Yo era una mujer casada

“Por increíble que suene, el infierno sin atenuantes de mi matrimonio… podría haber sido peor. No puedo explicarlo bien, y menos podría describir qué sería eso ‘peor’, pero era algo que sentía cuando contemplaba la clase de violencia que él ejercía sobre mí. Era una violencia puramente física; no quiero decir que me pegara, aunque no creo que se hubiera resistido al impulso en caso de tenerlo…”  César Aira

 La historia la cuenta Gladys, una narradora del espanto irónico del que Aira hace gala. El relato parece asemejarse a una la confesión que la tal Gladys va perfilando sin preámbulos sobre una pareja que se asemeja al supuesto promedio de otras de de cualquier lugar del mundo: ese encierro encuarentenado de la vida doméstica que lleva a la eterna repetición de lo mismo.

Claro que aquí los supuestos abusos continuos a los que la protagonista se ve sometida por parte de un esposo que parece una figura sin tiempo atrapada en este siglo, un tipo distante y sarcástico preso de un embotamiento permanente, de droga y alcohol, tal como los personajes de Burroughs en Naked Lunch.Este drogadicto incierto no sabes si existe o si es una ensoñación propia de una mujer proletaria que no puede con su vida.

Las distorsiones del argumento van desde la claustrofobia hogareña de la protagonista hacia su deriva citadina; desde el descubrimiento de un parricidio que no es tal fraude hasta la extasis observatorio de la lucha alegórica entre La Recomendación y La Compasión en la terraza de un edificio.

Aira pulula sin temor al delirio y juega con la inverosimilitud en su historia descontrolada, de modo tal que en su ficción, no basta la realidad si no es para volverla parte de un laberinto irresoluto o de asombrosa resolución. Las sutilezas exclusivas del autor, sostienen sin temor a la rima poética, la extraña realidad del argumento.

Por momentos uno se siente dentro de una película de Buñuel, en otros, creemos caer en efectos psicotrópicos, pero nunca nos quedamos indiferentes ante este escritor inusual, único, definitorio.

Cierro la recomendación con la voz predominante de una mujer casada:  Ninguna clase de amanecer me era ajeno; con los años había llegado a conocerlos todos, los blancos, los amarillos, los rosados, con agua, nubes, sol, niebla, pesados o livianos, opacos o transparentes, con franjas, manchas, velados por las lágrimas, atorbellinados, llenos, vacíos…

No hay nada para decir, Aira es Aira.

Diario de Cuarentena: Prins

En esta costumbre encuarentenada, los domingos recomiendo alguna obra de algún autor, y este domingo de primavera lluviosa, que parece bendecir y salvar los humedales incendiados y las tierras de Códoba y la sequía del campo y las lágrimas sin agua ni sal que suspiramos, me decidí por la locura psicodélica de un autor de culto. Cesar Aira y su Prins.

En el eje de esta novela hay un escritor de novela gótica comercial, muy consciente de lo pueril de su obra, que decide dejar de escribir e invertir en el consumo de opio la media hora diaria que le permite esa decisión. Claro que el asunto no es simple, porque el opio que adquiere en un extraño local llamado La Antigüedad resulta ser un paralelepípedo blanco del tamaño de una lavadora, entregado a domicilio por un tipo decidido a instalarse en su casa por tiempo indeterminado. Encima, los antiguos ghostwriters del narrador, ahora desocupados, se convierten en una banda criminal que siembra la delincuencia en Buenos Aires siguiendo cada tip de los clásicos e inamovibles relatos góticos que antes producían en negro. Desde luego, este es un caso para el Doctor Aira, de modo tal que le permitirá escribir su irónica y casi psicodélica  Casa Tomada.

«Tras una sobria y concienzuda consideración me decidí por el opio», dice el narrador de Prins. Esta novela, tiene todo lo que Aira ofrece: un narrador que se nos ríe en la cara pero que nos divierte; personajes que parecen hologramas charlatanes que se proyectan espacial y temporalmente; lo poblacional, lo barrial y lo urbano; pero también filosofa sobre la necesidad de escribir; o de no escribir; o sobre la necesidad de drogarse. Sobre necesidades.»Me preguntaba cómo era posible que esa enorme cantidad de gente se las arreglara sin el opio», dice el narrador de Prins. «Eran vidas realistas; iban por los carriles de bronce de la realidad». Increíble parábola esta de carriles de bronce, adustos, quietos cuando deberían ser ágiles. Así es todo el texto que como en todas sus novelas, las fortalezas de Aira en Prinz pueden ser también sus flaquezas. Como la prosa pesada y rebuscada que se pone onanista y entonces cambia nuestra mirada del maestro y los hologramas son a veces de un papel glacé. Pero en realidad todo eso la vuelve verosímil y nos deja sabor a poco, como siempre con Aira uno termina con un hueco en el estómago, con un vacío intenso que solo se llena con más Aira. Y más Aira. Y más. Y más Aira. Sí, como una droga.