Diario de cuarentena: Suspendida

Anoche me quedé dormida en el sillón con Mila, mi perra. Dormimos hasta que la casa comenzó a despertar, los hombres se iban al campo con una alegría inusitada. Lograron permiso para hacerlo tras más de dos meses. Nos quedamos solas. Y la vida adquirió otro ritmo, femenino, cadencioso. Preparé mate, saqué unas cerealitas de lino del armario y desayuné mirando el final de una serie francesa. No tengo que ocuparme del almuerzo, así que voy a escribir un rato, leer otro, hacer gimnasia y limpiar la casa con música para estimularme.

Disfrutar lo simple siempre fue mi secreto para ser feliz. O lo feliz que se pueda, en las realidades que nos construimos solos o que nos construye la sociedad. Igual te cuento que esto de no tener poder sobre el confinamiento me angustia y hace que sueñe con un mundo donde los permisos no sean necesarios, las muertes no se cuenten en tv y los logros no se castiguen con impuestos. A pesar de todo eso, te invito a buscar momentos de felicidad.

Un recuerdo caído en tu memoria, ese primer beso apasionado, el ronroneo de un hijo tras amamantarlo, la mirada de tu amor una madrugada, el aroma a jazmín en la vereda, tu mamá arrugada pero tuya. La facilidad de abrazo de tu amiga, una ida al colegio compartida, la vecina con la torta recién horneada o la urgencia de rey mago antes de que despierten ellos. Tanto hay para ser feliz, que elegir la tristeza es casi un sacrilegio.

Por eso esta mañana de soledad perruna, voy a beberme el sol en mates leídos y a fortalecer los glúteos aunque no se levanten. Voy a necesitar poco, para poder ser feliz un rato. Aunque no olvide la libertad suspendida.

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