Diario de cuarentena: Tapar el árbol

No me gusta herir a quien amo
No me gustar traer el pasado aquí al presente
No me gusta sentirme ausente
Cuando tu vives a mi lado

No me gusta matar las horas
Sonreir si no soy feliz, convertirme tan solo
En un fantasma amante de todos
Vendiéndole el alma al diablo

No me gusta vivir así
AsíAsí como si no doliera,
Así como si no estuviera
Ahogándome en palabras mudas
Con las manos duras de arañar la arena

Partido en once mil pedazos
Callándole la voz del alma a los dos
Asumiéndome un caso perdido

No me gusta herir a quien amo
No me gustar traer el pasado aquí al presente
No me gusta sentirme ausente
Cuando tú vives a mi lado

No me gusta matar las horas
Sonreir si no soy feliz, convertirme tan solo
En un fantasma amante de todos
Vendiéndole el alma al diablo

No me gusta vivir así

Así como si no doliera
Así como si no estuviera
Ahogándome en palabras mudas
Con las manos duras de arañar la arena

Partido en once mil pedazos
Callándole la voz del alma a los dos
Asumiéndome un caso perdido

La suma de las dos mitades
La lágrima alimenta al río
La cura de las vanidades
La luz abriendose camino para dar olvido a las soledades

Así como si no doliera
Así como si no estuviera

Abel Pintos Diego Cantero

Así me siento, en un mundo que quiere tapar el árbol con la mano, un árbol con la sangre de los argentinos. No me gusta vivir así. No quiero este mundo para mis hijos, no lo quiero para mí. Por eso escribo, grito, hablo, sangro, lucho, para cambiar esta cultura anquilosada donde reina la hipocresía y la falta de empatía y de amor.

No me gusta traer el pasado aquí al presente, no me gusta sentirme ausente, sonreír si no soy feliz. En fin, esta letra de canción define los sentires de mi día de hoy, contradictorio, ineficaz, como las vacunas adelantadas y la parálisis gubernamental. No le vendamos más el alma al diablo que tiñe de rojo los árboles del futuro. La suma de las dos mitades es sin dudas, la cura de las vanidades, y tal vez así logremos la luz abriéndose camino.

DIARIO DE CUARENTENA: un día perfecto

Las presiones suben, en todo sentido. Las físicas, la tensión arterial, la económica, la social. Pero hay que cultivar la paciencia. ¡Ojo! no la transformemos en sinónimo de mansedumbre o conformidad. Es un día perfecto, diría Manuel Moretti, sol de otoño cálido aún, y el aire que golpea rostros sin castigarlos. Trinos y algunas voces vecinas me cuentan que la vida sigue.

Se oye el llanto de un niño. Un niño que no tiene paciencia.En ésta generación líquida, donde lo inmediato es necesario, es un bien en extinción la paciencia. La espera. Tal vez ahí resida el aprendizaje. Los que tenemos algunos años, sabemos de paciencia. De ardua labor antes de llegar a un logro. De tiempos de siesta donde sólo esperábamos que pase. Y en ese lapso, a veces eterno, todo era posible.

La historia contada, la soga y sus mil saltos, el elástico, las payanas. Un libro robado de color azul, los tacos de plástico y la linterna con la que practicábamos un código morse propio. De patio a patio.

Hoy los chicos con suerte tiene patio. Ya no hay vereda. Y confinados a la familia, padres e hijos aprenden. A veces lo inmediato no es eficaz, a veces lo eficaz lleva tiempo. Pero nunca estamos dispuesto a la espera. No somos pacientes. Hoy nos piden una paciencia que nunca se promovió. Tal vez la revolución consista en encontrar un equilibrio, entre lo que ordenan y el deseo, para no quedarnos paralizados en el devenir de una vida cada vez menos nuestra.

Con paciencia, voy a intentar llevar la mañana hasta la tarde, y en un cóctel de esperanza, premonición y fastidio, anochecer con él, otra vez, como en los últimos treinta años.