Diario de Cuarentena: Batalla cultural

La cultura está tomada por el progresismo populista, este año estoy tratando de dar batalla a tanta retórica de perogrullo y creo que debo comenzar por decir de forma llana que las sociedades liberales son aquellas a las que nuestros jóvenes se quieren ir. Las nacidas pos revolución francesa y las que priorizan al individuo por sobre todo. Claro que se plantea el problema de abstraer al liberalismo de una praxis tan cotidiana y asumida que a muchos les resulta ya invisible. Todos somos, en cierto sentido, liberales, entonces terminan utilizando el término liberalismo en lo público a su sentido economicista y aun a ciertas escuelas de teoría económica de mala fama. Pero no: el liberalismo es «el movimiento o doctrina que ha construido la mayor parte de las instituciones que habitamos» . La ideología a la que debemos la práctica de «la democracia posible», porque fuera del diseño liberal del Estado ninguna otra forma de vida democrática ha resultado viable y ninguna otra tiene visos de prosperar, como arguye Ruiz Soroa en su libro Elogio del liberalismo, desechando como palabrería de salón las concepciones de la democracia que se presentan como rivales del formato liberal representativo: «No existe una democracia más plena ni de mayor calidad que la existente […]. Podemos aspirar a practicar mejor las reglas de la democracia liberal, pero no a tener otra democracia más profunda o auténtica».

Estoy de acuerdo: la democracia no está en otra parte. El núcleo de la doctrina liberal: individualismo y gobierno acotado. Individualismo que no es el egoísmo, sino la idea de que, entre sociedad e individuo, es éste quien tiene la primacía ética. De otro modo: que «lo político está al servicio del individuo, no al revés» y que, al final, y ante la duda, «el agente moral que cuenta es la persona» . Si la defensa de la dignidad individual se deriva de la crítica antiestamental del primer liberalismo, ell gobierno acotado es corolario de la originaria crítica antiabsolutista; es decir, limitación o división del poder, como recurso infalible para prevenir un abuso que es riesgo congénito a su ejercicio. De aquí brota la tensión entre liberalismo y democracia, que se resuelve mediante el triple expediente de la representación, la creación de poderes contramayoritarios que vigilen, por ejemplo. Todo al servicio de una concepción en la que la libertad –que por fuerza es la igual libertad– es motor del progreso moral de la sociedad y la ley impersonal el instrumento predilecto para evitar las arbitrariedades de la voluntad, la encarne quien la encarne: «El gobierno de las leyes (rule of law), no el gobierno de los hombres: esa es la consigna liberal por excelencia»

Claro que tales ideas requieren lograr ganar una batalla cultural que en latinoamérica ha sido tomada por el populismo, deberemos refinar nuestros recursos y lograr generar nuevas tensiones culturales. Tener claro sobre la libertad la cuestión de sus límites, así como las condiciones de la libertad, lo que nos adentra en el prolijo debate entre la libertad positiva versus negativa, o la entendida como no interferencia frente a la que prefiere hablar, en tono republicanista, de no dominación. Porque creemos que no debe intervenir el gobierno pero : «Unos [liberales] hablarán del Estado social, otros del Estado mínimo. Pero la raya [que separa al gobierno del individuo] debe existir siempre; esa es la aportación esencial de la intuición liberal»

Podemos enfrentar el liberalismo con la poderosa tosquedad del nacionalismo. O las críticas desde el comunitarismo o el multiculturalismo, que consideran a los liberales desarraigados. Y no podemos olvidar la engañosa contraposición del progresismo entre estado y mercado cuando el mercado no deja de ser una creación del Estado. Me resulta raro la serie de debates que a partir del sencillo punto de la libertad individual, una costura que ha ido hilvanando el liberalismo desde hace cuatro siglos .

La idea perdurable del gobierno limitado y de la igual dignidad de todo individuo como núcleo innegociable de la vida en comunidad. Locke, Montesquieu o Voltaire no llegaron a la conclusión de que la libertad de conciencia era una buena idea mirando las estrellas o tomando un chocolate, sino conmovidos por los gritos de dolor de personas conducidas al cadalso por su fanatismo, en ese caso religioso. Hoy nos enfrentamos a otros fanatismos, pero no olvidemos que en su origen, el liberalismo es un humanismo, un humanitarismo, surgido de la compasión por el hereje. Judith Shklar,dice que el liberalismo es «la doctrina que sostiene que cada persona adulta debe ser capaz de tomar, sin miedo y sin favor, tantas decisiones efectivas sobre su vida como sean compatibles con la libertad de igual tipo de los demás».

Hoy con la penuria económica que limita nuestras posibilidades es esa penuria precisamente lo que abre al liberalismo a la cuestión social, de la cual ningún liberal honesto se ha sentido desentendido nunca.

Hay que batallar culturalmente, con los competidores ideológicos. El liberalismo está aquejado de ser una doctrina hecha de «renuncias, contención y realismo» que lo pone , en desventaja propagandística con el socialismo, el populismo o el nacionalismo. Pero abrazar el liberalismo es algo así como abrazar el oxígeno. En un país en el que proliferan las malas ideas, no parece que no nos quede más remedio a los liberales que salir a defender una forma de pensar la vida y la comunidad que sigue siendo, como dice Giovanni Sartori , «la única ingeniería de la historia que no nos ha traicionado».

Invito a dar batalla, a pensar que no hay otra posibilidad cultural que halla resultado viable por siglos, y que aferrarnos al clientelismo y la simplona teoría populista sencillamente es condenarnos una y otra vez al fracaso. Los individuos somos más importantes que el estado, cada persona cuenta, cada uno de nosotros es valioso, que no nos quiten el derecho a sentirnos así. Y que la cultura sea.

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