Nuestra hermana de afuera

La novela de Mariano Quirós (Resistencia, 1979) transita un tiempo diferente uno que acontece pero también está en nuestra mente en la nuestra como lector y en la de cada uno de los maravillosos personajes que crea.

Nuestra hermana de afuera cuenta cómo Nadia y Clara, dos hermanas disímilles pero que son cara y ceca de una misma moneda, viajan hacia la capital por el taratamiento de cáncer de mama de Nadia. Son mujeres que parece estar en ebullición y, con más de sesebnta, no limitan su vida, los cigarrillos y las cervezas en exceso son habituales, el chisme y la corredilla de voces tampoco se limita a ellas dos ni a lo verbalizado y otra vez el mundo interior de las hermanas crea un tiempo maravilloso y propio a la novela, que tiene además una hermosa maroma familiar, sobre todo con los hijos de ambas, que vamos a enterarnos que tienen carencias, abusos, distancias y afectos, con los que lidian del mismo modo que sus madres, incómodos, erráticos, creíbles. La tercera persona se mantiene impoluta hasta que aparece uno de los hijos de Clara, el escritor, que descontrola la historia para que se desborde y se vuelva un coro de una exquisita afinación. En esta novela el autor no necesita de lo fantástico para brillar, la historia bruta, eficiente y verosímil que nos cuenta con tono de comedia, solo se desestabiliza al final con la aparición de la voz de Florencia la hija de Clara, militante, hija de un desaparecido, que perturba la historia, y quiebra la tonalidad anterior, es una mujer llagada por la vida y por lo que no fue, que busca refrendar una Buenos Aires que ya no es, y su voz es potente, «»vine a Buenos Aires a enfrentar a los zombis del paco”, nos dice,

Disfruté mucho esta novela que nos deja todas las historias abiertas, como están los personajes, destatalados en medio de una capital mundana y siniestra, garantista y feroz como Buenos Aires, narrada por mujeres del interior y por inmigrantes que cumplen el rol de marcar la soledad inefable de las protagonistas.

Qué bien escribe Mariano Quirós, léanlo.

El entenado

El entenado, publicado en 1983; fue editado en España antes que El Aleph y lo merece, qué maravila la prosa de Saer, con que maestría viaja por el pasado y el presente de este hijastro que conquista indias como quien fluye en la propia existencia íntima. Narra en primera persona las peripecias de un grumete adolescente inmerso en una de las tantas expediciones españolas al Río de la Plata, la historia, situada en el siglo XVI, nos hunde de cabeza en la historia, El chico cae presa de los qindios colastinés, que matan a todos sus compañeros y a él lo alojan y atienden con cortesía durante años, convirtiéndolo en el testigo necesario de las luces y oscuridades de una civilizavción perdida en la naturaleza. Los colastinés son antropófagos y el muchacho, que no comprende el idioma inicalmente, comienza a descifrar los modos, los gestos, las actitudes de las personas que lo rodean y a veces los ignoran, sin saber cuándo será comido. Esto es un gran recurso para el autor, que embellece la historia con mucha filosofía, la existencia y la realidad se ponen en suda con excelencia. Juan Villoro cuando comenta el libro sugiere que este joven protagonista va comprendiendo por qué era necesario para ellos, y tenía que ver con la idea que vierte Saer: «Lo exterior era su principal problema. No lograban, como hubiesen querido, verse desde afuera.» La otredad, ese otro que uno necesita para ser, un oytro distinto que no debe parecerce a ellos,, se tiene que sentir otro y mantenerse ahí. Lo mágico aparence en pos del conocimiento, en una reyerta entre quienes son y como quieren ser vistos. Los aborígenes saben que ellos tampoco entenderán como los ve, pero que los vea les alcanza. El mundo de los indios es casi efímero, todo puede desaparecer de un momento a otro, y entran en juego las supersticiones y los ritos para sostener, para permanecer. Por eso se vuelve necesaria la escritura de este historia, diría Villoro, “El testigo obligado procura a los indios el consuelo de la versión ajena. Si ese entorno se derrumba, sólo sobrevivirá lo distinto, la mirada del huésped. La novela ofrece el trasvase de una cosmogonía (contar el mundo) en una singularidad (contar un mundo): del mito a la literatura”.

Saer nos obliga a pensar en la memoria y en lo real de la misma, en la importancia del lenguaje, en la civilización y la barbarie, y con un tono incríble y de lectura voraz, como si fuéramos parte de la aventura en tierras de los colastinés, nos adentra en la incomodidad de un texto que trata sobre las cuestiones de la conquista, que invade los géneros y ensaya con filosofía propia la gesta europea, una gran obra este llibro, que asume postura frente a las historias de Indias, sin poses, sin mentiras, pensando al otro con la fiereza y la verdad que un otro tiene. Piglia sostiene que “decir que Juan José Saer es el mejor escritor argentino es una manera de desmerecer su obra. Sería preciso decir, para ser más exactos, que Saer es uno de los mejores escritores en cualquier lengua y que su obra -como la de Thomas Bernhard o la de Samuel Beckett- está situada del otro lado de las fronteras, en esa tierra de nadie que es el lugar mismo de la literatura”.

El entenado cuestiona saberes, tradiciones, silencios, nos va a dejar expuestos, desnudos, como indios, frente a la historia que nos convoca y en la voz de un genio de la escritura que no tiene parangón, es una maravilla su prosa y además es acequible, logra todo con recursos simples porque es verdadero.

De lectura imprescindible

La carretera

«Caminó hasta la carretera y en cuclillas estudió la región que se extendía al sur. Árida, silenciosa, infame»

Un padre y un hijo caminando por una carretera. En un mundo postapocalíptico donde apenas quedan supervivientes. Con frío y sin comida. En el 2007, McCarthy recibe el Pulitzer por La carretera, una obra narrada en tercera persona que se desarrolla tras un padre y un hijo que atraviesan una carretera interestatal, camino del sur, en un mundo destrozado por un holocausto nuclear. Sin embargo, lo importante pasa por las charlas entr5e ellos, la relación padre hijo, la desazón, las preguntas inevitables, todo lo terrible que no desapareció con las bombas. Las descripciones del paisaje y las pequeñas posibilidades de lo pudo causar el desastre acopañan la relación humana. McCarthy apoya en esa estructura desolada el desarrollo de una de las obras más interesantes de la modernidad.

Escogieron aquel sitio simplemente porque era el punto más elevado del itinerario y desde allí tenían una vista de la carretera hacia el norte y del camino por donde habían venido. Extendió la lona sobre la nieve mojada y envolvió al chico en las mantas. Vas a tener frío, dijo. Pero quizá no estaremos aquí mucho rato.

En La carretera, McCarthy tiene el recurso de informarnos de todo lo que encuentran, al detalle, sin contar que es lo que realmente sucedió, con sus exhaustiva descripción de lo que ven, lo que tocan, lo que esquivan, como lectores comprendemos que hace tiempo pasó algo terrible y que ahora vivir implica cuidarse de los que comen humanos, habitando un paisaje ceniciento y helado, con ríos negros y leves momentos de sol. El origen de la catástrofe jamás se revela. McCarthy no busca la verosimilitud en una justificación, porque la encuentra en la relación padre hijo, es un mundo sencillo a pesar de la devastación, todo es simple, es poco lo que acontece, dos o tres situaciones de tensión para marcar el peligro de vivir en ese mundo, pero lo lo importante es la búsqueda desesperada de un padre por mantener con vida a su hijo, y hacerlo sin perder la humanidad. Esa conciencia es el valor agregado de La Carretera. McCarthy utiliza dos elementos: las descripciones e interacciones de los protagonistas con el entorno, y la relación entre ellos. Los diálogos entre el padre y el hijo —excelentes— nos dejan ver el caracter de los personajes, como el padre se empeña en protegerlo y ese es su único propósito y el chico tratando de entender y darle un sentido humano y moral al mundo de hambre, frío y miedo extremo en el que vive

El andamiaje de La carretera es simple pero tiene sus ambiciones, el hijo es el Bien en todos los sentidos, el mundo es el Mal supremo y el padre es el que lucha para que ese enorme Mal no gane, aún a costa de su priopia vida. Hay un juego platónico en esta relación, al que se le suma la tradición cristiana buscando siempre un bien que no sabemos si es tal. El padre insistiendo en que están del lado de los buenos y que tienen que esquivar a los malos y el niño cuestionándolo, para ver si siguen siendo buenos a pesar de los actos que el padre hace para salvarlo, cuestionables desde lo moral. El deseo del chico de alimenta, compartir y ayudar a los necesitdos con los que se cruzan, y la explícita comparación que el padre hace entre su hijo y la verdad de Dios, a pesar del mundo en el que habitan:

Cuando mueres es como si todo el mundo se muriera también (dice un viejo).
Supongo que Dios sí lo sabría ¿no? (dice el padre).
Dios no existe. […] Ni le cuento las cosas que he llegado a comer. Cuando vi al chico creí que me había muerto.
¿Pensó que era un ángel?
No sabía qué era. Pensaba que nunca volvería a ver un niño. No sabía qué iba a pasar.
¿Y si le dijera que es un dios? […]
Por la mañana en la carretera él y el chico discutieron sobre qué darle al viejo. Al final no obtuvo gran cosa. Unas latas de verdura y de fruta. […] Debería darle las gracias al chico, ¿sabe?, dijo el hombre. Yo no le habría dado nada.

Esta estructura no es original en la literatura, ha sigo repetida muchas veces, el bien y el mal. Lo que logra McCarthy es una honda mirada trágica del mundo, y con ella, con esa oscura contienda que es la misma de todos los tiempos, nos trae La carretera, atravesada por su prosa feroz, por la inmersión que hace el lector en sus propias carreteras, esas en las que la oscuridad no necesita de lo nuclear para ponerlo frente al discernimiento fundamental entre el bien y el mal. Una novela única. Imperdible.

Recorre los campos azules

Recorre los campos azules es buena literatura, de la clásica, de la que no pretende, y es una alegría que Eterna cadencia la edite. Los cuentos de Claire Keegan parecen simples porque cuentan historias de gente sencilla, sin embargo esconden una complejidad única, con una prosa lírica Keegan nos trae la desdicha y la nostalgia y todo el recorrido de sus cuentos es melancólico. Sin embargo no se pueden dejar, se vuelven necesidad, como lo verdadero. En una ceremonia de casamiento de pueblo, el secreto a voces entre el cura y la novia, no impide que uno quiera terminar la historia. Todos lo saben, nosotros como lectores lo imaginamos, pero igual atrae, encanta, entretiene (algo que la literatura ha perdido) desde una buena narración. El lector no está seguro del todo, el cuento crece y entonces nos desdecimos de los supuestos, pero la verdad aflora.

En otro cuento la autora utiliza la segunda persona para contarnos al oido la terrible realidad de una familia y sus oscuridades y aberraciones. En Caballos oscuros un sueño sobre un caballo oscuro que una y otra vez atormenta, la mujer muerta, el pasado que vuelve, la vida arremetiendo contra los vivos. La hija del guardabosques es un drama familiar que Keegan desarrolla a modo de nouvelle, y deja incluso abierto el final, como si en otro libro pudiera reescribirlo y darle cierre, .en La noche de los servales, nos deja tocar toda esa melancolía que venía latente Está tan logrado que la incomunicación se nos vuelve piel y nos cubre, es una historia fuerte que elige contar con un humor negro propio de la zona geográfia que escoge como escenario de sus historias y ladesazón del final es a su veces, casi la única opción que los personajes tienen, como si lo inevitable aconteciera no importa cuando.

Historias de abuso, matrimonios que son encerronas, celibatos rotos, soledad y alcohol, sueños, todas estas vidas laten bajo un bucólico paisaje. Es un retrato potente de la lucha con un pasado inevitable y los deseos nuevos o secretos que tienen los protagonistas. La vida rural que describe la autora es una vida que conoce bien, Claire Keegan nació en 1968 en County Wicklow , en una familia católica, y vivió en una granja familiar de lq costa irlandesa hasta su adolescencia. Ella misma ha contado como era su familia, que su padre “nunca leyó un libro” y que su madre “a veces lo hacía” y se hizo cargo de lainfelicidad de su seno. Tal vez lo biográfico le da verosimilitud a todas estas historias donde no ser feliz es hilo conductor, como si los campos, esos campos azules que recorre, fueran los unicos testigos de los pequeños momentos donde los eureka de la vida gris se hicieran presente.

Es perfecta la definición de The Guardian:“Keegan toma los clichés de la vida rural irlandesa y los hace arder”.

Me verás caer

En lo único que creo es en el accidente, nos susurra el poema
de Beatriz Vignoli anunciando lo que leeremos luego.

Los cinco cuentos de Mariana Travacio hacen honor al poema inicial, porque
nos obliga a presenciar derrumbes inevitables, historias que se desarrollan
vertiginosas pero calmas página tras página de buena prosa, de mejor estilo y
de una inconfundible personalidad. Cada historia parece insuperable, hasta que
comenzamos leyendo la que sigue, como me ocurrió con Montes, esa historia que
asfixia y libera, identifica y aterroriza: «Me levanto odiándolo en mi
soledad y odiándome por invocarlo. Bien podrías, Montes, no aparecer más;
podrías irte al mismísimo infierno y no volver. Eso deberías hacer, y dejarme,
ya, lejos de tu recuerdo, lejos de nosotros, de nosotros desdibujándonos, año
tras año, deshilachándonos, indefectiblemente, derrumbándonos, en cámara lenta,
indetenibles. Pero acá estoy, entre estas paredes arruinadas, deseando, con la
misma fuerza, que vuelvas y que ya no vuelvas más».

Mariana Travacio es una escritora que descubro apasionada, una que nos deja
ver las trasversalidades, crea una cartografía en la que las personas y los
objetos con historia narran por igual, así transitamos por sillas ajadas,
ventanas inexistentes, carteras de madres, recuerdos, identidades, silencios,
historias de una niña interior «de cuando mis padres todavía me
miraban como si yo fuera alguna clase de promesa»
, y de golpe la
existencia arrebata el ensueño medido de la autora, como si el leviatán la
sacara de la historia, sacara a sus personajes y los obligara a un naufragio «en
aguas que no ocultan nada, nada que adivinar, nada que inventar: todo a la
vista, y ese todo es tan poca cosa
» 

Hay un juego de superposiciones en sus relatos, como si al final fuéramos lo
mismo, todos. Los lectores, los personajes, los objetos, tal vez seamos esos ríos
que nos cuenta, ríos que no desembocan y se tragan las desilusiones, encerrados
en el lago consciente que nos obligamos a construir.

Nos cuenta vidas, vidas nimias, de esas que se quedan ahí, como el vestido
de novia de Elena «Cuelgo el vestido, lo dejo chorrear: que se seque, que
me muestre la blancura que supo tener: Mostrame tu blancura, le digo, mientras
mis brazos lo cuelgan y él chorrea, solito, su pena amarillenta de foto
antigua. Dale, le digo, relucí tu promesa nívea, tu futuro. Y él no me dice
nada, apenas cuelga, del barral, y me chorrea su llanto de agua, que ahora
gotea, monótono, sobre las baldosas, mientras voy a buscar un pincel».

Claro que Mariana Travacio sabe lo que narra, sabe cómo y nos deja
extasiados en sus historias, como llevados por las narices con cada cuento,
ayudando a encontrar escapes posibles, apuntalando a estas mujeres travacianas
que tiene que enfrentarse a la realidad imperfecta de sus vidas y dejar atrás
esa  «ilusión de que no existe abismo: de que no existe la distancia
que los separa del otro. A algunos les pasa. Y eso alienta»
.

La literatura de Mariana Travacio es cuidada pero deja espacio para que
respire, para que experimente, no sucede prolija y nada más, entonces nos baña
con sus seres agotados en la desdicha y el sinsentido, para que los
contemplemos sin tocarlos, como voyeurs de la belleza realista que nos
presenta. Nos invita a «esa falsa amabilidad de los que empiezan por
ofrecer ayuda solo para después arrogarse el derecho a indagar, hasta
cerciorarse de que las desdichas se orientan exclusivamente a la patria de los
desdichados y que ellos viven en otra parte, muy lejos, a resguardo de todos
los horrores, al amparo de alguna deidad que los socorre infalible y los salva
de esa negrura solo destinada a los pobres desgraciados que no supieron prender
una vela a tiempo, ni rezar, ni salvarse, como si la desdicha fuera un azar
destinado siempre al otro».
 

Es una autora inolvidable, a lo Marguerite Duras, de las que se te pegan
para siempre.

Muy recomendable.

‘Recetas invernales de la comunidad’ 

Después de Noche fiel y virtuosa y un año después de obtener el Premio Nobel de Literatura, Louise Glück (Nueva York, 1943) en su nuevo libro. nos trae algo así como una elegía sobre la buebna muerte, medita sobre la vejez y la poesía: esta obra es un laberinto desandado en el que la autora escribe como e escribe cuando el viaje se acerca a su final, a la certeza inevitables y llo que resta es el silencio que ya anunciaba el lienzo en blanco del pintor de su libro anterior.

Los poemas de Recetas invernales para la comunidad –una sinfonía de voces transhumantes, acotadasy proféticas– nos hablan de la precaria fortaleza de un sujeto que en el invierno de la vida, en medio de los bosques, el frío, el viento y un sol del que sólo nos muestra su sombra, recuerda, sin embargo el pasado nítido y hasta vivaz, mientras comprende que el futuro es tan verdadero como la desesperanza; “todo regresa, pero lo que regresa no es lo mismo que se fue”, nos dice Louise Glück, que se caracterizó en general por hablar del vacío, la pérdida, el inquietante silencio, pero en esta obra, se vuelven verdad irrefutable, descamada de todo lo que pueda suavizarlo.

En uno de los poemas de Recetas invernales de la comunidad, Louise Glück se confiesa: «Nunca se me han dado muy bien los seres vivos», y con esa sinceridad encara los temas de siempre pero los agrava, los vuelve indispensables con la madurez de quien entra en el tramo final y sabe vivir su muerte.

Los inviernos se vuelven, entonces, en múltiples sentidos: soledad, vulnerabilidad, miedo, tal vez resignación, cada vez más lejos de los días felices. Pero no es melodramática en su obra, por el contrario, es ascética, con una mirada que se vuelve a otro tiempo y dice «Qué llena tengo la cabeza/ con las cosas del pasado./ ¿Habrá suficiente espacio/ para que quepa el mundo?»

La poesía es indispensable frente al mundo líquido de hoy, y la de Glück se vuelve imprescindible, nos obliga a pensar más allá, a mirar de frente la belleza de la muerte, dejando a un costado, aunque sea por un rato, las ruidosas cuestiones de la vida diaria, para zambullirnos en lo sublime.

La vida después

La gran cuestión de la vida: la muerte. La vida después es una historia autoficcional que nos relata la etapa final de la vida de Louanne, la madre autodestructiva y alcohólica del autor, que vive recayendo en sus adicciones, paranoica y obsesiva, pero también peregrina de una fe esquiva o mágica, segun le conviniese.

Donald Antrim (1958, Florida) es uno de los mejores cuentistas americanos y también es el hijo de ésta mujer autoflagelada, un hombre que pudo trascender su duelo en un libro autobiogradico, editado por Chai, que hoy reseño: La vida después.

Antrim comienza a escribir La vida después tras la muerte de su madre; y comienza el libro con el hecho en sí. La madre muerta y él, como hijo, buscando una cama obsesivo y casi en un rito que lo lleva a comprar y devolver colchones en búsqueda de un lecho perfecto. Nos cuenta la muerte de Louanne en la casa lúgubre, con tanques de oxígeno para asistirla, y también nos la cuenta en una vulgar cama de hospital, o nos cuenta otras muertes, otros tiempos muertos de esta mujer talentosa y tramposamente creativa que le dio vida, tantas camas acunaron esa muerte, que ahora él tiene que estar seguro de comprar la cama adecuada, la más cómoda, mullida, perfecta. Sólo así podrá comprender quién es, y como va a seguir viviendo sin su madre.

Son siete capítulos en los que el narrador nos entrega los afectos, las tensiones, las miserias de una familia y en particular de los integrantes que él siente que lo construyeron. La madre, su tío paterno, su minimizado padre, sus abuelos maternos. Antrim desenvuelve en su texto todas los vaivenes de su historia, o de lo que la memoria le permite, plena de recuerdos, de preguntas, de incomodidades y de fantasía, en este camino de madurez en el que trata de independizarse, para sanar y no morir. No es tan simple, no es lineal, en especial si la infancia transcurre entre el alcohol y los gritos, y el posterior abandono paterno. Louanne le reclamaba a su hijo, borracha y enfurecidad que le fallaba, cuando discutía con su marido y sentía perderlo, pero también están los recuerdos de momentos terribles en los que un conocido les da un revólver animándolos a terminar con todo. Antrim,coqueteó en su vida con el alcohol y el suicidio, al que define en otro texto como una larga enfermedad, originada en las pérdidas y la falta contención, de identidad.  La vida después  habla de eso, Antrim se cuenta eso, su identidad, o la búsqueda constantee de ella, sumergido en los hechos y los vínculos del pasado familiar y personal, y queda claro cuando dice: “Tenía la impresión de que nuestra vida estaba guiada por un destino sombrío, incomprensible. Pero no era incomprensible, y no era el destino lo que nos guiaba. Era el alcohol”.

Es también, el libro de melancólico, con toda la carga literal del termino, que escribe con prosa impecable, sostenida por pequeñas digresiones, que crean un estilo propio. Además, el hecho autobiográfico ya es un plus en este libro, que es de una lectura intensa, con una acidez privilegiada, utilizando el absurdo y hasta lo fantástico para justificar los traumas de una vida desdichada. A veces hablo con mi madre muerta-dice Antrim-. Lo hago, desde luego, y como se debe, en voz baja. Le comento qué ha ocurrido de nuevo en mi vida, le informo sobre algún asunto que me incordia, que me angustia. Pero fundamentalmente, hablo sobre asuntos que dejamos pendientes.   

La vida después, que se publicó en 2006 es particular y recomiendo, como en todos las lecturas, leerla atendiendo la tradición sureña del autor. Antrim trasmutó su historia en literatura de la buena, de la que nos deja llenos de preguntas como la que plantea el título mismo de la novela. La vida después, es otra vida, o la misma emparchada o tal vez ni siquiera tuvo vida alguna, La vida después es

¿Quién es Loretta?

Un libro siempre es un descubrimiento, una nueva conexión, un encuentro, Quién es Loretta, es un hallazgo, redundante, fantástico, que se atreve a unir la distopía con el autodescubrimiento, que se vuelve introspección, esoterismo y ciencia oculta. Este conjunto de relatos enhebrados por Loretta y sus vidas, recorre géneros también, se vuelve poema, diálogo, escena teatral, es guión y silencio. Todo comienza cuando la protagonista Loretta surge de un pantano, ella se eleva y como lectores nos zambullimos en su mundo interior, en un subconsiente donde los recuerdos de vidas pasadas o futuras no son discriminados y se suceden con la naturalidad fantástica que la autora impone. Loretta se nos presenta desorientada, sin saber sobre su ser ni su historia, en un futura que desconoce, así empezamos a transitar la historia. La acompaña Pránuba, tal vez para no dejarnos solos ante la inmensidad propuesta. Con la compañía se inicia la búsqueda, ¿quién es Loretta?, de dónde viene, ese inconsciente ¿colectivo? que propone la lleva por diversos caminos del saber y como ocurre siempre, el conocimiento no pregunta y en cambio revela, acontece, y avanza sobre Loretta anunciándole lo que la vida le depara como final. Ella no se detiene, y sin tapujos comprende su sitio universal en la cofradía que el destino le propone.

Vamos leyendo y entendiendo que nos cuenta vidas pasadas, inconexos momentos de Loretta que van sucediendo inicialmente desencontrados para hilarse con las páginas y volverse sentido y cauce. Esta nouvelle es iniciática, apretadamente fantástica y llena de sorpresas, pero sin dudas está escrita por una autora que quiero seguir leyendo.

Muy interesante

Ceniza en la boca

«Europa me parecía aburrida y vieja y sola. Tantos europeos juntos, viajando, comprando, diciéndonos qué hacer y cómo hacerlo y todos viejos del alma y el cuerpo, y solos, bien solos»

Ceniza en la boca de Brenda Navarro comienza con el suicidio del hermano de la protagonista y sigue con ese suicidio en los hombros mientras cuenta sus vidas. Una vida de familia inmigrante, padeciente, que consiste en madre, hermanos, abuelos que se quedan, latinoamerica que duele, la pobreza y la resignificación del origen, entre otras cosas. Escrita en primera persona Navarro atraviesa en una sola familia todo el desarraigo y la violencia de las dos orillas del océano. Consta de cuatro partes, pero no tiene una cronología precisa. Transita Madrid, México y Barcelona, con todo el smog y la liquidez de las grandes ciudades lloviendo sobre pequeñas vidas. La soledad cambia de nombre y de país de origen, pero es la misma repetida en muchas mujeres, que limpian la basura ajena para comer. No hay horizonte ni destino donde huir, siempre el mañana es mas complejo que el ayer y la existencia es una sucesión de infortunios que las palabras que la autora le otorga a la protagonista fluyen entre el romance y la crueldad. No se puede duelar lo que no fue.

“No lo vi yo, pero como si lo hubiera visto, porque lo tengo taladrándome la cabeza y no me deja dormir”, dice Navarro y nos deja el trabajo de reconstruir la escena suicida, de taladrarnos con ese instante íntimo y final. «Diego cayendo y el ruido de su cuerpo al impactar contra el suelo”. Así nos pega en el lomo del libro y en la misma carilla que leemos una y otra vez. Las palabras se encadenan a imágenes y sonidos, y no hay lugar para evasiones. Se tiró, se reventó contra el piso, es un hermano, es joven, es un cuerpo que fue atajado por las marcas de las pisadas europeas que lo ignoraron. “Pum. No, así: pooom. No, así: crag. No, así: crag. No, así: drag, dragut. No, así: paaaam, clap. crash, bruuum, brooom, gruuum, grrr, grroooo…”

Aprovecha Brenda Navarro para contar un México donde lo no dicho mata tanto como lo escupido. El narcotráfico y el poder hasta en la médula misma de la sociedad mexicana, estafando, disolviendo, desentrañando lo amoroso y transformando todo en muerte y destierro. Nada queda en el origen y en España la muerte se llevó el sueño. No hay medias tintas, aunque se mienta, aunque se cree una vida, la irónica verdad esta en su piel, pegada con el moco de su hermano en el mar, con la sangre de su hermano en el piso.

No se pertenece. Y punto. No te dejan olvidarlo, Por eso las cenizas de su hermano terminan en su estómago, a ver si asi puede, al menos un día en la vida, respirar.

Las Indignas

Agustina Bazterrica, no es solamente la autora de la gran novela Cadáver exquisito, sino la gran autora distópica argentina, con una sensibilidad única, tiene la conciencia clara de que los humanos venimos destruyendo nuestra sociedad, y digo sociedad porque sus distopías no apelan en exclusivo a los recursos naturales, sino que nos muestra en ellas la vileza, la traición, la falta de empatía que los seres humanos venimos desarrollando como si fuera algo virtuoso. La compasión en esta nueva novela de Agustina Bazterrica viene de la mano del amor puro, de la luz, de la esencia y la naturaleza en un esplendor recordado y perdido, de la exquisita belleza de su texto que nos distrae de la cotidiana razón para insertarnos en un mundo probable y terrible, en el que una secta reemplaza la religión tradicional, con una inusitada crueldad. No han sido vanos los riesgos tomados, y todo lo que fue luz es ahora oscuridad, encarnada por un dios que no se deja ver, y que logra el control con miedo, abusos, y una Hermana Superior que se planta para ejecutar, bella y feroz.

«Nadie le dice que no a la Hermana Superior. Nadie que quiera seguir viva».

El planeta pasó querras y catástrofes ambientales. No hay agua, y la que se encuentra produce locura, o eso se cree. En el exóticoconvento, la Casa de la Hermandad Sagrada de Bazterrica, el aire pesa, huele mal y el cielo se pega a la tierra, gomoso y febril. Encerradas, las mujeres sobreviven hundidas en los designios de un culto que desprecia la divina trinidad. La Hermana Superior es la autoridad, por encima de quien se alza «Él».

La narración de la novela, es de una hermosura tal que sublima el horror, y ni los ojos cosidos pueden quitarle preciosura, la historia se narra en un diario con anotaciones que dan cuenta de los momentos de esa casa, las ceremonias, los intentos de redención o de castigo, es una historia escrita a escondidas y de noche. Sus páginas se ocultan en tablones levantados, hendijas, sitios privados, para asegurar que aún existen, que fueron cuerpo, que esas mujeres, Lucía, Lourdes, Circe, la protagonista, todas, estuvieron ahí.

Es muy difícil, después de una novela como Cadáver Exquisito, animarse a otra novela distópica, pero Bazterrica tiene con qué, tiene los recursos para emocionarnos, crear lazos con el lector, hablar de los miedos del mundo, narrarlos, hacerlo con riqueza, con preciosura y romper lazos con la fe.

Las Indignas es un novelón. Mil veces lo recomiendo, no es una historia para tibios, ni para aquellos que quieren que les endulcen la vista. Es una novela tremenda, maravillosa y única, como su autora.

Recuerden : «SIn fe, no hay amparo»