Qué beben los que no leen como yo

Llegó el primer libro de cuentos de Luis Mey, y vino con todo un mundo masculino y errante de doce cuentos. La búsqueda de Mey es siempre interesante, vincula, destrona mitos, genera nuevos, se mueve en la contradicción como nadie, y cuando elige la digresión, lo hace para recordarnos que nada es tan parecido a la realidad como los sueños. Amé las caricias a un perro de la infancia, los elefantes de opalina y los pequeños detalles que construyen el universo literario de un Mey fuera de su zona de confort.

Los personajes desorientados, aturdidos, son maravillosos y no solo se encuentran perdidos frente al amor, son viscerales sin ser tangueros, actuales sin caer en la idiotez, van por un borde atractivo que los vuelve irremediablemente humanos, hombres que estafan, hombres que desean, muchos que escriben, otros que son abandonados, padres lamentables, decadencia y verdad.

Luis Mey sabe de novelas, mucho, y parece que ahora dará cátedra en cuentos, porque a pesar de toda la tragedia cotidiana que nos muestra, estos doce cuentos nos hacen reir, y en la mitad de la carcajada nos damos cuenta que es de nosotros que nos reímos. Que ahí estamos reflejados, en esas vanidades, en esas bibliotecas, en los licores, las sombrillas, los amores, los miedos. Mey nos pone en evidencia.

No se lo pierdan, y si pueden, les recomiendo leerlo El domingo a la tarde, en la hora del día en que parece que la semana no será nada grave.

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Brujas de Carupá

Releer Brujas de Carupá, la gran novela de mi maestro y mi amigo Luis Mey, es aprendizaje y sorpresa, es volver a concebir estos mundos desgarrados y sobrenaturales que imaginó para desacomodarnos, obliga a ir y venir descontrolados en su febril escritura para volvernos perceptivos. Mey abruma, enloquece, entretiene y enseña a cualquier escritor que lo lea. Y sus lectores no pueden evitar la sonrisa, el miedo, la esperanza a pesar del terror. La novela nos muestra mundos, hay uno externo que Arnaldo, un personaje entrañable con evidentes problemas cognitivos, intenta comprender, y lo hace desde una mirada única. Vive en un barrio pobre y como a todos, le tocó ese lugar en el mundo, lleno de situaciones grotescas, asistentes sociales, vecinos infames, un mundo complicado y disfuncional. Pero la verdad es su mundo interior, uno lleno de ciénagas y secreto no develados que nos hace bordear la fantasía y el terror durante toda la novela.

 Brujas de Carupá es voz de la entereza de la la infancia tanto como de su vulnerabilidad, con esa necesidad extrema que los niños representan, intentando escapar del mundo hostil que construimos los adultos. La eficacia y la maestría de Luis Mey en esta novela reside en no saber nunca en que realidad o en qué plano de la misma nos encontramos como lectores.

Con un narrador en primera persona, Arnaldo, Brujas nos propone poderes sobrenaturales como su título promete, hechizos y lo siniestro de la mano de una paródica mirada infantil, que va a contar lo pavoroso de un universo de adultos en problemas, y que nos hace transitar de la risa al miedo, de la paz al sobresalto.

Luis Mey se lanza a un suspenso en una doble existencia , que nos hace dudar sobre el pensamiento del niño, lo que cuenta, respecto a lo que le ocurre aunque no lo desee, en forma sobrenatural. Ahora, ¿esto es fantástico, o realmente su familia consta de una abuela bruja y una madre heredera de poderes que desprecia?

Si como lector, deseás conocer a un gran autor, es una obligación leer Brujas de Carupá, que vale la pena por muchos motivos, pero el ambiente que Mey crea es mérito suficiente. Les dejo una muestra de la voz que el autor impone en toda la historia. Y espero comentarios cuando la lean. Una gran novela. Un gran escritor.

“Mami puede decirme estúpido porque ella es la que dice que los demás no pueden. Eso ya me lo explicó hace un montón y yo le digo que sí y me dice entendiste y yo digo sí, sí, sí porque ella es la que dice lo que se hace mal, que es lo que le pone la cara cuando decimos Carupá o abuelo”

Factotum

«Yo era un hombre que me alimentaba de soledad; sin ella era como cualquier otro hombre privado de agua y comida. Cada día sin soledad me debilitaba. No me enorgullecía de mi soledad, pero dependía de ella.»

Charles Bukowski

 No es novedad que Bukowski es una especie de padre del realismo sucio, por lo que en una de las obras que lo consagran, encontrar un rejunte de palabras de gran porte que nos asquean es esperable. Factotum es más: esta novela protagonizada por su álter ego Henry Chinaski, describe un mundo, una época, una manera de ver la vida. Chinasky va de un trabajo a otro como el texto, saltando, picoteando de historias al lector. Es un sexópata y alcohólico empedernido y por supuesto quiere consagrarse como escritor.
Bukowski es directo. No pretende gustar ni adular al que lee, sino que narra la acción cruda.
La repetición de situaciones lejos de incomodar, nos va colocando en tema, nos sumerge en la vida de este personaje díscolo y desesperado, tremenda vida en la que se sostiene porque toma un trago, o porque se masturba sin respiro.

Él lo dice:  No tengo más remedio que ser un matón hijo de puta. El mundo pertenece a los fuertes. 

Bukowski es la voz autoral que visibiliza a los desahuciados, las putas y los borrachos, pero hay una debilidad inherente que se ve tras la desgracia y la decadencia mostrada en los capítulos del libro. Es bastante común que se tilde de vulgar a este autor, tal vez con la pretensión humana de un refinamiento que no poseemos. ¿Acaso hay algo más burdo que acto de parirnos? ¿Algo más ordinario que la biología de nuestro cuerpo? ¿Más primario que las necesidades a saciar?

Bukowski es. Factotum es Bukowski.