Diario de Cuarentena: Cuestión de género

El género gramatical se manifiesta en los sustantivos, adjetivos, artículos y algunos pronombres. En los sustantivos y adjetivos existe únicamente el morfema de género masculino y el de género femenino. El género neutro se ha conservado en unas pocas palabras, como aquello, eso, esto, ello, alguien, algo y lo. Es importante no confundir el género gramatical (categoría que se aplica a las palabras), el género como construcción sociocultural (roles, comportamientos, actividades y atributos que una sociedad determinada en una época determinada considera apropiados para los seres humanos de cada sexo) y el sexo biológico (rasgo biológico propio de los seres vivos). En español hay distintos mecanismos para marcar el género gramatical y el sexo biológico: a) terminaciones (chica/-o), b) oposición de palabras (padre-madre) y c) el determinante con los sustantivos comunes en cuanto al género (el/la estudiante, este/esta representante). También hay palabras específicas (llamadas sustantivos epicenos) que tienen un solo género gramatical y designan a todas las personas independientemente del sexo biológico (la víctima, la persona). Como hablantes del idioma español los retos para una comunicación inclusiva en cuanto al género son la confusión entre género gramatical, género sociocultural y sexo biológico, el nivel de conocimiento de los recursos que ofrece la propia lengua para hacer un uso inclusivo dentro de la norma y las asociaciones peyorativas que han heredado del sexismo social algunos equivalentes femeninos.

En muchas ocasiones, asisto a conferencias que se tornan insoportables y que nos distraen del excelente contenido de sus oradoras cuando hablan con un supuesto lenguaje inclusivo que nos aleja de lo que queremos comprender y que no incluye a nadie. Este tipo de desdoblamientos son artificiosos e innecesarios desde el punto de vista lingüístico. En los sustantivos que designan seres animados existe la posibilidad del uso genérico del masculino para designar la clase, es decir, a todos los individuos de la especie, sin distinción de sexos: Todos los ciudadanos mayores de edad tienen derecho a voto. La mención explícita del femenino solo se justifica cuando la oposición de sexos es relevante en el contexto: El desarrollo evolutivo es similar en los niños y las niñas de esa edad. La actual tendencia al desdoblamiento indiscriminado del sustantivo en su forma masculina y femenina va contra el principio de economía del lenguaje y se funda en razones extralingüísticas. Son constantes repeticiones que traban al lenguaje, que generan dificultades sintácticas y de concordancia, y complican innecesariamente la redacción y lectura de los textos. El uso genérico del masculino se basa en su condición de término no marcado en la oposición masculino/femenino. Por ello, es incorrecto emplear el femenino para aludir conjuntamente a ambos sexos, con independencia del número de individuos de cada sexo que formen parte del conjunto.

Así, los alumnos es la única forma correcta de referirse a un grupo mixto, aunque el número de alumnas sea superior al de alumnos varones. Si la inclusión pasara porque las y los lectoras y lectores, las y los adultas y adultos, las y los niñas y niños, las y los maestras y maestros que lean esto sean insoportablemente nombrados así, como las chicas y los chicos, que las escritoras y los escritores queremos que nos lean, ya estaríamos incluídos en una sociedad que no solo excluye a gente sino que la escupe. Y los funcionarios y las funcionarias que son obligadas y obligados a hablar así por un gobierno deberían tener el criterio de saberse libres para hablar sin complicar la comprensión. Porque la comunicación se basa en poder entendernos, de ahí la economía del lenguaje.

Claro que el lenguaje nunca ha sido baladí, es obvio que estamos hablando de algo más que de lenguaje, gramática, morfemas y géneros. Pero que el lenguaje nunca ha sido un instrumento casual como bien lo sabían , Aldoux Huxley, Orwell o Victor Klemperer, autor de ‘LTI. La lengua del Tercer Reich’, un libro imprescindible para entender cómo los nazis comenzaron a manipular el lenguaje como estrategia para imponer sus terribles ideas. “La resistencia a la opresión comienza por cuestionar el constante uso de palabras de moda”, escribió el filólogo sobre cómo se había dado cuenta de que los nazis habían empezado a usar con fuerza adjetivos como “combativo” o “fanático” tratados de forma positiva.Por eso aunque a los maestros actuales les resulte genial esto de niños y niñas, todos y todas, los cambios pasan por otro lado si de igualdad se trata, se gasta energía en una batalla meramente formal y mientras se da esta batalla no se dan otras reales como la de la brecha salarial o el techo de cristal que padecemos las mujeres respecto a los hombres. Es una maniobra de distracción política. En lo personal siento que esta batalla del lenguaje es ficticia, son otras las que deberían dar. Les propongo tratar de escuchar una conferencia de alguien brillante dicha con el permanente corte de las y los, científicas y científicos, alumnos y alumnas, y luego me cuentan.

Por supuesto no tengo la verdad, opino desde mi individualidad, que no es ninguna cuestión de género.

Diario de cuarentena: Lenguaje.

“Todo lenguaje no es ni reaccionario ni progresista; es simplemente fascista, ya que el fascismo no es impedir que hablemos sino obligarnos a hacerlo” R. Barthes.

Uff, que cargada de tensiones viene la vida en la cuarentena. Ayer tuve que ir a realizar un trámite a un organismo del estado, y comenzó la primera contradicción del día. Una cola de veinte minutos, con gente a poca distancia, algunos con barbijo, otros sin, solcito fresco. Sale un oficial de atención y me pregunta a qué voy, con tono de no tenés otra cosa que hacer. Explico mi situación y vamos cuesta arriba hasta que comprenden, me apoyan un termómetro digital en la frente (pienso que no debería tocarme pero bueno) y me echan un mínimo toque de alcohol en gel en la mano, llevo en ella el dni, que uso también para frotarme, accedo al interior. Hay cinco empleados y una recepcionista, digo buen día, nadie saluda, me siento sola en una silla de espera en tándem de otra repartición que ha sido donada. Dos empleadas conversan sin barbijos entre ellas, me gusta. Porque veo una confianza diaria, están ahí, son compañeras, se apoyan. Deja de gustarme cuando no me atienden, aunque soy la única. Al rato una se sienta, se coloca el tapabocas negro y me llama, le explico y me mira como si hablara otro idioma, lo digo más alto, pienso que el barbijo me impide ser clara. Me mira, y le grita a otro compañero, se acerca, le explica. Ah! dice y toca dos teclas. El trámite se logra. Alivio.Cuando me retiro, vuelvo a saludar, nadie me contesta. Afuera hay mucha gente «reunida» esperando.

De ahí vamos al super a retirar un pedido online. Toman la fiebre, alcohol, mucha gente conversando en la puerta, los empleados hartos de tener que ejercer un poder de policía que no les corresponde, me dan las cajas, toco las cajas, me dan el ticket, toco el ticket. Mismo procedimiento y cola y gente en la farmacia, y en los trámites básicos que me toca, nos toca, realizar. Me alegra ver gente paseando y viendo vidrieras, implica trabajo, comercios que van a poder sustentarse. SIento que, como nadie nos hizo test a tiempo, tal vez seamos miles o millones los portadores de covid en el país (la mayoría asintomáticos o leves, gracias a Dios), que sin palabras, vamos creando una inmunidad colectiva. Porque esto que vi en mi ciudad, es un botón respecto a los que ocurre en AMBA, que es donde el virus circula a full. Y como soy escritora, pienso en el lenguaje, en cómo lo utilizaron, en la retórica del miedo y la mentira. Y me doy cuenta que hemos sido obligados a hablar todo el día de esto. Todo el día hablamos de cuarentena y COVID y SARS y la reverenda pandemia. Mientras, en el sur, una madre tiene que parir hijos muertos en un baño de hospital porque no la atienden, desaparecen jóvenes, los ancianos se mueren solos y enfermos de otras cosas, balean adolescentes que escapan de ladrones, en el centro del país, por pasar un control, sin ver a los verdaderos delincuentes. Nos obligan a hablar de un virus que mata a algunos, y me aterra que lo haga, para poder matarnos a todos. Porque dejarnos sin derechos, sin justicia, sin dinero, sin trabajo, sin proyectos, es morir.

Apelo a volver a pensarnos como éramos, para que el lenguaje pase de ser un fascismo obligatorio a un idioma de los sentimientos, de la palabra como eco de una vida, y cito a Cortázar en Rayuela: “Pero qué es el recuerdo sino el idioma de los sentimientos, un diccionario de caras y días
y perfumes que vuelven como los verbos y los adjetivos en el discurso”.