La pandemia y las identidades culturales

La pandemia y las identidades culturales

El mundo global, líquido y en movimiento que teníamos se vio súbitamente interrumpido por un enemigo externo. La amenaza que nos confina y nos vuelve uno, ha tomado todo el protagonismo y logró que la contabilización continua de nuestra salud y nuestras muertes tomen la opinión pública y la acción política. Para poder construir una idea comprensible de lo que nos está pasando todo el día esperamos los datos finales, la opinión de científicos, pareciera que estamos en una especie de una vuelta al conocimiento.

Pero no tenemos en cuenta que la objetividad de estos datos puede estar como mínimo interferida, por no decir modificada por procesos de construcción de identidad que pueden ser tan globalizados como el mundo que sacudió la pandemia, y que esas identidades que estamos construyendo hoy tendrán relevancias importantes en lo político, social y económico.

Para pensar en las estrategias y sus consecuencias, es necesario tener en cuenta algunos datos que hacen a un itinerario científico: El 27 de diciembre de 2019 el Departamento de Neumología del Hospital Provincial de Hubei, comunicó a las autoridades sanitarias chinas que se había detectado un clúster de enfermos con neumonía atípica de origen desconocido. Tres días después, se notificó a la oficina local de la Organización Mundial de la Salud que el día 5 de enero lanzó una alerta internacional.

Actividad científica
Ahí, en ese momento se dispara una actividad científica basada en el método científico: identificar regularidades en los fenómenos de forma tal que se puedan prever los resultados que sucederán a determinadas acciones. Los logros en el plazo de pocos meses han sido impresionantes. En diez días el virus fue aislado y su genoma secuenciado.

Se han descrito en detalle mecanismos fisiopatológicos, manifestaciones clínicas, comorbilidades, mediadores, factores predictores y pautas terapéuticas. Al mismo tiempo, están en marcha diversos proyectos de vacuna. Los datos y su distribución a través de las mejores revistas científicas han generado en tiempo récord un conocimiento aplicado que está salvando muchas vidas.

Otro tema es el itinerario público de esos mismos datos y logros, donde los intereses territoriales y políticos llevan a países, mercados y regiones a una lucha de poder en el medio de la cual se halla una ciudadanía ávida de respuestas.
La fuerte relación causa-efecto que permite la investigación biomédica básica se cae a pedazos cuando entran en juego las ciencias sociales. La epidemiologia y la gestión de la salud pública deben comprender en la ecuación, cuestiones de comportamiento humano, decisiones políticas, y rasgos cultuales o identidades que llevan a que la acción que pudo ser factible en una región no lo sea en otra.

Datos científicos
El recorrido de los datos científicos sobre el COVID-19 en el espacio público es una cuestión diferente. Plataformas nacionales e internacionales ofrecen datos por país, región, comunidad o ciudad que cambian minuto y a minuto y dan la impresión de una enorme transparencia de la información, que supuestamente está al alcance de todos. Pero, cuando se intenta investigar de forma concreta de cómo las instituciones los producen, todo se vuelve esmerilado.

Los datos siguen diversas definiciones y estrategias de testeo. Algunas instituciones no responden con precisión determinadas preguntas. Y todo esto nos sugiere que, tras lo que parecen datos objetivos y hechos con valor científico, se esconden batallas y estrategias culturales con importantes implicaciones políticas y económicas.

Lo anteriormente expuesto apunta a que la gestión de la crisis pandémica mundial por COVID-19 está teniendo una tremenda capacidad de asignación simbólica en términos de construcción de identidad nacional, en cada país que afecta.
Por ejemplo, la reacción inicial de China ante las primeras señales del brote fue ocultarlo. Los dos médicos que levantaron las primeras sospechas fueron censurados. Ya en 2002 ocultó el SARS durante tres meses a la OMS. Un nuevo brote desacreditaría su imagen de nación moderna; reforzaría la idea de China como fuente de potenciales pandemias futuras por zoonosis debido a la persistencia de tradiciones culturales ancestrales que motivan el comercio de animales salvajes vivos en mercados de dudosa higiene y nula supervisión.

Pero la China de 2020 no es la de hace dieciocho años. China compite hoy con Estados Unidos por la hegemonía del mundo, apunta a ser la primera potencia mundial. La lucha contra la epidemia toma un valor simbólico relevante. Quiere mostrar su capacidad tecnológica y científica junto a una política de transparencia y cooperación internacional. Entonces tomó el control férreo de la población, puso a disposición de la OMS toda la información disponible y equipos científicos comenzaron una carrera contra el tiempo para producir una vacuna y la mayor parte del conocimiento que hoy tenemos sobre el COVID-19, y que está ocupando las portadas de las publicaciones científicas más reconocidas, curiosamente casi todas de ellas de Estados Unidos.

Y así, en pocos meses un país con 1.400 millones de personas ha doblegado la epidemia. Pudiendo volver a su actividad económica y productiva, mostrar ante el mundo su eficacia y ser bueno ante Occidente como el gran proveedor de recursos que nos socorre y ayuda.

En Europa por otro lado hay una gran división norte-sur, que viene desde la gran recesión, donde la fuerte identidad alemana que se extiende a los países nórdicos se contrapone a la Europa sureña desenfrenada y poco predecible.

En el marco de la pandemia por COVID-19, habría que cuestionar en qué medida los países han sido conscientes del impacto que en términos de imagen podrían producir sus datos y si han o no, acomodado sus metodologías para no resultar penalizados por ellos. Al principio de la crisis, la disonancia entre los datos de unos países y otros provocaba cierta extrañeza, sin embargo, no se reflejaba en la información. A medida que se han ido conociendo los efectos devastadores que tendrá la pandemia en las economías y el empleo de los distintos países, y se han endurecido las negociaciones sobre el plan de choque europeo, se ha ido prestando atención a la calidad y no a la cantidad de los datos.

Dificultad
Hay una evidente dificultad, que tal vez parta de lineamientos de la OMS, sobre qué y cómo se están construyendo los indicadores por países. Es posible advertir que los datos ofrecidos de cada país dependen de las “definiciones aplicadas y las estratégicas de testeo de cada uno de ellos”, pero a nadie le preocupa homogeneizarlas. El número de pruebas realizadas, los criterios de conteo de casos positivos (mediante criterios clínicos o con test positivo) y qué muertes se asignan al COVID-19 se diferencian en los principales indicadores que se están utilizando: grado de extensión de la enfermedad y tasa de mortalidad.

Algunos países solo registran las muertes que tienen lugar en el ámbito hospitalario –al menos Francia y Alemania– con lo cual las muertes en residencias de mayores (una de las poblaciones con mayor mortalidad) quedarían fuera del recuento. Existen dudas sobre la forma en la que se están asignando las causas de muerte en personas con patologías previas. En Alemania incluyen tanto a las personas que han muerto por el virus como a las personas infectadas y con problemas de salud subyacentes, donde no se ha podido determinar la causa precisa de la muerte”. Tampoco se realizan test post mortem a las personas fallecidas en las que se sospecha infección por coronavirus.

¿Y en américa? No nos diferenciamos mucho, tenemos nuestras propias cuestiones idealizadas de un Norte maligno y capitalista y un sur populista que lucha contra una pandemia con ideales.

Argentina, tiene graves problemas de testeo, aunque aplicó una política exitosa de confinamiento inicial, se realizan test post mortem de casos sospechosos, como si tuviéramos test en cantidad, pero el personal sanitario se ve descuidado en testeo y en equipamiento. No es alocado pensar que Argentina ha asumido un confinamiento estricto y de primera mano, para reforzar frente a terceros su imagen de país serio y con altos estándares de salud, aunque la estrategia se le puede estar volviendo en su contra.

Empieza a resultar evidente que las cifras disponibles hasta ahora están siendo utilizadas por los países sur para apuntalar los clichés de una América del Norte indolente que prefiere el capital económico al humano. Todas estas cuestiones, en regiones diferentes del mundo tienen un mismo fin político, y una misma intención de construcción de identidades.
Seguramente, futuros análisis retrospectivos de las series de datos originales, con sus respectivas definiciones y criterios de notificación, darán cuenta de la dimensión exacta de la pandemia en cada país. Pero será demasiado tarde.

Lo que está hoy en pantalla de la imagen pública y lo que quedará en la memoria serán esas cifras gruesas que sitúan a Italia y España –de nuevo los países del sur– como los dos con peores cifras de extensión y mortalidad de la enfermedad en Europa, y a Estados Unidos y Brasil como los caóticos países americanos que pusieron en riesgo a su población.

Estos sesgos culturales identitarios que sostienen la imagen y la reputación de países son difíciles de desarticular o modificar. Ya sea en un sentido positivo como negativo.

Ejemplos
Como uno solo de muchos ejemplos y porque hace al tema, hace tiempo que se sabe que la última gran pandemia de 1918, que recibió el nombre de Gripe Española y mató a 50 millones de personas en el mundo, no surgió en España. Investigaciones recientes apuntan un probable origen chino llegado a Europa debido a la movilización de casi 100.000 trabajadores chinos para apoyar en la retaguardia de las líneas inglesa y francesa de la I Guerra Mundial. Sin embargo, ni tan siquiera un siglo ha servido para borrar la vinculación española.

En nuestro país, estamos profundizando diferencias y creando una crisis económica sin precedentes. ¿Podría Argentina haber evitado esta situación o jugado mejor sus cartas? Tal vez podría haber forzado desde el comienzo de la crisis el establecimiento de criterios comunes a salud y producción o economía y no abocarse de lleno al confinamiento sin test. Pero la historia nos dirá que resultado es el mejor. La perspectiva futura establecerá cual fue la verdad sobre ésta terrible pandemia. Nuevos paradigmas surgirán, muchas pantallas caerán, otras lograrán sostenerse a costa de mensajes épicos y de ignorancia, Pero los gestores de cultura nos vemos en la obligación moral de cuestionar la manipulación de la identidad.

Antes que sea demasiado tarde.

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