Inmigrantes

El Día del Inmigrante se estableció el 4 de septiembre de 1949, como una fecha que recuerda la llegada de los inmigrantes al país a través de la práctica aplicada por el Primer Triunvirato en esa fecha de 1812, que tenía la intención de fomentar la inmigración y garantizar derechos a los individuos de todas las naciones y a sus familias que desearan establecer su domicilio y su vida en el territorio nacional.

Los inmigrantes fueron llegando al país siguiendo diferentes patrones de flujos poblacionales mundiales, producto de guerra, hambre y desesperanza. Muchos inmigrantes dejaban su tierra sin conocer fehacientemente adonde llegaban, aventurándose en busca de un mejor destino para ellos y sus familias. Inicialmente provenían de Europa, italianos, españoles con predominancia, pero también suizos, ingleses, franceses, sirios, libaneses, polacos y alemanes, entre otros.about:blank

No ocurre lo mismo en la actualidad, sin embargo, tenemos una nueva inmigración que nos puebla y que proviene de países hermanos como Chile, Perú, Venezuela, Uruguay, Cuba. Paraguay, Bolivia, Ecuador, Brasil, etc. La Argentina en los últimos años es el país de América del Sur con mayor cantidad de migrantes según un informe de CEPAL de 2017, en su mayoría provenientes de nuestra propia región.

Nuestra ciudad no queda al margen de estos datos, y vemos la afluencia de nuevos migrantes que ocupan la ciudad. Desde la Asociación de Colectividades de Junín, invitamos a los diferentes pueblos a sumarse a nuestra institución, para tener objetivos comunes, siendo el principal, sensibilizar sobre el derecho de la población migrante al trabajo, a la inclusión e incentivar su participación social ofreciendo espacios de intercambio cultural, dentro de la Asociación, siempre bregando por la interculturalidad y el respeto al origen de cada pueblo migrante.

Nuestros abuelos, y bisabuelos, en algunos casos nuestros padres, vinieron a esta tierra llena de oportunidades buscando un mejor futuro. A pesar de todo lo que acontece, la Asociación de Colectividades de Junín sigue confiando en Argentina y en nuestra ciudad como cobijo para nuevos pueblos, para emprendedores, para gente que desea vivir en libertad de pensamiento y de fe, y se ofrece siempre a estrechar la mano de aquel que pise nuestro suelo en busca de una vida digna. ¡Feliz Día Inmigrantes!

Asociación de Colectividades de Junín
Presidente: Carlos Milani
Secretaria: Soledad Vignolo Mansur

La cultura habita el espacio público.

En el marco del diseño y planificación del Plan Integral de Seguridad Local, autoridades municipales y concejales se juntaron con artistas y representantes culturales de la ciudad en las instalaciones de la Sociedad Española de Socorros Mutuos.

Algunos de los partícipes de la reunión fueron miembros de casas culturales, del Festival de Música Independiente (FEMI), Cultura Emergente, el Corredor Cultural del Noroeste, SADE, artesanos y titiriteras cubanas.

Luego de la conversación, Andrés Rosa, secretario de Seguridad del municipio, expresó: “Quiero agradecer a Soledad (Vignolo) como también a los distintos referentes de la cultura por aceptar nuestra convocatoria para llevar a cabo esta reunión. Teníamos mucho interés en conocer sus miradas, puntos de vista e inquietudes acerca de la seguridad en Junín y así continuar con el enriquecimiento del diseño del nuevo plan”.

“Compartimos en la reunión que el espacio público es el lugar donde se construyen cultura y seguridad, por ende, desde nuestro lugar es muy importante pensar en políticas públicas con la mirada de los representantes culturales a nivel local”, añadió.

Seguidamente, Rosa indicó que “estamos convencidos de que tiene que haber una sinergia entre estos dos campos y que cuanto más posibilidades haya de acceder a la cultura por parte de nuestros vecinos, jóvenes y adultos, seguramente los vamos a quitar de la violencia, el conflicto y el delito”.

“Hubo aportes realmente muy valiosos y que obviamente van a ser integrados y tenidos en cuenta en el diseño de este plan. Contamos con la presencia de representantes de centros culturales, artesanos, compatriotas cubanas titiriteras en lo que fue una convocatoria de lo más variada y rica; estamos muy contentos por eso”, afirmó el funcionario.

En tanto, la escritora local Soledad Vignolo, miembro de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE) Filial Junín, manifestó: “Me parece fundamental que se tenga en cuenta a los representantes de la cultura, porque este campo social es el único que puede aportar un cambio de paradigma en la sociedad para volverla menos violenta. Concretamente, eso requiere de cultura y educación y trabajo coordinado”.

“Me encantó la reunión que hemos mantenido porque las autoridades de Seguridad se pusieron a disposición de los actores que invité y se conformó una reunión con buena diversidad y pluralidad de voces”, dijo Vignolo y detalló que “hubo gente de María Cultura que es un centro cultural nuevo que tiene mucha movida de juventud, representantes del FEMI, Alejandro Pietrobón y yo como representantes del Corredor Cultural del Noroeste que empezamos a formar y también gente de Cultura Emergente”.

Luego, la escritora sostuvo que “fue una reunión sumamente positiva en la que se abordaron muchos temas y nos quedamos con ganas de seguir dialogando”. Además, expresó que “como bien dijo Andrés, la cultura habita el espacio público todo el tiempo en las plazas, calles, eventos culturales y los artistas necesitan seguridad para trabajar”.

Por último, aseguró que “se acordó sobre la importancia de trabajar en conjunto y para mí es algo fundamental. Fue un encuentro realmente muy interesante y me gustó mucho que nos hayan tenido en cuenta para este plan de seguridad”.

Fuente: Prensa Municipalidad de Junín.

Que no nos limiten

Artículo no publicado en todos los medios locales a los que lo envíe.

¿Por qué nos odiamos? ¿Por donde pasa esa energía que nos inspira más a la división que al amor? Es muy posible que tengamos a ir hacia épocas fundacionales, unitarios, federales, socialistas, radicales, luego arribando el peronismo, golpistas de izquierda y derecha.

Todas antigüedades, pensamientos obsoletos que no sirven para modelar un país con alcance. Hacen falta nuevas miradas. Políticas de estado que nos contengan bajo un proyecto de país hacia el futuro.

            ¿Quién gana con el divisionismo actual? Un sistema instalado que pretende vivir del ciudadano y que no es ni de izquierda ni de derecha, porque va girando en un círculo poco virtuoso para nosotros, pero perfecto para ellos, que los lleva a mantenerse en el poder por décadas mientras los que trabajamos, los que la luchamos, aquellos que no viven de la teta de ese mismo establishment seguimos pagando impuestos, atiborrados de presiones que nos impiden crear y que nos mantienen ocupados en la subsistencia básica.

            Pero tenemos que trascender esta manera de hacer política, tenemos que poner en tensión estas estructuras instaladas que nos impiden potenciarnos o al menos ser mejores. Creo en la gente, en los ciudadanos, en todos, después habrá quienes demuestren que no valían la pena, pero por cada uno de ellos, habrá muchos para abrazar. Me resisto a pensar que no hay otra forma de vivir o de actuar más allá de la de la miserable condición gregaria actual.

            Los individuos somos importantes, todos y cada uno, los colectivos tienen sentido si se crean para estar en pos de los individuos y no de ideas absurdas o supuestas verdades absolutas o indiscutibles.

Demos vuelta la política, pongamos en tensión cada uno de sus frondosos esqueletos públicos. Peleemos por la división de poderes y la República, porque si no comenzamos a crear un proyecto que nos una y nos propulse al futuro, estamos condenados.

Los invito a seguir pensando como individuos. Decía José Martí: El primer deber de un hombre es pensar por sí mismo.

Tuvo un nacimiento difícil

https://www.clarin.com/sociedad/mundos-intimos-chica-senti-muerte-perseguia-historia-familiar-llena-peligros-adioses-_0_qUU2P-Y4B.html

Mundos íntimos. Desde chica, sentí que la muerte me perseguía. ¿Será por una historia familiar llena de peligros y adioses?

Con temor. Y con una extraña sensación de verse cercada por el fin. Así se intuyó la autora durante mucho tiempo hasta que elaboró el pasado y empezó a estar menos pendiente de lo que un día igual va a pasar.

Influencia. Cuando Soledad Vignolo Mansur era chica, una vecina le dijo que la gente no moría porque Cristo la salvaba. Luego la vecina murió y ella no entendió

Nací de padres jóvenes casados con el apuro de la muerte, mi abuelo Félix Vignolo padecía cáncer. Murió antes de tiempo y originó mi primer miedo. ¿Y si papá se moría joven como el abuelo? No le alcanzó a Félix emigrar en pantalón corto de Serralunga de Alba, ni la lucha ferroviaria; tuvo tres hijos, pero su mujer enfermó tras un parto y resignó todo para criarlos. Con esa abuela paterna, Aldina, comprendí otras formas de morir: ella tenía la mente atravesada de pasado y envejeció con demencia. Mi madre, en cambio, hablaba de Félix como si fuera un santo.SEGUÍ LEYENDO

Llegará, pero el tiempo no debe pasar en vano

SOCIEDAD

El 1 de julio de 1974, mamá festejaba en la vereda el deceso del general Perón -mamá era capaz de festejar muertes- mientras se incendiaba una estufa a kerosene en casa. En el cuarto con flores rosas estaba yo, volando de fiebre y ahogándome. No podía respirar, el aire me quemaba y por primera vez olfateé la muerte. Su negro perfume calentaría para siempre en mí. Esa vez, el vecino vio el humo y tuve mi salvación. Desde entonces, la muerte y el humo me aterran, me sofocan tanto que cuando eligen Papa y veo humo blanco siento que Dios se ahoga conmigo.

Sonrisas. En la foto blanco y negro, Soledad Vignolo Mansur (der.) con su mamá y sus hermanos. Había momentos felices pero siempre surgían temas vinculados a la muerte.

Sonrisas. En la foto blanco y negro, Soledad Vignolo Mansur (der.) con su mamá y sus hermanos. Había momentos felices pero siempre surgían temas vinculados a la muerte.

La muerte como estandarte tuvo varias historias de sobremesa que nunca olvidaría: “Naciste con tres vueltas de cordón, casi te morís”, decía mamá sobre mi parto. “A tu hermano lo salvé yo que llamé al doctor Quattordio, estaba piel y hueso”, contaba tía Coca. “Cuando murió mi padre, me quedé sin leche, me morí con él, por eso tu hermana lloraba”, decía mamá sobre el fallecimiento del abuelo Constantino. La muerte era inmensa, terrible, indiscutida.

A los nueve me llegó la palabra sagrada en la voz de Doña María Becerra, abuela de amigos entrañables que vivía frente a mi casa de Coronel Suárez 330. Ella me hablaba de Dios, decía que no moríamos porque Cristo nos salvaba, asistí al rosario cada tarde tomada de su mano y ese rezo compartido continuó hasta ser yo quien la llevara del brazo, manteniéndonos vivas y llenas de cuentas con olor a rosas vaticanas. Doña María murió y yo, que no pude creer su muerte, quise que Cristo la salvara; Cristo debía salvarla a mi pedido porque yo había hecho todo lo que correspondía: comunión, confirmación, noches de rezos arrodillados. Mi familia, una mezcla de razas y de creencias, incluía un cierto ateísmo paterno que no cuajaba.

El miedo y la fascinación por la muerte hacían estragos en mí. Le temía y me atraía, como cuando mataron a Chuli, nuestro gato, que lo abracé tieso mientras lo enterraba en el patio con cruces en ramas, algunas verbenas y collares con chapitas de colores que hacían las veces de rosario y no hubo manera de controlarme buscando al culpable para que me explicara el hecho y, quizá, qué veía en la muerte, qué cosa que yo no.

En la adolescencia, porque a mí el miedo me entró temprano, comencé a latir de más, como si lo inminente acechara y, aunque nadie lo notara, una anticipación extraña me abarcaba, soñaba con muerte, con fuego. Y me despertaba asfixiada.

A esa edad, mi abuela materna, Faride, murió un Día de la Madre. Ella ya no quería vivir, y me puso la muerte en la cara. Llegué a la casa de mi tía donde la velaban, vi el cajón en el centro del cuarto, rodeado de velas eléctricas, como al fondo de una cueva oscura; al acercarme, la postura de mi abuela, el color de su rostro, la deformación de esas facciones, todo me descompensó. Papá me sostuvo, pero temblaban mis piernas, y un íntimo humo mortuorio me atoraba. Quería escapar, de pronto alguien preguntó si estaba bien. Dije sí… sí, estoy bien, pero me hallaba yerta pensando qué espanto… está muerta… qué muerta está… y la imagen quedó en mí. Esa angustia, el terror y la impotencia se repitieron a lo largo de mi vida, frente a otras muertes.

Tres generaciones. Soledad Vignolo Mansur (de celeste), su mamá y su abuela Faride. La madre pidió que la velaran con una boina blanca porque era radical.

Tres generaciones. Soledad Vignolo Mansur (de celeste), su mamá y su abuela Faride. La madre pidió que la velaran con una boina blanca porque era radical.

Comencé entonces a aplicar un intento de solución: evitar todo lo relativo diciendo: me niego a hablar de la muerte… no quiero saber qué hay después… cuando llegue la hora me moriré y punto.

En el 81, mientras estudiaba arquitectura en Buenos Aires, era época de cambios. Un atentado a Juan Pablo II me distrajo del relevamiento de la Plaza Olleros, vivía en un pensionado religioso en Belgrano donde pecado y muerte se asemejaban. El miedo era ya un dardo en mi alma, y todo empeoró en el 82 cuando mis amigos fueron a la guerra, entonces la muerte joven me abrazó.

Dejó en mi piel la sensación perversa de una carta sin respuesta, y los gritos de la madre de Juan cuando murió. No fui a la guerra, pero caminé con sus pies. La extinción nos englobaba a todos en los ochenta: se hablaba de la Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética, conocíamos el monstruo del sida y a la par renacíamos con la primera PC, aullábamos con Michael Jackson y poníamos fin a la dictadura. Todo cambiaba, menos yo, con ese enorme miedo a cuestas, como una lengua filosa que cuestionaba la vida: ¿nacemos para morir?

Había dejado la arquitectura por el diseño gráfico, tal vez buscando la marca que me definiera. En casa, tras la partida de la abuela, mamá decía que teníamos menos aire, por lo cual recuerdo quedarme despierta custodiando su respiración. Luego comenzó a hablarnos de su muerte, tendría cincuenta años. Que quería una boina blanca radical para su funeral, y que era nuestra obligación cumplirlo.

Aunque con mis hermanos nos reímos, años después nos sorprendimos corriendo a comprarla frente a su final. Mamá y sus muertes, las anunciadas y la real, fueron tema de terapia. También llevaba en mi cuerpo el suyo y el temor a la muerte sustantiva, la que percibí en el parto, la que palpité cavernaria mientras todo mi ser temblaba.

En julio de 1992, volvía de Salta con Chacho, mi compadre, su esposa Linda, los dos hijos de ambos y Marcelo, mi amor. Yo estaba embarazada de seis meses. Era un viaje elegido y disfruté las tardes de sol en la Catedral, las empanaditas de la recova, las comidas en Cafayate y la historia colorida de esa provincia precordillerana. Sentada en el asiento trasero con los niños y mi amiga, conversábamos sobre el nombre de mi beba. Llegando a Tucumán, iba delante un camión de carga, el Renault 18 tenía más potencia y Chacho asomó la trompa para pasarlo. Fue un segundo. Se abrió, vi un 505 gris que bajaba veloz, observé la cara desesperada del hombre al volante. Nadie gritó, contuvimos el aliento, mi instinto me hizo agarrar a uno de los chicos y protegerlo. No pensé en mi panza ni en mí. Cerré los ojos, oí frenos y una arrastrada final.

Cuando hubo quietud, miré alrededor. Clavados en el medio de la ruta, los vehículos nos pasaban sin parar. Chacho dijo: nos salvamos. Marcelo giró y susurró ¿estás bien? No respondí. Los chicos lloraban. Bajamos del auto, atónitos. Unos camioneros arrastraron el Renault a la vera del camino y llamaron al peaje. Seguíamos callados. Rajados como el semieje de la rueda derecha que se quebró contra el camión que ignoró nuestra suerte y siguió. Los del peaje buscaban muertos. No había. Pero se había alterado la sensación de vida que mi embarazo me daba. Comprendí otra vez, con horror, que la vida y la muerte estaban muy cerca. El miedo a morir me marcó la frente. La historia quedó como anécdota para superar lo siniestro, sin embargo mi embarazo siguió intacto a pesar del accidente.

Unos años después volví a embarazarme; iba a ser varón, Alejo. Un mediodía de invierno, mamá, que vivía frente a mi casa chorizo alquilada, había cocinado zapallos rellenos de carne y arroz para mí. Marcelo estaba en el campo. Sentada en el living, la pinotea del piso mezclaba su aroma rancio con el de la comida caliente; sonreía plácida, y tras conversar un rato, mamá se retiró, la tarde de otro julio acontecía. De golpe sentí una puntada, las entrañas gritaban y la humedad corriendo por mis piernas definió el riesgo. Esperé estática y silente, no había móviles, recuerdo el abismo conciso que precedía cada palpitación. Cuando llegó Marcelo partimos a la guardia. Mientras me acomodaban en un cuarto comencé a parir a un hijo muerto.

No quise verlo, fue suficiente haberlo olido, pero quería morir con él. Me sanaron en el quirófano del antiguo Sanatorio Junior y me alegró despertar viva. La pérdida anidó en mi mente más que en mi cuerpo, que curó rápido y joven para volver a crear y darme un nuevo hijo, Nicolás, sinónimo de plegaria, de luz y de profundo amor.

El miedo a la muerte caminaba en mí como si desde un infierno procrastinado me persiguiera esa incomodidad con la vida, fue entonces que comencé a padecer un severo trastorno de ansiedad. Lo llamaban estrés, aunque yo sabía que era angustia, porque la muerte andaba buscándome y la enfrentaría. Me acosaba la finitud, ese pánico.

En 2013 asistí a mi primera Feria del Libro como escritora. Ya no estaba bien. El recelo hacía que evitara las visitas al médico y un tumor ginecológico se había vuelto una bola de miedo palpitante. Con palidez extrema encaré el subsuelo del estacionamiento de la Rural; las columnas se me venían encima, los techos resultaban bajísimos, todo costaba; Pilar, mi hija, sostenía mis estremecimientos. Marcelo esperaba.

A duras penas logré asistir a la firma de ejemplares y en menos de una hora huí. Todo el tiempo me sentí morir. Al día siguiente tuve consultas clínicas, y dudaba entre médicos hegemónicos o del interior. Tras unos meses, en uno de esos días de julio que definen mi vida, estaba en casa aterrada por las pérdidas y decidí manejar mareada hasta el sanatorio. No me dejaron volver. Sin glóbulos rojos ni hemoglobina, el médico literalmente me dijo: no son valores de una persona viva. Esa frase aún retumba.

Me operaron tras quince transfusiones y desperté en terapia intensiva. Cuando vi a mis hijos les hablé de amor, pero rumiaba muerte. Ese borde fue un hito, pude encontrar nuevos favores para superar aprensiones, pero tengo inscripto el hecho de que vine con muerte a este mundo. Y sé que creé dos vidas y una muerte. Las mañas destructivas y las de supervivencia me hicieron comprender la vida con intensidad, pero no quitaron ese temblor que habita mi cuerpo desde niña. Es como un vacío trascendental que quema, como aquel fuego de efeméride peronista.

Tal vez por todo esto, cuando mamá murió organicé su cortejo, cumplí sus deseos y, junto a mis hermanos, la despedimos en privado.

Todo en el velatorio funcionó, pero no estuve allí. Pasé noche y día frente a la puerta de la sala mortuoria… en mi chata. Oí a mi hermana decir a la tía: dejala, está mejor ahí. Tampoco asistí a su entierro. Es probable que alguna culpa haya quedado colgada de su suspiro final.

En este 2020 la muerte me paralizó todos los días de la semana. La gente muere. Como siempre. Pero ahora la contamos. Contabilizamos la muerte. Y es difícil cuando en un período de cuarentena los miedos se concretan, le pasa a iguales y mueren con ellos recuerdos queridos. No estaban en el accidente de 1992, no sufrieron mi parto mortal, ni me abrazaron en mis pérdidas. ¿Qué hago con sus muertes? ¿Cómo las comprendo sin dejar que pase el temblor? Me controlo las pulsaciones, la tensión arterial, la oxigenación, los síntomas probables como si alcanzara con la certeza de lo evidente. Nos vamos a morir. Pero con estas muertes cotidianas supe que la mía no sería aciaga.

Hará un mes corté geranios del jardín, compré otra boina blanca y atravesé las rejas del Cementerio Parque. Al fondo, después de las abelias, está el nombre de mamá en letras negras sobre granito, me recosté en la hierba húmeda, dejé la boina sobre la letra C de Catalina, Catalina Mansur, y por primera vez desde el 7 de Julio de 2011, cuando murió, sentí paz. Los perros guachos se llevarán la boina, y el parquero de mañana tusará los geranios con el verde, pero bastante quedará en el aire. Y gracias a Dios, diría doña María, no será muerte.
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Soledad Vignolo Mansur es escritora y gestora cultural. Vive en Junín, Buenos Aires, lleva treinta años con el mismo amor y es madre de dos hijos. Escribe y lee desde los doce, cuando se dio cuenta que la vida se podía contar. Aunque tiene miedos rompe todas las barreras que puede, en especial las que se crea. Admira a Roberto Bolaño y a Alice Munro,. Trabaja su estilo a diario porque se considera en construcción. Publicó tres libros, “Ángulos”, la novela “Sandalias Santas” con la que participó de la Feria Internacional del Libro de Miami 2018 y “Una más Una” presentada en la Feria del Libro de Buenos Aires. Tuvo premios nacionales de cuento y poesía. Coordina talleres literarios en la Universidad Nacional del Noroeste de la Provincia de Buenos Aires y Bibliotecas. Participa de clubes de lectura, es conferencista y disfruta de promover encuentros literarios en escuelas. Siente que el campo y el mar la comprenden, y la moran; sueña todo el tiempo, aunque asegura que se queda corta.

El populismo avanza: no cedamos

Pensar el populismo como una corriente política o ideología más, es perder el tiempo. Lo característico del populismo es mutar y adaptarse a las ideologías tradicionales sin ideario propio. Eso explica que haya tanto populismo de extrema izquierda, y populismo de extrema derecha parecido a un viejo nacionalismo.

La falta de utilidad de las viejas divisiones conduce a los populistas a recurrir a la oposición “los de arriba”/“los de abajo”, robada a la vieja izquierda revolucionaria, donde naturalmente “abajo” es el espacio del populismo (la gente de bien, según algunos funcionarios actuales) frente a las élites de “arriba” (los gorilas). Pero me gustaría dejar claro que es una identificación que apela a lo emocional, no clasista: no importa cuánto dinero tienes, sino cómo lo usás, o mejor aún, como decís que lo usás. Los populistas no tienen ideas, tiene relatos o consignas que conectan con las preocupaciones de la mayoría social, o eso tratan.

Tenemos que definir al populismo por sus acciones y por como avanza: el populismo es una oratoria (hechos enunciados) y una estrategia de invasión del poder. Absolutamente todos los populistas quieren ocupar el poder del modo más rápido, al menor costo y con el menor respeto posible a las reglas democráticas y sus valores básicos: No respetan a las minorías o la prevalencia de la libertad personal sobre las creencias colectivas, en base a un conjunto de falsedades baratas, que apoyan con rapidez y suenan bien. Por supuesto que la retórica populista es anti-política, la odia, la considera una pérdida de tiempo. Por eso deben apelar a metáforas grandilocuentes que eleven la emoción de los ignorantes: como “somos el pueblo”, “cuidamos a la gente”.

Estas frases se acompañan de cuantiosa “comunicación no verbal” como el reparto de abrazos efusivos, besos y caricias figuradamente francas entre miembros de la comunidad populista, reforzadas ante las cámaras de los medios de comunicación. El drama siempre les suma, lo utilizan sin miedo, pero el juego populista radica en suplantar el discurso político, si disentís te identifico con la grieta, el enfrentamiento, lo antipatria, pero en realidad los populistas son grandes hipócritas que fingen calidez, sinceridad y sentimientos elevados apuntando a las emociones típicas de las personas en pánico, tal como ocurrió este año: la gente con necesidad de protección, afecto y seguridad en un tiempo lleno de peligros. La corporación populista es una colectividad emocional, y la emoción básica que comparten o agitan los populistas es el miedo.

Miedo a las consecuencias más negativas de la globalización, como la deslocalización de empresas y la pérdida de empleos de poca cualificación, logrando que, el capitalismo parezca propio de tecnócratas ajenos a los problemas reales de gente buena, asustada y desprotegida. Apelan a un supuesto patriotismo. Un modo más elegante de describir la labia populista es precisarla como un “significante vacío” es decir, como el uso persistente de palabras vaciadas de sentido cuyo significado queda a gusto del consumidor: pueblo, democracia, patria, política, libertad, derechos, igualdad o cualquier otro vocablo significan lo que usted quiera que signifiquen para usted. Y entonces “democracia” deja de hablar de un sistema político para simbolizar el cumplimiento de un deseo, la negación de una realidad desagradable y el rezongo contra un régimen que frustra.

El maleable populismo halla su razón más profunda en que la clientela política comparte el miedo a la apertura de fronteras y la competencia económica, o dicho de otro modo más genérico, el odio a la globalización.
El discurso populista se basa en el miedo al futuro. Por eso viven del pasado y lo desfiguran como les conviene. El miedo es uno de los mecanismos emocionales más poderosos que existen, es como en una avalancha humana provocada por un incidente particular, en una masa asustada y, menos predecible. La percepción de que algo amenaza nuestra vida es una emoción sustancial para la supervivencia individual y colectiva, pero como estado emocional colectivo permanente pasa a ser una amenaza social.

La historia demuestra que las emociones juegan un papel fundamental en cualquier proceso político, y no digamos en una revolución. La creencia en que la política, la economía, lo social, es básicamente racional es errónea. El miedo a la libertad, el odio al diferente y el gozo de sentirse parte de una masa irresponsable, llámese el pueblo o la clase, constituyeron el apogeo del nacionalismo, del fascismo y del comunismo. La irrupción del populismo ha puesto de nuevo sobre la mesa está verdad que nos incomoda. Pero lo cierto es que hay una conducta extrema y reaccionaria a cualquier cambio o disenso de un orden establecido por el poder que transforma en enemigo al que piensa distinto. Y la caza de brujas no tarda en aparecer.

Podríamos hacer listado de miedos, odios y malestares de las sociedades que alimentan el populismo. Tienen, tenemos, un liderazgo político eficaz, las emociones crean estados emocionales compartidos, es decir, una sociedad emocional donde todos sienten y perciben lo mismo. Los demás son parias indeseables. Por eso utilizan el miedo, la angustia o el rechazo, mucho más que la satisfacción y la liberalidad.

Así estamos llenos de miedos: los trabajadores industriales temen perder sus empleos por la competencia de las economías capitalistas y las nuevas tecnologías; los menos calificados temen ser despedidos del mercado laboral; los jóvenes y universitarios temen que sus carreras no sirvan para obtener un empleo futuro. Y son temores justificados. Porque los políticos siguen ocupándose de una agenda propia, que deja afuera la realidad y aunque crean que metiendo miedo tienen sus bancas y sus espacios asegurados, la verdad es que esta nueva era populista no tranquiliza, alienta el miedo y la sociedad sabe que algo esconden. Hablan de que cuidan nuestra salud, nuestros ingresos, pero baja el consumo y nivel educativo, la ofensiva del miedo pierde poder y la calidad de vida baja.

No dicen la verdad porque los políticos saben que es imposible ganar elecciones diciendo cosas como que habría que recortar el gasto público, atrasar la jubilación para mantener el sistema de pensiones, o advertir del riesgo de burbujas especulativas a causa del consumo ilógico de algunos bienes. Entonces mienten, dan falsas expectativas que los hechos desmienten con fiereza y se pierde el valor de la política.

Pero la política democrática es la resolución negociada de conflictos de intereses, Estado de Derecho y buena gestión de lo público. La felicidad, y la prosperidad es cuestión del individuo si tiene asegurado la igualdad de oportunidades. Los ciudadanos debemos comenzar a madurar y elegir verdad sobre relato.

Es increíble que cualquier opinión tiene para la gente, más crédito que un hecho o un conocimiento. Es simple, populismo y negacionismo de la realidad, de los hechos, van de la mano.

Entonces quienes disentimos, padecemos el rechazo porque se rechaza y desestima todo lo que no encaje en la propia opinión y visión del mundo. Pensadores, culturas y creencias diferentes, países ricos y nuevas ideas o avances científicos caen en el mar de la sospecha, el descrédito y el rechazo activo. Hay un revoltijo de paleo izquierdistas, nostálgicos de una República fantástica, creyentes en terapias alternativas, animalistas, eco fundamentalistas, feministas radicales, tecno raros, proteccionistas económicos y un largo tendal heterogéneo amalgamado por su frustración con el sistema y su rechazo a todo lo que cuestione sus propias creencias o frene la universalización de sus aspiraciones. No quieren mediar, lo que los une emocionalmente es el dogmatismo en su propio territorio de creencias y el relativismo, no menos rígido, para juzgar las ajenas como ideas desechables.

Así, la política democrática y medios de comunicación como instituciones de mediación o representación no son consideradas auténticas. La democracia representativa es rechazada, se prefiere una asamblea popular.
Para protegerse de los efectos mortíferos de la competencia, una de las obsesiones populistas, se nivela para abajo. Del mismo modo que no hay hechos ni conocimientos, sino sólo opiniones, nadie es más que nadie porque nadie sabe más que nadie, ni hace las cosas mejor. La igualación debe hacerse bien abajo: los políticos deberían cobrar el salario mínimo, o mejor, no cobrar nada en absoluto; todos los empleos deben estar garantizados por ley o todos deben ser funcionarios, la iniciativa privada debe limitarse al máximo porque siempre implica explotación, el mercado debe regularse hasta desaparecer.

El populismo se fundamenta también en una actitud intelectual concreta: el rechazo de las explicaciones e ideas complejas y la simpatía por las simplezas. Tomando simpleza como una caricatura mala del problema real. Claro que la simpleza tiene muchas ventajas políticas; unir a personas con preferencias y creencias incoherentes no es la menor. Así, los antisistema, preocupados, jóvenes atemorizados por el empleo precario, desempleados, tradicionalistas y animalistas extremos pueden ponerse de acuerdo en torno a una simpleza bien planteada. Culpar a un grupo -el campo, los funcionarios, los empresarios, la riqueza- es una estrategia de éxito asegurado si se dispone de bocinas mediáticas adecuadas.

El populismo es contrario a la noción liberal de ciudadanía que descansa en el individuo. Es comunitario y anti individualista y, por consiguiente, antiliberal y gregario. Su concepto de “pueblo” es un agregado convertido en sujeto colectivo que sustituye a los individuos que lo forman. Pero para el populismo es consolador sentirse parte de “el pueblo” ,diría Nietzsche que el calor del establo da refugio y protección aparente frente al abandono del individuo en un mundo discrepante. El nacionalismo es populista, y los nuevos populismos conectan de forma tan fácil y natural con la mentalidad nacionalista: basta con ver el éxito de Chávez, llevándose votantes y discurso del viejo nacionalismo, pariente del relato-emocional. Entonces propician el odio, el odio desmedido, a todo lo que consideren élites para poder defender la mediocridad, o favorecer el deseo de someterse a la autoridad e hiperliderazgo sentimental de un líder carismático (Putin, por ejemplo). Pero cuidado, que se desprecian los hechos, y el desprecio de los hechos deriva en desprecio de la ciencia y de las clases educadas. Y el miedo a la competencia y a un mundo enigmático auspicia a líderes protectores (y siempre corruptos).

Es cierto que faltan y perdemos igualdad de oportunidades, pero el populismo no nos protege, por el contrario, nos obliga a pagar el precio de claudicar buena parte de la libertad personal que tanto costo lograr y además vuelve al mundo un lugar más inseguro y lleno de inequidades. Al fin de cuentas, el populismo necesita pobreza, ignorancia y fanatismo. No cedamos.

Soledad Vignolo
Escritora /Gestora Cultural
Miembro de AAGeCu
Posgrado FLACSO en Comunicación.

Educación, educación, educación.

Enseñarás a volar, pero no volarán tu vuelo…Enseñarás a soñar, pero no soñarán tu sueño… Enseñarás a vivir, pero no vivirán tu vida. Sin embargo, en cada vida, en cada vuelo, en cada sueño, perdurará siempre la huella del camino enseñado.
Teresa de Calcuta

Nuestro país se distinguió desde el principio de la pandemia por confinar a su población, dejando sus escuelas primarias, secundarias y universidades cerradas. Hoy, todo el sistema escolar se quiebra mientras en el mundo se reabre o nunca se cerró, incluso países como Suecia no recomienda el uso de mascarillas, ni las prohíbe, pero considera que con otras medidas específicas en cada establecimiento se pudo manejar bien sin cerrar escuelas.

El patio de la Escuela Normal Nacional está vacío. Así estuvieron los patios de todas nuestras escuelas, no hay mascarillas a la vista, ni personas, ni docentes, ni alumnos. Y es así en todo el país, con grandes tapabocas y sin educación, o con una que asegura mayores inequidades. ¿O pensamos que las personas humildes, que socializan en la escuela, incluso comen allí, están recibiendo educación virtual? La hipocresía es sin dudas el peor de nuestros males. Hablamos de pobres, pero creamos una pobreza de aprendizaje que afectará aún más a los sectores sociales más necesitados. Para cuando cumplen los 10 años, la mitad de los niños latinoamericanos no son capaces de leer y comprender un relato simple, entre ellos estarán los argentinos.

Las escuelas nunca debieron cerrar. Así tendríamos niños educados y sociales, sin miedos, con anticuerpos para otros males que no adquirieron encerrados. Manteniendo una distancia, lavándose las manos con frecuencia, como se hizo siempre respecto a los contagios. Pero la verdadera diferencia es que los estudiantes de Latinoamérica, en gran parte, y de argentina en su totalidad se alejaron de las aulas, de los amigos, de los amores, de la vida positiva. Podríamos haber ofrecido la virtualidad para aquellos que por principios personales no deseaban asistir, o por problemas inmunológicos, y continuar la vida educativa. Pero no, un par de sindicalistas y algunos ministros deciden la vida de los ciudadanos. ¿Y la libertad? Paulo Freire dice que La educación es libertad. Coincido, pero agrego: La libertad es nuestra, no debemos pedirla. La tomamos. Y en un mundo de escuelas cerradas, es muy difícil ser libres.

Se pueden tomar muchas medidas para evitar aglomeraciones, horarios, medios alternativos de transporte, espacios abiertos para dictar clases, pero nunca alejar a los niños de las escuelas, a los jóvenes de las universidades, a los adolescentes de sus contactos personales. Esta vida de clausura a la que nos someten, mientras los casinos e hipódromos abren, deja claro donde queda la educación para nuestro país.

La educación es la formación destinada a desarrollar la capacidad intelectual, moral y afectiva de las personas de acuerdo con la cultura y las normas de convivencia de la sociedad a la que pertenecen.

En este momento Argentina se quedó sin normas, y la cultura parece fluir en una sola dirección. La educación es física, mental, social y necesaria. No la rifemos más. Necesitamos escuelas y universidades activas, formando parte de aquello que atraviesa la sociedad, y la realidad es que muchos estudiantes quedaron afuera, casualmente aquellos que más lo necesitaban. Nuestro futuro solo es promisorio si comprendemos que educarnos nos libera y que los problemas se resuelven con más educación, saber hace libre, saber permite elegir, saber es primordial para crecer. Que las escuelas abran, ya se demostró el fracaso rotundo de las políticas de confinamiento en todos los ámbitos: sanitarios, económico y social. Apostar a la educación y a la educación en libertad es necesario si queremos tener un futuro. Como bien dijo Mandela: La educación es el arma más poderosa para cambiar el mundo.

No nos resignemos.

Dictadura Sanitaria

OPINIÓN

Dictadura sanitaria

Ahora, si hubiera sido tan claro que cuarentenas totales eran lo correcto, países como Uruguay y Suecia no habrían optado por esquemas más respetuosos de la libertad individual sin sufrir una gran tragedia.

Publicado el 14 noviembre, 2020

PorGrupo La Verdad

  • Por Soledad Vignolo (*)

A fines del 2019 los seres humanos no sabíamos a lo que nos enfrentábamos. Pero a esta altura ya hay una corriente política de dictadura sanitaria que muchos parecen aceptar, una en la que los que deben cuidarnos cuidan más sus bancas y sus comodidades que a la salud real, y parece que el encierro será lo que optarán en la segunda ola también. Ahora, si hubiera sido tan claro que cuarentenas totales eran lo correcto, países como Uruguay y Suecia no habrían optado por esquemas más respetuosos de la libertad individual sin sufrir una gran tragedia.

Resulta más siniestro aun lo que aconteció y continúa sucediendo con los mayores, sometidos a la humillación y discriminación sanitaria y económica, y aislándolos de los afectos. Hemos visto envejecer a quienes son la memoria viva de nuestro pueblo. Ni hablar del análisis sobre el costo alternativo de las cuarentenas tanto en términos económicos como de vidas humanas, los que probablemente sean más altos que la cantidad de muertos que produjo el virus.

Las restricciones a la libertad pueden aceptarse cuando la carga de la prueba por parte de quienes las pretenden es coherente. No fue el caso de esta crisis, en la que se encerró a millones de personas en el mundo, que no corrían ningún riesgo vital, por su juventud y estado de salud, y que con una cuarentena más flexible hubieran tenido una exposición similar al virus. Ni hablar de los males educativos y sociológicos que ya estamos comenzando a ver y a padecer. Ahora bien, si creemos en la libertad, por qué aceptamos que el Estado tome las decisiones sobre nuestra vida, como si no pudiéramos asumir riesgos personales, como el de contagiarnos o no. Y aquí quiero refutar el argumento de que también ponemos en riesgo a, porque cualquiera que prefiera no exponerse puede hacerlo quedándose en su casa o evitando todo contacto con terceros.

Me pareció raro que tantos colectivos que defienden causas no hayan dicho una sola palabra sobre las inequidades con adultos mayores, los abusos económicos a jubilados, la destrucción de la clase media a la que casi todos pertenecíamos, el derecho al trabajo, al libre tránsito, a la vida, a la autonomía. La cuarentena no sirvió. El sistema de salud tampoco. Otro tema que no debe soslayarse es el de la persecución policial de personas tratadas como criminales por ejercer su derecho a movilizarse caminando por las calles sin permiso especial, para salir del deprimente y absurdo encierro al que el gobierno nos sometió. También ahí casi nadie alzó la voz. Nadie se molestó por tanta regla, tanta destrucción de libertades. Me asusta la falta de voces cuidando derechos, en todos los espacios políticos.

No estoy promoviendo que se hubiera dejado todo al libre albedrío, es lógico que el estado tome cartas en una pandemia, pero debemos defender la libertad frente a políticas represivas, irracionales y contraproducentes que nos quitaron meses de vida y de tranquilidad cuando más se necesitaba.

Espero que, para la segunda ola de contagios u otro evento similar, más voces libres aparezcan cuidando la racionalidad de un clima político atraído por el pánico y en el que si callamos, si hay ausencia de voces, corremos riesgos innecesarios.
Ser libres y ser tolerantes y respetuosos de los otros no es un discurso abstracto, es un ejercicio cotidiano.

(*) Escritora
Miembro de AAGECU