Tuvo un nacimiento difícil

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Mundos íntimos. Desde chica, sentí que la muerte me perseguía. ¿Será por una historia familiar llena de peligros y adioses?

Con temor. Y con una extraña sensación de verse cercada por el fin. Así se intuyó la autora durante mucho tiempo hasta que elaboró el pasado y empezó a estar menos pendiente de lo que un día igual va a pasar.

Influencia. Cuando Soledad Vignolo Mansur era chica, una vecina le dijo que la gente no moría porque Cristo la salvaba. Luego la vecina murió y ella no entendió

Nací de padres jóvenes casados con el apuro de la muerte, mi abuelo Félix Vignolo padecía cáncer. Murió antes de tiempo y originó mi primer miedo. ¿Y si papá se moría joven como el abuelo? No le alcanzó a Félix emigrar en pantalón corto de Serralunga de Alba, ni la lucha ferroviaria; tuvo tres hijos, pero su mujer enfermó tras un parto y resignó todo para criarlos. Con esa abuela paterna, Aldina, comprendí otras formas de morir: ella tenía la mente atravesada de pasado y envejeció con demencia. Mi madre, en cambio, hablaba de Félix como si fuera un santo.SEGUÍ LEYENDO

Llegará, pero el tiempo no debe pasar en vano

SOCIEDAD

El 1 de julio de 1974, mamá festejaba en la vereda el deceso del general Perón -mamá era capaz de festejar muertes- mientras se incendiaba una estufa a kerosene en casa. En el cuarto con flores rosas estaba yo, volando de fiebre y ahogándome. No podía respirar, el aire me quemaba y por primera vez olfateé la muerte. Su negro perfume calentaría para siempre en mí. Esa vez, el vecino vio el humo y tuve mi salvación. Desde entonces, la muerte y el humo me aterran, me sofocan tanto que cuando eligen Papa y veo humo blanco siento que Dios se ahoga conmigo.

Sonrisas. En la foto blanco y negro, Soledad Vignolo Mansur (der.) con su mamá y sus hermanos. Había momentos felices pero siempre surgían temas vinculados a la muerte.

Sonrisas. En la foto blanco y negro, Soledad Vignolo Mansur (der.) con su mamá y sus hermanos. Había momentos felices pero siempre surgían temas vinculados a la muerte.

La muerte como estandarte tuvo varias historias de sobremesa que nunca olvidaría: “Naciste con tres vueltas de cordón, casi te morís”, decía mamá sobre mi parto. “A tu hermano lo salvé yo que llamé al doctor Quattordio, estaba piel y hueso”, contaba tía Coca. “Cuando murió mi padre, me quedé sin leche, me morí con él, por eso tu hermana lloraba”, decía mamá sobre el fallecimiento del abuelo Constantino. La muerte era inmensa, terrible, indiscutida.

A los nueve me llegó la palabra sagrada en la voz de Doña María Becerra, abuela de amigos entrañables que vivía frente a mi casa de Coronel Suárez 330. Ella me hablaba de Dios, decía que no moríamos porque Cristo nos salvaba, asistí al rosario cada tarde tomada de su mano y ese rezo compartido continuó hasta ser yo quien la llevara del brazo, manteniéndonos vivas y llenas de cuentas con olor a rosas vaticanas. Doña María murió y yo, que no pude creer su muerte, quise que Cristo la salvara; Cristo debía salvarla a mi pedido porque yo había hecho todo lo que correspondía: comunión, confirmación, noches de rezos arrodillados. Mi familia, una mezcla de razas y de creencias, incluía un cierto ateísmo paterno que no cuajaba.

El miedo y la fascinación por la muerte hacían estragos en mí. Le temía y me atraía, como cuando mataron a Chuli, nuestro gato, que lo abracé tieso mientras lo enterraba en el patio con cruces en ramas, algunas verbenas y collares con chapitas de colores que hacían las veces de rosario y no hubo manera de controlarme buscando al culpable para que me explicara el hecho y, quizá, qué veía en la muerte, qué cosa que yo no.

En la adolescencia, porque a mí el miedo me entró temprano, comencé a latir de más, como si lo inminente acechara y, aunque nadie lo notara, una anticipación extraña me abarcaba, soñaba con muerte, con fuego. Y me despertaba asfixiada.

A esa edad, mi abuela materna, Faride, murió un Día de la Madre. Ella ya no quería vivir, y me puso la muerte en la cara. Llegué a la casa de mi tía donde la velaban, vi el cajón en el centro del cuarto, rodeado de velas eléctricas, como al fondo de una cueva oscura; al acercarme, la postura de mi abuela, el color de su rostro, la deformación de esas facciones, todo me descompensó. Papá me sostuvo, pero temblaban mis piernas, y un íntimo humo mortuorio me atoraba. Quería escapar, de pronto alguien preguntó si estaba bien. Dije sí… sí, estoy bien, pero me hallaba yerta pensando qué espanto… está muerta… qué muerta está… y la imagen quedó en mí. Esa angustia, el terror y la impotencia se repitieron a lo largo de mi vida, frente a otras muertes.

Tres generaciones. Soledad Vignolo Mansur (de celeste), su mamá y su abuela Faride. La madre pidió que la velaran con una boina blanca porque era radical.

Tres generaciones. Soledad Vignolo Mansur (de celeste), su mamá y su abuela Faride. La madre pidió que la velaran con una boina blanca porque era radical.

Comencé entonces a aplicar un intento de solución: evitar todo lo relativo diciendo: me niego a hablar de la muerte… no quiero saber qué hay después… cuando llegue la hora me moriré y punto.

En el 81, mientras estudiaba arquitectura en Buenos Aires, era época de cambios. Un atentado a Juan Pablo II me distrajo del relevamiento de la Plaza Olleros, vivía en un pensionado religioso en Belgrano donde pecado y muerte se asemejaban. El miedo era ya un dardo en mi alma, y todo empeoró en el 82 cuando mis amigos fueron a la guerra, entonces la muerte joven me abrazó.

Dejó en mi piel la sensación perversa de una carta sin respuesta, y los gritos de la madre de Juan cuando murió. No fui a la guerra, pero caminé con sus pies. La extinción nos englobaba a todos en los ochenta: se hablaba de la Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética, conocíamos el monstruo del sida y a la par renacíamos con la primera PC, aullábamos con Michael Jackson y poníamos fin a la dictadura. Todo cambiaba, menos yo, con ese enorme miedo a cuestas, como una lengua filosa que cuestionaba la vida: ¿nacemos para morir?

Había dejado la arquitectura por el diseño gráfico, tal vez buscando la marca que me definiera. En casa, tras la partida de la abuela, mamá decía que teníamos menos aire, por lo cual recuerdo quedarme despierta custodiando su respiración. Luego comenzó a hablarnos de su muerte, tendría cincuenta años. Que quería una boina blanca radical para su funeral, y que era nuestra obligación cumplirlo.

Aunque con mis hermanos nos reímos, años después nos sorprendimos corriendo a comprarla frente a su final. Mamá y sus muertes, las anunciadas y la real, fueron tema de terapia. También llevaba en mi cuerpo el suyo y el temor a la muerte sustantiva, la que percibí en el parto, la que palpité cavernaria mientras todo mi ser temblaba.

En julio de 1992, volvía de Salta con Chacho, mi compadre, su esposa Linda, los dos hijos de ambos y Marcelo, mi amor. Yo estaba embarazada de seis meses. Era un viaje elegido y disfruté las tardes de sol en la Catedral, las empanaditas de la recova, las comidas en Cafayate y la historia colorida de esa provincia precordillerana. Sentada en el asiento trasero con los niños y mi amiga, conversábamos sobre el nombre de mi beba. Llegando a Tucumán, iba delante un camión de carga, el Renault 18 tenía más potencia y Chacho asomó la trompa para pasarlo. Fue un segundo. Se abrió, vi un 505 gris que bajaba veloz, observé la cara desesperada del hombre al volante. Nadie gritó, contuvimos el aliento, mi instinto me hizo agarrar a uno de los chicos y protegerlo. No pensé en mi panza ni en mí. Cerré los ojos, oí frenos y una arrastrada final.

Cuando hubo quietud, miré alrededor. Clavados en el medio de la ruta, los vehículos nos pasaban sin parar. Chacho dijo: nos salvamos. Marcelo giró y susurró ¿estás bien? No respondí. Los chicos lloraban. Bajamos del auto, atónitos. Unos camioneros arrastraron el Renault a la vera del camino y llamaron al peaje. Seguíamos callados. Rajados como el semieje de la rueda derecha que se quebró contra el camión que ignoró nuestra suerte y siguió. Los del peaje buscaban muertos. No había. Pero se había alterado la sensación de vida que mi embarazo me daba. Comprendí otra vez, con horror, que la vida y la muerte estaban muy cerca. El miedo a morir me marcó la frente. La historia quedó como anécdota para superar lo siniestro, sin embargo mi embarazo siguió intacto a pesar del accidente.

Unos años después volví a embarazarme; iba a ser varón, Alejo. Un mediodía de invierno, mamá, que vivía frente a mi casa chorizo alquilada, había cocinado zapallos rellenos de carne y arroz para mí. Marcelo estaba en el campo. Sentada en el living, la pinotea del piso mezclaba su aroma rancio con el de la comida caliente; sonreía plácida, y tras conversar un rato, mamá se retiró, la tarde de otro julio acontecía. De golpe sentí una puntada, las entrañas gritaban y la humedad corriendo por mis piernas definió el riesgo. Esperé estática y silente, no había móviles, recuerdo el abismo conciso que precedía cada palpitación. Cuando llegó Marcelo partimos a la guardia. Mientras me acomodaban en un cuarto comencé a parir a un hijo muerto.

No quise verlo, fue suficiente haberlo olido, pero quería morir con él. Me sanaron en el quirófano del antiguo Sanatorio Junior y me alegró despertar viva. La pérdida anidó en mi mente más que en mi cuerpo, que curó rápido y joven para volver a crear y darme un nuevo hijo, Nicolás, sinónimo de plegaria, de luz y de profundo amor.

El miedo a la muerte caminaba en mí como si desde un infierno procrastinado me persiguiera esa incomodidad con la vida, fue entonces que comencé a padecer un severo trastorno de ansiedad. Lo llamaban estrés, aunque yo sabía que era angustia, porque la muerte andaba buscándome y la enfrentaría. Me acosaba la finitud, ese pánico.

En 2013 asistí a mi primera Feria del Libro como escritora. Ya no estaba bien. El recelo hacía que evitara las visitas al médico y un tumor ginecológico se había vuelto una bola de miedo palpitante. Con palidez extrema encaré el subsuelo del estacionamiento de la Rural; las columnas se me venían encima, los techos resultaban bajísimos, todo costaba; Pilar, mi hija, sostenía mis estremecimientos. Marcelo esperaba.

A duras penas logré asistir a la firma de ejemplares y en menos de una hora huí. Todo el tiempo me sentí morir. Al día siguiente tuve consultas clínicas, y dudaba entre médicos hegemónicos o del interior. Tras unos meses, en uno de esos días de julio que definen mi vida, estaba en casa aterrada por las pérdidas y decidí manejar mareada hasta el sanatorio. No me dejaron volver. Sin glóbulos rojos ni hemoglobina, el médico literalmente me dijo: no son valores de una persona viva. Esa frase aún retumba.

Me operaron tras quince transfusiones y desperté en terapia intensiva. Cuando vi a mis hijos les hablé de amor, pero rumiaba muerte. Ese borde fue un hito, pude encontrar nuevos favores para superar aprensiones, pero tengo inscripto el hecho de que vine con muerte a este mundo. Y sé que creé dos vidas y una muerte. Las mañas destructivas y las de supervivencia me hicieron comprender la vida con intensidad, pero no quitaron ese temblor que habita mi cuerpo desde niña. Es como un vacío trascendental que quema, como aquel fuego de efeméride peronista.

Tal vez por todo esto, cuando mamá murió organicé su cortejo, cumplí sus deseos y, junto a mis hermanos, la despedimos en privado.

Todo en el velatorio funcionó, pero no estuve allí. Pasé noche y día frente a la puerta de la sala mortuoria… en mi chata. Oí a mi hermana decir a la tía: dejala, está mejor ahí. Tampoco asistí a su entierro. Es probable que alguna culpa haya quedado colgada de su suspiro final.

En este 2020 la muerte me paralizó todos los días de la semana. La gente muere. Como siempre. Pero ahora la contamos. Contabilizamos la muerte. Y es difícil cuando en un período de cuarentena los miedos se concretan, le pasa a iguales y mueren con ellos recuerdos queridos. No estaban en el accidente de 1992, no sufrieron mi parto mortal, ni me abrazaron en mis pérdidas. ¿Qué hago con sus muertes? ¿Cómo las comprendo sin dejar que pase el temblor? Me controlo las pulsaciones, la tensión arterial, la oxigenación, los síntomas probables como si alcanzara con la certeza de lo evidente. Nos vamos a morir. Pero con estas muertes cotidianas supe que la mía no sería aciaga.

Hará un mes corté geranios del jardín, compré otra boina blanca y atravesé las rejas del Cementerio Parque. Al fondo, después de las abelias, está el nombre de mamá en letras negras sobre granito, me recosté en la hierba húmeda, dejé la boina sobre la letra C de Catalina, Catalina Mansur, y por primera vez desde el 7 de Julio de 2011, cuando murió, sentí paz. Los perros guachos se llevarán la boina, y el parquero de mañana tusará los geranios con el verde, pero bastante quedará en el aire. Y gracias a Dios, diría doña María, no será muerte.
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Soledad Vignolo Mansur es escritora y gestora cultural. Vive en Junín, Buenos Aires, lleva treinta años con el mismo amor y es madre de dos hijos. Escribe y lee desde los doce, cuando se dio cuenta que la vida se podía contar. Aunque tiene miedos rompe todas las barreras que puede, en especial las que se crea. Admira a Roberto Bolaño y a Alice Munro,. Trabaja su estilo a diario porque se considera en construcción. Publicó tres libros, “Ángulos”, la novela “Sandalias Santas” con la que participó de la Feria Internacional del Libro de Miami 2018 y “Una más Una” presentada en la Feria del Libro de Buenos Aires. Tuvo premios nacionales de cuento y poesía. Coordina talleres literarios en la Universidad Nacional del Noroeste de la Provincia de Buenos Aires y Bibliotecas. Participa de clubes de lectura, es conferencista y disfruta de promover encuentros literarios en escuelas. Siente que el campo y el mar la comprenden, y la moran; sueña todo el tiempo, aunque asegura que se queda corta.

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