Diario de Cuarentena: Cicatrices

Diario de Cuarentena: Cicatrices

Los domingos, un libro, por que leer y releer nos va cicatrizando, creando esas líneas que las vida nos deja en ocasiones para recordar lo vivido.

En Cicatrices, a mi juicio la primera novela equilibrada en lo formal y en la madurez literaria de Juan José Saer (Serodino, Santa Fe Argentina, 1947 – París, 2005), escrita en 1969, es   la primera persona que narra cada historia la que nos va a llevar hasta el fondo de sus tribulaciones a través de su peculiar  mirada del mundo.

La primera parte, Febrero, marzo, abril, mayo, junio, está protagonizada por Ángel Leto, joven de 18 años al que ha participado en una novela anterior. Ángel convive con su madre y trabaja en el diario local, junto a  Carlos Tomatis.

Es un joven que esmera su rabia, la desahoga bebiendo, leyendo hasta tarde en su cuarto o desnudo en su patio y caminando sin cesar por la ciudad. Su voz narrativa joven se denota por ejemplo cuando dice:  “Al tipo no lo había visto en su perra vida”.

Tomatis, el personaje donde veo  representado a Saer con más fuerza vuelve a expresar alguna de sus teorías sobre la novela: “Hay tres cosas que tienen realidad en la literatura: la conciencia, el lenguaje, y la forma. La literatura da forma, a través del lenguaje, a momentos particulares de la conciencia. Y eso es todo. La única forma posible es la narración, porque la sustancia de la conciencia es el tiempo”.

En esta novela aparece por primera vez el juez Ernesto López Garay (no estoy segura de cuál de los dos hermanos López Garay es: si el que murió asesinado por los militares o el que vive en París), obsesionado por realizar una nueva traducción de El retrato de Dorian Gray de Oscar Wilde.

Pero me quedo en la primera parte de la novela con la cuestión metafísica: cómo Leto cree encontrarse en las calles de la ciudad con su doble e intenta perseguirlo.

Ángel piensa acerca de su doble: “…el campo de él era un campo para mi desconocido pero familiar.” “…lo único terrible en la cuestión de mi doble era la posibilidad de que él estuviese viviendo una vida que yo no podía vivir”.

Esta primera parte termina con una frase que podría ser la que justifica el título del libro: “Cualquiera hubiese sido su círculo, el espacio a él destinado a través del cual su conciencia pasaba como una luz errabunda y titilante, no difería tanto del mío como para impedirle llegar a un punto en el cual no podía alzar a la llovizna de mayo más que una cara empavorecida, llena de esas cicatrices tempranas que dejan las primeras heridas de la comprensión y la extrañeza” Y queda  Leto enfrentado a su doble.

La segunda parte, Marzo, abril, mayo, la narra Sergio Escalante, abogado que no ejerce, porque se dedica a malgastar su dinero –y el heredado– en el juego. Entre una timba y otra escribe ensayos sobre filósofos mezclados con cultura popular, con títulos como El profesor Nietzsche y Clark Kent (es posible que todos los títulos de ensayos que aparecen en esta novela de 1969 sean  las novedades de fin de año de la editorial Blackie Books).

Y si en la parte de Leto, con su  devaneo metafísico, ya habíamos pensado en Dostoyevski, aquí expresamente cita su novela El jugador. Escalante dice algo que muchos hemos sentido al leer El jugador, y es que Dostoyevski conjetura la adicción y no se mete de lleno en ella salvo en el final de su novela. La narración de la obsesión por el juego es agobiante aquí, nos alucina, agota al lector, es en sí una novela corta espectacular, sin necesidad de las tres partes que la acompañan.

Cuando describe el juego de cartas favorito de Escalante y afirma: “De modo que en el juego de punto y banca la repetición es imposible”; creo que Saer dialoga con Borges, cuando en el poemario Fervor de Buenos Aires, éste describe el juego del truco y escribe: “Una lentitud cimarrona / va demorando las palabras / y como las alternativas del juego / se repiten y se repiten”. Esta etapa descriptiva del juego asfixia y ahoga, nos somete como lectores a la misma pesadez que tiene el protagonista en su vida.

Saer habita con comodidad el arte de  narrar sobre la vida, reflexiona sobre ella, pero lo utiliza como escape, para tornar al fin de cuentas en secundario el resumen de los hechos. Se apropia del universo  de sus protagonistas para interpelarnos, entonces las referencias al lugar parecen más relevantes que las propias personas,

En la segunda parte, desnuda como al pasar que César Rey, uno de los personajes de La vuelta completa, murió en Buenos Aires atropellado por un tren. Como si Tomatis y Leto se hubiera escapado de una novela y boyaran en ésta otra.

La tercera parte, Abril, mayo, La cuenta el juez Ernesto López Garay, el juez al que vuelve muchas  páginas después,  para contarnos sobre un encuentro entre él y Leto, narrado desde el punto de vista del juez López Garay está lejos de los hombres (a los que llama dentro de sí gorilas) y para reforzar esa distancia, Saer se sirve del recurso de narrar largos paseos en coche, describiendo cada calle o peculiaridad del camino, de manera minuciosa y obsesiva, a lo Saer. López Garay sueña, y sus sueños son una orgía caníbal de hombres primitivos o el incendio de una llanura, que aparecen en Cicatrices como premoniciones de otra novelas posteriores, tales serían  El entenado y Las nubes.

La cuarta parte, Mayo, la más corta del libro nos narra el último día de la pareja Fiore, cómo van a cazar patos a una laguna por la mañana y a la noche él le pega un tiro mortal en la cara a ella. Una narración costumbrista, con profusos diálogos, cuyo desenlace terrible y del que no podemos escabullirnos afectó ya a los personajes de las otras tres partes de la novela.

Cada narración es una novela en sí misma. Cortas, insistentes, con un único punto de conexión entre ellas que es el asesinato del obrero, sumado a algún personaje secundario aislado, pero lo narrado no gira en torno a este hecho, se utiliza como una conexión a mi juicio forzada y tenue entre las partes que solas, cada una, cuentan historias magistralmente.

Al fin de cuentas, eso son las cicatrices, partes de un todo que se ha vivido, que tiene que ver con una historia propia, aunque cada cicatriz cuente una particular. Por ejemplo, cuando Ángel huye de lo que vio, su madre y mentor juntos, se topa  por primera vez con su doble frente a frente. Ve en el otro su propio rostro “…una cara empavorecida, llena de esas cicatrices tempranas que dejan las primeras heridas de la comprensión y la extrañeza”.

Así lo dice el autor. No agrega una palabra más, circunda de ese modo lo indecible, y permite que cada uno haga su propia interpretación del texto. Aparece clara la función del lector. Aquí en esta escena nos muestra las cicatrices que dejan la confrontación con la castración materna que lo  lleva a la propia. Ángel hasta ese momento sólo tenía heridas, tal vez invisibles para sí mismo, sin cicatrizar y que lo llevaban a  suponer que otro estaba viviendo una vida que le era negada. Esa posición de sombra que elegía, le hacía imposible vivir una vida fuera de la endogamia familiar.

Confrontar a su madre como mujer de otro hombre,  lo corre de posición, y le abre la posibilidad de ser él un protagonista de su propia vida.

Los acontecimiento dejan huellas en el cuerpo. Aunque estamos ante un personaje literario, Ángel puede ser cualquiera de nosotros tratando de  descifrar de qué están hechas nuestras cicatrices.

Y a eso nos enfrenta Saer en esta obra.

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