Diario de Cuarentena: Mi historia es de mérito

Diario de Cuarentena: Mi historia es de mérito

Siempre tuve ejemplos, de esos que marcan. Es una suerte esquiva que el azar posó en mí. Recuerdo a mi abuela que partió adolescente de su Beirut natal cuando me contaba con añoranza sobre sus plantaciones de olivos y su mar. La abuela poseía en su piel todas las historias, tenía el mapa perfecto de su tierra en cada arruga, y su mirada dura marcaba el sacrificio que pretendía ocultar, nunca volvió a ver a la familia. Nunca se quejó. Forjó la propia en una Argentina de oportunidades que hoy parece un espejismo.

También recuerdo a un profesor de la secundaria, estatal, soy producto de la educación pública, esa que hoy se denigra con la aprobación de materias sin nota. El Dr. Morbelli me dijo una frase de Alexis Carrel que marcó muchas de mis decisiones: El tiempo físico nos es extraño, mientras el tiempo interior es nosotros mismos. Estacioné esa frase y la maduré hasta llegar a la simplificación de que la edad no es física sino mental. Y con ese lema fui transitando el mundo que me tocaba. A veces libertario y expresivo, otras proletario y sin matices, tampoco me quejé. Tengo la sensación de que la queja es como una película de Tarantino, muestra todo, pero no propone nada. Tal vez allí resida mi la fortaleza que me permitió superar cuestiones de la vida que podrían haberme resentido y que fueron hilvanes previos a mi costura.

Quiero dejar constancia de las vidas simples, de aquellas que parecen signadas por el olvido, pero que son el contenido de cada historia válida en este mundo. Mi madre, docente, aguerrida, instalada en algunas cuestiones con la necedad de su raza, pero que me regaló la lectura tatuada en mi ADN. Olga, que me cuidó de pequeña y era mi corcel en cada aventura, hermosa morena de ojos carbón. Mi padre que aún hoy, a sus ochenta y cuatro nos muestra que siempre hay tiempo de aprender y que sostiene la vida con ganas, muchas maestros que supieron verme y otros que me ignoraron para fortalecerme. Y no es esto un derrotero de caricias ajenas, sino que realmente me siento construida por estos modos de vida que sostuvieron en vez de soltar. Que no cejaron en sus búsquedas.

Cuando uno elige carrera a los 17 años puede equivocarse. Empecé arquitectura, curse tres años y me pasé a diseño gráfico, tuve la suerte de ser de que se iniciara la carrera en la UBA con mi grupo y Ronald Shakespeare, Hermenegildo Sabat, Fontana, Alcaide y otros genios nos partieron la cabeza de ideas nuevas. Recuerdo con mucho placer esas cursadas, y aunque me gané la vida trabajando en publicidad por muchos años, yo sentía que no era mi vocación. Muchos me hablaban de letras, porque escribo desde y hasta siempre, y porque todos ven como vuelco en letras aquello que significo. Pero, aunque me diplomé en teoría y producción literaria no era por allí. Con varios libros publicados, ninguno de éxito, y tras un episodio médico en el que pude perder la vida, decidí ir en busca de mi vocación. Sin hablar con nadie una mañana tecleé cultura en mi ordenador. Y me apareció la carrera de Gestión Cultural. Cuando leí las materias supe que lo había encontrado. Era como si cada parte de mi se complotara para encajar, en un zigzagueo aleatorio de emociones y vivencias.  A los cincuenta años, volví a la facultad. Estaba en Mar del Plata, era Nacional, como todo lo mío. Cursé la carrera en soledad, de forma semipresencial, aleteando sueños en cada trabajo práctico. Siendo capaz de discutir cultura e ideología en cada examen oral, esperando con jóvenes que podían ser mis hijos mascando chicle en las escaleras de la facultad, casualmente también se cursa en arquitectura, y sintiendo que la vida siempre tiene una vuelta más.

En tiempo y forma me recibí, y me dio gusto subir a ese majestuoso escenario de la entrega de diplomas, el mar, mi amado mar, era testigo de mis logros. Mi amor, Marcelo, el compañero que me supo ver. La edad no es física, es mental. Somos aquello que pensamos. Por eso sigo estudiando, ahora un posgrado, mañana la Licenciatura y después sera un doctorado. Y esta vez, todas estas veces, no lo hago para conformar mandatos, ni para ganar medalla, mucho menos por dinero. Es por mí. Para mí.

Porque cuando descubrís que la vida puede ser más que tránsito, que los gobiernos pasan, incluso las personas pasan, te das cuenta de que lo que tenés que hacer es crecer. Y no se crece hacia afuera, es el espíritu el que debe comer en forma voraz y adolescente.

Mis métodos son tres, estudio, lectura y escritura. Pero no me olvido de agradecer. Porque uno es lo que fue siendo. Niña abrazada por el Líbano en brazos de abuela, adolescente estimulada por grandes docentes, joven ilusionada por ideales, adulta enamorada y madre de dos, hija de hombre con ansias de vida, gestora de sueños, escritora constante y lectora voraz. Pero eso es solo una parte de mí, el resto está en construcción.

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