia y nos hace vibrar con sus historias en tercera persona, de excelencia linguística y de consecuencias definidas, algunas de las cuales saben amargo. En estos mapas que recrea el autor siempre hay desazón, como si quisiera que entendamos que no ser de ninguna latitud es tan complicado como quedarse siempre en una. Los viajes y la infancia, como siempre en Le Clézio, evocados con su magistralidad, pertencen a este volúmen como a toda su obra desde los 70, el cuento que da título al libro, prácticamente una nouvelle, es la historia de una jueza francesa que rememora su niñez en Jacona, México, junto a su pequeña hermana Malva. Clemence, la protagonista recuerda «la calle de los tulipanes», ese pretérito ideal donde huérfanos y ricos jugaban a la par. Las hermana viajan siguiendo a los hombres de su madre, y mientras cambian, crecen, se alejan. Malva termina asilada con su bebé,ras ser objeto de trata. En la historia también se relata la vida de Ouarda, una joven prostituta marsellesa que le toco a una joven Clemence tratar como funcionaria, una joven vulnerada. La desolación, lo ajeno, lo injusto, aquello del orden del desasosiego es la verdadera trama, lo que nos quiere contar el autor. En «Kalima», por ejemplo, narrado en segunda persona y en prosa poética, nos obliga a vivir la muerte de una joven africana inmigrante en Marsella. Hay una búsqueda y una certeza, no es posible volver. Como le ocurre a Clémence cuando regresa a México pero ya no queda lo que recordaba: «Cada vez que Clémence contempla la foto puede sentir el calor de la calle, el sol del mediodía que quema la tierra polvorienta».

En «Hotel de la soledad» una moribunda espera la muerte en un cuarto de hotel, y es interpelada por sus propios recuerdos. En «Tesoro» un muchacho extraña las costumbres beduinas y siente que ya no hay valores y por eso su pueblo es tan decrépito. En «Viento del sur», en primera persona, la infancia vuelve de la mano de un hijo y su padre en el mar de Punaauia.

Jean-Marie Gustave Le Clézio nació en Niza, Francia, en 1940. A ocho años, se mudó con su madre y hermano a Nigeria, su padre era cirujano en las Fuerzas Armadas Británicas, allí se gestaron textos como Onitsha y El africano. Le Clézio publicó unos cincuenta libros.

Arde corazón y otros relatos son historias sobre mujeres. Ellas, como personajes activos o como motivación para el narrador, son las heroínas de sus historias llenas de bordes, de violencia de marginalidad, y tan endemoniadamente bien escritas, que con ellas sufrimos, nos aturdimos, extrañamos, padecemos y nos volvemos nostalgia, tiempo, anuncio, pero nunca, de ninguna manera, nos mantenem,os indiferentes.

No me cuentes que sos feliz

Reseña de Mirta Isabel Ramón, escritora, desde Villa Dolores, Córdoba

Una novela de lectura ágil, atrapante hasta un final inesperado que pensé mucho más, mucho
más cruel, aunque es cruel. La expresión que da el título a la obra, es la que te deja huellas para
toda la vida, te marca a fuego y se lleva grabada por el resto de la vida.

Sin palabras rebuscadas y totalmente contextualizada hasta en el más íntimo detalle de las décadas de nuestra niñez, adolescencia y adultez. Se vive, se siente, se sufre, se sueña y llena de añoranzas, hasta el punto de sentirse como lectora de esa generación, identificada.
La selección del nombre de la localidad, no pudo haber sido otro. Bondino es un vino que se
produce en San Rafael, Mendoza, de la selección La Colina de Oro, caracterizado por aromas que
recuerdan a pimientos rojos asados y frutos rojos maduros.

El rojo, el picante caracterizan }a la trama y la madurez, a la escritora.

Personalmente, paseé por Julio O. Campo, y obvio que el paseo sexual, la Circunvalación, el
periódico La Verdad, la plaza, la escuela, la panadería donde iba a comprar tortitas negras y
blancas. Vimos construir la Iglesia de Fátima y su barrio, justamente estuve caminando por allí,
este último viaje a mi ciudad. Nada mejor elegido que el nombre de la plaza Peláez. Peláez: el estudio de las presiones plantales. Cuantas presiones para la niña- adolescente protagonista de la historia.

El recuerdo de la noche que los milicos mataron al titiritero e iluminaron todo el barrio, papá escondiéndonos en la pieza en construcción del fondo, el silencio y la oscuridad final.

Tuve muñecas Piel Rose, pero solo sobrevivieron las Rayito de Sol. También guardo una camisa a
cuadros Wrangler, que suelo usar porque es calentita. El recuerdo de los besos, el vientre ardiente
y el temblequeo frente al gringo con aroma a Colbert. Las apretadas con Sting y el zarandeo con
los Rolling Stone. El Peugeot 504, con el que recorrimos Córdoba, 5 chicos, papá, mamá y hasta la
abuela. Existía la tía o el tío, que fumaba Benson, para demostrar que tenía más dinero, o no, solo
era un ave de rapiña, demostrando status.
Valiente la protagonista que soportó Apocalipsis Now y Halloween, yo no los soporté, y me fui
del cine. Eso marca la esencia. No las eligió al azar la autora.
La descripción del fondo de la laguna, espectacular, hundirse en el fango, para renacer.
Indispensable la guía Peuser para irse estudiar. La quemé hace unos meses. Secar cáscaras de
naranjas para el mate, una manía y particularidad regional, imposible de quitar. Nada de
desperdiciarlas para compost.
Nadie nos explicó que era esa efervescencia interna, solas debimos descubrirlas y acallarlas. Solo
cuando nos fuimos a estudiar la manifestamos en todo su esplendor, probamos una y otra vez,
creyendo ser redentoras de cuanto sexo masculino se cruzaba, cuanto más complicado más
atrayente. Y oscilamos entre los que estaba bien y mal, obvio que el sexo era el mal.

Buscamos redimirnos de los pecados en cuanta iglesia encontramos hasta que descubrimos que los curas
eran unos Hdp. Peores que nosotras.

Lili, me llevo a Lili, que vivía en Lebenshon entre Frías y Carlos Tejedor, solo que ella era Down,
terrible para esa época, era despreciada, marginada, golpeada, escuchaba la radio en el escalón de
la puerta de la casa. Solía sentarme con ella un rato hablar y contarle mis secretos, cuando iba a la
casa de la Tía María.
La descripción de la recepción de la promoción ochenta, la reviví, no la recordaba, estaba
borrada, solo conservo la foto.
Puedo seguir enumerando coincidencias, recuerdos, sucesos, sentimientos, pero invito a leerla y
redescubrirse, animarse hablar a calzón quitado del despertar sexual, en el seno de una familia
tradicional de los 70-80 , donde el hombre demostraba su amor, compromiso, ausente en el
“trabajo”, la mujer en la docencia y la careteada del que dirán. El lema “parecer”, no ser.
Amorosamente cruel, para rever historias y quitarse culpas.
Tuvimos más historias amorosas que la cola de los jubilados cuando vamos a cobrar, porque nos
resistimos a los cajeros.

Considero que da para una segunda parte. Diferentes, pero moldeadas en la misma esencia.

PD: Gracias Isa por la lectura, la minuciosa recopilación de hechos, la historia compartida y la que resta. Es raro que en mi página se reseñe mi libro, pero tu mirada valía la pena y como bien decís, no tenés redes.

Gente que habla dormida

Luciano Lamberti publicó varios libros de cuentos. Dos de ellos forman parte de Gente que habla dormidaEl asesino de chanchos (2010) y El loro que podía adivinar el futuro (2014) y se les agrega uno inédito: Pequeños robos a la luz de la luna. Leer un cuento de lamberti es ingresar a un universo construido por un autor que maneja todos los hilos, por lo tanto se da lujos, y nos regala detalles mínimos y a la vez nos deja librados al azar interpretativo. Resulta de particular interés su forma de narrar las conductas de sus personajes, fuera de la norma casi siempre, y lo hace con rispidez incesante, casi molestando al lector, pero luego el relato va tomando su propia velocidad, su verosimilitud y uno le encuentra los visos a las historias más delirantes.

En este libro, los relatos cortos que incluye Lamberti, se acercan al horror, a un horror terrible, que es el de la infancia, por ejemplo en Jers.

El cuento más intersante para mí es “La canción que cantábamos todos los días” basado en uno de los apuntes para relatos de Hawthorne: una familia tipo, de dos hijos, va a pasear al bosque; la nena se pierde un rato. Cuando regresa es ella misma en apariencia pero es otra, alguien desconocido. Eso le bastó a Lamberti para contruir su historia, generar tiempo y darle un cierre único que no pretendo spoilear. En “Pequeños robos a la luz de la luna”, la reescritura del poema de Nicanor Parra “La víbora”, nos cuenta una historia de una pareja temible y autodestructiva que es capaz de todo, y lo hace honrando al poema. Cada texto es un recorrido por rincones propios y ajenos que nos dejan pensando, sin aliento, agotados, a lo Lamberti.

Si bien hay un género que se acerca al terror, yo no lo colocaría con seguridad ahí, porque el autor recorre la vida, y la vida da miedo, no es raro que un joven caiga en cuestiones como droga, violencia, o desgracia, es vida. Y pasa en todos lados. Lamberti toma la realidad y la recrea con una pluma paciente y febril, con su propia forma de narrar, con algunos trucos del terror, como ruidos, o barrios oscuros, pero es lo cotidiano lo que prevalece. Lo que él conoce, a excepción de “El gran viento del desierto” que ocurre en Iowa.

Recomiendo con vehemencia este libro, que trae tres en uno, y cualquier otro libro de este gran autor.

Dominó

“Así es la vejez, pensé con los ojos cerrados. Un tiempo en que las horas se suceden como si tuvieran cuerpo porque les vemos la forma y sentimos el peso, su densidad y autoridad”

Tomás Ruiz es un jubilado municipal de La Paternal, un tipo común, de costumbres concretas, algunas manías y varios amigos con los que vivió la vida y juega al dominó. Es viudo, de clase media tradicional, de barrio. Como casi todos los de esa época tiene valores que sostiene y alguna que otra picardía. Una tarde, así comienza la historia, uno de los amigos no viene a jugar, y es el más puntual. El mejor de todos, el tipo honesto, cabal que sostiene la vara para el resto. Lo van a buscar y está muerto. Asesinado. Ruiz encuentra un sobre que esconde en su bolsillo y a partir de allí, toda la trama se dispara enhebrando suspenso con costumbrismo por igual. Buenos Aires es el escenario propicio para mostrar la corrupción, la ineficiencia policial y judicial, la ineptitud y por qué no la frecuente doble moral argentina.

Ante la situación vivida y el apriete del hijo del muerto, Ruiz se escapa a uruguay, tenía dólares, y se los lleva. Allí visita a un compañero municipal oriundo de la otra orilla y le expone lo que sucedió. Decide, por consejo de su amigo, volver para no despertar sospechas, porque en su casa, encuentran una mujer asesinada. La empleada de Ruiz, supuestamente en ocasión de robo.

Salem va y viene orondo por los dos géneros, como si le resultaran propios, La novela es de una cuidada construcción en tres etapas, siendo la última la que devela un final inesperada, que se sostiene con pequeñas pistas que aparecen a lo largo de la trama. La vejez, que aparece en estos amigos mostrando los diferentes matices que puede tener, también es la que provee experiencia para que los personajes actúen. Es interesante cómo el autor crea tensiones entre el lector y la obra, lo incomoda y hasta lo enoja.

Una novela ágil, con recursos ingleses y con buena elaboración. Para leerla y releerla.